22 junio 2026

Sesquidécada: junio 2011


Hubo un tiempo en el que me encantaba la metaliteratura, esas obras que se interpelan a sí mismas como productos literarios y enlazan con otras de su especie en un juego casi infinito de espejos. Joyce, Italo Calvino... pero también Cervantes, Unamuno y mucho más cerca Enrique Vila-Matas. En esta sesquidécada aparece una novela de este último, Doctor Pasavento, la tercera de una trilogía metaliteraria que incluye Bartleby y compañía y El mal de Montano. Vila-Matas es un autor difícil, que requiere paciencia y mucho contexto erudito para disfrutarlo. Quizá en estos tiempos que corren, con la necesidad de la recompensa inmediata, no sea el autor más recomendable. Llegué a él gracias a El viaje vertical, que me gustó mucho, y luego fui leyendo casi todo lo que publicaba, hasta que me agoté con este Doctor Pasavento. La novela presenta a un escritor que trata de borrar su identidad como Robert Walser, Salinger o Pynchon. A través de un viaje por escenarios literarios y de búsqueda interior, Pasavento va desapareciendo en un laberinto de intertextos. Una locura.



Más llevadera es Sin hogar ni lugar, de la autora francesa Fred Vargas. En esta ocasión, el protagonista no es el habitual detective Adamsberg, sino otro expolicía que trata de esclarecer un crimen en el que el principal sospechoso es un joven discapacitado. El gran hallazgo de esta novela es poner en contacto al protagonista con otros ayudantes desclasados, como los Tres Evangelistas, eruditos venidos a menos, que configuran una especie de coro de antihéroes en la trama. Una autora muy recomendable de la que ya he hablado en otras ocasiones. Acercarse a sus novelas puede ser un buen plan para este verano, sin duda mejor que el intenso E. Vila-Matas (cuyo nombre al revés es Satam alive).

03 junio 2026

Sesquidécada: mayo 2011 (y aniversario del blog)

Pocas veces he publicado la sesquidécada fuera de su mes de referencia. En este caso, la huelga indefinida que estamos llevando a cabo los docentes de la Escuela Pública en la Comunidad Valenciana me ha tenido (y me tiene) ocupada la mente y el tiempo hasta el punto de relegar las notas del blog al último lugar de la lista de prioridades. Fijaos si es así, que hasta este momento ni siquiera he caído en la cuenta de que esta bitácora digital acaba de cumplir 20 años. Es probable que quede todavía alguno de aquellos lectores iniciales y quizá incluso se acuerde del objetivo original: compartir recursos y reflexiones sobre educación. Ahí sigo, 20 años después, con las mismas ilusiones de aquel comienzo, con la convicción intacta de ser una parte fundamental de los servicios públicos y la responsabilidad de educar a las generaciones futuras. En esta huelga que lleva ya 23 días en marcha, he encontrado esa ilusión en un montón de compañeros, en familias, en alumnado, en personas anónimas que nos aplauden en las calles y hacen suya esta lucha por lo público. Han sido 20 años en los que ha pasado de todo y en los que he visto pasar por delante a mucha gente, buena gente con la que he compartido compromisos, otros con los que he discrepado, y unos pocos, por suerte, que hubiera preferido no saber de su existencia. He vivido alegrías y he recibido felicitaciones, he discutido y me he equivocado, me han insultado y me he indignado, pero tengo tan tranquila mi conciencia que, a veces, repaso la hemeroteca y sigo republicando reflexiones de hace años sin ningún remordimiento ni arrepentimiento. Desde hace años vengo leyendo a algunos resentidos que me achacan ansias de medrar, pero aquí sigo, al borde de la jubilación, en mi centro de especial dificultad, rodeado de mis colegas y alumnos que son los que me hacen feliz, no como esa administración tan taimada y oscura que solo busca hundir aún más lo público, con la inestimable servidumbre de unos lacayos que viven de recompensas tan efímeras como el recuerdo que dejarán en su alumnado. En fin, que esta nota solo iba a ser una reseña de lecturas añejas de hace quince años, y casi se convierte en un epitafio bloguero. Vayamos, pues, a lo nuestro.



La primera lectura recuperada es la novela Expiación, de Ian McEwan, una obra que me dejó muy buenas sensaciones y que no descarto volver a visitar porque creo que las reseñas no le hacen justicia. Se trata de una novela con diferentes puntos de vista sobre la realidad y cómo esa perspectiva puede cambiar la vida de las personas. También del autor leí Chesil beach, otra lectura a la que guardo especial cariño.


Muy diferente es la novela de Cormac McCarthy Meridiano de sangre. Las obras de este autor no dejan a nadie indiferente, especialmente en lo que se refiere a la violencia más o menos gratuita (que nunca lo es). En esta ocasión esa violencia se viste con los ropajes de western para mostrarnos la barbarie de una sociedad sin valores. Desde luego, hay que leer en algún momento a este autor, empezando sin duda por La carretera.

22 abril 2026

Sesquidécada: abril 2011


Me hace ilusión escribir esta sesquidécada porque trae tres lecturas muy variadas, que seguro que os aprovechan a alguno de los que pasáis todavía por aquí.

En primer lugar tenemos el delicioso libro Mi familia y otros animales, del naturalista Gerald Durrell. Se trata de una obra inclasificable, entre el diario, la biografía, la divulgación y la literatura. Además del placer estético que supone disfrutar del paisaje de Corfú, el lector puede pasar unos buenos ratos con las divertidas anécdotas del autor, entre su familia y los animales, como señala el título. Aprovecho también para recomendar encarecidamente la serie de televisión Los Durrell, disponible en diversas plataformas.



En el ámbito de la literatura juvenil, recomiendo también una novela de Rosa Huertas que merece la pena leer con el alumnado de 3º o 4º de ESO, ya que aborda desde la época actual una investigación sobre Miguel Hernández. El libro se titula Mala luna y, sin abusar del tono didáctico, acerca la figura de nuestro poeta a los jóvenes, a través de un trabajo de clase que les abre la mirada y la conciencia. Rosa Huertas es un referente en la literatura juvenil y creo que esta se encuentra entre sus mejores obras (muy recomendables todas ellas).



Por último, para lectores exquisitos, un autor de culto: Flann O'Brien. La boca pobre es una de sus primeras novelas y en ella ya se atisban el humor y la ironía que culminarán en su mejor novela: El tercer policía. La boca pobre es una sátira de la pobreza irlandesa de principios del siglo XX, con la crudeza de Los santos inocentes y el tono de las novelas cómicas de Eduardo Mendoza, empapadas en el tono gris de los cuentos de Joyce. Una pequeña joya literaria que permite conocer a este autor en lengua gaélica poco conocido en nuestro país.   

25 marzo 2026

Caminos de agua. Ríos y literatura

El historiador Fernando Peña acaba de publicar una obra difícil de clasificar, Caminos de agua. Viajes literarios por los ríos, en la que nos lleva de la mano de diversos escritores a través de los ríos del mundo. No es este libro un ensayo sobre la geografía fluvial, ni tampoco de crítica literaria. Ni siquiera tiene aspiraciones de divulgación histórica. Es simplemente (o no tan simplemente) un elogio filosófico y sentimental de la magia de los ríos. Y como si fuese un río, la lectura fluye entre rápidos y meandros, surcando los siglos y llevándonos de Asia a América, pasando por Europa y África. No conviene aquí desmenuzar el listado de autores y ríos, pues creo que siempre agradecerá el lector ir descubriendo por sí mismo los caminos que ha trazado Fernando Peña al escribir esta pequeña joya literaria. Coincido con él en esa atracción por los ríos con toda su carga cultural y un tanto pasional. Los ríos siempre se relacionaron con la vida y la muerte, pero también con la aventura, con la vida, con el amor… 
Me ha encantado reencontrarme en este libro con algunos autores que admiro, como Mark Twain (autor de cabecera en mis lecturas juveniles) o Jerome K. Jerome (con una de las novelas con la que más me he reído en mi vida: Tres hombres en una barca), además de otros muchos nombres de referencia que podréis disfrutar desde la orilla de su lectura. Disfrutad con Fernando Peña de un remanso de paz entre estas aguas literarias y olvidad por unas horas la vorágine del mundo turbulento que se cierne más allá de sus orillas.

Más información:
Caminos de agua. Viajes literarios por los ríos. Fernando Peña Rambla

18 marzo 2026

De crímenes poco ejemplares: La verdad del caso de los hermanos Villar Lledías


En los primeros años de carrera descubrí a Max Aub y caí rendido ante su obra, algo que habréis notado en alguna ocasión en la que me he referido a él en este blog. No he podido leerlo todo y no creo que nadie lo haya conseguido, porque Max Aub era una máquina de escribir, literalmente: cuando no escribía, leía y nutría así aún más sus escritos. Más aún, Max Aub, bromeaban sus coetáneos cuando publicaba algo. Por esa afición a un autor que cultivó con solvencia todos los géneros posibles (y para mi gusto, la novela y el relato corto con maestría), ahora que me he encontrado con una lectura que convierte a Max Aub en el narrador de un relato casi policíaco, no tengo más remedio que recomendarla para los que pasáis por aquí. La verdad del caso de los hermanos Villar Lledías, de Pedro Tejada, narra las peripecias en la investigación de un crimen ocurrido en México D.F. en octubre de 1945. Los ancianos y hermanos usureros Miguel y Ángel Villar Lledías fueron asesinados en su casa con gran ensañamiento y, durante la investigación policial, hubo un gran revuelo mediático en la prensa escrita acerca de la autoría y de la posible implicación de su hermana María. Nos encontraríamos ante un true crime más de los muchos que se han puesto de moda en cine y televisión, si no fuese por ese Max Aub narrador que, bajo la maestría de Pedro Tejada, adopta un estilo muy similar al del Aub histórico; no en vano, Tejada es uno de los mayores investigadores de la obra de Aub, y eso se nota. Esta novela se construye bajo la muy probable hipótesis de que el propio Aub hubiese escrito alguna novela o relato a partir de los recortes de prensa hallados por el Pedro Tejada en el archivo de la Fundación Max Aub


Con ese punto de partida, Tejada va hilvanando un diario que nos lleva a través de las pesquisas de la policía, los bulos de los diarios y los chismes y chascarrillos de la “tertulia de los susodichos”. Pedro Tejada capta con gran destreza el tono y estilo de Aub para la narración y acierta también con las voces de los tertulianos, que casi constituyen una especie de coro tragicómico del crimen. Como correspondería a la obra de Aub, aparecen diferentes textos insertos al margen de los recortes (o recortaduras) de prensa: reflexiones, microrrelatos y epitafios, por ejemplo. Estos paratextos no deberían sorprender al lector que ya conoce la obra de Aub, y suponen un acierto más de Tejada a la hora de asumir esa voz aubiana. De este modo, La verdad del caso de los hermanos Villar Lledías acaba siendo algo más que una novela de crímenes, y se convierte en un diario, en una crónica de sucesos, en un esbozo de guion cinematográfico, en un homenaje a un autor que siempre hay que tener presente... Y no hay que olvidar que también es una novela llena de ironías y guiños dirigidos al lector de hoy, porque, en una época de posverdades, la literatura nos ofrece casi más certezas que la mera realidad.

Más información:
La verdad del caso de los hermanos Villar Lledías, Pedro Tejada Tello


16 marzo 2026

Sesquidécada: marzo 2011


Comenzamos la selección de lecturas de esta sesquidécada con una novela que es también una biografía, la de Leonora Carrington, de la mano de una autora maravillosa: Elena Poniatowska. Leonora es una novela que nos sumerge en la vida de una artista llena de luces y sombras, una vida azarosa en la que el brillo de la gente famosa se empaña con las ambiciones y desencantos de unos entornos en los que reina el egoísmo y la soberbia. Elena Poniatowska sabe construir un relato que huye de los datos para que el personaje histórico se convierta en un personaje literario lleno de matices y humanidad. Solo por ver desfilar a buena parte del mundo artístico de mediados del siglo XX vale la pena leerla.



De Manuel Chaves Nogales os recomiendo casi toda su obra. Creo que El maestro Juan Martínez que estaba allí fue la primera que leí y a partir de ella he ido avanzando en la producción de un autor imprescindible para entender el siglo XX. En ella, Chaves Nogales configura una novela a partir de las experiencias del bailarín y cantaor flamenco Juan Martínez, a quien pilla la revolución rusa en pleno corazón de Rusia. La prosa del autor convierte las peripecias del artista en una auténtica delicia para el lector, en un ejercicio magistral de periodismo literario. 





Por último un libro que más bien es un panfleto, pero que marcó un momento reseñable en nuestra historia reciente y que quizá habría que releer: ¡Indignaos!, de Stéphane Hessel. En este breve texto se invita a la juventud a rebelarse contra las injusticias y los poderes que buscan una sociedad adormecida y conformista. En aquel momento, hace quince años, estuvimos leyéndolo en clase de bachiller y resultó muy estimulante. Es posible que hoy la respuesta fuese muy diferente. ¿Dónde están aquellos indignados? ¿Qué nos ha quedado del 15M?

25 febrero 2026

Escuela o barbarie

Es privilegio de aldea que para todas las cosas haya en ella tiempo cuando el tiempo es bien repartido (...) tiempo para leer en un libro, (...), para ir a visitar los enfermos, para irse a caza a los campos, para holgarse con los amigos, para pasearse por las eras, (...) para comer si quisieren temprano, para jugar un rato al triunfo, para dormir la siesta y aun para jugar a la ballesta. No gozan de este privilegio los que en las cortes andan y en los grandes pueblos viven, porque allí lo más del tiempo se les pasa en visitar, en pleitear, en negociar, en trampear y aun a las veces en suspirar.

Antonio de Guevara. Menosprecio de corte y alabanza de aldea (1539)



Dicen que conocer la historia nos ayuda a evitar que se repitan los desastres del pasado y me parece que los afanes de algunos por desterrar las humanidades buscan precisamente eso, que olvidemos los errores y caigamos de nuevo en ellos. En los albores de nuestro Siglo de Oro, el periodo más esplendoroso de las artes y las letras, nos hallábamos paradójicamente sumidos en una de las peores crisis económicas y sociales de nuestra historia. Las malas cosechas, las hambrunas, las epidemias y otros factores llevaron a la despoblación del campo y el hacinamiento de la plebe en las ciudades. No es extraño que Guevara hiciese esa alabanza de la aldea que abre este artículo, o que los monarcas encumbrasen a san Isidro Labrador como patrón de la capital en un intento de prestigiar la agricultura y la vida campestre. Siglos más tarde, los miembros de la Generación del 98, en otra crisis de igual calibre, volvieron de nuevo la mirada a Castilla, al terruño, a la esencia de una España pobre, mal alimentada, pero llena de dignidad. Las Hurdes, tierra sin pan de Buñuel entroncan con ese espíritu, con la necesaria reforma agraria, con el afán de sacar al país de la Edad Media y convertirlo en una nación del siglo XX. Por eso las Hurdes se parecen más a un viaje del Ministerio del Tiempo que a un documental del National Geographic. Hay escenas que parecen sacadas de grabados de antiguos viajeros por España, viajeros del siglo XVII o XVIII. Curiosamente, el único momento en el que no se aprecia el viaje en el tiempo es cuando aparece la escuela. Es ese el único momento en el que los niños parecen seres humanos y no bestias. Un grabado en la pared, absurdo, sí, pero que sirve de conexión con la cultura. Y los niños leyendo y escribiendo, trabajando juntos codo con codo. Niños y niñas. En la pizarra uno de ellos escribe con letra clara: “Respetad los bienes ajenos”. Si entendemos por bienes también aquellos que son inmateriales, sería la mejor muestra del valor de la escuela: el respeto al prójimo. La escuela en las Hurdes es el único elemento de modernidad, el único elemento de humanidad. Todo lo demás es barbarie.

Ha pasado un siglo de aquello y volvemos a tener una España en crisis, o eso dicen algunos. Igual que ocurría en los tiempos de Guevara o en el documental de las Hurdes, el campo se desangra, las ciudades se llenan de “aldeanos” que huyen de una agricultura y ganadería maltratadas y mal pagadas. La Laponia española crece como una mancha de desolación y abandono en el corazón de este país: menos de ocho habitantes por kilómetro cuadrado, una densidad inferior a la del círculo polar ártico. Ni siquiera dando el premio Nobel a un ganadero de Teruel (si es verdad que Teruel existe) conseguiríamos ahora frenar esa diáspora. ¿Cuál es la solución entonces para esta epidemia demográfica? La Escuela.  Recordemos la secuencia de la escuela de Buñuel, el oasis de modernidad en el desierto medieval. De todos es sabido que un pueblo comienza a morir cuando cierra su escuela, porque nadie se lanza a un proyecto de futuro sin la garantía de la educación para sus hijos. Pensemos, además, en el maestro y la maestra rural no solo como educadores, sino como focos de la ética y la cultura, como referentes humanos en un universo digital. En ese sentido, la escuela rural es la vacuna contra la despoblación y la semilla de un nuevo modelo social. La escuela rural puede ser el vivero de nuevas generaciones de “aldeanos ilustrados”, ciudadanos que doten por fin de dignidad al sector primario, a la agricultura y la ganadería modernas, pero también a nuevos modelos de producción ligados a los entornos rurales, como el turismo, la sostenibilidad, la salud y el bienestar… He vuelto a ver las Hurdes de Buñuel con la mirada puesta en el futuro y creo que solo potenciando la escuela rural conseguiremos revertir un drama que nos persigue desde hace siglos. Vuelvan ustedes a ver esa secuencia y pongan color a las escenas escolares: verán qué modernas les parecen.

23 febrero 2026

Sesquidécada: febrero 2011

Recupero las lecturas de hace quince años para esta sesquidécada con la satisfacción de encontrarme con una selección variada de libros, la mayoría de ellos todavía vigentes para quienes no los conozcan. Vamos allá con ellos.


Para empezar, un best seller de una autora española que merece la pena leer en algún momento: Julia Navarro. En Dime quién soy podemos encontrar una novela que recorre buena parte de la historia reciente en una trama de intrigas y aventuras que van desde la guerra civil a la Alemania nazi, pasando por la Unión Soviética. Como suele ocurrir en este tipo de libros, la sucesión de intrigas se superpone a casi todo lo demás, aunque debo reconocer que la prosa es ágil y que engancha al lector con facilidad. Un buen libro para entretenerse en vacaciones sin buscar profundidades ni literatura trascendental.


Para el aula, El pan de la guerra, de Deborah Ellis sigue siendo una buena opción, especialmente si queremos abordar el tema de los conflictos armados. Es una novela dura, con un fondo social y humano que muchos desconocemos pero que resulta muy cercano en el ámbito de los sentimientos. Ninguna concesión a la ficción, pero tampoco a la lágrima fácil. Tiene continuación en El viaje de Parvana, y ambas son muy apropiadas para lectores de 14 a 16 años.


Por último, un gran descubrimiento: un autor con una prosa impregnada de un humor fino y un estilo a la vez cuidado y cercano al lector. Hablo de Jorge Ibargüengoitia, en este caso con la novela Estas ruinas que ves. Se trata de una novela que aborda con cierta ironía el ambiente provinciano de ciertas clases burguesas, un modelo que trasciende la localización en México y que se hace extensivo a otros contextos más cercanos. Jorge Ibargüengoitia seguro que nos hubiese dejado otras grandes obras de no haber fallecido prematuramente en el accidente de Avianca de Mejorada del Campo, precisamente cuando acudía como invitado de García Márquez a un congreso de cutura iberoamericana. Como apunta el crítico Enric González: “Si no ha leído a Jorge Ibargüengoitia, compre alguno de sus libros y léalo. Es muy probable que no encuentre nada en las librerías españolas, lo que demuestra, una vez más, que la vida puede estar muy bien, pero el mundo está muy mal. Si tiene un amigo en México, consiga que le envíe las obras de Ibargüengoitia. Si no tiene ese amigo, laméntelo amargamente. Insisto: lea a Ibargüengoitia”

19 enero 2026

Sesquidécada: enero 2011


Reviso para esta sesquidécada las lecturas de aquel enero de 2011 y me sorprendo al ver cómo han variado mis propios gustos. Los tres libros que tengo anotados son bastante raros y creo que hoy no me atrevería con ellos, al menos para leerlos seguidos. Ni siquiera me atrevería a recomendarlos, porque apenas los recuerdo, excepto uno de ellos, del que sí guardo una sensación también extraña. Pero ya que el propósito de estas reseñas es recuperar esas sensaciones y emociones, voy a hacer un esfuerzo poniéndome a ello, sobre todo porque algunos de aquellos autores son casi imprescindibles.

El primero autor es Umberto Eco, al que por aquella época le tenía bastante afición, tanto por semiólogo como por novelista. Así leí desde ensayos como Obra abierta, que me fascinó, hasta novelas bizantinas como Baudolino. De Eco rescato en este mes El cementerio de Praga, una novela de la que solo recuerdo que trataba de conspiraciones y de documentos falsificados, quizá al estilo de El código da Vinci, pero sin duda, mejor documentada. También recuerdo que sería relativamente ligera para leer, ya que la incluí entre las lecturas recomendadas para bachilleres, aunque luego la sustituí por El nombre de la rosa. Eco es un autor que hay que leer, a pesar de que nunca me atreví con El péndulo de Foucault ni con La isla del día de antes, que quizá tengan algún día su propia sesquidécada.



El segundo autor es uno de nuestros raritos, Enrique Vila-Matas, de quien leí Dublinesca, un libro regalo de Reyes. Al igual que me pasaba con Eco, me dio una temporada por leer casi todo lo de Vila-Matas, un autor difícil al que hay que querer mucho para terminar de leerlo. En aquel momento me pilló con buen ánimo y me lo acabé, aunque de este sí que no recuerdo nada, incluso después de haber leído las reseñas que hay en la red, que hablan de una divertida intriga en Dublín. Probablemente me pilló también en la época de interés por Joyce o por Flann O'Brien, y nuestro paisano quedó relegado a un injusto segundo plano. 



El último libro es Sukkwan Island, de David Vann, una novela corta pero intensa que, ahora en la distancia, me recuerda en cierta medida a La carretera, de Cormac McCarthy. Es un libro duro que no hace concesiones al lector, que mantiene la intriga hasta el final y que deja esa sensación extraña que mencionaba al principio. Lo dicho, libros raros para un enero extraño. 

27 diciembre 2025

Sesquidécada: diciembre 2010

En la sesquidécada de este mes tenemos una recomendación genérica de poesía: Miguel Hernández. En diciembre de 2010 disfruté de la antología de Jesucristo Riquelme en la editorial ECIR, puede que hoy descatalogada: Miguel Hernández: un poeta para espíritus jóvenes. Se trata de un libro que incluye, además de una interesante selección de poemas, una biografía ilustrada con numerosas fotos del autor. En aquel curso 2010-2011 me tocaba preparar a mi grupo de 2º de bachillerato para una Selectividad que incluía como lecturas de referencia Luces de bohemia, de Valle-Inclán, los poemas de Miguel Hernández y La casa de los espíritus, de Isabel Allende. Quince años después, vuelvo a encontrarme con este nivel, pero las lecturas ya han cambiado no una, sino dos veces. Pasamos por Lorca, Buero Vallejo y Martín Gaite, para acabar en la actualidad en los cuentos de Emilia Pardo Bazán, los poetas del 27 y Tres sombreros de copa, de Mihura. Así que no hay vacaciones de Navidad en las que no esté presente, de alguna manera, la poesía del 27. Quizá algún día escriba una nota en el blog acerca de esas selecciones de lecturas para las EBAU, que dan para una reflexión profunda acerca del canon y de las curiosas relaciones entre los especialistas de las universidades y el profesorado del Bachillerato. En todo caso, se encuentre o no entre esos "imprescindibles", Miguel Hernández siempre merece ser leído y releído.



Para no quedarnos con una sola reseña en este mes, recupero también la novela Dientes de leche, de Ignacio Martínez de Pisón. Sí, es otra novela de la guerra y posguerra civil, pero creo que el autor ha acertado al elegir los personajes y el tono de la narración para conseguir que el lector disfrute con una trama que tiene ese tinte agridulce de una época también llena de contrastes. A través de tres generaciones se recorre buena parte de la historia reciente de nuestro país. Aprovecho para recordar una vez más que las lecturas ambientadas en este período son muy necesarias, especialmente entre una juventud que recibe cada día más una visión distorsionada del franquismo y la transición. Felices fiestas y felices lecturas.

01 diciembre 2025

Regresa #poema27





Vamos con una nueva edición de #poema27, la cita anual que celebra el acto fundacional de la Generación del 27. Los próximos días 16 y 17 de diciembre se cumplirán los 98 años del encuentro de algunos autores de ese movimiento literario en el Ateneo de Sevilla. Este aniversario poético lo celebramos llenando la red de poemas y versos de aquellos poetas. Cada año, docentes, alumnado y aficionados a la poesía en general, se suman a esta invitación y comparten en redes sus poemas o versos preferidos. Este año, además, gracias a mis estimados José Luis Sánchez y Carmen Iglesias, me consta que ha llegado noticia de este homenaje a la II Feria Internacional de Expoesía de Caracas.
Y, por si fuera poco, la comisión de lengua y literatura de las EBAU de la Comunidad Valenciana ha modificado las lecturas, incluyendo una antología de la Generación del 27, con seis autores y 18 poemas, por lo que los alumnos de Bachillerato tendrán que salir del universo de Lorca para explorar otras poéticas de ese mismo periodo. Desde hace años, sea el curso que sea, por estas fechas vemos este documental en clase, que deja el tiempo justo y la excusa para hablar de estos poetas y de su importancia en la cultura hispánica. 



Así que, como extensión del aula, invito también a que, a lo largo de la semana del 15 al 19 de diciembre publiquéis en vuestras redes poemas y actividades relacionadas con el 27: en Facebook, en Instagram, en X, en Bluesky o en TikTok, bajo la etiqueta #poema27. La nómina de autores es bastante extensa y podéis encontrar suficientes poemas de ellos en la red, sin olvidar a las mujeres de la Generación, esas olvidadas que tímidamente asoman en los últimos años bajo la etiqueta de Las sinsombreroEs también una oportunidad para llenar las aulas de poesía y para jugar en familia con la narrativa digital. Os dejo unos ejemplos y variados enlaces al final por si queréis investigar. Para el aula se pueden repartir poemas (por ejemplo, esta antología del 27), para ser grabados en podcast o vídeo de manera voluntaria. ¿Os animáis?

Mis homenajes:
Año 2017: Al final de la tarde (Ernestina Champourcín)
Año 2016: Underwood girls (Pedro Salinas)
Año 2015: La tarde... Josefina de la Torre
Año 2014: Dos poemas y más
Año 2013: Canción que nunca pone el pie en el suelo (Rosales)
Año 2012: Al oído de una muchacha (Lorca)
Año 2011: Amor oscuro (Altolaguirre)
Año 2010: Cernuda y Morente
Año 2009: Cernuda

También con el alumnado:
Poemas en la red:
Herramientas para trabajar la poesía en el aula:
Crédito de la imagen: Trabajos sobre las SinSombrero en el IES Bovalar 

26 noviembre 2025

Sesquidécada: noviembre 2010


Hace unos días saltó la polémica del premio Planeta, ese galardón que cada año genera un aluvión de indignación y críticas, con los consiguientes artículos de opinión que cuestionan el valor literario de un premio que parece más comercial que cultural. Justamente hace quince años leí uno de esos premios Planeta recién salidos del horno, un libro del que hablaré en esta sesquidécada. No soy muy aficionado a la lectura de esos premios. Revisando la lista, compruebo que solo he leído tres: Los mares del sur, de Vázquez Montalbán, El jinete polaco, de Muñoz Molina, y este Riña de gatos. Madrid 1936, de Eduardo Mendoza. Creo que los dos primeros son muy buenas obras, especialmente la de Muñoz Molina, a la que creo le ha pesado negativamente haber sido reconocida con este galardón. Pero vayamos con la novela de Mendoza.

Riña de gatos es una novela histórica ambientada en los inicios de la Guerra Civil española, con referencias a un cuadro de Velázquez, que configura la intriga de la obra. Probablemente, si esta novela la hubiese escrito Juan del Val, el último ganador, nos encontraríamos con un bodrio lleno de lugares comunes y una prosa cansina y didáctica, en el peor sentido de la palabra. Pero Eduardo Mendoza es un escritor que siempre acierta, con el estilo, con los personajes, con el manejo de la trama, con el ambiente... No me cabe duda que podría releer esta novela y disfrutar de ella como en aquel momento, porque cuando alguien sabe su oficio, nunca defrauda al lector. No es la mejor de sus novelas; para mí siguen estando por encima La verdad sobre el caso Savolta o La ciudad de los prodigios. En conclusión, no creo que vaya a leer ningún premio Planeta mientras se lo concedan a personajes de la farándula televisiva, por buenas que sean las críticas. Y aunque tampoco me apetece hacerlo con esos otros premiados que gozan de buena prensa en el mundillo literario, quizá en algún momento me anime a repasar la lista para intentar reparar el desprestigio que parece provocar la concesión de este premio.

31 octubre 2025

Sesquidécada: octubre 2010

Llegamos al último día del mes para recordar las lecturas de octubre de hace quince años y de mi lista de libros, casi todos novelas juveniles, solo he podido rescatar para esta sesquidécada el recuerdo de este libro de Jeffery Deaver, El hombre evanescente, una novela policíaca de intriga, protagonizada por el detective tetrapléjico Lincoln Rhyme. Es una novela con aires de thriller televisivo, con un asesino escurridizo y con bastantes golpes de efecto. Una novela para no complicarse la vida y mantenerse despierto cuando lees por la noche. Del mismo autor hay varias obras del mismo estilo, incluso del mismo protagonista. Muy recomendable para los amantes del género y para lectores que necesiten un respiro entre lecturas más enjundiosas.

29 octubre 2025

Aniversario del dolor

Hoy es un día difícil para ver la televisión, para asomarse a las redes, para leer la prensa... Hoy es un día en el que cuesta no llorar. Buena parte de mi vida ha transcurrido en Sedaví, donde estaba mi primer colegio, en Benetússer, donde estudié mi primer curso de Bachillerato, y en Alfafar, donde fue al colegio mi hija mayor y donde siguen viviendo mis padres y uno de mis hermanos. También ahí vive mi prima, y ahí vivía su hermano hasta que una ciénaga desatada lo sepultó en su cama arrebatándolo de los brazos de su mujer, que salvó la vida de milagro. Hoy, cuando se cumple un año de la DANA de Valencia, es un día difícil para escribir desde la serenidad y no desde la rabia.

Hoy es también un día difícil para olvidar. Olvidar que ya por la mañana estábamos viendo rescates de personas arrastradas por el agua. Olvidar que a mediodía y en la sobremesa ya había decenas de muertos y que una avalancha de barro bajaba desde las montañas hacia la Albufera. Olvidar que los máximos responsables de las emergencias estaban mareando la perdiz mientras esperaban las órdenes de un presidente que, un año después, todavía no sabemos dónde andaba ni qué hacía. Olvidar las imágenes y los testimonios de las víctimas y su desamparo.

Pero hoy sí que es un buen día para reflexionar acerca de los errores que se cometieron y de quiénes fueron responsables de ellos. Es buen día para desenmascarar a los que mintieron y sembraron odio y bulos mientras miles de personas sufrían por sus pérdidas. Y, sobre todo, es buen día para homenajear a los que dieron la cara y a los que tendieron su mano sin esperar nada a cambio. 

Hoy es ese día en el que hubiera preferido escribir de libros y no de muerte. Pero cada día que vuelvo a visitar las calles de mi infancia y juventud, cada vez que abrazo a mis padres, cada vez que hablo con mi prima, sé que tenía que dejar constancia de este dolor, de esta rabia, de esta impotencia. Y poner la televisión o asomarse a las redes para ver la hipocresía de los responsables de este horror solo acrecienta esta indignación.

06 octubre 2025

Mi primera escuela


Me cuentan que mi primera escuela fue una guardería (una “miga” la llamaban en mi pueblo) a la que asistí con apenas 3 años; de aquello no recuerdo nada. Mi memoria empieza en un colegio nacional en el que hice toda la EGB. Era el colegio del barrio, en un pueblo cercano a Valencia, un colegio pequeño que compartía territorio con otros dos colegios concertados a los que iban algunos de mis vecinos. En aquel momento no lo entendía, pero resultaba curioso, ya en los años 70, que las familias de clase media llevasen a sus hijos a colegios diferentes de los que íbamos los de clase más baja. En mi clase, casi todos éramos hijos de inmigrantes, hijos e hijas de esas familias que venían de Albacete, de Badajoz, de Jaén o de Córdoba, como era mi caso. Por eso nadie hablaba valenciano (luego supe que los otros niños del lugar tampoco podían hablar valenciano en sus colegios selectos, que eso solo era para casa). Mi primera escuela era la escuela de muchos niños humildes de aquella época, una escuela en la que aún se formaba en filas con la mano en el hombro y en la que se rezaba al empezar el día y al acabarlo. De la etapa de infantil solo albergo un vago recuerdo de mi maestra doña Remedios, que propuso que me adelantasen de curso para empezar la EGB con cinco años. Así pasé toda mi etapa primaria siendo el más pequeño de la clase, un niño esmirriado que era poco menos que la mascota del grupo. Tengo buenos recuerdos del patio de tierra y árboles, de mi abuela llevándome a la valla yogures para almorzar, de jugar a pillar o a la cadena o al “churro va”. En mi memoria, el colegio era amplio y espacioso, y entrar en él después, ya de adulto, supuso un impacto enorme al descubrir que era justo lo contrario, un edificio angosto y reducido. Mi primera escuela tenía maestras en los niveles más bajos (tanto que no guardo apenas recuerdo de ellas) y maestros a partir de 4º de EGB. Entre ellos los había estrictos, muy autoritarios al estilo del franquismo, incluso con capones y tirones de pelo en las patillas, otros a los que se les notaba ya derrotados, con signos de estar en un lugar en el que no les apetecía, y algún otro que todavía mantenía la vocación de educar. En cuanto a los compañeros, esos treinta y pico en clase de aquellos años, eran como dije al principio un revoltijo de chavales de familias humildes, con bastante absentismo a partir de los doce años y también con algunos repetidores, la mayoría de ellos con necesidades educativas muy acentuadas. De todos ellos, apenas un tercio siguieron con estudios de bachillerato o formación profesional; el resto entraba como aprendiz en las numerosas fábricas de muebles de la zona o en pequeños talleres familiares. En estos momentos en los que se habla tanto de disciplina en las aulas, recuerdo que también había “gamberros” en mi primera escuela: chavales a los que la escuela les daba la espalda y saltaban por la ventana para escaparse, chavales que fumaban (igual que el maestro que lo hacía en pipa en el aula), chavales que ya estaban trabajando sin que nadie se escandalizase. Mi primera escuela era mi mejor escuela, porque no había otra y porque, junto con la biblioteca municipal, era el único lugar en el que saciar mi curiosidad. Ojalá recuperar aquella escuela, no para volver a los capones y castigos, sino para satisfacer esa ansía de curiosidad que todos los niños tienen y que, a veces, no sabemos colmar.

24 septiembre 2025

Sesquidécada: septiembre 2010


La sesquidécada de septiembre podría contar con mucha novela juvenil, ya que es un periodo propicio para elegir libros del plan lector de centro. He revisado algunas de aquellas novelas y veo que ya están descatalogadas, así que me veo casi forzado a seleccionar lo que ha perdurado en el tiempo y la memoria.


La primera es un clásico de larga duración, Marina, de Carlos Ruiz-Zafón. Es una novela de intriga con un punto de terror que se sitúa en Barcelona y que suele funcionar bastante bien para los chavales de 14 a 16 años (y creo que también para adultos). Del mismo autor hay otras dos novelas de este estilo que también me han funcionado: El príncipe de las tinieblas y El palacio de la medianoche.



Otro autor imprescindible, con una novela que no pierde vigencia, es Fernando Lalana y La tuneladora. Aventuras en el subsuelo de la ciudad, intriga y suspense, forman una trama que resulta también atractiva a los jóvenes lectores. Casi todas las novelas de este autor desarrollan argumentos con un ritmo muy interesante, similar a los thrillers televisivos.


Por último, un autor al que le tengo mucho aprecio, tanto por sus relatos policíacos como por los de ciencia-ficción. Se trata de Fredric Brown, un narrador magnífico con un gran sentido del humor y una maestría excepcional para sorprender al lector. Os recomiendo todo lo que podáis leer de él. En este caso os dejo los relatos de Universo de locos y otras novelas de marcianos, que no necesita aclaración en cuanto al género. Disfrutad sin complejos de su lectura, porque lo podéis encontrar en ediciones actuales y en librerías de saldo.



25 agosto 2025

Sesquidécada: agosto 2010


En esta sesquidécada traigo dos novelas de ciencia-ficción, para uso particular, y una novela juvenil, por si os interesa para el aula de secundaria.

Pórtico, de Frederik Pohl, es un clásico de los viajes interestelares y el primero de la saga Heechee. Además de las intrigas propias del género de este tipo de viajes, sus riesgos y amenazas, tenemos una novela con pinceladas distópicas basadas principalmente en el colapso malthusiano. A pesar de su fama, se ha intentado en alguna ocasión llevarla a la pantalla como serie de televisión, pero aún no se ha llevado a cabo.



Otra novela que daría la talla en el cine es Muerte de la luz, de George R.R. Martin, sí, nuestro admirado procrastinador de la Canción de Hielo y Fuego. Curiosamente, esta novela se publicó el mismo año que la anterior, en 1977, aunque, a mi juicio, se mantiene más fresca y actual, lo que demostraría que este autor tiene más interés en el entretenimiento que en la reflexión filosófica. En esta novela se mezcla una historia de amor con el retrato elegíaco de una cultura condenada a perderse. Martin prefigura aquí su habilidad para enganchar al lector con una trama y una narración en la que no puedes dejar de avanzar.



Por último, una novela juvenil que suele funcionar muy bien para el alumnado de 13-15 años es Donde esté mi corazón, de Jordi Sierra i Fabra. No hace falta contaros mucho del autor, uno de los referentes de la literatura juvenil y, sin duda, el más prolífico. En cuanto a la novela, aborda una relación sentimental con algunos elementos añadidos que dan pie a tertulias y debates en clase. Podéis tenerla en cuenta para cuando volvamos en septiembre al aula, que eso ya está ahí, a la vuelta de la esquina. 

17 agosto 2025

Memòries ferroviàries i literàries

Si t’agrada viatjar, tens curiositat per la geografia i l’urbanisme, t’encanten els estudis d’humanitats i, sobretot, si t’apassionen els trens, Memòries d'un vagó de ferrocarril és un llibre que no podràs parar de llegir. Li afegiria a aquest llibre un subtítol més ample que el que té: història sentimental, ètica, estètica i política del corredor mediterrani. Antoni Martí Monterde és un assagista de primera (i per això ha sigut reconegut amb diversos premis d’aquest gènere), però és també un viatger impenitent, curiós i valent, que és capaç de renunciar a les comoditats de l’alta velocitat en aras del sacrifici dels trens regionals.

L’autor comença el relat en la infantesa i joventut a la ciutat de València, amb la memòria dels trens de via estreta i la poderosa imatge de l’Estació del Nord, alçada com a tòtem durant bona part del llibre. Amb l’evolució personal i professional, ens anirà portant a Barcelona i les seues estacions, tant de la ciutat com del contorn nord, i després a Girona, on s’ha establert definitivament, si n’hi ha alguna cosa definitiva al món. Més tard, ens mostrarà els apèndixs cap a Portbou i Cervera, i cap a la Pobla de Segur i Canfranc, en un recorregut que voreja les fronteres amb França per un i altre costat.

Tot això pel que fa a la geografia, però ja hem dit que també tenim altres tòpics. Per exemple, les reflexions sobre les cantines ferroviàries i les relacions amb els cafès, els llocs on es forgen molts dels moviments artístics i polítics dels últims segles. Perquè en aquest assaig la política està ben present, sobretot en allò relatiu a la vertebració del territori, el sistema radial del ferrocarril heretat i mantingut per polítics centralistes que només gestionen pensant en alta velocitat amb epicentre en Madrid.

També tenim prou referències literàries i artístiques, relacionades amb les estacions i els que viatjaven per elles, en especial figures com Josep Pla. Imprescindible el capítol dedicat a Walter Benjamin i Portbou, amb totes les reflexions sobre ciutadania i fronteres que s’hi deriven.

Després de la lectura comprenem millor que l’Espanya buidada s’hauria de replantejar com a Espanya desballestada, primer per una planificació deficient i després per una manca de visió de futur que es permet tancar línies i serveis públics que resulten fonamentals per a mantenir viu el territori. També entenem que l’abandonament que sofreix el corredor mediterrani (no només a les relacions interurbanes, sinó també a les rodalies) no és casual, sinó que respon a una deliberada intenció d’afavorir altres eixos econòmics i logístics.

Però, com apassionat dels trens, allò que més m’ha agradat és acompanyar l’autor pels paisatges i memòries ferroviàries, molts dels quals compartisc amb ell. Compartisc les alegries de viatjar per línies abandonades, de descobrir restes d’antigues estacions i traçats urbans abandonats, de perdre el temps mirant per la finestra… Compartisc la ràbia de vore desmantellades infraestructures que donaven servei a territoris, de sofrir uns trens, uns horaris i uns preus insoportables entre València i Barcelona, de mirar amb enveja les relacions ferroviàries europees… I també, com ell, pense que “Europa serà ferroviària, o no serà”.



Memòries d'un vagó de ferrocarril. Història sentimental del corredor mediterrani

Antoni Martí Monterde. Editorial Bromera. 2024

25 julio 2025

Sesquidécada: julio 2010

Gozosos tiempos en los que podía leer en julio decenas de libros... meses en los que cuesta elegir tres lecturas entre tantas, cuando ahora apenas llego a ese mínimo. Esta sesquidécada recoge, una vez más, lecturas de dos géneros con los que empecé a engancharme tarde, la ciencia-ficción y la novela policíaca. De regalo, también un relato de viajes. Vamos allá.


No quisiera estar en sus zapatos es un relato policíaco de William Irish (también conocido como Cornell Woolrich), un autor que siempre merece la pena leer. Ya ha aparecido varias veces reseñado en este blog, incluso como recomendación para el aula de la ESO. Es el autor del relato que inspiró La ventana indiscreta, y tiene como seña de identidad el uso del azar en la resolución de intrigas con falsas evidencias. Una buena lectura para el verano.



Hyperion, de Dan Simmons, es la primera novela de una tetralogía impresionante, obra cumbre de la ciencia-ficción moderna. Tanto la estructura de la trama como el universo creado son espectaculares, con el añadido de unos referentes literarios que no pasan desapercibidos. Creo que es algo así como el equivalente al Señor de los Anillos en la novela de fantasía. Una delicatesssen para los fanáticos del género.



Los relatos de viajeros por España en tiempos pasados son una fuente jugosa de curiosidades y detalles que nos dan idea de lo que fuimos y lo que seguimos (o no) siendo. Entre los clásicos de este género está Aventuras de un irlandés en España, de Walter Starkie, un autor que también escribió acerca de los gitanos en nuestro país. Starkie viaja por España en 1931 y muestra un país que vive casi en la Edad Media, pero que se prepara para cambios que tardarán una cuantas décadas en llegar. Es un libro que engancha desde el primer momento, por esa mezcla entre la mirada objetiva y las propias valoraciones o prejuicios del autor. Hay una edición moderna que podéis encontrar fácilmente en las librerías.


Por último, fuera del formato habitual de la sesquidécada, en estos tiempos en los que la censura de la administración educativa bloquea cursos del profesorado sobre memoria democrática, tengo que recordar este libro de mi compañero de instituto, Fernando Peña: El precio de la derrota. La ley de responsabilidades políticas en Castellón, 1939-1945. En él se da cuenta de algunos procesos llevados a cabo al amparo de dicha ley, que tenía como base la venganza y la humillación de todos aquellos que votaron al Frente Popular (así aparece textualmente, excluyendo a quienes votaron a las derechas): vamos, un total de cinco millones de sospechosos, más sus familias, herederas del oprobio aunque el acusado ya en su día hubiese sido depurado o fusilado. Un libro que, sin entrar en la valoración moral o política, muestra la perversión de ciertas personas que nunca han pagado (ni pagarán ya) las injusticias cometidas a sabiendas. 


22 junio 2025

Sesquidécada: junio 2010


La primera novela rescatada para esta sesquidécada vino a mi lista de lecturas para refrescar el tórrido ambiente veraniego de aquel junio de 2010. Se trata de La señorita Smila y su especial percepción de la nieve, de Peter Høeg, una de las primeras novelas negras nórdicas que cayeron en mis manos. Un crimen rodeado de nieve y de intuiciones, del que apenas recuerdo una sensación plácida de frío y bruma, como abrir la nevera y meter la cabeza dentro. Fue una novela que tuvo bastante éxito y que llegó a convertirse en película. Para mí fue una invitación a conocer autores del norte de Europa, entre los que he ido encontrando interesantes hallazgos.



El tío Petros y la conjetura de Goldbach, de Apostolos Doxiadis, es la segunda lectura seleccionada para este mes. A mitad de camino entre la novela y el ensayo, es una lectura que invita a reflexionar sobre el mundo de las matemáticas, la vocación científica y los descubrimientos de un joven que indaga sobre la vida de su tío. Es una obra diferente, con un fondo divulgativo que no empaña lo literario.



La última lectura es un clásico entre los profesores de literatura: La casa de los espíritus, de Isabel Allende. Creo que aquella fue mi primera lectura de esta novela, a la que volvería en alguna ocasión para preparar las clases de 2º de Bachillerato, en una época en la que esta obra era una de las de referencia para la Selectividad. La leí con cierta condescendencia después de haber leído muchas obras del boom latinoamericano y del realismo mágico, pero descubrí una buena novela que solo había tenido la mala suerte de que Cien años de soledad estuviese planeando sobre ella como inevitable punto de comparación. Aunque es cierto que la obra de García Márquez es superior en calidad, las novelas de Allende merecen también su lugar en el canon, aunque solo sea por haber llegado a miles de lectores desde la voz de una mujer. Convendría recordar aquí que la idolatrada La colmena de Cela no deja de ser una copia barata de Manhattan transfer de Dos Passos.