26 mayo 2020

10+4

Hoy cumple 14 años el blog. No parece un número muy significativo, pero coincide con que hace cuatro años que anuncié mi entrada en el equipo directivo del IES Bovalar, en una nota que celebraba los diez años del blog, así que en realidad celebro un 10+4. Todo es circular, ya lo sabéis, sobre todo si sois aficionados a la Edad Media y sus símbolos. Todo acaba llevándonos al lugar de donde vinimos, como esta pandemia que parece que nos ha devuelto a los emocionantes tiempos en los que nació el blog. En estos días releo muchos artículos de entonces y veo que casi hemos regresado a la línea de salida, que seguimos anclados en los mismos errores, lastrados por los mismos prejuicios y por la misma falta de previsión (y de presupuesto educativo).

Por otro lado, hace cuatro años me embarqué en una aventura que he tratado de gestionar de la mejor manera posible, con la inestimable ayuda de mi equipo y del resto del claustro y familias. No es modestia, es realidad. Quien piense que puede dirigir un centro como un monarca está muy equivocado: hace falta lidiar con los intereses de muchos colectivos, intereses que no siempre son compatibles. Incluso, tiene su gracia, las cosas llegan a destiempo: siempre reclamando más autonomía para la gestión de los centros y nos la dan justo cuando tenemos que lidiar con una situación que desborda nuestra capacidad. Aun así, poco antes de esta crisis sanitaria, tuve la inmensa alegría de ser reelegido por mayoría en la renovación al cargo. Otros cuatro años que no han empezado con buen pie, aunque al menos no es culpa mía.

Pero hoy es el cumpleaños del blog, un blog que ha ido madurando, mutando hacia un diario sereno que se mantiene bastante lejos del ruido de las redes. Por eso hay tan poca reflexión educativa en los últimos tiempos, porque la vorágine de Twitter agota las energías y no queda tiempo para venir aquí con la reflexión serena. Sigo publicando, en la medida de lo posible, las memorias del trimestre, los desvelos de la dirección y las sesquidécadas, además de algún artículo o reseña suelto. Lejos queda aquella actividad febril de otros tiempos. No tengo ya tantas horas de aula como para buscar actividades o proyectos propios, y me dejo llevar por colegas que llegan con energía, como Anna Navarro, con quien comparto codocencia en 1º de ESO. 

Hoy miro alrededor y quedan pocos de aquellos que compartíamos inquietudes en lo que llamábamos blogosfera educativa. Apenas se leen blogs y algunos de los grandes van cayendo poco a poco. Tal vez ahora sí que haya llegado la siempre anunciada muerte de los blogs. No sé si este blog seguirá cumpliendo años, espero que sí. No será aquel blog bisoño de sus inicios ni tampoco el blog gamberro de la efervescencia 2.0. Pero tampoco yo soy el que era. Tempus fugit.

Crédito de la imagen: "Fourteen - The Number Set

10 mayo 2020

Sesquidécada: mayo 2005

Veo que en mayo de 2005 andaba bastante centrado en la literatura de principios del siglo XX. Siempre he manifestado mi admiración por la literatura española del primer tercio del siglo pasado. Creo que es uno de los periodos más apasionantes de la historia literaria de nuestra lengua, junto con el tránsito del siglo XVI al XVII. La reflexión del 98, el modernismo, los relatos sociales, el novecentismo, las novelitas eróticas, las vanguardias, la Generación del 27... Por suerte, además de numerosos testimonios de cronistas de la época (críticos, periodistas, historiadores), tenemos también novelas actuales que recrean con mayor o menor acierto aquella época. Recuerdo, por ejemplo, La calle de Valverde, de Max Aub, Las máscaras del héroe, de Juan Manuel de Prada (por cierto, también en aquel mayo de 2005 leí Coños, el intento de este autor por parecerse a Gómez de la Serna, un intento que, a mi juicio, no resultó acertado), o la novela que rescato en esta sesquidécada: Fabulosas narraciones por historias, de Antonio Orejudo.

La novela recrea las peripecias de tres jóvenes en el Madrid de los años 20. Alojados en la Residencia de Estudiantes y vinculados azarosamente a grandes figuras intelectuales de la época, estos jóvenes van tejiendo una trama de ficción con divertidos retazos de coincidencias históricas. Antonio Orejudo, que es un excelente prosista, construye con mimbres absurdos y surrealistas un relato verosímil que seduce a los aficionados a la literatura y, especialmente, a los que andamos enamorados de esa época. No es una novela perfecta, pero sí que entretiene con un humor fino a quienes buscan algo más que las novelas históricas al uso. Además, el reciente estreno fílmico de Ventajas de viajar en tren, basado en la obra homónima de este mismo autor, nos da la coartada perfecta para releer a Orejudo. 

26 abril 2020

Sesquidécada: abril 2005

Tenía ganas de llegar a este mes de recuerdos lectores, que me permite reseñar en esta sesquidécada tres lecturas muy diferentes en sus géneros y en sus épocas.
La primera es El Buscón de Quevedo, una novela que apenas necesita explicaciones. No sé si esta sería mi tercera o cuarta relectura del clásico, una obra a la que vuelvo de vez en cuando solo por degustar la ironía, el ingenio y la amargura inconfundible de Quevedo. Estoy convencido de que Quevedo sería hoy un tuitero de los más ácidos e ingeniosos, creador incansable de memes y virales, aunque me parece que lo sería del lado oscuro: homófobo, clasista y misógino. Cabe también la posibilidad de que ocupase algún cargo político del establishment y se hubiese moderado: lo que ganaríamos en humanidad lo perderíamos en ingenio, sin duda. A pesar de todo ello, releer el Buscón supone recuperar alguna carcajada y descubrir que en algunas cosas hemos cambiado muy poco desde el Siglo de Oro.

Muy relacionada con la lectura, la literatura, el pensamiento y el mundo de los libros, conviene leer un ensayo de Fernando Báez: Historia universal de la destrucción de los libros: de las tablillas sumerias a la guerra de Irak. Como su nombre indica, es una obra que traza un recorrido por diversas purgas y desastres intencionados que buscaban la aniquilación del libre pensamiento y la imposición de una visión dogmática y ortodoxa del mundo. Resulta curioso comprobar que los nuevos bárbaros no necesitan quemar libros: les basta con sembrar la desinformación para anular el pensamiento crítico. Como se destaca en la cita de Heine de su portada: "Allí donde queman libros, acaban quemando hombres". 

Finalmente, recomiendo una novela ligera de Denis Guedj, La medida del mundo, en la que se adaptan literariamente las peripecias de Pierre Méchain, el astrónomo francés que contribuyó decisivamente a la definición del meridiano. Es una historia apasionante, llena de retos y dificultades, muchos de ellos acaecidos en la costa mediterránea española, por donde transcurre el Meridiano de Greenwich. Aquí en Castellón se encuentra la casa en la que falleció Méchain; en el Parque Ribalta hay un monumento que le sirve de homenaje, un monumento que nos recuerda que detrás de las grandes empresas suele hallarse la persistente paciencia y coraje de pequeñas personas.


18 abril 2020

Separados al nacer

Acompáñenme en la insólita historia de los gemelos Adrián y Kevin, separados al nacer, tan iguales, con capacidades similares y con destinos tan dispares. Una historia de esfuerzo y superación para unos y de abandono y castigo para otros. Una historia sin moralejas, una historia que pudo ser cierta o fingida, según la realidad que cada uno de ustedes viva: a unos les parecerá exageración a otros se les antojará mentira, y más de uno la dará por ejemplar. La cuento como me la contaron. 
Adrián fue adoptado por una familia normal, de esas que tienen su casa, su coche y su apartamento en la playa, una madre funcionaria y un padre encargado de supermercado. Kevin también fue adoptado por otra familia normal, de esas que solo tienen un piso antiguo, vaga herencia familiar disputada a costa de no hablarse con hermanos y primos, con una madre empleada de hostelería, separada de un padre transportista.
A lo largo de la Primaria, Adrián y Kevin estudian en colegios públicos de sus respectivos barrios. Adrián tiene buenos amigos en su zona, un área residencial con parques y vecinos que te invitan a cumpleaños en los que ni siquiera sabes qué te ha regalado quién. Kevin también va al cole público de su barrio, pero es un colegio particular, donde la amistad se forja con cierta precariedad, compañeros que vienen y van, gente de paso en una zona periférica de la ciudad, con descampados y naves industriales. Sus cumpleaños son de calle y de todo a cien, aunque en sexto, qué risa, alguien trajo cervezas y tabaco para divertirse un rato.
En el instituto, Adrián empezó a tener problemas con algunas asignaturas que se le atravesaban. Su madre pedía citas con los profesores y mantuvo el contacto con la tutora para que Adrián no se quedase atrás. Le pusieron un profe particular para el inglés y lo apuntaron a una academia, porque los deberes le costaban horas y luego los tenía mal. Aunque llevó a rastras las matemáticas, el inglés y la música, al final de curso, la tutora y el resto del equipo tuvieron muy en cuenta la preocupación de sus padres (que no faltaron a ninguna reunión y llamaron por teléfono casi todos los meses para ver cómo iba todo), y pensaron que no era bueno que repitiese por tres asignaturas, así que un cuatro se convirtió en un cinco y Adrián promocionó.
A Kevin le pasó algo parecido, con las mismas asignaturas. La tutora llamó a su madre, pero los horarios de la hostelería son complicados y solo podían hablar por teléfono de vez en cuando. Kevin tampoco sabía hacer los deberes. Como había semanas que las pasaba con su padre, el transportista, se quedaba en casa solo y no adelantaba. Los amigos del cole tampoco eran de gran ayuda; algunos habían empezado a faltar a clase y se quedaban por los descampados. Su padre fue una vez al instituto y la lio con la de lengua porque llamó vago a su hijo, o eso entendió él. A pesar de que trataba de seguir las clases, sus despistes con las tareas y su vergüenza para preguntar lo que no entendía, le hicieron perder el ritmo. En la segunda evaluación ya no eran tres asignaturas suspendidas, sino cinco. Nadie en su casa se planteó pagar una academia ni un profesor particular. En la evaluación final, se consideró que Kevin debía repetir porque no se había esforzado bastante.
El resto de la escolarización obligatoria de Adrián fue bastante anodino: nunca destacó especialmente en ninguna asignatura y solo una vez le pusieron un parte por burlarse de un compañero (le quitaron la Play en casa durante un mes, pero iba a hacer los deberes a casa de Álex y allí podía jugar). Hacía siempre los deberes, en eso su familia era inflexible: si sus padres no sabían algo, le pedían ayuda a algún conocido y siempre salían adelante. Los exámenes los pasaba siempre con un cuatro o un cinco, al que sumaba la actitud y el cuaderno completo. Tituló en la ESO y se matriculó en un Bachiller que sacó en tres años. Para entonces, sus padres habían ahorrado lo suficiente para pagarle una universidad privada si fallaba la nota de corte. 
Kevin no tuvo tanta fortuna. Repitió 1º de ESO y se desanimó. Como iba a pasar igual a segundo, ese año se dedicó a las relaciones sociales con sus colegas y con las chicas. En 2º de ESO, como cabía esperar, le fue igual de mal. Un día se peleó con un amigo, en plan broma, y lo echaron un mes. En casa le quitaron el móvil, pero su padre, a escondidas le consiguió otro. La tutora de 2º hizo todo lo posible por derivarlo a un programa de refuerzo, pero no todo el equipo docente estaba de acuerdo: Kevin no se esforzaba y su actitud era negativa; tampoco la familia estaba por la labor, ya que no creían que Kevin tuviese ningún problema en la cabeza. Así que Kevin volvió a repetir 2º de ESO y se largó con 16 años del instituto, sin títulos y sin esperanzas.
Adrián y Kevin eran muy parecidos al nacer, pero Kevin no se esforzó y Adrián sí. Por eso, veinte años después de su agónico título de la ESO, Adrián es hoy un abogado liberal, indignado con que pasen de curso quienes no lo merecen, ya que él se esfuerza por que su hija Patricia entregue correctamente todas las tareas que le mandan. 
Kevin por su parte no sabe muy bien si sus hijos pasarán o no de curso; a veces le cuesta recordar qué curso están haciendo. Le preocupa sobre todo saber si la economía precaria en la que se mueve le permitirá darles de comer a todos. Y sí, a menudo, piensa que toda la culpa es suya por no haberse esforzado lo suficiente.

Crédito de la imagen: 'Twins'

05 abril 2020

Querido Viernes

Querido Viernes, aquí andamos confinados una semana más. Me gustaría decirte que ya me he acostumbrado a esta rutina, pero no es así. Aunque hemos trabajado con ahínco, nos queda mucho por delante.
Los primeros días fueron un poco a lo loco, con profes cayendo del guindo de las TIC en el aula, como si las nuevas tecnologías fuesen nuevas de verdad y no llevasen más de diez o quince años en marcha. También cayeron del guindo quienes pensaban que las plataformas oficiales podían dar respuesta a ese mundo digital al que le llevan dando la espalda desde hace tiempo.
Porque aquí, Viernes, somos muy de hacer cosas en inglés, que hasta debería llamarte Friday, pero con la competencia digital nos hemos confiado pensando que los estudiantes sabían apañarse solitos, por eso de ser nativos, como tú. Y ahora resulta que hay que enseñarles a profes y alumnos cómo mandar correos con copia oculta, porque es una norma básica, y hay que enseñar que se pueden proponer tareas interesantes más allá de los horizontes de mi asignatura y de mi “tema 3: el sintagma nominal”. Ahora algunos entienden que el desarrollo de las competencias hubiese sido fundamental para no colapsar las plataformas ni los correos de los niños, porque una tarea serviría para varios profes y para varios niveles. Pero, Viernes, las competencias son por aquí el demonio, porque algunos creen que vienen a llevarse los contenidos, que vienen a secuestrar el conocimiento. 
Así que ya ves, amigo, una semana después tenemos plataformas que no funcionan, profes estresados porque la administración les obliga a hacer programaciones en las nubes y castillos en la arena, y familias multitarea que no pueden ni salir a aplaudir a los sanitarios porque tienen que entregar los ejercicios 5, 6, 7, 8 y 9 de la página 234. 
Menos mal que los jóvenes son flexibles y sobrevivirán a esto, Viernes, porque todos estamos haciendo lo posible por atenderlos y escucharlos, más allá de las dificultades, más allá de las barreras tecnológicas. 
Algún día, Viernes, nos rescatarán y se nos olvidará todo esto. Algún día todo volverá a ser igual, pero alguno se quedará con el vago recuerdo de que hay que cambiar muchas cosas para que todo sea mejor y no igual.

[Este artículo se escribió a petición de mi apreciada Carmen Iglesias para ser publicado junto con otros 18 textos de docentes en tiempo de pandemia. Podéis leer el texto de todos ellos y ellas en IneveryCrea: Educar en tiempos de Coronavirus]
Crédito de la imagen: 'DSC_1521

19 marzo 2020

Sesquidécada: marzo 2005

La literatura en tiempos del coronavirus. Leer para sobrellevar la vida. Desde el Decamerón hasta Onetti, desde Cervantes a Wilde, ahí están conviviendo la literatura y el encierro, físico o interior, qué más da. Con los tiempos de las redes sociales había perdido la práctica de leer durante horas. No es que haya vuelto a aquella disciplina de hace décadas, pero sí que estoy recobrando un modo pausado de leer que me permite abordar libros más allá de la novela negra o la juvenil, con sus ritmos más acelerados. Quizá por eso, en esta sesquidécada voy a recuperar a Luis Mateo Díez, un clásico de este blog, cuya novela Fantasmas del invierno leí hace quince años.
No sé si los jóvenes, entregados a la vorágine de la multitarea y las recompensas inmediatas, llegarán algún día a conectar con autores que para mí fueron un gozoso descubrimiento. Luis Mateo Díez es un narrador espléndido, un autor que cultiva una prosa deliciosa, más cercana que la de Delibes, más evocadora que la de, por ejemplo, Muñoz Molina. Es un novelista de lo cotidiano que, además, tiene un fino sentido del humor. En Fantasmas del invierno nos traslada a la posguerra de Ordial, su ciudad mítica. No creo que sea su mejor novela, aunque en ella se pueden encontrar todos los elementos de su particular estilo. Sí que es una novela de la desolación, un relato que tal vez nos haga conectar en la distancia de los años con sentimientos actuales. En cualquier caso, recuperar una vez más a Luis Mateo Díez es mi obligación como filólogo y como aficionado a la literatura de calidad. Ojalá estos autores no acaben también confinados en los temarios de literatura de libros de texto o manuales universitarios. Sería una gran pérdida cultural. Confiando en que vosotros, buenos lectores, mantenéis viva la pasión incondicional por la lectura, os deseo un feliz confinamiento literario. 

14 marzo 2020

Hasta nunca, Peter Pan: melodías en el espejo

Hay novelas generacionales que se convierten en un espejo en el que mirarnos, un espejo que nos devuelve nuestros goces, pero a veces también nuestras miserias, como a Dorian Gray. Son esas novelas en las que unos muchachos se bañan en el Jarama hasta que ocurre una desgracia, novelas en las que chavales puestos hasta las orejas de coca se balancean en un puente de la M30, relatos con sabor a Nocilla… No sé si la última novela de Nando López acabará también convertida en una obra generacional, en ese tótem ante el cual los críticos literarios ofrendarán sus glorias a los nuevos narradores de este siglo tan complejo. Si llegase a ocurrir, habríamos certificado esa opinión que sitúa a las jóvenes promesas más cerca de los cuarenta años que de los veinte. Habríamos certificado que hace falta salir de casa para vivir y para escribir, y que eso está ocurriendo a unas edades tardías. A Nando López no parece preocuparle esto, tiene vida más que de sobra para regalarnos novelas que no nos acabaríamos ni en el confinamiento más severo. Porque Nando es un contador de vidas propias y ajenas, un narrador que entrelaza sus vivencias con las mil y una historias que se cruzan con la suya. Nando es una persona que escucha más que habla, lo que le permite atesorar anécdotas y relatos, pero, especialmente, esa escucha atenta le permite construir unos diálogos verosímiles, sinceros, vivos. Si Nando López retrocediese a la Edad Media sería uno de esos juglares que todo señor querría tener a nómina en su castillo. Por suerte para sus contemporáneos, desde muy pronto tuvo claro que su oficio era escribir historias; para mayor satisfacción, ha sido docente y fanático del teatro, sin contar su curiosidad insaciable por todo lo que pasa en la vida real y en las redes sociales, lo que acaba por convertirlo en una especie de hombre total del Renacimiento.

Hasta nunca, Peter Pan sí que es para mí una novela generacional, a pesar de que soy ligeramente mayor que sus protagonistas. Hay mucho en ella que no se corresponde con lo que he vivido, pero me reconozco en muchos diálogos, en muchas reflexiones, en ese escenario actual tan complejo de entender. He visto de cerca las dudas de sus personajes, la angustia de tomar decisiones que tienen toda la pinta de ser equivocadas desde el principio, el dolor de las injusticias, el falso consuelo de una nostalgia más social que sentimental. Esta novela nos lanza a la encrucijada de un tiempo en el que las expectativas se convirtieron en condenas, un tiempo en el que el mayor miedo es la exposición impúdica del fracaso como síntoma de nuestras malas decisiones. Esos personajes se convierten así en títeres de una tragedia moderna en la que los dioses son la generación anterior, la que depositó en ellos sueños que no podían cumplir, como en una versión actual de la caja de Pandora. Una especie de maldición que se perpetúa además en la generación siguiente, víctima de los errores y horrores propios y de los heredados, una maldición que los convierte en versiones de Peter Pan atrapados en el tiempo.

Pero, a pesar de los magníficos diálogos y de la potencia de sus personajes, nada de esto sería reseñable si Nando López no hubiese montado la trama sobre un artificio, entre barroco y vanguardista, que hace encajar narradores interpuestos en diversos niveles, obligando al lector a mover las piezas de un cubo de Rubik dramático para entender quién se esconde tras cada una de las máscaras. Máscaras que son las que ocultan los deseos y los miedos de cada personaje y que acaban siendo también las del lector. El narrador principal es más que el Cide Hamete Benengeli del Quijote, más que el narrador del juego de muñecas rusas del Manuscrito encontrado en Zaragoza, más que Unamuno en su nivola… es un demiurgo que opera a la vez como narrador, como director de escena, como guionista, como técnico de sonido o DJ, como dramaturgo, como cineasta... como Nando López. No es sencillo mover tantos hilos a la vez sin que se enreden los títeres, pero lo ha conseguido con gran destreza, hilvanando una lectura ágil de la que es difícil escapar. Nando López nos ha vuelto a regalar una novela grandiosa que sonará en nuestro recuerdo lector como sonaba el Dúo Dinámico en el recuerdo de nuestros padres. Una novela que a nosotros mismos, amigos de Peter, nos hará soñar con regresar un buen día a unos años en los que nos mirábamos en ese espejo que nos devolvía la música de Los Planetas, sin rastro alguno de Dorian Gray.

Hasta nunca, Peter Pan, Nando López (Espasa)

01 marzo 2020

Sequidécada: febrero 2005

A pesar de tener un día más de lo normal, este febrero se me ha pasado veloz y me ha dejado sin tiempo de redactar la sesquidécada preceptiva, que ha tenido que poner los pies en marzo casi a hurtadillas. En ese borde del precipicio del tiempo rescato a un autor que llega también por azares del destino justo para irse y dejarnos huérfanos: Juan Eduardo Zúñiga. Estaba releyendo algunos fragmentos de Capital de la gloria, la novela que leí aquel febrero de 2005, cuando me enteré de su fallecimiento hace pocos días. Con él se marcha otro de aquellos autores que fueron testigos del horror de la guerra española, con él se van sus recuerdos pero quedan sus novelas para no olvidar, novelas para recordarnos lo que no se tendría que repetir jamás.
Capital de la gloria es una recopilación de relatos ambientados en Madrid en los últimos momentos de la guerra. Relatos de la intrahistoria bélica y de la vida cotidiana, si es que puede haber cotidianidad en tiempos de destrucción. Lecturas que nos recuerdan a Sender, a Chaves Nogales, a Barea y, muy especialmente en mi caso, a Max Aub. A menudo oigo y leo comentarios en tono de burla acerca de la literatura ambientada en la guerra civil, como si fuese redundante, pertinaz, agotadoramente nostálgica. No hay nada más esclarecedor de cara al futuro que leer los errores del pasado y descubrir la ceguera de sus contemporáneos. Pero también es verdad que, a quienes no se cansaron de avisar, siempre los trataron de agoreros y acabaron silenciados, sin voz o sin vida.

14 febrero 2020

Envuelto en el nido

Abordé la última novela de Ángel Gil Cheza con cierta prevención por dos motivos: el primero responde a una cuestión pragmática, la de no poder nunca escribir una reseña negativa, ya que es más alto, más joven y más fuerte que yo, algo preocupante si te cruzas varias veces con él a lo largo del día (además, siempre me podría decir que mi crítica solo responde a la envidia); el segundo motivo es que acababa de leer una novela de Bolaño, lo que te deja con el listón lector demasiado alto para lo que venga detrás. Así, entre la espada y la pared, me sumergí en la lectura de Otoño lejos del nido, una novela negra ambientada en una Barcelona postcrisis, con un brillante elenco de personajes enhebrados por conflictos no resueltos que se desmadejan a lo largo de casi quinientas páginas. A pesar de mis dudas iniciales y de las dimensiones de la novela, he de decir que ha sido emocionante y casi adictivo enfrentarme a una trama que engancha desde el primer momento y que mantiene el interés prácticamente intacto hasta el mismo final. De hecho, me vi en el trance de acabar las últimas treinta páginas en un día complicado, en el que aprovechaba lapsos de tres o cuatro minutos libres para ir avanzando hasta el fin, como si fuese un adolescente agónico que aprovecha los bites sincopados de una mala cobertura para recibir los mensajes de sus amigos. 
Otoño lejos del nido es más que un crimen por resolver. Es también algo más que una conspiración. Es una instantánea de nuestros horrores cotidianos, como lo son casi todas las buenas novelas negras. Los efectos de la crisis, la frágil existencia humana, los límites de la ambición, el valor de la amistad, el lastre de la memoria, la melancólica soledad... El propio autor lo mencionaba en la presentación oficial de la novela: un nido construido con ramas en medio de un bosque representa fielmente la soledad que buscamos o la soledad a la que estamos condenados. En esa línea, los personajes van trazando caminos erráticos solo en apariencia, cada cual en su burbuja, hasta dotar de sentido a sus actos. Sinceramente, creo que el lector encontrará unos personajes muy bien construidos, plenamente funcionales en la trama, pero con una entidad que parece filtrarse más allá de la ficción, hasta convertirse en esas personas reales con las que nos cruzamos a diario. 
En la novela de Ángel Gil Cheza se mata y se ama, se añora y se odia, pero siempre hay un lugar al que todos desean volver, ese nido de otoño en el que quedan fuera el dolor, la frustración… y la soledad. Para muchos de nosotros, ese nido siempre ha sido y será la literatura, la buena literatura. Aprovechen para envolverse en ella.

Las imágenes están extraídas de las siguientes entrevistas:

19 enero 2020

Sesquidécada: enero 2005

Abrimos nuevo año de sesquidécadas, esas reseñas de lecturas de hace quince años que se han convertido en el hilo de continuidad de este blog. Hace poco me entrevistaron en la radio para preguntarme por la vigencia de los blogs. Les decía que llevamos años avisando del apocalipsis bloguero, pero que algunos resistimos, un poco por nostalgia, otro poco por tener un espacio para la reflexión alejado del ruido y la furia de las redes sociales:

Estas sesquidécadas también son un ejercicio de reposo sereno de lecturas añoradas o de recuperación de momentos curiosos que rodearon al acto de leer. Por ejemplo, en aquel enero de 2005 tengo anotadas varias novelas juveniles escritas en valenciano. Estaba dando clases en el IES de Sedaví, muy cerquita de mi casa entonces, y había una hora de plan lector, que repartíamos entre castellano y valenciano. Fue un curso en el que aprendí mucho, por ejemplo, que habilitar momentos de lectura en el aula siempre es provechoso y da réditos a largo plazo.

Al margen de aquellos libros de Josep Gregori, Pasqual Alapont o Enric Lluch, encuentro anotado a Michel Houllebecq, que apenas recuerdo, y a Vicente Verdú, con un ameno ensayo sobre Estados Unidos: El planeta americano. Ya he mencionado otras veces en el blog mi sueño de ser profesor de español para extranjeros en algún país remoto (una ilusión que la edad y la comodidad han ido disolviendo), por lo que la lectura de esta obra me descubrió curiosidades que desconocía, y también acabó con cierta visión mítica de los EE.UU. que vamos fabricando a través de las novelas o las películas. Imagino que su interpretación hoy, tantos años y tantos cambios presidenciales después, sería buen objeto de análisis para historiadores y políticos. Para mí fue casi un carpetazo a aquel propósito de irme allí de profesor de español. Muchos años después, un compañero lo hizo y volvió apenado por la deriva hacia un modelo ultracompetitivo y orientado a cumplir objetivos bajo incentivos de todo tipo, especialmente en cuanto a la dotación de recursos económicos. Tal vez algún día haga turismo educativo por allí para comprobarlo.

Otra lectura de aquel mes fue el primer volumen de la saga Memorias de Idhún, de Laura Gallego, de la que ya he hablado también en el blog. Reconozco que no sé si Laura sigue teniendo el tirón que tenía en la época, aunque me consta que algunos de mis alumnos siguen leyendo novelas como El valle de los lobos y las siguen disfrutando. Sin embargo, creo que aquella literatura juvenil de mundo mágico teñida de despertar sentimental ha evolucionado hacia una ficción bastante más dura, quizá en correlación a un mundo juvenil menos limitado en el terreno sexual o en la exposición a la violencia. No es en absoluto una queja, sino una constatación de que los tiempos y los gustos lectores cambian. Que lean, libremente, que decidan qué les gusta y qué no. Que se equivoquen, como nos hemos equivocado los adultos. Que nadie les impida aprender más allá de las limitaciones de sus profesores, de sus amigos, de sus familias. En eso siempre intentaremos ayudarles algunos docentes.