17 julio 2021

Sesquidécada: julio 2006

Veo la lista de lecturas del verano de hace quince años llena de literatura juvenil, con algunos títulos y géneros diferentes intercalados en medio, como setas en el bosque. Algunas de esas lecturas juveniles ya no forman parte del canon, porque están descatalogadas o porque muestran una realidad lejana para los adolescentes actuales (otro lenguaje, otros problemas, otra estética...). Sin embargo, sirve para recordarme que el verano es tiempo de leer literatura juvenil y de actualizar el canon de recomendaciones de aula, buena literatura para fomentar la lectura entre los jóvenes, literatura hecha por gente solvente, no necesariamente por autores que piensan que este género es algo menor para el que cualquiera está preparado simplemente "bajando el nivel".

Entre esas otras lecturas diferentes tengo anotada una recopilación de artículos sobre la lengua de Álex Grijelmo: La punta de la lengua. Igual que hizo en su día Fernando Lázaro Carreter con El dardo en la palabra, Grijelmo acerca con sus artículos a los lectores profanos los entresijos de la lengua. Es un autor muy competente y sus columnas siempre merecen la pena, incluso cuando son susceptibles de discusión. Creo que hay buenos divulgadores en este ámbito, especialmente mujeres como Lola Pons o la multipremiada Irene Vallejo, que hacen las delicias de los que amamos la lengua y las humanidades.

El otro libro que rescato en esta sesquidécada es El pisito, de Rafael Azcona. Tenéis la oportunidad de leer esta novela breve junto con otras dos maravillosas obras (Los muertos no se tocan, nene, y El cochecito) en una edición reciente titulada Estrafalario. Azcona es al guion lo que Berlanga era a la dirección, un visionario que sabía detectar los aspectos más sórdidos del humor negro de este país. Decía Azcona: "El humor es una de las pocas cualidades específicas del ser humano, aunque tenga muy mala prensa, pero una carcajada cuenta como una semanita en un balneario". Leer El pisito nos lleva a muchos a aquella España de los 60/70, a revisitar la vida de nuestros padres, una vida llena de higalmendra y de garbanzos mal cocidos, de supervivencia al toque de timo, de sensualidad sórdida... Feliz verano lector.


03 julio 2021

Te escribiré cuando llegue: un proyecto sin nombre, como sus protagonistas

Prólogo:

En el curso 2019-2020 nos comprometimos con la Red PLANEA (Arte y Escuela) a desarrollar un proyecto artístico de centro que incidiese en la transformación de la realidad a partir de propuestas educativas. Por circunstancias diversas, siendo la pandemia la puntilla para todas ellas, el comienzo de esta colaboración tuvo que demorarse hasta el curso siguiente, con las restricciones que todos conocéis.

Primer acto:


Las primeras reuniones del equipo motor (Director, Patricia García, Vicedirectora y Francesc Collado, Coordinador de etapa) con el artista elegido, Javier Molinero, se llevaron a cabo al empezar el curso. Teníamos claro que el proyecto debía seguir los pasos del Plan Lector Invisibles, que saca a la luz a las mujeres silenciadas a lo largo de la historia. Sin embargo, para no ser redundantes con otros proyectos que ya se habían ejecutado o estaban a medias, decidimos que se centrase en mujeres migrantes, especialmente en las menores que tienen que abandonar su mundo y enfrentarse al doble problema de la migración y el machismo. Por otro lado, la situación de pandemia nos había dejado con un nivel, 3ESO, en semipresencialidad, lo que constituía otra “invisibilidad”, en este caso estructural y educativa. 

Con estas premisas y contando con la disposición del profesorado de Geografía e Historia (Hernán Canós y Lidia Miralles), de Lengua Castellana (Anna Navarro y Toni Solano) y de Valores éticos (Neus Chillida -también puntualmente la profesora de Religión, Encarna Vidal-), Javier Molinero propuso un proyecto en el que el alumnado de los dos turnos de semipresencialidad, que iban a convivir todo el curso sin verse, tuviesen en el aula un punto de encuentro (un panel de trabajo) y un proyecto artístico común (un mar hecho de palabras escritas en unos paneles transparentes de metacrilato). Y tras varias sesiones de coordinación, nos pusimos en marcha casi en diciembre. Por suerte, en nuestra asignatura ya teníamos adelantada la lectura de En el mar hay cocodrilos, de Fabio Geda, una novela basada en el relato real de un joven que huye de Afganistán.

Segundo acto:

En principio, el proyecto se definió de este modo: el alumnado iría trabajando el tema de las migraciones en el Mediterráneo (se admitían otras excepcionalmente) y construiría unos relatos protagonizados por menores que huyen de sus países para establecerse en otros con más garantías de supervivencia. Una vez fijadas las líneas generales del proyecto, había que establecer qué desarrollo curricular tenía dentro de cada asignatura. 

En el área de Geografía se asignarían los países de origen y destino y tendrían que documentarse sobre ellos, así como trazar los itinerarios más verosímiles. Los productos intermedios serían las memorias y unos vídeos en los que se dramatiza un fragmento de ese viaje. 


En el área de Lengua se aprovecharía esa memoria de documentación para elaborar los guiones de los relatos en primera persona, de los que partiría posteriormente la redacción de la versión definitiva; este trabajo se complementa con el análisis de noticias relacionadas con la inmigración. También se propuso la creación de una cuenta de instagram para que uno de los personajes mostrase fragmentos de su vida antes de huir del país de origen. Finalmente, se habían de elaborar entrevistas en las que uno de los migrantes, convertido en personaje de éxito, rememoraba su exilio.

En el área de los Valores éticos, se fueron proponiendo lecturas y debates sobre el fenómeno de las migraciones, sobre los menores extranjeros no acompañados, sobre la diferencia de ser migrante hombre y mujer, sobre la trata de mujeres… En estas horas también se iba dando forma al panel del fondo del aula, con recortes y reflexiones que pasaban de un turno a otro.

Por suerte, pudimos complementar todo ello con una salida para asistir a una versión teatral moderna del Lazarillo de Tormes, muy apropiada para ilustrar las migraciones y las marginalidades.

Tercer acto:

Al acabar el segundo trimestre, muchas de esas actuaciones ya estaban en marcha y solo faltaba empezar con los paneles de metacrilato que darían forma al mar de palabras. Además, acabábamos de recibir la visita de las Bibliotecas Humanas de Valencia Acoge, una experiencia vital en la que migrantes reales contaban a nuestro alumnado sus (terribles) vivencias en la huida de sus países, así como la (compleja) adaptación al país que los acoge y su (incierta) situación actual. 

Con la mirada puesta ya en la fase final del proyecto, esa redacción de los relatos y su disposición en los 90 metacrilatos, descubrimos que no teníamos nombre para el proyecto, algo que reforzaba ese anonimato de sus protagonistas. Teníamos muchas ideas, pero nos faltaba un auténtico bautizo marino, por lo que lanzamos una encuesta de la que salió el nombre definitivo: Te escribiré cuando llegue (T’escriuré quan arribe): las invisibilidades empezaban a dejar de serlo.


A lo largo del mes de mayo, nos coordinamos entre los diferentes docentes, los diferentes grupos y los diferentes turnos (esto de la semipresencialidad es un horror que no debería volverse a producir), para ir puliendo los relatos, haciéndolos encajar en las plantillas que había preparado Javier Molinero, y para ir calcándolos en los paneles de los cinco bastidores de cada una de las cinco aulas. 

Esta labor requería mucha atención ya que los paneles tienen un orden preciso para dar forma al relieve del Mediterráneo. Al haber tantos docentes y alumnos implicados (unos 130) en unas fechas cercanas al final de curso, todo complicado con la semipresencialidad, la recta final del proyecto ha sido trepidante y los plazos se han cumplido casi en el último minuto. Por suerte, todo ha encajado y el proyecto se ha culminado con éxito.



Coda:

Más allá del producto final, ese mar de palabras, ese mar de relatos tan ficticios como reales, más allá incluso de los distintos productos intermedios (vídeos, guiones, entrevistas, documentación, debates, mapas…), nos queda la satisfacción de haber contribuido en el desarrollo de competencias transversales, borrando los límites entre las asignaturas, y abordando temas de actualidad en los que se ha promovido el pensamiento crítico y la autonomía del alumnado. Si el objetivo de esta colaboración con PLANEA era transformar la Escuela desde el Arte, creo que lo hemos conseguido, al menos en la promoción de una conciencia solidaria y comprometida con los derechos humanos y las libertades del individuo. Nuestras invisibles, ya no lo son tanto. 



01 julio 2021

Sesquidécada: junio 2006

Veo el registro de lecturas de junio de 2006 e imagino que sería un mes muy intenso en lo laboral y personal, ya que únicamente aparecen el Leviatán de Paul Auster y el inicio de un libro de viajes de Paul Theroux: En el gallo de hierro. Del primero confieso que no recuerdo nada, aunque me suena que me gustó bastante, de modo que poco puedo aportar a esta sesquidécada. Respecto a Theroux, es un autor que me interesa mucho porque su manera de contar los viajes siempre es sugerente y muy apropiada para distraerse en vacaciones. Theroux es un experto viajero que sabe seleccionar los detalles necesarios para que un libro de viajes sea algo más que una guía de aventureros y para que tampoco sea un diario demasiado lírico o costumbrista. En el gallo de hierro podemos encontrar un periplo por tierras de China y Mongolia, de Pekín a Shanghai, de Shanghai a Cantón, y de allí hacia el norte por todo el interior del país. Un viaje en tren por la China menos conocida, conviviendo con la gente que viaja en vagones que contrastan con la modernidad actual de la red ferroviaria china. Probablemente es una lectura que se convertirá en historia con la evolución del coloso asiático, pero siempre conservará el sabor nostálgico de los grandes viajes en tren.

18 junio 2021

Se acaba la función

Hoy ha sido el último viernes del curso y ya podemos decir que se acaba la función de este inefable curso. Nos quedan aún tres días de clase, pero serán unas jornadas de mero trámite que convertirán el instituto en una cinemateca improvisada o en un recreo expandido. Son los últimos días de un curso terrible. Hasta que no hemos visto de cerca que se acaba no hemos tomado conciencia del esfuerzo denodado que ha supuesto llegar hasta aquí desde el mes de septiembre pasado (o desde el mes de julio para los equipos directivos). Creo que todos hemos llevado una máscara de normalidad en una situación que ha sido cualquier cosa menos normal. Hemos llevado esa máscara el profesorado y también alumnos y familias. Hemos compartido esa ilusión de que la escuela era un lugar seguro y de que estábamos a salvo. Es cierto que no ha sido el desastre que muchos vaticinábamos, aunque también habría que aclarar que ahora sabemos cosas que desconocíamos, por ejemplo, que el riesgo de contagio por contacto a través de objetos es casi nulo, algo que seguro que nos ha salvado del cierre. Las escuelas no eran más seguras que los hogares o que cualquier otro puesto de trabajo. Si ha habido menos contagios ha sido por el comportamiento ejemplar de la comunidad educativa. Y de toda esa comunidad, hay que rendir homenaje al alumnado por haber aguantado la presión de un curso duro, de unas restricciones que han limitado su movilidad, sus relaciones, su vida como niños o adolescentes. Si hay héroes este año son ellos y ellas, los que han resistido seis horas en un aula con la mascarilla puesta, mientras muchos adultos protestaban por tener que llevarla dentro de un bar. Nuestros alumnos de 1º de ESO, pequeños héroes que han aterrizado en un instituto en el que no conocen a nadie sin mascarilla y en el que tampoco nadie los identifica sin ella. Los de 3º ESO que han sufrido la injusta semipresencialidad. Los alumnos de 2º de Bachiller del curso pasado que se fueron sin su graduación y sin despedida. Todo ese alumnado de paso que no habrá visto la cara de sus compañeros ni la de sus profesores, que dejará atrás el instituto como convalecientes tras pasar por quirófano.

Hoy es el último viernes del curso y, entre reuniones y trámites interminables, apenas he tenido tiempo de asomarme a la puerta para verlos salir como el resto de viernes del curso. Casi mejor, porque la máscara de normalidad se me estaba deshaciendo y quizá hubieran atisbado en mi rostro el agotamiento y la incertidumbre ante el futuro. A partir de la semana que viene, estoy seguro de que muchos de mis colegas se resistirán a quitarse la mascarilla preceptiva porque no se les vean también esas caras rendidas. Pero, como siempre, al acabar la función, se retirarán al camerino y volverán a preparar la representación del curso que viene, sin saber si han de desempolvar las máscaras de comedia o las de drama, si la normalidad que se imponga será real o fingida. Para ellos, para nosotros, lo único cierto es que la Escuela debe continuar.

Crédito de la imagen: 'Tragedy and Comedy'

13 junio 2021

Deja que te arrastre La Ola

Es muy probable que hayáis visto la película. Es probable incluso que conocierais el experimento original en el que está basada. Ahora llega la versión impresa en libro: La Ola, de Todd Strasser, editado con el esmero que siempre ponen en Blackie books. Aunque yo también conocía la historia real, sumergirme en esta narración ha sido una experiencia extraña, sobre todo porque la visión como docente te permite dotar de numerosas caras al complejo poliedro de un experimento de aula. Me he sentado con el libro y no he podido parar de leer hasta que lo he terminado. Es como si a mí también me hubiese arrastrado La Ola, como si yo también quisiese que los problemas acabasen a golpe de consignas y saludos comunitarios. He vivido con desazón esos momentos en los que la disciplina se convierte en una droga, que se necesita más y más, porque en unas aulas cada día más heterogéneas, algunos viven la diversidad como amenaza y el orden como un bálsamo.

No haría falta decirlo, pero hay que recordarlo: en los derechos básicos, no valen equidistancias. Hay ideologías que no pueden apelar a la libertad porque sus consignas son excluyentes, porque sus propuestas atentan contra los derechos de los demás. No puedes hacer valer tus derechos y libertades, si con ellos estás humillando y privando al resto de los suyos. De eso habla La Ola, de lo fácil que resulta convencer a alguien de que hay fines que justifican los medios. Hace un tiempo escribí una nota en el blog acerca de esto, acerca de la normalidad que se esconde en ciertas políticas que son aparentemente lógicas, pero que acaban siendo crueles e inhumanas. Los seres humanos a veces escondemos bajo el instinto de protección toneladas de veneno y hiel. En estos días tristes podéis comprobarlo en los titulares de prensa y en las redes sociales, donde al final cada cual elige la ola que lo ha de arrastrar. Sin embargo, no olvidéis que algunas olas te llevan a la orilla, mientras otras buscan arrojarnos al fondo del mar, y el fascismo es una de ellas.

05 junio 2021

Cambiar para mejorar

Quizá para los lectores del blog que están fuera de Twitter, esta nota les parezca extraña, pero los debates en la red del pajarillo son cada día más encarnizados, como apunté hace unos años en este mismo blog, en un artículo llamado precisamente "Malos humos".

La mayoría sabéis que he trabajado fuera de educación, y que desde hace unos 20 años me he metido de lleno en la Secundaria. He trabajado en la escuela privada y en la pública, incluso en la universidad un año. Conozco cómo funcionan muchos centros, porque soy formador del profesorado desde hace mucho, también preparador de oposiciones durante años. He compartido experiencias con colegas a través de este blog y en encuentros virtuales y presenciales. Con eso y con lo que veo en mi centro, en el que he recorrido todos los niveles educativos desde el PQPI al Bachiller, pasando por la Compensatoria más dura, y en cargos desde la tutoría o la jefatura de departamento a la dirección, configuro las bases de mis opiniones. Está claro que eso no me da más razón que a otros, pero sí me proporciona una perspectiva más rica de la situación educativa. 

Con todo ello, mi diagnóstico sigue siendo, con leves variaciones, el que llevo mucho tiempo defendiendo. Hay que acometer cambios en la Escuela, cambios que son necesarios para luchar contra el fracaso escolar, el abandono o la segregación. Cambios que resumo en cinco puntos:

1.- Hay que bajar la ratio

Por qué: porque con la diversidad actual es imposible atender de manera individualizada y con calidad a todo el alumnado, especialmente en la escolarización obligatoria. Menos ratio para trabajar mejor, no para trabajar menos.

Cómo: reduciendo en 1º y 2º ESO a 20 alumnos máximo por grupo, y a 25 en el resto de niveles de Secundaria. Como todas las medidas, se ha de evaluar: no puede ser que una bajada de ratio acabe dando proporcionalmente los mismos malos resultados que una ratio mayor. Si esto ocurre, algo falla. 

2.- Hay que dotar de recursos

Por qué: porque la diversidad requiere personal especializado, igual que la gestión de la convivencia. No tenemos la misma realidad que hace 40 años. Además, los equipamientos e infraestructuras necesitan mejoras para servir al alumnado actual (edificios obsoletos, ordenadores del pleistoceno...)

Cómo: dotar de personal específico para atender problemas sociales, para la coordinación con otras administraciones, etc. Dotar de equipamiento a la medida de las necesidades reales de los centros, no de planes generales o de ocurrencias políticas.

3.- Hay que ser más inclusivos

Por qué: porque la Escuela sigue dejando atrás a los más vulnerables, porque no existe la igualdad de oportunidades cuando las repeticiones o el fracaso escolar se ceban en el alumnado más pobre o en los que tienen necesidades educativas especiales. 

Cómo: convirtiendo los centros en espacios inclusivos, con todos los apoyos que ello requiera. La convivencia no puede ser un lastre para el aprendizaje, sino un incentivo. Hasta que eso no quede claro, y solo ocurrirá si hay recursos para ello, la escuela seguirá segregando de facto.

4.- Hay que cambiar y adaptar los métodos a los nuevos tiempos

Por qué: porque la realidad no es la misma que hace 40 años, por mucho que nos empeñemos, porque, digan lo que digan, no aprendemos igual en un entorno sin distracciones que en uno hiperconectado, porque basta mirar alrededor para descubrir que ni siquiera los adultos leemos, actuamos o nos relacionamos como hace años. Y sobre todo, porque la Escuela no está dando la respuesta que toca a una sociedad que vive en permanente cambio.

Cómo: habrá que revisar los currículos y los métodos; cuanto más tardemos, más daño se habrá hecho a las generaciones que sufren un modelo muy mejorable. La organización escolar responde a modelos del siglo pasado, tanto en la estructura del personal docente como en la propia distribución de las asignaturas y contenidos de las asignaturas. La escolarización obligatoria debería exigir unos resultados eficaces al acabar 4º de ESO, unos resultados que se traduzcan en ciudadanos competentes, críticos y responsables. Y eso no está pasando.

5.- Hay que eliminar progresivamente el sistema concertado

Por qué: porque, según todas las estadísticas, segrega al alumnado en función de su nivel socioeconómico y desvía dinero público al enriquecimiento de empresas privadas. Además, deja de lado la atención al alumnado de necesidades educativas, como también muestran las estadísticas. Eso hace que el sistema educativo público permanezca en continua sobrecarga de exigencia y de merma de recursos. Hemos visto los resultados nefastos de la privatización de otros servicios públicos: una privatización de la educación solo traería empleos precarios, más segregación y exclusión social.

Cómo: mediante un plan de progresiva eliminación de los conciertos educativos, que podría hacerse a largo plazo (20/30 años) en una transición de centros concertados hacia la red pública, dando opción a los que no lo quieran a permanecer como centros privados.

Estos son mis principios, estas son mis reglas. Para mí, innovación es cualquier cambio que suponga una mejora en cualquiera de los puntos señalados. Además, todos esos cambios se han de evaluar, como vengo haciéndolo en público desde el blog y en el propio centro. Sabéis que, a título personal, si he ido introduciendo tecnologías siempre ha sido de manera subsidiaria a los puntos 3 y 4, de modo que desviar la atención de ello y proclamar que la innovación es venderse a los mercados está fuera de lugar, al menos en mi caso. Lo mismo ocurre con la defensa apasionada de ciertas medidas, como ahora los ámbitos en 1º de ESO, que considero buena para mi centro: hemos tragado con mil leyes que nos han fastidiado de manera flagrante y aquí estamos: cuando quitaron el PCPI, cuando introdujeron las matemáticas aplicadas, cuando machacaron la educación para la ciudadanía, cuando metieron 4 horas de religión en 2º de Bachiller... No pienso rasgarme las vestiduras y negar los beneficios concretos de los ámbitos en mi centro. Si las cosas cambian y se amplían ratios o reducen horas de coordinación, vendré aquí y saldré a las redes a quejarme, como llevo haciéndolo desde hace, al menos, 15 años. Porque si algo tengo claro es que la innovación, para mí, es cambiar para mejorar, no para ir hacia atrás.


26 mayo 2021

Quince años tiene mi blog

Llega un tiempo en el que, por mucho que huyas de la nostalgia, acabas inevitablemente mirando hacia atrás con más o menos alegría o congoja, según el caso. Hace exactamente 15 años, el 26 de mayo de 2006, publiqué la primera nota en este blog (se escucha de fondo la musiquilla del Dúo dinámico cantando Quince años tiene mi blog...). Acababan de darme mi primer destino definitivo, el mismo en el que todavía sigo, y me pareció razón suficiente para celebrarlo abrir un blog y compartir en él todas esas cosas que (se) me ocurrían en clase. Ya había trasteado con otro blog que abrí en 2003 (OMG!) y me parecía una herramienta interesante para aprender a través de la práctica reflexiva y del contacto con otros profesionales de la docencia. Hay que decir que por aquella época había muy pocos profes en la red que hablasen de educación, y muchos menos de lengua y literatura: ahí estaban Lourdes Domenech, José Luis González, Eduardo Larequi o Felipe Zayas, entre otros. Después fueron llegando bastantes más. Para alguien como yo, que acababa de llegar al gremio docente desde otro oficio muy diferente, encontrar este oasis de experiencias educativas de primera línea de aula supuso un enorme apoyo y consuelo en los momentos duros. También me fue proporcionando perspectiva en cuanto a la realidad diversa de las aulas, ya que no todo el monte es orégano, ni tu claustro representativo de toda la Escuela. En aquellos momentos, estaba comenzando la web 2.0 y el auge de compartir recursos en la red: la efervescencia de los blogs educativos, las wikis, los proyectos colaborativos... De aquel vivero de buenas prácticas fueron surgiendo magníficos profesionales y excelentes prácticas que aún hoy sirven de modelo; pero también nacieron entonces las primeras manifestaciones de egoísmo virtual y del troleo tóxico, algo que se acentuaría pocos años después con el crecimiento de las redes sociales, especialmente Twitter, donde compartir experiencias de aula se está convirtiendo en un acto de masoquismo.

En estos quince años, aunque he mantenido como en el primer momento la declaración de intenciones que encabeza el blog, la intensidad y la periodicidad de las publicaciones ha ido evolucionando. Podríamos decir que el blog ha crecido y ha ido adquiriendo también un ritmo acorde a los tiempos y a la propia trayectoria de este plumilla que escribe, algo que vaticiné cuando en 2008 recibí el premio Espiral Edublogs. Aunque mi arribada a Facebook no supuso ningún cambio, el aterrizaje en Twitter en 2009 fue provocando un abandono de la rutina bloguera, algo a lo que contribuyó también la decadencia de los RSS y los agregadores de noticias, que fueron durante muchos años el mejor modo de mantenerse al día en Internet. Con las redes sociales no había necesidad de escribir una nota explicando una actividad de clase o una opinión sobre un acontecimiento educativo. La inmediatez de Twitter se fue imponiendo a la reflexión pausada de los blogs, que poco a poco se fueron cerrando y desapareciendo. Sin embargo, este blog ha seguido vivo, en parte gracias a la serie de las sesquidécadas, esas reseñas de lecturas de hace 15 años, que, como pescadilla que se muerde la cola, van a enlazar en breve con su propio momento de nacimiento. Este blog se resiste a desaparecer y en él sigo publicando también memorias trimestrales de lo que ocurre en mi aula y en mi centro. A veces aparece algún texto de docencia-ficción, que sirve de refuerzo a mis opiniones en las redes; también he publicado en los últimos tiempos reseñas de libros o películas que tienen relación con la educación.

Hace cinco años reseñaba el gran cambio que iba a dar a mi carrera asumiendo la dirección de mi centro. Parece que fue ayer y ya soy un director veterano para algunos, cuando sigo viéndome como un novato día a día, algo parecido a lo que me pasa en las aulas, donde mantengo la misma actitud sorprendida y en permanente cambio que cuando abrí este blog. Tendría que dar muchas gracias en este aniversario: al blog por proporcionarme la coartada necesaria para sentarme a escribir sobre mis fallos y mis aciertos, pero sobre todo a esa maravillosa gente que me ha acompañado desde el principio o que se ha ido sumando con los años para aportar ideas, para hacerme ver otras perspectivas o simplemente para decir que no estamos solos. Ojalá sigamos otros tantos años más en compañía. Gracias.

Crédito de la imagen: '15'

23 mayo 2021

Sesquidécada: mayo 2006

No soy muy dado a leer best sellers, aunque, de vez en cuando, me apetece hincar el diente a alguno para poder opinar con criterio. Salvo casos excepcionales, para lo bueno y lo malo, son obras que no destacan en la excelencia literaria (referida a su técnica o a su trascendencia dentro del canon), pero sí en el manejo de la trama o de la intriga. Hace quince años dediqué el mes de mayo a la lectura de una interesante novela de Javier Moro: Pasión india. Más que una novela es una biografía novelada, la historia de una española, Anita Delgado, que acabó convertida en princesa de Kapurthala. Como decía arriba, la obra tiene los ingredientes precisos para atrapar al lector: unos hechos reales, un drama personal y familiar que se ha de resolver, la lucha por sobrevivir de una mujer en un entorno y en un tiempo hostiles. Javier Moro huye también de los tópicos que más duelen en los best sellers, el romanticismo fácil, el tono divulgativo o la condescendencia hacia el lector ocasional. Me pareció un libro curioso, una historia humana que abre la mirada a un mundo que el autor conoce bien y que aparece bien retratado como telón de fondo. Así que, si no la habéis leído y no tenéis recomendaciones para este verano que se acerca, os animo a que le deis una oportunidad.