06 diciembre 2019

Vuelve #poema27 (y ya van doce)

Instagram @lenguabovalar
Vuelve por diciembre una nueva edición del acontecimiento poético por excelencia: #poema27, siendo ya la duodécima ocasión para compartir poesía en las redes. Esta cita anual celebra el acto fundacional de la Generación del 27, cuando en los próximos días 16 y 17 de diciembre se cumplan los 92 años del encuentro de algunos autores de ese movimiento literario en el Ateneo de Sevilla. Este aniversario poético lo celebramos llenando la red de poemas y versos de aquellos poetas. Cada año, docentes, alumnado y aficionados a la poesía en general, se suman a esta invitación y comparten en redes sus poemas o versos preferidos.
Así pues, a partir del fin de semana del 14-15 de diciembre, hasta el viernes 20, podéis publicar cualquier homenaje poético en los blogs, en Facebook, en Instagram y, por supuesto, en Twitter, bajo la etiqueta #poema27. La nómina de autores es bastante extensa y podéis encontrar suficientes poemas de ellos en la red. Es también una oportunidad para llenar las aulas de poesía y para jugar en familia con la narrativa digital. Os dejo unos ejemplos y variados enlaces al final por si queréis investigar. En nuestras clases de 1º de ESO vamos a repartir poemas de una antología del 27, confeccionada ex profeso para el aula, cuyas copias he ofrecido de manera voluntaria para ser grabadas en vídeo. Nos quedan diez días para pensar y programar, siempre con la poesía por delante. ¿Os animáis?







Mis homenajes:
Año 2017: Al final de la tarde (Ernestina Champourcín)
Año 2016: Underwood girls (Pedro Salinas)
Año 2015: La tarde... Josefina de la Torre
Año 2014: Dos poemas y más
Año 2013: Canción que nunca pone el pie en el suelo (Rosales)
Año 2012: Al oído de una muchacha (Lorca)
Año 2011: Amor oscuro (Altolaguirre)
Año 2010: Cernuda y Morente
Año 2009: Cernuda

30 noviembre 2019

Sesquidécada: noviembre 2004

Aparece en casi todas las listas de libros imprescindibles. También en la de los libros abandonados a medias. Simbólica, trágica, profunda, tupida, insoportable, excelsa... Moby Dick es esa novela que seduce y solivianta al lector en proporciones casi bíblicas, como su interpretación, como su épica de lo inalcanzable. Hace quince años me acerqué a la novela de Herman Melville y dediqué el mes completo a su lectura. Sin embargo, como si fuese también un reflejo de mi propia épica de lo imposible, abandoné el libro después de llevar navegadas más de 500 páginas. Quizá fue uno de los primeros libros que dejé sin acabar: cuando se es joven, uno piensa que puede leerlo todo; con Moby Dick, mi caza de la ballena blanca se tornó en la amarga consciencia de que nunca llegaré a leer ni siquiera una cuarta parte de lo que ansío.
Me embarqué en el Pequod sabiendo mucho del capitán Ahab y de su empresa, y también con el ánimo de cumplir con una de esas lecturas obligatorias que todos han de visitar. Como un buen marinero, seguí con disciplina la lucha interna del personaje y sus afanes por acometer la venganza contra el leviatán. Pero en esa singladura encontré mis propios abismos y descubrí que nunca llegaré a ser Ahab, que las causas perdidas no merecen la pena si no hay una mínima esperanza por ganarlas. Hace quince años abandoné el Pequod en una barquilla, casi cuando estaba a punto de enfrentarse al mayor combate jamás visto. Visto desde la distancia, sigo un poco a la deriva, buscando mis causas perdidas, pero con el ánimo dispuesto para ganarlas. Y en ello estamos.

17 noviembre 2019

La paradoja del premio

No me gustan los premios, pero me encanta recoger los que me entregan. Por eso esta nota se llama la paradoja del premio. Vayamos por partes. No me gustan los premios porque, aunque no lo parezca, soy terriblemente vergonzoso. Siempre pienso que los demás saben hacer las cosas mejor que yo, que soy un eterno aprendiz que copia de unos y de otros lo que mejor se les da para adaptarlo a mi realidad. Por eso nunca me presento a premios, ni a título personal, ni como representante de mi centro ahora que soy director. De ahí que todos los premios que he recibido en mi vida hayan sido honoríficos, tanto en el sentido emocional como en el económico. Además de por vergüenza, no me gustan los premios porque son una especie de lotería, que no siempre llega a quien más lo necesita o merece, sino a quien señalan diferentes azares. En mi caso, tengo claro que el mayor de los azares que me coloca en la diana de los premios es mi tendencia compulsiva a contar casi todo lo que hacemos en mi aula y en mi centro. Ya conté en el blog mi justificación para esa necesidad de contar a los cuatro vientos la realidad educativa, así que no insistiré más en ello. 

Entonces, si tan reticente soy a los premios ¿por qué me encanta recogerlos? Cuando me notifican que soy o somos (porque ahora los recibo más como representante del centro que por docente) candidatos a un premio, surge el dilema de aceptarlo o no. Como soy bastante racional en ciertos aspectos de mi vida, considero las ventajas e inconvenientes de esa decisión. Si lo rechazo, doy continuidad a mis principios y satisfacción personal a mi orgullo; el inconveniente es que la labor de los que me rodean, que ha resultado interesante para quienes se han fijado en ella, permanecerá oculta y no sabrán que están haciendo bien las cosas. Si lo acepto, las ventajas superan a los inconvenientes, porque no hablamos de individualidades, sino del reconocimiento a una labor grupal, del alumnado, del claustro, de la comunidad educativa, así que el interés común sale ganando.

Todo esto viene a cuento de la entrega de una mención especial al IES Bovalar en los Premios Magisterio a los protagonistas de la Educación 2019. Tuve, además, la inmensa suerte de compartir gala con Nando López, que hace justamente un año estuvo de visita en nuestro instituto para charlar de sus libros con nuestro alumnado. Me hizo muy feliz estar en esa gala porque se hablaba de educación, desde muy diversos tipos de enfoques educativos, algunos cercanos a mi realidad y otros en las antípodas. Como he dicho arriba, siempre es una satisfacción para las familias de un centro ver reconocida la calidad de la educación que reciben sus hijos e hijas, pero también habría que decir que, en la Escuela Pública, eso tendría que ser una premisa. En la gala de los premios tuve la inquietante sensación de jugar en una liga menor, esa sensación de tener que superar obstáculos y adversidades para hacerse notar, para hacerse valer. Hay centros que pueden comprar cientos de tablets, o renovar el mobiliario, o diseñar los espacios a la última moda, mientras otros tenemos unas aulas de informática que se renuevan cada siete años, y, con los ordenadores que se apartan de ellas, cubrimos las aulas ordinarias. Nos dicen que preparemos a los jóvenes para el siglo XXI, pero nunca tenemos dinero ni medios humanos para salir del siglo XX. Parece que vivimos en una continua crisis y que solo el ingenio nos ha de salvar de la precariedad. En otras palabras, a veces los premios son como ese trabajo de pregonero de vinos del Lazarillo: un triunfo minúsculo asomando en una vida de penuria. A pesar de todo ello, es un lujo haber recibido este premio que no va para un centro que ha eliminado los deberes, sino para un centro que se preocupa por no dejar a nadie atrás, un centro que se desvive por escuchar a su alumnado y mostrar toda la empatía que merecen, acompañándolos hasta donde puedan llegar. Ojalá no tuviésemos que recibir premios por hacer algo tan obvio y necesario en la Escuela Pública.



(Fuente del vídeo: Nando J. López)

10 noviembre 2019

Intemperie: de la literatura al cine (y la educación)

En la primavera del 2013 reseñaba en este blog la impresionante novela de Jesús Carrasco, Intemperie. Seis años después, la incansable Mercedes Ruiz, dentro de las iniciativas de fomento del cine en el ámbito educativo, a través de Cero en conducta, nos ofreció participar en el preestreno de la adaptación cinematográfica de Benito Zambrano, que se estrena oficialmente el próximo 22 de noviembre. Acompañado de varios colegas (María José Chordá, Inma Sánchez, Pilar Pérez Esteve...) pudimos disfrutar de esta película cuya reseña os dejo a continuación:

Intemperie: el rastro de una tierra arrasada

No, Intemperie no es un western, por mucho juego que pueda dar la estética del filme en los carteles y en los tráilers. Intemperie pertenece al género patrio de la España asolada, un género que va desde las Hurdes de Buñuel a El olivo, de Bollaín, pasando, cómo no, por Los santos inocentes, de Camus: películas que no son homenajes a los colonos americanos ni a sus bravos soldados, sino rastros de una tierra arrasada por la miseria, el odio y la codicia. Intemperie, al igual que Los santos inocentes, tiene también detrás a Delibes, un Delibes de lo sórdido, que parece poseído en la distancia por el sangriento espíritu de Cormac McCarthy. Intemperie nos enseña qué le ocurre a un país cuando se entrega como despojo de guerra a las alimañas, pero también nos enseña que doblegarse no es la única solución: doblarse no es doblegarse y, si eres flexible, no te rompes. La película de Benito Zambrano construye un relato impresionante sobre el paisaje y la desolación, el paisaje que nos rodea y el que llevamos dentro. 
Construye además un relato diferente de la novela de Jesús Carrasco en la que se basa. No se encontrará el espectador una adaptación, sino una reconstrucción que mantiene la dureza y el tono angustiado de la novela, pero aportando una dimensión diferente, mucho más sensorial, más centrada en las relaciones de los personajes que en la introspección. Y, de fondo, ese paisaje literario, el vacío de la Región de Benet, el sofoco de los campos de Níjar de Goytisolo, el desamparo de los caminos de Aldecoa... todos ellos refundidos en una soberbia fotografía que nos deja sin aliento.
En cuanto a los personajes, poco se puede decir sin desvelar la trama. Sus nombres bien podrían formar parte de un auto sacramental, casi una danza de la muerte en la que todos parecen invitados a bailar. Incluso podríamos pensar en el valor alegórico de la película, un valor que se condensaría en esta brillante frase: “no culpéis a los niños de la maldad de los adultos”. Una frase que todo educador debería llevar grabada a fuego en el pecho.


#Intemperie en Twitter

26 octubre 2019

Sesquidécada: octubre 2004

Dos novelas de misterio, cada una a su manera y bajo estilos muy diferentes, protagonizan la sesquidécada de octubre. La primera es El talento de Mr. Ripley, de Patricia Highsmith, un clásico del género negro que ha sido adaptado al cine y que se ha convertido casi en una saga. Se trata de una novela desconcertante en la que la fuerza del mal permanece latente, apenas intuida, hasta que desborda la trama y nos atrapa casi por sorpresa. Es uno de esos relatos que provoca la desazón por ser demasiado real y cercano, a pesar de las ficciones y a pesar del entorno exquisito en el que se desarrolla. Una novela muy recomendable para los aficionados al suspense psicológico.

La segunda novela, mucho más próxima, es El otro barrio, de Elvira Lindo. Creo que es una obra a la que no se le ha hecho justicia. Se lanzó como la primera novela para adultos de la autora cuando todavía se la encasillaba en la saga de Manolito Gafotas. Luego se hizo una edición juvenil. Ahora es una rareza. Es una narración que se parece mucho a La edad de la ira, de Nando López, con la distancia del tiempo y del estilo particular de cada autor. Me gustó mucho el acercamiento de Lindo a los problemas de los jóvenes, un acercamiento que rompía con los tópicos habituales que los rodean. Durante bastante tiempo la estuve recomendando de manera personalizada para algunos alumnos, que agradecían su lectura. No he regresado a ella y puede que haya perdido aquel atractivo que me atrapó en su día. Quizá vuelva a probar suerte en algún momento.

28 septiembre 2019

Sesquidécada: septiembre 2004

Empecé a leer los libros de la serie de Manolito Gafotas de Elvira Lindo, hace quince años, cuando llevaban un decenio en las librerías, lo que los convertía ya en aquel momento en un clásico de la literatura juvenil. Me consta que se siguen vendiendo en ediciones actualizadas, más por la nostalgia de una generación de padres y madres lectores que por el interés de los niños en unos personajes que tienen ya ese gusto añejo de épocas pasadas, en las que hay que poner notas al pie para entender el contexto. 

Manolito Gafotas se ha convertido en nuestra serie "Los Cinco", un referente de un tiempo en el que se podía ser políticamente incorrecto sin que las hordas de las redes sociales te quemasen en la pira. Manolito y el resto de personajes de sus novelas representan también esa clase media que parece ninguneada por los políticos y los medios, salvo para protagonizar docudramas televisivos o fotos de campaña electoral. Sin embargo, para los que vivimos en las aulas, Manolito y sus amigos siguen siendo unos personajes bastante humanos y cercanos, más en su ingenuidad que en sus intereses de aquella época, desplazados ya por el mundo del móvil y los videojuegos. Pienso que los futuros maestros y profesores deberían seguir leyendo estas novelas para entender, aunque sea de soslayo, la visión lúdica del mundo por parte de los niños, pues más de una vez he oído decir que son inmaduros, que solo piensan en jugar, que no tienen interés en nada... como si fuesen niños y niñas. Ahí queda esta recomendación, más social que literaria, una lectura de una saga que habría tenido más repercusión si las gafas de Manolito hubiesen tenido magia en lugar de tendencia a romperse a tortazos.

En el lado serio de esta sesquidécada, recupero también la lectura de El retrato de Dorian Grey, de Óscar Wilde. Es una obra que no requiere muchas explicaciones. Se me hizo un poco costosa de leer, tal vez por solaparla con la literatura juvenil, pero reconozco el valor de su autor para publicar esta obra tan compleja en la época del folletín. La vanidad, la soberbia, el vicio, la hipocresía social... creo que esta novela sigue siendo demasiado actual y podría adaptarse casi sin variaciones a la era de las redes sociales: El instagram de Dorian Grey, ¿no lo veis?

07 septiembre 2019

El "milagro" Bovalar

Este será mi cuarto curso como director del IES Bovalar. En septiembre de 2016 desgajaba con bastante detalle el horizonte que se abría para el centro en este período que está a punto de concluir. Haciendo balance de todos aquellos objetivos y propuestas, hemos comprobado que quedan muy pocos por conseguir o culminar. Quizá por ello, en este último año, se ha hablado mucho de mi centro, a veces con motivo de algún premio, otras veces por el tema de los deberes. Esto hace que el Bovalar parezca un centro modélico en el que ocurren milagros educativos. Cualquiera de vosotros sabe ya que no existen esos milagros, que detrás de cada éxito educativo hay horas de trabajo y muchos recursos invertidos. En esto, el IES Bovalar no es una excepción y voy a tratar de contarlo.
Nuestro centro proviene de unos orígenes bastante humildes, un instituto de la periferia, centro CAES, con mucho alumnado de compensatoria. Durante años fue el centro al que se enviaba a buena parte de la población escolar en riesgo de exclusión social del noroeste de Castellón. Ocupábamos un antiguo cuartel del ejército y prácticamente vivíamos olvidados del resto de la ciudad. Estuvimos muchos años en condiciones precarias, demasiados. Incluso el equipo directivo anterior tenía que lidiar con esa provisionalidad mediante comisiones de servicio prorrogadas anualmente. Ya sabéis el coste organizativo que eso supone.
Por fin, en 2010 se construyó el nuevo centro, en el barrio universitario, lo que prometía grandes cambios. El alumnado creció con la incorporación de dos nuevos colegios y se diluyó el alumnado de compensatoria, que ya no superaba el 30%. Aun así, mantuvimos la condición de centro CAES por tener dos colegios adscritos con esa característica. Sin embargo, para la administración seguíamos siendo un centro periférico en el que no convenía invertir demasiado. Muchas quejas al respecto podéis encontrar en este blog: La calidad no la da el traje, Ojalá los alumnos fuesen baldosasQuizá callados hubiésemos estado mejor... 
Con este panorama, hace tres años decidimos presentar un proyecto de dirección con personal definitivo del centro para trazar unos objetivos a largo plazo que nos permitiesen salvar esa condición de centro marginal, con bastantes problemas de fracaso escolar y de convivencia. En esto no hay misterio, el profesorado es el mismo, el centro y el alumnado también, parte del equipo directivo anterior continúa en el centro y es de agradecer todo el apoyo prestado en la transición; el "milagro" fue simplemente poner por escrito qué queríamos alcanzar y cómo debíamos hacerlo. 
Poco a poco, he ido contando esos avances y, bajo la etiqueta "dirección" del blog, podéis encontrar esos artículos, y también algún otro sobre mi papel como director. No es un camino fácil. Como decía arriba, todo milagro requiere trabajo y recursos. Tuvimos la suerte de contar con muchos compañeros que han puesto ilusión y horas de esfuerzo para salir adelante, pero también hemos contado con el apoyo de la administración, que ha decidido acabar con esa imagen del Bovalar como centro de segunda. Prueba de ello es que hemos pasado en los últimos años de 57 profesores a 79, con un incremento de 100 alumnos. No es que ahora vayamos sobrados, sino que antes éramos claramente deficitarios. Eso son recursos, muy necesarios, más que la ilusión, la vocación, la formación y las ganas de trabajar, porque sin recursos, todo lo demás puede servir durante un tiempo, pero no es sostenible ni efectivo.
Pero no solo hay que hablar de recursos, también de implantación de medidas y modelos de organización acordes con ese proyecto a largo plazo. En el ámbito de la convivencia, hemos puesto en marcha programas para reducir el absentismo y los conflictos. En los últimos tres años, hemos pasado de 47 expedientes disciplinarios anuales a 35; los partes de incidencia, han pasado de 700 a 340, y los registros PREVI, de 17 a 9. Decisiva ha sido la adopción el curso pasado del programa TEI de tutoría entre iguales, que ha mejorado notablemente la convivencia, sobre todo en 1º de ESO, donde los conflictos se han reducido casi un 70%. También la progresiva implantación del trabajo por proyectos, a través de la iniciativa Bovalar projecta, que coordina el compañero Francesc Collado. Seguimos luchando contra el drama del absentismo, con gran inversión de tiempo en conseguir que vengan al instituto y no sean expulsados, aunque es muy difícil convertir al alumno absentista en alumno integrado en el sistema académico ordinario. A pesar de ello, también hemos mejorado la tasa de titulación en ESO, que ha pasado del 77% al 81%. El índice de repetidores ha descendido también, sobre todo en 1º de ESO, donde ha pasado del 23% al 19%. Y fuera de las cifras, muy importante la mejora en la inclusión del alumnado con necesidades educativas, por ejemplo TEA, a través de las maestras de soporte a la inclusión de la unidad CiL, y su esfuerzo por promover la codocencia, los grupos cooperativos y, en general, la no segregación de este alumnado. Pero aún nos queda mucho por hacer.
Con todo esto que llevo contado, ya veis que no hay "milagro" Bovalar, que son pequeños avances en plazos muy largos de tiempo, avances que solo se sostienen mientras la administración garantice los recursos, pues cada programa o cada intervención exigen horas, horas que no pueden dejarse al albur de la voluntad, de la entrega o la devoción por el centro. Ya bastantes horas echamos todos más allá de lo obligatorio.

En cuanto al balance personal de este trayecto, quisiera destacar algunas cosas que me hacen sentir especialmente satisfecho. El apoyo de los compañeros/as de claustro en todos estos "experimentos" que vamos lanzando y evaluando, un apoyo sin el cual sería imposible haber conseguido estos resultados. El esfuerzo compartido de mis compañeras del equipo directivo y del resto de colegas que han asumido diferentes cargos y coordinaciones, no siempre debidamente incentivados. La confianza de los tres inspectores/as (y de sus superiores) que he tenido en este período, que no solo nos han apoyado, sino que han ejercido de protectores del proyecto contra viento y marea. La ayuda del CEFIRE de Castelló para la formación del profesorado, a través de su director Sergio Mestre y de los demás asesores, especialmente Rubén Safont. Y claro está, el imprescindible beneplácito del personal de administración y servicios: conserjes, administrativas, educadora, personal de limpieza...

Pero nada de esto tiene sentido si no menciono la fuente de la mayor parte de las satisfacciones de este cargo: el alumnado y las familias. Ya sé que hay familias y alumnos a los que hay que dedicar grandes esfuerzos no siempre reconocidos, pero de verdad, para mí, buena parte de ese "milagro" del Bovalar proviene del alumnado que se siente orgulloso de pertenecer al centro y de esas familias que confían en nosotros para la educación de sus hijos. Una de las medidas que hemos mantenido con especial intensidad es visibilizar las actividades del centro y ser transparentes en su gestión. Es algo a lo que dedico (dedicamos) mucho tiempo, a llamar a las familias, a atenderlas a ellas y a sus hijos en el centro, a dar todas las explicaciones posibles, a facilitar información a través del Facebook, del Instagram, de Twitter... Además de los cauces oficiales (webfamilia Ítaca), muchos de ellos se comunican directamente con nosotros a través de las redes, lo que hace que el instituto se perciba cercano y aumenta la confianza en el centro y sus profesionales. El milagro son ellos, sin duda, porque ¿qué es un centro educativo sin alumnos? 

Espero que este curso os pueda contar más cosas de la gestión diaria y también de los problemas: la falta de espacio en el centro, las carencias de personal especializado en convivencia, la burocracia... Tenemos por delante continuar con el TEI, pero también mejorar los protocolos de detección y de apoyo del alumnado con altas capacidades, la formación en atención a la diversidad e inclusión educativa, y un plan lector muy sugerente: Invisibles, las mujeres que la historia nos ocultó. Ya veremos hasta dónde llegamos.

28 agosto 2019

Sesquidécada: agosto 2004

Miro hacia atrás en esta sesquidécada y encuentro dos libros de peso que ocuparon mi agosto de hace quince años. El primero de ellos era la cuarta entrega de una saga juvenil que tendría gran repercusión en el género: Harry Potter y el cáliz de fuego. Si no recuerdo mal, fue el último que leí de la serie, pues comenzaron a estrenar las películas y ya no volví a la saga hasta El legado maldito, la última entrega del año 2016, por tratarse de un experimento teatral que aportaba una visión diferente. 
Vale la pena dedicar tiempo a las novelas de J.K. Rowling, porque dan muchas pistas acerca de los ingredientes de éxito de la literatura juvenil, principalmente no tratar al lector adolescente como un lector imperfecto, sino como un lector diferente, un lector curioso y ávido de emociones. También permiten explorar las relaciones con otros géneros, como la mitología, el terror, etc. Todo eso sin entrar en el mundo de los "potterhead", esos fanáticos lectores de la serie que dedican buena parte de su tiempo a investigar, a coleccionar y a visitar lugares relacionados con la saga. Para que luego digan que los jóvenes no leen...

El otro libro gordo fue el Decamerón de Boccaccio, una joya para los letraheridos. Recuerdo que tenía muchas ganas de ponerme con su lectura, ya que había leído bastantes cuentos sueltos y me apetecía dedicarle tiempo a la contextualización de la obra entera. Más allá de los episodios divertidos, ingeniosos y picantes más famosos, se trata de una obra monumental que proporciona un colorido panorama de usos y costumbres de su época. Dentro del universo de la prosa medieval, con obras llenas de doctrina y moral, obras ásperas y eruditas, el Decamerón es un oasis de diversión, una obra que despierta la curiosidad. Incluso la misoginia propia de la época se encuentra atenuada por una dimensión pícara de la mujer como agente voluntario de unos males en los que al menos obtiene beneficio propio. En cualquier caso, al igual que con el Conde Lucanor, Calila y Dimna, el Sendebar... merece la pena acercarse al mundo de los relatos cortos medievales, y la obra de Boccaccio gana en modernidad a cualquiera de las otras.