25 febrero 2026

Escuela o barbarie

Es privilegio de aldea que para todas las cosas haya en ella tiempo cuando el tiempo es bien repartido (...) tiempo para leer en un libro, (...), para ir a visitar los enfermos, para irse a caza a los campos, para holgarse con los amigos, para pasearse por las eras, (...) para comer si quisieren temprano, para jugar un rato al triunfo, para dormir la siesta y aun para jugar a la ballesta. No gozan de este privilegio los que en las cortes andan y en los grandes pueblos viven, porque allí lo más del tiempo se les pasa en visitar, en pleitear, en negociar, en trampear y aun a las veces en suspirar.

Antonio de Guevara. Menosprecio de corte y alabanza de aldea (1539)



Dicen que conocer la historia nos ayuda a evitar que se repitan los desastres del pasado y me parece que los afanes de algunos por desterrar las humanidades buscan precisamente eso, que olvidemos los errores y caigamos de nuevo en ellos. En los albores de nuestro Siglo de Oro, el periodo más esplendoroso de las artes y las letras, nos hallábamos paradójicamente sumidos en una de las peores crisis económicas y sociales de nuestra historia. Las malas cosechas, las hambrunas, las epidemias y otros factores llevaron a la despoblación del campo y el hacinamiento de la plebe en las ciudades. No es extraño que Guevara hiciese esa alabanza de la aldea que abre este artículo, o que los monarcas encumbrasen a san Isidro Labrador como patrón de la capital en un intento de prestigiar la agricultura y la vida campestre. Siglos más tarde, los miembros de la Generación del 98, en otra crisis de igual calibre, volvieron de nuevo la mirada a Castilla, al terruño, a la esencia de una España pobre, mal alimentada, pero llena de dignidad. Las Hurdes, tierra sin pan de Buñuel entroncan con ese espíritu, con la necesaria reforma agraria, con el afán de sacar al país de la Edad Media y convertirlo en una nación del siglo XX. Por eso las Hurdes se parecen más a un viaje del Ministerio del Tiempo que a un documental del National Geographic. Hay escenas que parecen sacadas de grabados de antiguos viajeros por España, viajeros del siglo XVII o XVIII. Curiosamente, el único momento en el que no se aprecia el viaje en el tiempo es cuando aparece la escuela. Es ese el único momento en el que los niños parecen seres humanos y no bestias. Un grabado en la pared, absurdo, sí, pero que sirve de conexión con la cultura. Y los niños leyendo y escribiendo, trabajando juntos codo con codo. Niños y niñas. En la pizarra uno de ellos escribe con letra clara: “Respetad los bienes ajenos”. Si entendemos por bienes también aquellos que son inmateriales, sería la mejor muestra del valor de la escuela: el respeto al prójimo. La escuela en las Hurdes es el único elemento de modernidad, el único elemento de humanidad. Todo lo demás es barbarie.

Ha pasado un siglo de aquello y volvemos a tener una España en crisis, o eso dicen algunos. Igual que ocurría en los tiempos de Guevara o en el documental de las Hurdes, el campo se desangra, las ciudades se llenan de “aldeanos” que huyen de una agricultura y ganadería maltratadas y mal pagadas. La Laponia española crece como una mancha de desolación y abandono en el corazón de este país: menos de ocho habitantes por kilómetro cuadrado, una densidad inferior a la del círculo polar ártico. Ni siquiera dando el premio Nobel a un ganadero de Teruel (si es verdad que Teruel existe) conseguiríamos ahora frenar esa diáspora. ¿Cuál es la solución entonces para esta epidemia demográfica? La Escuela.  Recordemos la secuencia de la escuela de Buñuel, el oasis de modernidad en el desierto medieval. De todos es sabido que un pueblo comienza a morir cuando cierra su escuela, porque nadie se lanza a un proyecto de futuro sin la garantía de la educación para sus hijos. Pensemos, además, en el maestro y la maestra rural no solo como educadores, sino como focos de la ética y la cultura, como referentes humanos en un universo digital. En ese sentido, la escuela rural es la vacuna contra la despoblación y la semilla de un nuevo modelo social. La escuela rural puede ser el vivero de nuevas generaciones de “aldeanos ilustrados”, ciudadanos que doten por fin de dignidad al sector primario, a la agricultura y la ganadería modernas, pero también a nuevos modelos de producción ligados a los entornos rurales, como el turismo, la sostenibilidad, la salud y el bienestar… He vuelto a ver las Hurdes de Buñuel con la mirada puesta en el futuro y creo que solo potenciando la escuela rural conseguiremos revertir un drama que nos persigue desde hace siglos. Vuelvan ustedes a ver esa secuencia y pongan color a las escenas escolares: verán qué modernas les parecen.

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