06 diciembre 2019

Vuelve #poema27 (y ya van doce)

Instagram @lenguabovalar
Vuelve por diciembre una nueva edición del acontecimiento poético por excelencia: #poema27, siendo ya la duodécima ocasión para compartir poesía en las redes. Esta cita anual celebra el acto fundacional de la Generación del 27, cuando en los próximos días 16 y 17 de diciembre se cumplan los 92 años del encuentro de algunos autores de ese movimiento literario en el Ateneo de Sevilla. Este aniversario poético lo celebramos llenando la red de poemas y versos de aquellos poetas. Cada año, docentes, alumnado y aficionados a la poesía en general, se suman a esta invitación y comparten en redes sus poemas o versos preferidos.
Así pues, a partir del fin de semana del 14-15 de diciembre, hasta el viernes 20, podéis publicar cualquier homenaje poético en los blogs, en Facebook, en Instagram y, por supuesto, en Twitter, bajo la etiqueta #poema27. La nómina de autores es bastante extensa y podéis encontrar suficientes poemas de ellos en la red. Es también una oportunidad para llenar las aulas de poesía y para jugar en familia con la narrativa digital. Os dejo unos ejemplos y variados enlaces al final por si queréis investigar. En nuestras clases de 1º de ESO vamos a repartir poemas de una antología del 27, confeccionada ex profeso para el aula, cuyas copias he ofrecido de manera voluntaria para ser grabadas en vídeo. Nos quedan diez días para pensar y programar, siempre con la poesía por delante. ¿Os animáis?







Mis homenajes:
Año 2017: Al final de la tarde (Ernestina Champourcín)
Año 2016: Underwood girls (Pedro Salinas)
Año 2015: La tarde... Josefina de la Torre
Año 2014: Dos poemas y más
Año 2013: Canción que nunca pone el pie en el suelo (Rosales)
Año 2012: Al oído de una muchacha (Lorca)
Año 2011: Amor oscuro (Altolaguirre)
Año 2010: Cernuda y Morente
Año 2009: Cernuda

30 noviembre 2019

Sesquidécada: noviembre 2004

Aparece en casi todas las listas de libros imprescindibles. También en la de los libros abandonados a medias. Simbólica, trágica, profunda, tupida, insoportable, excelsa... Moby Dick es esa novela que seduce y solivianta al lector en proporciones casi bíblicas, como su interpretación, como su épica de lo inalcanzable. Hace quince años me acerqué a la novela de Herman Melville y dediqué el mes completo a su lectura. Sin embargo, como si fuese también un reflejo de mi propia épica de lo imposible, abandoné el libro después de llevar navegadas más de 500 páginas. Quizá fue uno de los primeros libros que dejé sin acabar: cuando se es joven, uno piensa que puede leerlo todo; con Moby Dick, mi caza de la ballena blanca se tornó en la amarga consciencia de que nunca llegaré a leer ni siquiera una cuarta parte de lo que ansío.
Me embarqué en el Pequod sabiendo mucho del capitán Ahab y de su empresa, y también con el ánimo de cumplir con una de esas lecturas obligatorias que todos han de visitar. Como un buen marinero, seguí con disciplina la lucha interna del personaje y sus afanes por acometer la venganza contra el leviatán. Pero en esa singladura encontré mis propios abismos y descubrí que nunca llegaré a ser Ahab, que las causas perdidas no merecen la pena si no hay una mínima esperanza por ganarlas. Hace quince años abandoné el Pequod en una barquilla, casi cuando estaba a punto de enfrentarse al mayor combate jamás visto. Visto desde la distancia, sigo un poco a la deriva, buscando mis causas perdidas, pero con el ánimo dispuesto para ganarlas. Y en ello estamos.

17 noviembre 2019

La paradoja del premio

No me gustan los premios, pero me encanta recoger los que me entregan. Por eso esta nota se llama la paradoja del premio. Vayamos por partes. No me gustan los premios porque, aunque no lo parezca, soy terriblemente vergonzoso. Siempre pienso que los demás saben hacer las cosas mejor que yo, que soy un eterno aprendiz que copia de unos y de otros lo que mejor se les da para adaptarlo a mi realidad. Por eso nunca me presento a premios, ni a título personal, ni como representante de mi centro ahora que soy director. De ahí que todos los premios que he recibido en mi vida hayan sido honoríficos, tanto en el sentido emocional como en el económico. Además de por vergüenza, no me gustan los premios porque son una especie de lotería, que no siempre llega a quien más lo necesita o merece, sino a quien señalan diferentes azares. En mi caso, tengo claro que el mayor de los azares que me coloca en la diana de los premios es mi tendencia compulsiva a contar casi todo lo que hacemos en mi aula y en mi centro. Ya conté en el blog mi justificación para esa necesidad de contar a los cuatro vientos la realidad educativa, así que no insistiré más en ello. 

Entonces, si tan reticente soy a los premios ¿por qué me encanta recogerlos? Cuando me notifican que soy o somos (porque ahora los recibo más como representante del centro que por docente) candidatos a un premio, surge el dilema de aceptarlo o no. Como soy bastante racional en ciertos aspectos de mi vida, considero las ventajas e inconvenientes de esa decisión. Si lo rechazo, doy continuidad a mis principios y satisfacción personal a mi orgullo; el inconveniente es que la labor de los que me rodean, que ha resultado interesante para quienes se han fijado en ella, permanecerá oculta y no sabrán que están haciendo bien las cosas. Si lo acepto, las ventajas superan a los inconvenientes, porque no hablamos de individualidades, sino del reconocimiento a una labor grupal, del alumnado, del claustro, de la comunidad educativa, así que el interés común sale ganando.

Todo esto viene a cuento de la entrega de una mención especial al IES Bovalar en los Premios Magisterio a los protagonistas de la Educación 2019. Tuve, además, la inmensa suerte de compartir gala con Nando López, que hace justamente un año estuvo de visita en nuestro instituto para charlar de sus libros con nuestro alumnado. Me hizo muy feliz estar en esa gala porque se hablaba de educación, desde muy diversos tipos de enfoques educativos, algunos cercanos a mi realidad y otros en las antípodas. Como he dicho arriba, siempre es una satisfacción para las familias de un centro ver reconocida la calidad de la educación que reciben sus hijos e hijas, pero también habría que decir que, en la Escuela Pública, eso tendría que ser una premisa. En la gala de los premios tuve la inquietante sensación de jugar en una liga menor, esa sensación de tener que superar obstáculos y adversidades para hacerse notar, para hacerse valer. Hay centros que pueden comprar cientos de tablets, o renovar el mobiliario, o diseñar los espacios a la última moda, mientras otros tenemos unas aulas de informática que se renuevan cada siete años, y, con los ordenadores que se apartan de ellas, cubrimos las aulas ordinarias. Nos dicen que preparemos a los jóvenes para el siglo XXI, pero nunca tenemos dinero ni medios humanos para salir del siglo XX. Parece que vivimos en una continua crisis y que solo el ingenio nos ha de salvar de la precariedad. En otras palabras, a veces los premios son como ese trabajo de pregonero de vinos del Lazarillo: un triunfo minúsculo asomando en una vida de penuria. A pesar de todo ello, es un lujo haber recibido este premio que no va para un centro que ha eliminado los deberes, sino para un centro que se preocupa por no dejar a nadie atrás, un centro que se desvive por escuchar a su alumnado y mostrar toda la empatía que merecen, acompañándolos hasta donde puedan llegar. Ojalá no tuviésemos que recibir premios por hacer algo tan obvio y necesario en la Escuela Pública.



(Fuente del vídeo: Nando J. López)

10 noviembre 2019

Intemperie: de la literatura al cine (y la educación)

En la primavera del 2013 reseñaba en este blog la impresionante novela de Jesús Carrasco, Intemperie. Seis años después, la incansable Mercedes Ruiz, dentro de las iniciativas de fomento del cine en el ámbito educativo, a través de Cero en conducta, nos ofreció participar en el preestreno de la adaptación cinematográfica de Benito Zambrano, que se estrena oficialmente el próximo 22 de noviembre. Acompañado de varios colegas (María José Chordá, Inma Sánchez, Pilar Pérez Esteve...) pudimos disfrutar de esta película cuya reseña os dejo a continuación:

Intemperie: el rastro de una tierra arrasada

No, Intemperie no es un western, por mucho juego que pueda dar la estética del filme en los carteles y en los tráilers. Intemperie pertenece al género patrio de la España asolada, un género que va desde las Hurdes de Buñuel a El olivo, de Bollaín, pasando, cómo no, por Los santos inocentes, de Camus: películas que no son homenajes a los colonos americanos ni a sus bravos soldados, sino rastros de una tierra arrasada por la miseria, el odio y la codicia. Intemperie, al igual que Los santos inocentes, tiene también detrás a Delibes, un Delibes de lo sórdido, que parece poseído en la distancia por el sangriento espíritu de Cormac McCarthy. Intemperie nos enseña qué le ocurre a un país cuando se entrega como despojo de guerra a las alimañas, pero también nos enseña que doblegarse no es la única solución: doblarse no es doblegarse y, si eres flexible, no te rompes. La película de Benito Zambrano construye un relato impresionante sobre el paisaje y la desolación, el paisaje que nos rodea y el que llevamos dentro. 
Construye además un relato diferente de la novela de Jesús Carrasco en la que se basa. No se encontrará el espectador una adaptación, sino una reconstrucción que mantiene la dureza y el tono angustiado de la novela, pero aportando una dimensión diferente, mucho más sensorial, más centrada en las relaciones de los personajes que en la introspección. Y, de fondo, ese paisaje literario, el vacío de la Región de Benet, el sofoco de los campos de Níjar de Goytisolo, el desamparo de los caminos de Aldecoa... todos ellos refundidos en una soberbia fotografía que nos deja sin aliento.
En cuanto a los personajes, poco se puede decir sin desvelar la trama. Sus nombres bien podrían formar parte de un auto sacramental, casi una danza de la muerte en la que todos parecen invitados a bailar. Incluso podríamos pensar en el valor alegórico de la película, un valor que se condensaría en esta brillante frase: “no culpéis a los niños de la maldad de los adultos”. Una frase que todo educador debería llevar grabada a fuego en el pecho.


#Intemperie en Twitter

26 octubre 2019

Sesquidécada: octubre 2004

Dos novelas de misterio, cada una a su manera y bajo estilos muy diferentes, protagonizan la sesquidécada de octubre. La primera es El talento de Mr. Ripley, de Patricia Highsmith, un clásico del género negro que ha sido adaptado al cine y que se ha convertido casi en una saga. Se trata de una novela desconcertante en la que la fuerza del mal permanece latente, apenas intuida, hasta que desborda la trama y nos atrapa casi por sorpresa. Es uno de esos relatos que provoca la desazón por ser demasiado real y cercano, a pesar de las ficciones y a pesar del entorno exquisito en el que se desarrolla. Una novela muy recomendable para los aficionados al suspense psicológico.

La segunda novela, mucho más próxima, es El otro barrio, de Elvira Lindo. Creo que es una obra a la que no se le ha hecho justicia. Se lanzó como la primera novela para adultos de la autora cuando todavía se la encasillaba en la saga de Manolito Gafotas. Luego se hizo una edición juvenil. Ahora es una rareza. Es una narración que se parece mucho a La edad de la ira, de Nando López, con la distancia del tiempo y del estilo particular de cada autor. Me gustó mucho el acercamiento de Lindo a los problemas de los jóvenes, un acercamiento que rompía con los tópicos habituales que los rodean. Durante bastante tiempo la estuve recomendando de manera personalizada para algunos alumnos, que agradecían su lectura. No he regresado a ella y puede que haya perdido aquel atractivo que me atrapó en su día. Quizá vuelva a probar suerte en algún momento.

28 septiembre 2019

Sesquidécada: septiembre 2004

Empecé a leer los libros de la serie de Manolito Gafotas de Elvira Lindo, hace quince años, cuando llevaban un decenio en las librerías, lo que los convertía ya en aquel momento en un clásico de la literatura juvenil. Me consta que se siguen vendiendo en ediciones actualizadas, más por la nostalgia de una generación de padres y madres lectores que por el interés de los niños en unos personajes que tienen ya ese gusto añejo de épocas pasadas, en las que hay que poner notas al pie para entender el contexto. 

Manolito Gafotas se ha convertido en nuestra serie "Los Cinco", un referente de un tiempo en el que se podía ser políticamente incorrecto sin que las hordas de las redes sociales te quemasen en la pira. Manolito y el resto de personajes de sus novelas representan también esa clase media que parece ninguneada por los políticos y los medios, salvo para protagonizar docudramas televisivos o fotos de campaña electoral. Sin embargo, para los que vivimos en las aulas, Manolito y sus amigos siguen siendo unos personajes bastante humanos y cercanos, más en su ingenuidad que en sus intereses de aquella época, desplazados ya por el mundo del móvil y los videojuegos. Pienso que los futuros maestros y profesores deberían seguir leyendo estas novelas para entender, aunque sea de soslayo, la visión lúdica del mundo por parte de los niños, pues más de una vez he oído decir que son inmaduros, que solo piensan en jugar, que no tienen interés en nada... como si fuesen niños y niñas. Ahí queda esta recomendación, más social que literaria, una lectura de una saga que habría tenido más repercusión si las gafas de Manolito hubiesen tenido magia en lugar de tendencia a romperse a tortazos.

En el lado serio de esta sesquidécada, recupero también la lectura de El retrato de Dorian Grey, de Óscar Wilde. Es una obra que no requiere muchas explicaciones. Se me hizo un poco costosa de leer, tal vez por solaparla con la literatura juvenil, pero reconozco el valor de su autor para publicar esta obra tan compleja en la época del folletín. La vanidad, la soberbia, el vicio, la hipocresía social... creo que esta novela sigue siendo demasiado actual y podría adaptarse casi sin variaciones a la era de las redes sociales: El instagram de Dorian Grey, ¿no lo veis?

07 septiembre 2019

El "milagro" Bovalar

Este será mi cuarto curso como director del IES Bovalar. En septiembre de 2016 desgajaba con bastante detalle el horizonte que se abría para el centro en este período que está a punto de concluir. Haciendo balance de todos aquellos objetivos y propuestas, hemos comprobado que quedan muy pocos por conseguir o culminar. Quizá por ello, en este último año, se ha hablado mucho de mi centro, a veces con motivo de algún premio, otras veces por el tema de los deberes. Esto hace que el Bovalar parezca un centro modélico en el que ocurren milagros educativos. Cualquiera de vosotros sabe ya que no existen esos milagros, que detrás de cada éxito educativo hay horas de trabajo y muchos recursos invertidos. En esto, el IES Bovalar no es una excepción y voy a tratar de contarlo.
Nuestro centro proviene de unos orígenes bastante humildes, un instituto de la periferia, centro CAES, con mucho alumnado de compensatoria. Durante años fue el centro al que se enviaba a buena parte de la población escolar en riesgo de exclusión social del noroeste de Castellón. Ocupábamos un antiguo cuartel del ejército y prácticamente vivíamos olvidados del resto de la ciudad. Estuvimos muchos años en condiciones precarias, demasiados. Incluso el equipo directivo anterior tenía que lidiar con esa provisionalidad mediante comisiones de servicio prorrogadas anualmente. Ya sabéis el coste organizativo que eso supone.
Por fin, en 2010 se construyó el nuevo centro, en el barrio universitario, lo que prometía grandes cambios. El alumnado creció con la incorporación de dos nuevos colegios y se diluyó el alumnado de compensatoria, que ya no superaba el 30%. Aun así, mantuvimos la condición de centro CAES por tener dos colegios adscritos con esa característica. Sin embargo, para la administración seguíamos siendo un centro periférico en el que no convenía invertir demasiado. Muchas quejas al respecto podéis encontrar en este blog: La calidad no la da el traje, Ojalá los alumnos fuesen baldosasQuizá callados hubiésemos estado mejor... 
Con este panorama, hace tres años decidimos presentar un proyecto de dirección con personal definitivo del centro para trazar unos objetivos a largo plazo que nos permitiesen salvar esa condición de centro marginal, con bastantes problemas de fracaso escolar y de convivencia. En esto no hay misterio, el profesorado es el mismo, el centro y el alumnado también, parte del equipo directivo anterior continúa en el centro y es de agradecer todo el apoyo prestado en la transición; el "milagro" fue simplemente poner por escrito qué queríamos alcanzar y cómo debíamos hacerlo. 
Poco a poco, he ido contando esos avances y, bajo la etiqueta "dirección" del blog, podéis encontrar esos artículos, y también algún otro sobre mi papel como director. No es un camino fácil. Como decía arriba, todo milagro requiere trabajo y recursos. Tuvimos la suerte de contar con muchos compañeros que han puesto ilusión y horas de esfuerzo para salir adelante, pero también hemos contado con el apoyo de la administración, que ha decidido acabar con esa imagen del Bovalar como centro de segunda. Prueba de ello es que hemos pasado en los últimos años de 57 profesores a 79, con un incremento de 100 alumnos. No es que ahora vayamos sobrados, sino que antes éramos claramente deficitarios. Eso son recursos, muy necesarios, más que la ilusión, la vocación, la formación y las ganas de trabajar, porque sin recursos, todo lo demás puede servir durante un tiempo, pero no es sostenible ni efectivo.
Pero no solo hay que hablar de recursos, también de implantación de medidas y modelos de organización acordes con ese proyecto a largo plazo. En el ámbito de la convivencia, hemos puesto en marcha programas para reducir el absentismo y los conflictos. En los últimos tres años, hemos pasado de 47 expedientes disciplinarios anuales a 35; los partes de incidencia, han pasado de 700 a 340, y los registros PREVI, de 17 a 9. Decisiva ha sido la adopción el curso pasado del programa TEI de tutoría entre iguales, que ha mejorado notablemente la convivencia, sobre todo en 1º de ESO, donde los conflictos se han reducido casi un 70%. También la progresiva implantación del trabajo por proyectos, a través de la iniciativa Bovalar projecta, que coordina el compañero Francesc Collado. Seguimos luchando contra el drama del absentismo, con gran inversión de tiempo en conseguir que vengan al instituto y no sean expulsados, aunque es muy difícil convertir al alumno absentista en alumno integrado en el sistema académico ordinario. A pesar de ello, también hemos mejorado la tasa de titulación en ESO, que ha pasado del 77% al 81%. El índice de repetidores ha descendido también, sobre todo en 1º de ESO, donde ha pasado del 23% al 19%. Y fuera de las cifras, muy importante la mejora en la inclusión del alumnado con necesidades educativas, por ejemplo TEA, a través de las maestras de soporte a la inclusión de la unidad CiL, y su esfuerzo por promover la codocencia, los grupos cooperativos y, en general, la no segregación de este alumnado. Pero aún nos queda mucho por hacer.
Con todo esto que llevo contado, ya veis que no hay "milagro" Bovalar, que son pequeños avances en plazos muy largos de tiempo, avances que solo se sostienen mientras la administración garantice los recursos, pues cada programa o cada intervención exigen horas, horas que no pueden dejarse al albur de la voluntad, de la entrega o la devoción por el centro. Ya bastantes horas echamos todos más allá de lo obligatorio.

En cuanto al balance personal de este trayecto, quisiera destacar algunas cosas que me hacen sentir especialmente satisfecho. El apoyo de los compañeros/as de claustro en todos estos "experimentos" que vamos lanzando y evaluando, un apoyo sin el cual sería imposible haber conseguido estos resultados. El esfuerzo compartido de mis compañeras del equipo directivo y del resto de colegas que han asumido diferentes cargos y coordinaciones, no siempre debidamente incentivados. La confianza de los tres inspectores/as (y de sus superiores) que he tenido en este período, que no solo nos han apoyado, sino que han ejercido de protectores del proyecto contra viento y marea. La ayuda del CEFIRE de Castelló para la formación del profesorado, a través de su director Sergio Mestre y de los demás asesores, especialmente Rubén Safont. Y claro está, el imprescindible beneplácito del personal de administración y servicios: conserjes, administrativas, educadora, personal de limpieza...

Pero nada de esto tiene sentido si no menciono la fuente de la mayor parte de las satisfacciones de este cargo: el alumnado y las familias. Ya sé que hay familias y alumnos a los que hay que dedicar grandes esfuerzos no siempre reconocidos, pero de verdad, para mí, buena parte de ese "milagro" del Bovalar proviene del alumnado que se siente orgulloso de pertenecer al centro y de esas familias que confían en nosotros para la educación de sus hijos. Una de las medidas que hemos mantenido con especial intensidad es visibilizar las actividades del centro y ser transparentes en su gestión. Es algo a lo que dedico (dedicamos) mucho tiempo, a llamar a las familias, a atenderlas a ellas y a sus hijos en el centro, a dar todas las explicaciones posibles, a facilitar información a través del Facebook, del Instagram, de Twitter... Además de los cauces oficiales (webfamilia Ítaca), muchos de ellos se comunican directamente con nosotros a través de las redes, lo que hace que el instituto se perciba cercano y aumenta la confianza en el centro y sus profesionales. El milagro son ellos, sin duda, porque ¿qué es un centro educativo sin alumnos? 

Espero que este curso os pueda contar más cosas de la gestión diaria y también de los problemas: la falta de espacio en el centro, las carencias de personal especializado en convivencia, la burocracia... Tenemos por delante continuar con el TEI, pero también mejorar los protocolos de detección y de apoyo del alumnado con altas capacidades, la formación en atención a la diversidad e inclusión educativa, y un plan lector muy sugerente: Invisibles, las mujeres que la historia nos ocultó. Ya veremos hasta dónde llegamos.

28 agosto 2019

Sesquidécada: agosto 2004

Miro hacia atrás en esta sesquidécada y encuentro dos libros de peso que ocuparon mi agosto de hace quince años. El primero de ellos era la cuarta entrega de una saga juvenil que tendría gran repercusión en el género: Harry Potter y el cáliz de fuego. Si no recuerdo mal, fue el último que leí de la serie, pues comenzaron a estrenar las películas y ya no volví a la saga hasta El legado maldito, la última entrega del año 2016, por tratarse de un experimento teatral que aportaba una visión diferente. 
Vale la pena dedicar tiempo a las novelas de J.K. Rowling, porque dan muchas pistas acerca de los ingredientes de éxito de la literatura juvenil, principalmente no tratar al lector adolescente como un lector imperfecto, sino como un lector diferente, un lector curioso y ávido de emociones. También permiten explorar las relaciones con otros géneros, como la mitología, el terror, etc. Todo eso sin entrar en el mundo de los "potterhead", esos fanáticos lectores de la serie que dedican buena parte de su tiempo a investigar, a coleccionar y a visitar lugares relacionados con la saga. Para que luego digan que los jóvenes no leen...

El otro libro gordo fue el Decamerón de Boccaccio, una joya para los letraheridos. Recuerdo que tenía muchas ganas de ponerme con su lectura, ya que había leído bastantes cuentos sueltos y me apetecía dedicarle tiempo a la contextualización de la obra entera. Más allá de los episodios divertidos, ingeniosos y picantes más famosos, se trata de una obra monumental que proporciona un colorido panorama de usos y costumbres de su época. Dentro del universo de la prosa medieval, con obras llenas de doctrina y moral, obras ásperas y eruditas, el Decamerón es un oasis de diversión, una obra que despierta la curiosidad. Incluso la misoginia propia de la época se encuentra atenuada por una dimensión pícara de la mujer como agente voluntario de unos males en los que al menos obtiene beneficio propio. En cualquier caso, al igual que con el Conde Lucanor, Calila y Dimna, el Sendebar... merece la pena acercarse al mundo de los relatos cortos medievales, y la obra de Boccaccio gana en modernidad a cualquiera de las otras.

20 julio 2019

Sesquidécada: julio 2004

Hay libros y libros, libros que puedes recomendar a mucha gente y otros que te reservas porque son objetos extraños que nunca abandonarías alegremente en un parque. Hay libros que te marcan de manera consciente y otros que te dejan una señal imperceptible que se enquista con el tiempo y no sabes bien si constituyen una enfermedad o un rencor. En julio de 2004 leí Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño, y aún tengo esa cicatriz sin cerrar del todo. Quizá los calores del verano no fuesen buena compañía para una lectura densa, compleja, muy técnica; quizá acompañar una oposición con una novela tan ambiciosa fue exigirme demasiado, incluso terminarla a toda costa con la satisfacción de haberla superado, la novela y la oposición. El caso es que la lectura de este novelón de Bolaño, que muchos han comparado con Rayuela, con el Ulises y hasta con el Quijote, me resultó bastante inquietante, me dejó con la vaga sensación de que me había perdido algo, de que tendría que haber dedicado más atención a la letra pequeña. Ya me había pasado con Rayuela, también leída en un mes de julio. Puede que el problema sea ese, que hay libros que no se deben leer en verano, aunque sean tochos
En resumen, Los detectives salvajes acabó siendo uno de esos libros que llamé rarilargos, porque encajan en la categoría de que solo se pueden recomendar a lectores de confianza, si es que no quieres perder amigos. Sé que algún día volveré a esta novela, con tiempo y con un sofá cómodo, para disfrutar de la buena literatura, porque después de aquello he leído varias novelas de Bolaño (gracias, Lu, por las recomendaciones de una experta) y estoy seguro de que merecerá la pena revisitarlo.

Para los que quieran aplazar esa lectura, en esta sesquidécada les dejo otra recomendación de aquel mes, algo más llevadero pero también de calidad: Mi Ántonia, de Willa Cather, una novela de 1918 ambientada en la América de los pioneros, que tal vez sea muy oportuna para desmontar los discursos contra la inmigración de ciertos políticos actuales. 

30 junio 2019

Sesquidécada: junio 2004

Vivimos algunos inmersos en la era de las plataformas digitales: Netflix, HBO, Amazon prime, Movistar +, Filmin... Todas ofrecen diversión al instante, horas interminables de películas y series a las que no nos podemos resistir porque su crítica llena diarios y redes sociales, porque no verlas nos margina en las conversaciones. Series que ya no contamos por capítulos, sino por temporadas. Adictos, ansiosos por una nueva entrega, airados incluso si la trama no transcurre a nuestro gusto.

Hace quince años, en otro caluroso junio, las cosas eran diferentes. Mi serie era una novela adictiva, una trama de la que no me podía desenganchar, una historia con todos los ingredientes para convertirse en una serie, como ya había ocurrido años atrás. Esa novela era El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas, protagonista en exclusiva de esta sesquidécada. La dimensión del libro ciertamente echa para atrás a los lectores poco atrevidos, pero, como suele ocurrir con los folletines y los culebrones televisivos, una vez iniciada la historia es difícil detenerse. En mi casa siempre había oído hablar del famoso conde, supongo que a raíz de la serie de 17 episodios de TVE, emitida a partir de 1969. Por tanto, era una de esas tareas pendientes ponerme con su lectura, algo que acometí en el inicio de aquel verano. No voy a destriparos el clásico de Dumas, aunque imagino que conocéis algo del personaje. Solo diré que valió la pena leerla y disfrutar con los giros de guion. Creo que estas plataformas digitales de hoy harían una buena (in)versión recuperándola para el público del siglo XXI, convirtiendo a Edmundo Dantès en un personaje a la altura de Sherlock Holmes, Walter White o los superhéroes de Marvel. Y luego que metan mano al resto de clásicos del siglo XIX, que bien lo merecen.

27 mayo 2019

Inclusión, aprendizaje cooperativo y textos instructivos en 1º de ESO


Este blog cumplió ayer trece añitos. Es un blog adolescente, pensaréis, pero, sabiendo que un año de blog equivale a cinco de los humanos, estamos hablando de 65 años, es decir, que está al borde de la jubilación. De ahí el ritmo lento con el que se actualiza, la escasa proyección de sus notas, el tono nostálgico... A este blog solo le falta ya ponerse junto a un andamio a mirar las obras y decirles a los albañiles que el muro no está a nivel.
Mientras llega ese momento, este aniversario me ha animado a compartir una experiencia con la que me siento bastante contento. Se trata del trabajo con los textos instructivos en el grupo de 1º de ESO, un grupo en el que hay entre 18 y 22 alumnos (recordad el absentismo de mi centro) y que acoge todos los miércoles a dos alumnos de la unidad específica de Comunicación y Lenguaje (UECIL, de alumnado con diagnóstico de TEA), junto con su maestra de apoyo a la inclusión. En esta sesión siempre hacemos aprendizaje cooperativo, organizados en grupos y con roles distribuidos. Ester, la profesora de PT, se encarga de gestionar las dinámicas del cooperativo y yo me ocupo de los contenidos de lengua y literatura. Hemos ido experimentando diversas técnicas, especialmente la parada de tres minutos, los lápices al centro y el folio giratorio (al final de esta nota tenéis los enlaces).

Los avances son costosos y hay que tener paciencia, pero al final encuentras respuestas a esas dudas que siempre se tienen sobre el aprendizaje cooperativo. Funciona, sí, pero hay que dedicar mucho tiempo y es difícil hacerlo sin ayuda. En mi caso, contar con Ester ha sido fundamental. Creo que si hubiese tenido que plantearlo a solas no habría aguantado, porque los frentes que tiene uno abiertos en un aula son demasiados, y la tentación de recurrir a lo que controlas es demasiado fuerte. Así que, esta última semana, cuando trabajamos las instrucciones y les propusimos redactar las suyas con la técnica del folio giratorio, me encontré con la grata sorpresa de que en una sesión todos habían participado y habían cumplido con bastante acierto lo que se pedía de ellos.



A partir de la ficha anterior, se les propuso redactar las instrucciones para cuatro acciones:

  • Hacer la maleta (uso del infinitivo)
  • Leer un libro (uso de oraciones con "se")
  • Echarse novio/a (verbos en imperativo) 
  • Ducharse (uso de la 2ª persona del singular)

En cada una de ella debían utilizar las formas verbales correspondientes, de modo que se han de aplicar los conocimientos gramaticales dentro de un contexto y con una intención determinada. El primero del grupo comenzaba con el primer paso de la primera acción y le pasaba el folio al segundo, que continuaba con otro paso y comenzaba las instrucciones de la segunda acción, pasando el folio al siguiente y así sucesivamente. Tenían unos minutos para pensar y después se iniciaba la actividad, que en unos veinte minutos ya habían acabado. Después, cada miembro del grupo leía los resultados y se hacían en voz alta las correcciones pertinentes.
Es una actividad que suelo hacer casi todos los años en otros grupos, generalmente en 2º de ESO, y debo decir que esta vez nos ha costado menos y el resultado ha sido mejor, lo que avala la utilidad de la técnica cooperativa en esta tarea. También nos ha servido para integrar los conocimientos gramaticales en una tarea comunicativa concreta, algo que tiene para mí más sentido que preguntar la conjugación de los verbos. Pero, más allá de lo curricular, lo mejor ha sido sin duda haber tenido en el aula a los dos alumnos de la unidad CyL, compartiendo tareas y relaciones con el resto de la clase, un esfuerzo inclusivo que he de agradecer especialmente a las responsables de esta unidad, que han puesto en marcha este proyecto de codocencia y aprendizaje cooperativo en el centro con la ayuda de bastantes colegas que han puesto en práctica tareas similares a esta que he contado.

Ya hemos acabado con esas sesiones inclusivas de la unidad CyL, pero hemos aprovechado la oportunidad de tener los textos instructivos en la libreta para continuar trabajando la oralidad, tal y como venimos haciendo durante todo el curso, dentro del plan lector "Viajes por el mundo" con las noticias de Radio Tres Lunas, con las descripciones de ciudades, con los bestiarios, con las entrevistas a ciudadanos del mundo... En este caso optamos por probar Voki, tanto la versión web, como la aplicación de móviles. Han sido un par de sesiones muy intensas, con alumnos grabando con el micro y el ordenador mientras otros andan con el móvil por sus mesas, un caos bastante productivo a efectos de competencias comunicativas.
Os dejo algunas de esas aportaciones de los alumnos:

Cómo tomar un avión


Enlaces a diferentes páginas con las técnicas mencionadas en esta nota:
Crédito de la imagen: 'IMG_1545'

22 mayo 2019

Sesquidécada: mayo 2004


En mayo de 2004 tengo pocas lecturas normales. Si quitamos El prisionero de Zenda, de Anthony Hope, todo lo demás son recomendaciones para minorías. Pero este es un blog de literatura que la semana que viene cumplirá 13 años, un blog que cada día va aparcando otras reflexiones más sesudas para las que apenas queda tiempo, de modo que en esta sesquidécada van a tener cabida aquellas lecturas solo aptas para aficionados con buen criterio.


En primer lugar tenemos el ensayo Los mongoles de Bagdad, en el que José Luis Sampedro hace un paralelismo entre el saqueo de Bagdad por los mongoles, en 1258, y la invasión de Irak de 2003. "Tenía que escribir este libro porque lo que ha pasado con la guerra de Irak es escandaloso", dice el siempre lúcido Sampedro, un autor que no tuvo pelos en la lengua en cuestiones de política y reivindicación social, un autor al que molestaba especialmente el silencio de los intelectuales frente a la injusticia. 
Los mongoles en Bagdad es un libro que lamentablemente no pasa de modo, un libro que trasciende a su hic et nunc para convertirse en un alegato contra esos conflictos orquestados por los poderes económicos con la connivencia de las grandes potencias políticas. Conflictos que continúan hoy día, conflictos como el de Venezuela, objeto de deseo de EE.UU. Desviar la atención de los intereses ocultos forma parte de ese silencio cobarde. Como decía Sampedro, "lo escandaloso es callarse".


Para filólogos curiosos, siempre hay excusa para acercarse a las fuentes de nuestra literatura, aunque sea con textos políticamente incorrectos en nuestros días, como es el caso de El Sendebar o Libro de los engaños de las mujeres, una colección de exempla, similar al Calila y Dimna, donde la argumentación mediante cuentos permite llegar a una moraleja que se aplica a la situación propuesta. 

« El infante don Fradique (hermano de Alfonso X) plogo e tovo por bien que aqueste libro [fuese trasladado] de arávigo en castellano para aperçebir a los engañados e los asayamientos de las mugeres.»
Como podéis suponer, esta obra se inserta en los tratados morales de tinte misógino tan habituales en la Edad Media. En este caso, se parte del episodio bíblico de la mujer de Putifar: el hijo del rey Alcos de Judea rechaza las proposiciones deshonestas de su madrastra, que, airada, le acusa de haber intentado forzarla. El Infante, cumpliendo un voto de silencio, debe callar durante siete días y siete noches, tiempo que aprovechan los sabios del rey y la madrastra para defenderlo o atacarlo. Finalmente, triunfa la verdad: vive el Infante y muere la madrastra. 
Como buenos filólogos, nos quedaremos con el placer de rastrear con su lectura en el origen de algunos de los tópicos de la época, tópicos que llegan hasta nuestros días en la cultura popular.


Finalmente, recupero una autobiografía muy interesante: Mi último suspiro, de Luis Buñuel. No me considero cinéfilo ni demasiado aficionado a las biografías, pero revivir con los recuerdos de Buñuel un periodo fundamental de nuestra historia y los entresijos de una de las generaciones más brillantes, no tiene precio. Fue una lectura que me ayudó a humanizar a personajes que parecían colosos de bronce y que resultaron seres de barro con más sombras que luces. Acercarse a la biografía de Buñuel apetece también por la oportuna recuperación del documental sobre las Hurdes, Tierra sin pan, que ha servido para la creación, por parte de Fermín Solís, de la novela gráfica Buñuel en el laberinto de las tortugas, que a su vez ha dado lugar a la película homónima.

Tenéis, además, un blog con toda una serie de actividades y propuestas educativas para llevar al aula, así como un cuadernillo en el que Mercedes Ruiz me enredó para redactar el prólogo. Espero que os sea útil. 

25 abril 2019

Sesquidécada: abril 2004

Son muchos los casos de escritores a los que se les juzga más por los aspectos personales que por la calidad de su escritura. Hay incluso quien piensa que un escritor de baja catadura moral o humana no debería gozar del reconocimiento público en lo literario. En esta sesquidécada, traigo un libro de un autor que ha generado bastante rechazo como columnista y como protagonista de tertulias periodísticas. Se trata de Juan Manuel de Prada y de su novela Las máscaras del héroe.
Cuando en abril de 2004 leí esta obra, su autor ya había ganado el premio Planeta y el Nacional de narrativa entre otros, pero no había saltado aún a las televisiones como tertuliano. Me acerqué a Las máscaras del héroe con cierto recelo, por aquello de no fiarse de los premios literarios, pero me encontré con una obra muy interesante, que me impactó bastante, en especial por mi interés por la literatura del primer tercio del siglo XX. 
Los inicios de Juan Manuel de Prada como escritor lo vinculan al estilo de Gómez de la Serna (ver por ejemplo su provocador homenaje de Coños), al Novecentismo y las vanguardias literarias. La novela está ambientada en esa España de la bohemia literaria, con un personaje histórico, Pedro Luis de Gálvez, como hilo conductor. Es una novela larga y llena de retórica, pero muy bien construida en cuanto a la ambientación y el manejo de los personajes. Peca en ocasiones de provocadora, con cierto efectismo tabernario en la línea de ese contexto del lumpen madrileño de borrachos y sablistas. 
No he leído más novelas de Juan Manuel de Prada y me parece que su trayectoria en el periodismo lo ha limitado como escritor, ya que aquellos inicios prometían una carrera interesante. En su lugar, el periodista ha preferido cultivar una pose neotradicional también muy retórica y cargada de efectos, con la que se ha abierto un hueco en la prensa conservadora. Tal vez por eso resulta difícil volver a leer Las máscaras del héroe con una mirada despojada de prejuicios, como así demuestran algunas reseñas que he leído posteriormente. Por suerte, en algunos momentos, me vuelvo a encontrar con cierta lucidez en sus escritos. No todo está perdido.

14 abril 2019

Diez años en Twitter

Diez años en Twitter, casi nada. Es momento de pensar en lo que me ha aportado esta red social, en lo que fue y en lo que se ha convertido para mí. Seis meses después de crearme la cuenta, escribía esto en el blog:

El descubrimiento de Twitter hace aproximadamente seis meses me proporcionó una sala de profesores virtual. (...) En Twitter converso con personas a las que conocía del mundo de los blogs; comentamos noticias, compartimos recursos, contamos chistes, pinchamos música, decimos tonterías, nos indignamos con los políticos, etc. Y, del mismo modo que hay días en los que no hablas con nadie en una sala de profesores, hay periodos en los que permanezco escuchando sin hablar, o ni tan siquiera me asomo a la puerta de Twitter para no enredarme en conversaciones más o menos banales. Seguramente, Twitter ofrece posibilidades didácticas que saldrán a la luz cuando las aulas tengan acceso normalizado a las redes. Mientras tanto, Twitter es mi sala de profesores a medida.

¿Qué queda de aquello? En realidad, sigue siendo un claustro a medida, aunque con mi actual nivel de seguidores y seguidos me resulta inabarcable. También sirve para comentar y compartir noticias del ámbito educativo. Sin embargo, cada vez converso menos con mis compañeros de los blogs, algunos de los cuales han ido abandonando no solo los blogs sino también Twitter. Mantengo lo de decir tonterías, pero voy perdiendo esas conversaciones banales de tú a tú, a veces porque se llenan de ruido o de comentarios inesperados fuera de lugar. Pero lo que me mueve a la reflexión es este comentario: "hay periodos en los que permanezco escuchando sin hablar, o ni tan siquiera me asomo a la puerta de Twitter". He llegado a un punto en el que no desconecto, en el que vivo inmerso en la red. No es que esté continuamente leyendo y escribiendo, pero sí que hay una adicción al timeline, un enganche que me preocupa, ya que quita tiempo al ocio y a otro tipo de tareas. Decía hace poco Alberto Bustos que se había tomado un descanso de las redes, y me planteé hacer lo mismo, empezando por desinstalar las aplicaciones de Facebook y Twitter del móvil. Llevo una semana con ello, pero compruebo que hago trampas, porque comencé entrando en Twitter con el navegador del móvil y pronto he pasado a tener Twitter como pantalla de inicio, lo que me lleva de nuevo al punto de salida. ¿Y qué tiene de malo pasar tanto tiempo en Twitter? os preguntaréis algunos. Bueno, es cierto que esta red social aporta un flujo continuo de información de calidad sobre educación (y otros campos de interés), con opiniones y materiales muy interesantes para nuestro oficio. También es un lugar propicio para la protesta y para el activismo, aunque a menudo solo de boquilla. Sin embargo, se ha convertido también en un territorio hostil de enfrentamiento, con perfiles que se parecen demasiado a los matones de barrio o a los chulitos de instituto, con mucho grito y poca cabeza. He visto insultos, menosprecios, acoso, burlas... ejercidas por docentes, algo que me sobrecoge, porque creo que no se puede ser buen educador si no se es primero buena persona. Escribí hace unos años que las redes se habían llenado de malos humos, especialmente en un Twitter polarizado en dos bloques con los que no me sentía a gusto. No me gusta bloquear (apenas lo he hecho en dos o tres ocasiones), pero últimamente tengo que silenciar cuentas que solo destilan odio. No me gusta y por eso me planteo, como Alberto Bustos, un descanso en las redes. No sé si lo conseguiré y si acabaré escribiendo algo así como "21 días sin Twitter", al estilo de mi artículo "21 días en Twitter", que ahora miro casi como una reliquia de otros tiempos. Diez años en Twitter, uf.

21 días en Twitter by on Scribd

17 marzo 2019

Sesquidécada: marzo 2004

Las lecturas de marzo de 2004 fueron más variadas que las de meses anteriores. En aquel año saltó a las librerías el éxito de Carlos Ruiz Zafón La sombra del viento, que supuso un hito reseñable en la historia de los best sellers patrios. En la estela de El código da Vinci y otros títulos como El club Dumas, Ruiz Zafón cocina unos ingredientes muy atractivos para el lector: misterio, libros, elementos con tintes fantásticos, historia, ambientes brumosos, ciudades con encantos ocultos... Había leído algunas de las novelas juveniles del autor y el estilo encajaba bien con su trayectoria, tanto que algunos de esos títulos juveniles se reeditaron como si fuesen novelas para el público general. Aunque me gustó bastante La sombra del viento, no continué con ninguno de los otros libros de la saga, una serie que continúa hasta la actualidad y que no creo que me despierte ya tanta curiosidad como aquella primera obra.


Muy distinto es el caso de Hay algo que no es como me dicen, una extraña obra de ensayo sociopolítico de Juan José Millás sobre el caso de Nevenka Fernández e Ismael Álvarez. Leí esta obra con el corazón encogido, quizá porque todavía no existían las redes sociales y uno no alcanza a imaginar lo que puede ocurrir cuando se mezcla el acoso sexual con la política, la corrupción y el abuso de poder. Lamentablemente, el caso de Nevenka no sirvió para que los partidos políticos fuesen más transparentes ni para que los hombres dejasen de ser tan machistas. La protagonista ganó en los tribunales pero perdió en todo lo demás. Y quince años después siguen saltando a los medios casos similares.

El último libro reseñado en esta sesquidecada es El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, de Robert Louis Stevenson. No es una obra que requiera mucha explicación, pero debo destacar que releerla con cierta edad me proporcionó un nivel de lectura mucho más rico que el de la lectura juvenil que suele plantearse en el aula. El monstruo genera un terror y compasión que se vuelve demasiado cercano cuando se entiende desde la psicología humana. Dicen que los clásicos son libros que nunca pierden vigencia y que ofrecen una y otra vez lecturas cada vez más enriquecedoras: eso pasa con esta novela, viva hoy más que nunca.

24 febrero 2019

Sesquidécada: febrero 2004

Febrero es ese mes fugaz en el que uno sale de la vorágine del comienzo del año para meterse de lleno en la primavera. Es un mes de tránsito, de ubicarse bien en el curso académico para enfilar el tercer trimestre. En febrero de 2004 yo estaba haciendo eso mismo, no solo con el curso académico, sino con mi vida, tratando de enfilarla más allá de la precariedad y de los oficios errantes. Por eso mis lecturas de febrero son imprecisas y difusas.

Por un lado, tuve la suerte aquel mes de que me dejasen formar parte del jurado que preseleccionaba los relato del Premio internacional de cuentos Max Aub. Se trataba de formar parte de un comité lector que elegía los mejores aspirantes de una nómina bastante amplia y heterogénea. Fue una experiencia en la que participé en dos o tres ocasiones y que me sirvió para descubrir el envés de la literatura, ese otro lado de los que quieren triunfar y no llegan, bien por falta de calidad o bien por el azar de no ser entendidos en su momento.

La segunda lectura que rescato en esta sesquidécada es la "pseudonovela" La loca de la casa, de Rosa Montero, una novela que es más bien un ensayo sobre la fantasía y la literatura, sobre la vida y las pasiones, un alegato de la lectura como modo de crecer y de ser uno mismo. Es una obra interesante, quizá más como biografía de la experiencia lectora que como novela al uso. 
Como veis, febrero es también el mes de las sesquidécadas cortas, tránsito hacia la fantasía primaveral.

31 enero 2019

III Encuentro de docentes de lenguas: “Maneras y motivos para leer”

El azar es un milagro disfrazado, Alejandro Jodorowski

En un 23 de marzo fue elegido Antonio Machado para ocupar un sillón de la Real Academia, era el célebre año de la Generación del 27, el mismo año en el que nacía Gabriel García Márquez, también en marzo, un premio Nobel que falleció en 1982, año en que se publica La casa de los espíritus, de Isabel Allende, una autora que situó uno de sus relatos en el Guggenheim de Bilbao. Si esto no os parece motivo suficiente para celebrar un encuentro de profes en Bilbao, no sabemos qué otras razones podemos dar.
Así, el próximo sábado 23 de marzo de 2019 estáis convocados los docentes de Lengua y Literatura a este III Encuentro de docentes de lenguas en la ciudad natal de Miguel de Unamuno, de Ramiro Pinilla, de Blas de Otero, de Alfonso Irigoyen y tantos otros ilustres escritores y lingüistas.
Este encuentro, continuación de otras dos convocatorias anteriores, quiere centrar su contenido en la reflexión compartida entre profesionales de la materia sobre uno de los temas más polémicos y candentes de la misma: la lectura de los textos literarios. En efecto, en esta ocasión, os invitamos a uniros a nosotros para analizar diferentes aspectos de la lectura literaria en las aulas. A lo largo del sábado 23 intentaremos acercarnos a algunas de las cuestiones que más dudas y desencuentros suscitan entre el profesorado. Hablaremos, por tanto, de los siguientes temas:
1. Planes de lectura. El plan lector.
2. El canon literario en Bachillerato
3. La literatura de hoy
4. La animación a la lectura
5. El papel de los clásicos en la educación literaria
Estas serán las líneas de reflexión, espacio central del Encuentro, que permitirán conocer y analizar diferentes puntos de vista sobre los mismos, para intentar llegar a una propuesta consensuada entre los participantes que ayude a mejorar las prácticas de aula. Combinaremos a lo largo de un intenso día de trabajo diferentes formatos (conferencias, talleres, comunicaciones…) con diferentes objetivos: reflexionar, conocer y compartir y aprender a hacer. Siempre con el objetivo de enriquecer la didáctica de la lectura literaria. Como grandes amantes de la Filología y las Humanidades, el Encuentro está abierto a profesionales de todas las lenguas y esperamos que los pasillos se conviertan en una rica torre de Babel, pero, a efectos organizativos e instrumentales, se utilizará el castellano como lengua vehicular.
Sin duda, será una jornada llena de emoción y aprendizaje, una jornada en la que disfrutar de buena compañía, todos a una, como en Fuenteovejuna, cuya publicación cumple justo ahora 400 años. Si las casualidades no existen, habrá que pensar en el azar o la serendipia para justificar todas estas circunstancias que nos llevan a celebrar el Encuentro, cuyo título es un guiño a dos jornadas que se celebraron en Madrid en 2011 (Maneras de leer y Motivos para leer) y que abrieron nuevos espacios de reflexión sobre la lectura en las aulas. Os esperamos en Bilbao.

Más información en el blog del encuentro, en Twitter y en Facebook:

19 enero 2019

Sesquidécada: enero 2004

Hace diez años que empecé esta serie de las sesquidécadas en las que voy glosando algunas de las obras que me han marcado pasados quince años de su lectura. Ciento veinte artículos en el blog sobre literatura, ciento veinte reencuentros con el lector que fui y no volveré a ser, pues uno nunca se baña en el mismo libro aunque lo lea mil veces, como bien lo explicó Heráclito. Aquella primera sesquidécada inició también un hábito de escritura en el blog que lo ha mantenido vivo, cuando tantos otros blogs educativos han ido desvaneciéndose por el camino, arrumbados por las redes sociales o desfallecidos por motivos varios. Nadie sabe si esta serie continuará otros diez años más o morirá de inanición en el momento menos pensado. Son malos tiempos para los blogs, para la lectura y para la literatura en las redes, contaminadas por la inmediatez, por el deslumbrante brillo de los booktubers o la narrativa interactiva. También he de decir que hay momentos en los que me planteo regresar al blog y abandonar Twitter, obligándome a comulgar con mi idea de la pedagogía de la lentitud y volviendo al "slow blogging". Mientras tanto, aquí sigo un año más, fiel a esta reseña mensual.

El primer libro rescatado del mes es una obra muy interesante de G.K. Chesterton: El Napoleón de Notting Hill. Se trata de una novela futurista, escrita en 1904 y ambientada en 1984, con una crítica política y social llena de ironía y humor, como es habitual es este autor. Merece la pena conocer a Chesterton y acercarse a sus novelas, casi todas ellas con un estilo inconfundible y un fino sentido del humor que conecta enseguida con el lector avisado. Releyendo algunos fragmentos, me parece una lectura muy apropiada para estos tiempos del Brexit, para entender los mecanismos absurdos de la política y el poco sentido común que tiene la ciudadanía cuando se deja llevar por la irracionalidad.

También en enero de 2004 me llegó por azar una colección de relatos de lectores desconocidos estadounidenses, recopilados en una antología por Paul Auster: Creía que mi padre era Dios, subtitulado como "Relatos verídicos de la vida americana". Es un libro que no he podido volver a ojear porque, como tantos otros, lo disfruté gracias a la biblioteca municipal, pero del que guardo un buen recuerdo. Las antologías de relatos siempre son un buen consuelo cuando no sabes qué leer o para rellenar huecos entre lecturas de mayor enjundia.

Por último, una novela juvenil de corte simbólico: El almacén de las palabras terribles, de Elia Barceló, una lectura interesante para trabajar la empatía, el perdón o las emociones. En alguna ocasión pienso que los docentes deberíamos leer muchas más novelas juveniles para no olvidar estas cuestiones tan básicas y necesarias.