29 enero 2024

Sesquidécada: enero 2009

Pues ya estaría: las sesquidécadas cumplen 15 años y con ello se muerden la cola, recogiendo lecturas contemporáneas a su aparición como género en este blog. Esta circunstancia exige una nueva norma, la de no reseñar como lecturas añejas las propias relecturas que exigía la sesquidécada, lo que nos llevaría a un bucle de lecturas sin fin. Decía en aquel enero de 1994:

...he decidido empezar una de esas colecciones inútiles que pienso ir publicando en el blog mientras me duren las ganas y no haya algaradas entre los visitantes. Se trata de recuperar algunas de mis lecturas de hace quince años (...) he recuperado los repertorios en los que voy apuntando todas esas lecturas y, de ellos, seleccionaré no más de tres lecturas por mes. ¿Por qué quince años? Quizá porque esa es la edad de algunos de mis alumnos y con ello cierro una especie de círculo lector: recuerdo lo que leía yo cuando nacieron quienes han de leer ahora. Como no tenía un buen nombre para este coleccionable, he probado a inventar sesquidécada -y que me perdonen los académicos-, que funciona de igual modo que "sesquihora" o "sesquicentenario".

Y aquí sigo, casi con las sesquidécadas como leit motiv del blog, que, salvo algunas reseñas, cada vez recoge menos reflexiones educativas por razones que serían largas de explicar. Pero veamos qué leía en aquel año en el que el aburrimiento me llevó a iniciar esta serie.

Ahora que está tan de moda el metaverso, conviene recordar que es un término que tiene largo rodaje en la ciencia-ficción. Precisamente, la primera novela de esta sesquidécada es Snow crash, de Neal Stephenson, una distopía futurista en la que aparecen palabras que luego tendrían gran éxito, como avatar. Al igual que ocurre con Neuromante, de William Gibson, se trata de un relato encuadrado en el género del ciberpunk, con referencias al mundo de la tecnología, internet, los videojuegos y otros aspectos más prosaicos de la vida urbana, como el oficio de repartidor de pizzas, las franquicias o los hackers. Una novela imprescindible para los amantes del género.


Muy diferente es Chesil beach, de Ian McEwan, una novela intimista, con un erotismo que impregna todos los diálogos con una sutileza extrema, con una habilidad que consigue atrapar al lector en una historia llena de sueños, logros y renuncias. Ian McEwan es un autor con un estilo muy particular y sugerente, un autor que siempre merece la pena leer, y esta novela es un buen punto de partida.



La última obra reseñada es una novela apta para todos los públicos, una novela que se puede recomendar, por ejemplo, en los últimos cursos de la ESO o en Bachiller. Se trata de Cometas en el cielo, de Khaled Hosseini. Es una historia de amistad, de memorias de infancia y adolescencia, pero también un retrato del azar, del miedo y de la desesperanza. Es posible que la situación de la población afgana haya incluso empeorado en los últimos años, pero creo que lo importante de este novela es lo que menos caduca, la lucha por la vida y el valor de la amistad.

01 enero 2024

Escuelas que valgan la pena

Pepe Menéndez no es un docente más, es un maestro, un director, un observador, un gestor, un reportero y, de manera general, un educador. Su paso por diferentes escuelas y su experiencia en la formación y gestión de comunidades educativas nos ofrece una visión muy rica del mundo educativo, una visión que no siempre vamos a poder conocer los que como yo pasamos media vida laboral en el mismo entorno. Mi visión de la Escuela Pública es de todos conocida, ya que da sentido a mi trabajo diario en un centro de especial dificultad. Esa visión también tiene sus sesgos, como todas en realidad, ya que se limita a un entorno muy localizado. Pepe Menéndez trabaja en otros ámbitos, los de la red de escuelas jesuitas, que parecen muy distintos de los de mi día a día. Sin embargo, he encontrado en este ensayo Escuelas que valgan la pena, numerosos puntos de contacto entre ambas realidades, que acaban siendo la misma cuando hablamos de propósitos y sentidos del acto de educar. En el fondo, mis alumnos de compensatoria se diferencian bien poco de los que menciona Pepe en su testimonios, tanto de escuelas de aquí, como los diferentes casos de Latinoamérica que ilustran su libro.
Como podemos comprobar, tanto por las reflexiones del autor, como a través de los numerosos testimonios de docentes que se ofrecen en el libro, el papel del educador, en este sentido, poco cambia cuando se pone en relación con el alumnado: 

Los adultos y, especialmente, los profesores, somos el reflejo en que se miran los adolescentes. Si los tratamos de manera infantil, suelen tender a acomodarse en ese perfil. Si los tratamos como personas capaces de tener criterio y responsabilidad, puede ocurrir que no siempre respondan a nuestras expectativas. Pero, en cualquier caso, estarán ejercitándose en ese rol diferente propio de personas que están creciendo y aprendiendo a disponer de su libertad.

Tampoco cambia que la mayoría de administraciones educativas cuiden poco o nada a sus docentes, escatimando recursos y haciendo difícil el desempeño de las tareas educativas. Administraciones que encubren con terminologías kafkianas grandes despropósitos derivados de su incapacidad a la hora de acabar con la segregación o el fracaso escolar: 

Nunca he entendido esa tendencia de la mayoría de las administraciones públicas de cualquier Estado por crear nomenclaturas tan alambicadas y tendientes a la estigmatización.

Coincido con Pepe Menéndez en la necesidad de ayudar en esa compensación educativa, en la necesidad de no dejar a nadie en las cunetas educativas, una compensación que muchas veces se confunde con bajar el nivel o regalar notas y títulos:

No se trata de una actitud conmiserativa, sino de una posición inicial que favorezca que los alumnos entiendan que pueden lograrlo si se esfuerzan. Que no vean en sus profesores una dificultad mayor de la que tienen en sus propios aprendizajes. (...) 

También es demasiado frecuente, para mi gusto, que algunos profesores ridiculicen con sus comentarios la decisión final de aprobar algunos alumnos:”¡venga, otro más al saco de la ignorancia!” o “no importa trabajar todo el año, al final van a aprobar igual”, son algunos de los comentarios que se pueden oír.

A lo largo del ensayo, se nos recuerda la complejidad del acto de educar, así como los retos que supone tener en cuenta los múltiples factores que influyen en ello, desde el propio alumnado hasta las familias o el trabajo en equipo de los docentes:

Aprender es un proceso interior que requiere la movilización de factores relacionados con el deseo, la motivación, la conexión con lo que se aprende y, sin duda, con un compromiso del alumno con el aprendizaje. (...)

Las familias no son un colectivo homogéneo que responda a las mismas motivaciones actitudes y comportamientos. Ni siquiera el lenguaje es común a todas ellas. Las posibilidades reales de éxito educativo del alumnado se sustentan en buena medida en el entorno familiar. Por eso las escuelas debemos esforzarnos en dedicar tiempo a las relaciones con ellas. (...)

La enseñanza es uno de los sectores en que el trabajo individual ha constituido su esencia más profunda (...). El compromiso de la docencia compartida requiere que todos cumplan su función para el planteamiento de tareas, el seguimiento, la observación y el análisis que llevan a una evaluación realmente en equipo y rigurosa.

En general, el ensayo ofrece un panorama amplio de retos y dificultades que nos afectan a todos. Hay cuestiones diferenciales que son propias de las escuelas privadas o concertadas, incluso algunas de sistemas muy diferentes del nuestro, como ocurre en buena parte de Latinoamérica. También discrepo en algunas reflexiones que vinculan demasiado la docencia con la vocación o con ciertos aspectos de virtudes humanas, excesivamente dependientes de la voluntad y no del rigor profesional. En este sentido, creo que es necesario implicar a las administraciones para que doten de recursos a las escuelas, con el fin de que no tengan que depender ni de la vocación ni de la ayuda de fundaciones u órdenes religiosas. Por contra, sí que comparto la idea de que la educación no puede consistir en lo puramente académico, que hay que acabar con esa dicotomía instruir/educar, como si todo ello no fuese necesario de manera global:

El modelo del sistema educativo que tenemos nos ha conducido tradicionalmente a una gran confusión sobre el propósito de la escuela. Por un lado, tiene establecidos unos objetivos generales en el currículo sobre competencias académicas, relacionadas con unos contenidos y, por otro, identifica una serie de competencias transversales en las habilidades y actitudes. Pero los programas oficiales de las asignaturas centran la mirada en los contenidos academicistas, priorizándolos sobre la evolución y las características de los alumnos, disociando así el saber y la persona.

En conclusión, Escuelas que valgan la pena es un ensayo muy recomendable para ponernos en ese espejo que nos interpela y nos cuestiona como educadores, en ese espejo que, como dice Pepe Menéndez, nos hace sentir "el escalofrío de la frágil barrera que separa la euforia del desencanto en la enseñanza".


Pepe Menéndez: Escuelas que valgan la pena, Paidós (2020)