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20 julio 2019

Sesquidécada: julio 2004

Hay libros y libros, libros que puedes recomendar a mucha gente y otros que te reservas porque son objetos extraños que nunca abandonarías alegremente en un parque. Hay libros que te marcan de manera consciente y otros que te dejan una señal imperceptible que se enquista con el tiempo y no sabes bien si constituyen una enfermedad o un rencor. En julio de 2004 leí Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño, y aún tengo esa cicatriz sin cerrar del todo. Quizá los calores del verano no fuesen buena compañía para una lectura densa, compleja, muy técnica; quizá acompañar una oposición con una novela tan ambiciosa fue exigirme demasiado, incluso terminarla a toda costa con la satisfacción de haberla superado, la novela y la oposición. El caso es que la lectura de este novelón de Bolaño, que muchos han comparado con Rayuela, con el Ulises y hasta con el Quijote, me resultó bastante inquietante, me dejó con la vaga sensación de que me había perdido algo, de que tendría que haber dedicado más atención a la letra pequeña. Ya me había pasado con Rayuela, también leída en un mes de julio. Puede que el problema sea ese, que hay libros que no se deben leer en verano, aunque sean tochos
En resumen, Los detectives salvajes acabó siendo uno de esos libros que llamé rarilargos, porque encajan en la categoría de que solo se pueden recomendar a lectores de confianza, si es que no quieres perder amigos. Sé que algún día volveré a esta novela, con tiempo y con un sofá cómodo, para disfrutar de la buena literatura, porque después de aquello he leído varias novelas de Bolaño (gracias, Lu, por las recomendaciones de una experta) y estoy seguro de que merecerá la pena revisitarlo.

Para los que quieran aplazar esa lectura, en esta sesquidécada les dejo otra recomendación de aquel mes, algo más llevadero pero también de calidad: Mi Ántonia, de Willa Cather, una novela de 1918 ambientada en la América de los pioneros, que tal vez sea muy oportuna para desmontar los discursos contra la inmigración de ciertos políticos actuales. 

03 junio 2006

Consejos sobre el arte de escribir cuentos

Se fue antes de tiempo, y dejó unas novelas desconcertantes. Roberto Bolaño me recuerda algo a Luis Martín-Santos, a lo que pudo haber sido un opíparo banquete y el negro azar truncó para que fuese sólo un exquisito piscolabis.
Roberto Bolaño ha dejado buenas novelas, pero también apuntes breves que emocionan y sorprenden. Leed, si no, estos consejos suyos:

Como ya tengo 44 años, voy a dar algunos consejos sobre el arte de escribir cuentos.
1) Nunca abordes los cuentos de uno en uno, honestamente, uno puede estar escribiendo el mismo cuento hasta el día de su muerte.
2) Lo mejor es escribir los cuentos de tres en tres, o de cinco en cinco. Si te ves con energía suficiente, escríbelos de nueve en nueve o de quince en quince.
3) Cuidado: la tentación de escribirlos de dos en dos es tan peligrosa como dedicarse a escribirlos de uno en uno, pero lleva en su interior el mismo juego sucio y pegajoso de los espejos amantes.
4) Hay que leer a Quiroga, hay que leer a Felisberto Hernández y hay que leer a Borges. Hay que leer a Rulfo, a Monterroso, a García Márquez. Un cuentista que tenga un poco de aprecio por su obra no leerá jamás a Cela ni a Umbral. Sí que leerá a Cortázar y a Bioy Casares, pero en modo alguno a Cela y a Umbral.
5) Lo repito una vez más por si no ha quedado claro: a Cela y a Umbral, ni en pintura.
6) Un cuentista debe ser valiente. Es triste reconocerlo, pero es así.
7) Los cuentistas suelen jactarse de haber leído a Petrus Borel. De hecho, es notorio que muchos cuentistas intentan imitar a Petrus Borel. Gran error: ¡Deberían imitar a Petrus Borel en el vestir! ¡Pero la verdad es que de Petrus Borel apenas saben nada! ¡Ni de Gautier, ni de Nerval!
8) Bueno: lleguemos a un acuerdo. Lean a Petrus Borel, vístanse como Petrus Borel, pero lean también a Jules Renard y a Marcel Schwob, sobre todo lean a Marcel Schwob y de éste pasen a Alfonso Reyes y de ahí a Borges.
9) La verdad es que con Edgar Allan Poe todos tendríamos de sobra.
10) Piensen en el punto número nueve. Uno debe pensar en el nueve. De ser posible: de rodillas.
11) Libros y autores altamente recomendables: De lo sublime, del Seudo Longino; los sonetos del desdichado y valiente Philip Sidney, cuya biografía escribió Lord Brooke; La antología de Spoon River, de Edgar Lee Masters; Suicidios ejemplares, de Enrique Vila-Matas.
12) Lean estos libros y lean también a Chéjov y a Raymond Carver, uno de los dos es el mejor cuentista que ha dado este siglo.


(Extraído del ensayo Números, publicado en la revista Quimera 166, Febrero 1998, Barcelona).