14 febrero 2020

Envuelto en el nido

Abordé la última novela de Ángel Gil Cheza con cierta prevención por dos motivos: el primero responde a una cuestión pragmática, la de no poder nunca escribir una reseña negativa, ya que es más alto, más joven y más fuerte que yo, algo preocupante si te cruzas varias veces con él a lo largo del día (además, siempre me podría decir que mi crítica solo responde a la envidia); el segundo motivo es que acababa de leer una novela de Bolaño, lo que te deja con el listón lector demasiado alto para lo que venga detrás. Así, entre la espada y la pared, me sumergí en la lectura de Otoño lejos del nido, una novela negra ambientada en una Barcelona postcrisis, con un brillante elenco de personajes enhebrados por conflictos no resueltos que se desmadejan a lo largo de casi quinientas páginas. A pesar de mis dudas iniciales y de las dimensiones de la novela, he de decir que ha sido emocionante y casi adictivo enfrentarme a una trama que engancha desde el primer momento y que mantiene el interés prácticamente intacto hasta el mismo final. De hecho, me vi en el trance de acabar las últimas treinta páginas en un día complicado, en el que aprovechaba lapsos de tres o cuatro minutos libres para ir avanzando hasta el fin, como si fuese un adolescente agónico que aprovecha los bites sincopados de una mala cobertura para recibir los mensajes de sus amigos. 
Otoño lejos del nido es más que un crimen por resolver. Es también algo más que una conspiración. Es una instantánea de nuestros horrores cotidianos, como lo son casi todas las buenas novelas negras. Los efectos de la crisis, la frágil existencia humana, los límites de la ambición, el valor de la amistad, el lastre de la memoria, la melancólica soledad... El propio autor lo mencionaba en la presentación oficial de la novela: un nido construido con ramas en medio de un bosque representa fielmente la soledad que buscamos o la soledad a la que estamos condenados. En esa línea, los personajes van trazando caminos erráticos solo en apariencia, cada cual en su burbuja, hasta dotar de sentido a sus actos. Sinceramente, creo que el lector encontrará unos personajes muy bien construidos, plenamente funcionales en la trama, pero con una entidad que parece filtrarse más allá de la ficción, hasta convertirse en esas personas reales con las que nos cruzamos a diario. 
En la novela de Ángel Gil Cheza se mata y se ama, se añora y se odia, pero siempre hay un lugar al que todos desean volver, ese nido de otoño en el que quedan fuera el dolor, la frustración… y la soledad. Para muchos de nosotros, ese nido siempre ha sido y será la literatura, la buena literatura. Aprovechen para envolverse en ella.

Las imágenes están extraídas de las siguientes entrevistas:

19 enero 2020

Sesquidécada: enero 2005

Abrimos nuevo año de sesquidécadas, esas reseñas de lecturas de hace quince años que se han convertido en el hilo de continuidad de este blog. Hace poco me entrevistaron en la radio para preguntarme por la vigencia de los blogs. Les decía que llevamos años avisando del apocalipsis bloguero, pero que algunos resistimos, un poco por nostalgia, otro poco por tener un espacio para la reflexión alejado del ruido y la furia de las redes sociales:

Estas sesquidécadas también son un ejercicio de reposo sereno de lecturas añoradas o de recuperación de momentos curiosos que rodearon al acto de leer. Por ejemplo, en aquel enero de 2005 tengo anotadas varias novelas juveniles escritas en valenciano. Estaba dando clases en el IES de Sedaví, muy cerquita de mi casa entonces, y había una hora de plan lector, que repartíamos entre castellano y valenciano. Fue un curso en el que aprendí mucho, por ejemplo, que habilitar momentos de lectura en el aula siempre es provechoso y da réditos a largo plazo.

Al margen de aquellos libros de Josep Gregori, Pasqual Alapont o Enric Lluch, encuentro anotado a Michel Houllebecq, que apenas recuerdo, y a Vicente Verdú, con un ameno ensayo sobre Estados Unidos: El planeta americano. Ya he mencionado otras veces en el blog mi sueño de ser profesor de español para extranjeros en algún país remoto (una ilusión que la edad y la comodidad han ido disolviendo), por lo que la lectura de esta obra me descubrió curiosidades que desconocía, y también acabó con cierta visión mítica de los EE.UU. que vamos fabricando a través de las novelas o las películas. Imagino que su interpretación hoy, tantos años y tantos cambios presidenciales después, sería buen objeto de análisis para historiadores y políticos. Para mí fue casi un carpetazo a aquel propósito de irme allí de profesor de español. Muchos años después, un compañero lo hizo y volvió apenado por la deriva hacia un modelo ultracompetitivo y orientado a cumplir objetivos bajo incentivos de todo tipo, especialmente en cuanto a la dotación de recursos económicos. Tal vez algún día haga turismo educativo por allí para comprobarlo.

Otra lectura de aquel mes fue el primer volumen de la saga Memorias de Idhún, de Laura Gallego, de la que ya he hablado también en el blog. Reconozco que no sé si Laura sigue teniendo el tirón que tenía en la época, aunque me consta que algunos de mis alumnos siguen leyendo novelas como El valle de los lobos y las siguen disfrutando. Sin embargo, creo que aquella literatura juvenil de mundo mágico teñida de despertar sentimental ha evolucionado hacia una ficción bastante más dura, quizá en correlación a un mundo juvenil menos limitado en el terreno sexual o en la exposición a la violencia. No es en absoluto una queja, sino una constatación de que los tiempos y los gustos lectores cambian. Que lean, libremente, que decidan qué les gusta y qué no. Que se equivoquen, como nos hemos equivocado los adultos. Que nadie les impida aprender más allá de las limitaciones de sus profesores, de sus amigos, de sus familias. En eso siempre intentaremos ayudarles algunos docentes.