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19 enero 2026

Sesquidécada: enero 2011


Reviso para esta sesquidécada las lecturas de aquel enero de 2011 y me sorprendo al ver cómo han variado mis propios gustos. Los tres libros que tengo anotados son bastante raros y creo que hoy no me atrevería con ellos, al menos para leerlos seguidos. Ni siquiera me atrevería a recomendarlos, porque apenas los recuerdo, excepto uno de ellos, del que sí guardo una sensación también extraña. Pero ya que el propósito de estas reseñas es recuperar esas sensaciones y emociones, voy a hacer un esfuerzo poniéndome a ello, sobre todo porque algunos de aquellos autores son casi imprescindibles.

El primero autor es Umberto Eco, al que por aquella época le tenía bastante afición, tanto por semiólogo como por novelista. Así leí desde ensayos como Obra abierta, que me fascinó, hasta novelas bizantinas como Baudolino. De Eco rescato en este mes El cementerio de Praga, una novela de la que solo recuerdo que trataba de conspiraciones y de documentos falsificados, quizá al estilo de El código da Vinci, pero sin duda, mejor documentada. También recuerdo que sería relativamente ligera para leer, ya que la incluí entre las lecturas recomendadas para bachilleres, aunque luego la sustituí por El nombre de la rosa. Eco es un autor que hay que leer, a pesar de que nunca me atreví con El péndulo de Foucault ni con La isla del día de antes, que quizá tengan algún día su propia sesquidécada.



El segundo autor es uno de nuestros raritos, Enrique Vila-Matas, de quien leí Dublinesca, un libro regalo de Reyes. Al igual que me pasaba con Eco, me dio una temporada por leer casi todo lo de Vila-Matas, un autor difícil al que hay que querer mucho para terminar de leerlo. En aquel momento me pilló con buen ánimo y me lo acabé, aunque de este sí que no recuerdo nada, incluso después de haber leído las reseñas que hay en la red, que hablan de una divertida intriga en Dublín. Probablemente me pilló también en la época de interés por Joyce o por Flann O'Brien, y nuestro paisano quedó relegado a un injusto segundo plano. 



El último libro es Sukkwan Island, de David Vann, una novela corta pero intensa que, ahora en la distancia, me recuerda en cierta medida a La carretera, de Cormac McCarthy. Es un libro duro que no hace concesiones al lector, que mantiene la intriga hasta el final y que deja esa sensación extraña que mencionaba al principio. Lo dicho, libros raros para un enero extraño. 

26 junio 2020

Sesquidécada: junio 2005

La lectura en dispositivos digitales cambia notablemente el recuerdo que dejan ciertos libros. Creo que hay estudios sobre ello y puedo constatar, por mi propia experiencia, que los ebooks dejan un poso más efímero que los libros en papel, al menos si comparamos lecturas de una calidad similar.

En la lista que he consultado para esta sesquidécada encuentro, por ejemplo, dos lecturas que me cuesta recordar: La velocidad de la luz, de Javier Cercas, y La misteriosa llama de la Reina Loana, de Umberto Eco. De la primera recuerdo vagamente una trama universitaria, con un profesor visitante en Estados Unidos, que me lleva a otras novelas similares de David Lodge, Antonio Muñoz Molina o Luis Landero. De la novela de Eco solo me acuerdo de que hacía referencias al mundo de los cómics y la literatura popular. Estoy convencido de que si las hubiese leído en formato impreso recordaría más detalles.

En ese sentido, la tercera lectura de esta sesquidécada es buena muestra de ello: Charlie y la fábrica de chocolate, de Roald Dahl. No veo necesidad de reseñar este clásico de la literatura juvenil, del que se hizo incluso una interesante versión cinematográfica a cargo de Tim Burton. Sus personajes configuran ya una especie de arquetipos literarios y, como todo buen clásico, su relectura siempre es fructífera. Personalmente, recuerdo las ilustraciones, el tacto y el olor de aquel libro, lo que lo hace bastante más memorable que el de Umberto Eco, a pesar de tener diez veces menos páginas.

30 septiembre 2017

Sesquidécada: septiembre 2002

Septiembre de 2002: hago las maletas y me voy a un cole privado en el ombligo de la meseta. Allí descubro que los profes preparan e imparten sus clases, pero además ayudan en el comedor escolar, hacen guardias de patio, día sí, día también, acompañan en la ruta del transporte y, si es necesario, se quedan a las reuniones con las familias los sábados. Probablemente, para el profe que solo ha conocido la jornada en la escuela pública esto parezca infernal, pero para los que llegan de otras jornadas aun más largas es simplemente un cambio de hábitos. 

En 2002 todavía no había internet ni wifi en muchos hogares, y menos en los pisos compartidos de estudiantes, como el que me sirve de albergue en todo este extraño curso. Con una jornada que ocupaba casi todo el día, apenas tenía tiempo de aburrirme, y el mayor consuelo en la soledad y la distancia era la lectura. Por eso, el primer protagonista de esta sesquidécada es un ensayo de Alberto Manguel llamado Una historia de la lectura. En los viajes de ida y vuelta a mi auténtico hogar, en el retiro espiritual de una habitación de apenas cinco metros cuadrados escamoteada a un salón compartido, en el frío atardecer de los parques del bajo Guadarrama, en las tristes despedidas y los alegres reencuentros, los libros me van haciendo compañía y llenan de sentido esta búsqueda de un oficio que se fraguaba hace quince años.
Dice Manguel en su ensayo
“Desde siempre, el poder del lector ha suscitado toda clase de temores: temor al arte mágico de resucitar en la página un mensaje del pasado; temor al espacio secreto creado entre el lector y su libro, y de los pensamientos allí engendrados; temor al lector individual que puede, a partir de un texto, redefinir el universo y rebelarse contra sus injusticias (...) Todos nos leemos a nosotros mismos y el mundo que nos rodea para poder vislumbrar qué somos y dónde estamos"
Aquel era sin duda mi propósito: redefinir el universo, rebelarme contra las injusticias y vislumbrar quién soy y dónde estoy, algo que todavía no he consumado, creo.


El segundo libro que recupero para esta sesquidécada no necesita muchas presentaciones, como demuestran todas aquellas obras que tienen su propia entrada en la wikipediaEl nombre de la rosa, de Umberto Eco. Por aquellas fechas ya se había estrenado la película y el libro había entrado en la categoría de best seller, lo que había convertido a su autor en un icono cultural, más allá del ámbito de la semiótica, por el que lo conocíamos los cuatro filólogos que habíamos leído artículos especializados y otras lindezas del género como Obra abierta. Sin embargo, a pesar de la prevención con la que me sumergí en esta novela de masas, he de decir que me sorprendió muy gratamente, que me descubrió un autor especial que combinaba la erudición con las tramas cautivadoras de la novela de género, para dar lugar a una obra única que sirvió de modelo a numerosos autores que hicieron su agosto con versiones más o menos acertadas de la intriga histórico-intelectual. No he vuelto a leerla, pero creo que seguirá igual de viva y fresca, como la película, otro clásico que nos ha dejado grabadas escenas inmortales en nuestra memoria de cine.

La última reseña corresponde a una de las lecturas que por aquellas fechas era obligatoria en bachillerato y que me tocó releer para mis clases. Se trata de Niebla, de Miguel de Unamuno. También es una novela -o nivola- que no necesita presentación en el mundo de los profes de literatura. Una novela magistral para los filólogos, pero bastante opaca para los estudiantes de bachillerato, a los que los vericuetos de las vanguardias y los entresijos de la narratología les resultan bastante ajenos. No resultó nada fácil que leyesen y entendiesen esta obra, lo que me preocupaba en aquellos momentos, porque pensaba que era por culpa mía, sin darme cuenta que, en la mayoría de casos, los contenidos de los exámenes se asimilaban por memorización transitoria y que hacía falta algo más intenso que una disertación para que esos contenidos se fijasen y perdurasen. Pero para esas constataciones aún me faltaba mucho. 

En las vigilias de mi habitación mesetaria, mientras reflexionaba sobre ello, continuaba entregado a la lectura y a la escritura y me veía reflejado en las palabras de Manguel: 
“Tal vez podría vivir sin escribir. No creo que pudiera vivir sin leer”

10 diciembre 2016

Sesquidécada: diciembre 2001

Diciembre de 2001 fue un mes extraño, en el que se preparaban grandes cambios en mi vida, y en el que las lecturas de aquel momento evidencian el rumbo errático de mis gustos e intereses: lo mismo leía la erudita prosa de la Historia de la bibliografía en España, que la violencia explícita de La virgen de los sicarios; al tiempo alternaba la didáctica de La adquisición del español como lengua extranjera, con la ficción oscura de Cerbero son las sombras; el ensayo riguroso de El señor inquisidor, con la deliciosa narrativa de El diablo meridiano... Ya veis, todo un popurrí inconexo de lecturas para un lector descoyuntado.

Pero estas sesquidécadas me obligan a seleccionar y, en esta ocasión, aprovecho para rendir homenaje al recientemente fallecido Umberto Eco. Me animo a reseñar quince años después su curiosa novela Baudolino, novela de intriga y aventura ambientada en la Edad Media con un protagonista que tiene algo de cervantino pero que, a veces, recuerda un poco a Forrest Gump. Quizá no sea ésta una obra recomendada para todos los públicos, pues las múltiples intertextualidades con el universo histórico y literario medieval hacen que el lector poco avisado la lea como una novela de aventuras sin mucho sentido. Sin embargo, si os gustan las narraciones clásicas de viajes, el mundo de los bestiarios y la novela bizantina, disfrutaréis bastante de este relato. En estos días de sofá y mantita que se acercan, a muchos viajeros de salón nos apetece soñar con aventuras remotas; viajar por la Europa real y fantástica del siglo XIII puede ser divertido si uno no tiene prisa por llegar a puerto, incluso si no tiene pensado llegar a puerto alguno. Felices lecturas.

24 marzo 2012

Sesquidécada: marzo de 1997

En la sesquidécada que celebra los quince años de aquellas lecturas de marzo de 1997, los protagonistas son los ensayos de literatura. La Teoría de la Literatura es una disciplina opaca, hermética y un tanto áspera; ello se debe a la profundidad con que se aborda la materia de su estudio. Del mismo modo que uno no puede gozar de muchos de los poemas de Lope si no ha experimentado el amor, difícilmente se puede disfrutar de la Teoría de la Literatura si no se ha "sentido" el goce literario de obras maestras. Por mi parte, tuve suerte de ir construyendo el aparato teórico a medida que conocía esos clásicos fundamentales, lo que me evitó sufrimientos estériles.
El primer ensayo que quiero reseñar es Obra abierta, de Umberto Eco. Quizá más adelante vuelva para hablar de Eco como narrador, aunque de momento me conformo con destacar que este ensayo me parece esencial para entender los procesos de comunicación entre autor y lector. Según Eco, las obras literarias de calidad son necesariamente 'obras abiertas' en el sentido de que solo se completa la significación cuando el lector ejecuta la lectura, y este ciclo es individual y singular. Ello continúa la línea de teorías como la Estética de la Recepción y entronca con las aportaciones de Roland Barthes y otros críticos del posmodernismo. Por cierto, si no lo conocéis, no os perdáis el divertido ensayo ¿Cómo se hace una tesis doctoral? de Eco: no os servirá ya para preparar una tesis, pero sí para disfrutar del fino humor del piamontés.

El otro ensayo tiene un título más atractivo: La carne, la muerte y el diablo en la literatura romántica, de Mario Praz. Es un trabajo exhaustivo sobre las relaciones entre estos temas que se enuncian y la estética romántica. Las referencias literarias y artísticas son innumerables y el buen lector disfrutará con las 'relaciones peligrosas' entre algunos autores malditos y el contexto de su época. En su día recogí algunas citas que me parecieron interesantes y que ahora he subido a la red. Este ensayo fue reeditado no hace mucho por la editorial El Acantilado.

Para cerrar esta sesquidécada, recupero a uno de mis autores españoles preferidos: Luis Mateo Díez, del que traigo aquí la novela Las horas completas. Todas las obras de Mateo Díez están surcadas por un humor elegante que asoma bajo la anodina existencia de muchos de sus personajes. En este caso, cinco sacerdotes que viajan en coche se encontrarán con la sorpresa de un peregrino bastante peculiar que vendrá a alterar sus plácidas vidas. Del mismo autor y con la misma calidad son novelas como La fuente de la edad, Camino de perdición, La ruina del cielo o El diablo meridiano. La prosa de Luis Mateo Díez, un auténtico lujo.