18 septiembre 2020

Uno para todos: cosas (y profes) que te pasan

Recuerdo que en el BUP tuve una profesora de Biología que nos mandó un trabajo sobre la minería en España. Así, sin anestesia, nos dijo: "hay que hacer un trabajo, mínimo diez páginas, para el 16 de noviembre...". Recuerdo copiar el fragmento dedicado a la minería de la Espasa de 8 tomos que teníamos en casa y con el que apenas llegaba a tres páginas de letra gorda de boli Bic. Recuerdo ir a la biblioteca del barrio y copiar los fragmentos correspondientes de la Monitor y de la Salvat. Como aún me faltaba una página para las diez, copié al azar un trozo de las memorias de un minero asturiano que encontré en una librería de saldo, con el consiguiente enfado de mi padre que me brindaba anécdotas más jugosas que yo desestimaba por miedo a que no encajasen en la bibliografía no explicada de mi primer topetazo con la realidad del instituto. 

Aquella profesora fue algo que me pasó, dejó un recuerdo latente que solo resucitó cuando yo mismo me dediqué a la docencia y supe que no tendría que mandar jamás ese tipo de trabajos. Fue un acontecimiento admonitorio más que instructivo. Creo que la mayoría de los que nos dedicamos a la docencia recuperamos para nosotros y generamos en nuestro alumnado ese tipo de recuerdos, vivencias que se almacenan silenciosas en la memoria y que se reactivan para bien o para mal en las vidas adultas cuando se necesitan. Y si nosotros somos adultos con plena conciencia, no hay que olvidar que ellos son niños o adolescentes para los que ocupamos un lugar breve en su existencia. No pasamos por sus vidas: solo somos aconteceres que permanecerán agazapados en su recuerdo.

He visto la película recién estrenada Uno para todos y me he acordado de aquella profesora de Biología, pero sobre todo he recordado a don Arturo, que despertó mi pasión por leer y escribir, de don Hipólito, que me animó a conocer la historia; he recordado fugazmente a muchos de mis profesores de la carrera, que vivían la docencia como una pasión digna de contagio. Del mismo modo que lo vivo yo ahora, supongo que eran conscientes de lo efímero de su paso por nuestras vidas, mientras asumían a la par de la trascendencia que tendrían sus palabras y sus actos en el futuro de muchos de nosotros.

Aleix, el protagonista de la película, no sabe nada de esto, es un bisoño de la educación. Sabe que está de paso, sabe que sus alumnos lo olvidarán enseguida y que muchos ni siquiera recordarán su nombre cuando pasen al instituto. Pero es un educador, y eso se lleva en el genoma o en el oficio, llámenlo como quieran, vocación o profesionalidad. Sabe que no puede limitarse a dar su materia y largarse a las cinco a su casa a rumiar sus problemas, que son más importantes que los de sus niños. Sabe que tiene que implicarse, porque en el futuro uno de esos niños o niñas recordará que Aleix lo salvó del infierno, que Aleix lo animó a soñar, que Aleix lo escuchó, la abrazó... 

Uno para todos es solo un trozo de nuestras historias de educadores, un trozo de la pasajera historia de unos niños. Es una película que todos percibiremos como cercana, como una extensión de nuestro día a día, en sus luces y sus sombras, en sus alegrías y sus vergüenzas. Los actores son verosímiles, la Escuela también, las familias, los dramas... Un curso en hora y media, reiterado y diferente a la vez, año tras año, colegio a colegio. Aleix es cada uno de nosotros repetido, ampliado y renovado.

Somos cosas que pasan en la vida de nuestros alumnos. Somos recuerdos dormidos. Somos piezas de unas memorias en construcción que necesitan cimientos sólidos. Por eso somos tan importantes, porque los docentes lo mismo somos ladrillos caravista en el edificio que alzan nuestros jóvenes, que pilares que permanecen ocultos, pero que sustentan sus vidas sin que sean conscientes de ello. Para bien o para mal. Siempre mejor lo primero.

26 agosto 2020

La boda de Rosa: mujeres que pinchan y cortan

Tiene Italo Calvino, el gran fabulador de Las ciudades invisibles, tres novelas cortas, agrupadas bajo el nombre de Nuestros antepasados, que retratan bajo divertidas alegorías la condición humana. Hoy, cuando he visto en el cine La boda de Rosa, la última película de Icíar Bollaín, me he acordado de Calvino y del contenido simbólico de nuestras vidas, porque, en el fondo, casi todo el cine y casi toda la literatura acaba siendo un símbolo particular o general de esta existencia más o menos fructífera.

En El vizconde demediado, la primera de esas novelitas, encontramos a un noble al que un cañonazo ha partido en dos, quedando en cada mitad las virtudes y los defectos separados. Los personajes de la película de Bollaín tienen también esa dualidad marcada, tan terribles como tiernos en pensamiento o en obra, polarizados en su propia interioridad, lejos del mundo de buenos y malos al que nos tiene acostumbrados el cine comercial. No sabemos si el anuncio de la boda de Rosa es el cañonazo que nos los muestra desgajados, pero nos gustaría pensar que el sacramento quizá sirva de sutura para muchos de ellos.

Creo que muchos conocen la segunda de las novelas, la de El barón rampante, ese joven aristócrata que decide un día encaramarse a un árbol y no volver a pisar el suelo. Rosa es la baronesa rampante, la hidalga que, en un destello de lucidez, en un arrebato de voluntad, se alza sobre ese fango que la tiene atrapada para aferrarse al mechón de la Fortuna, que todos sabemos que pasa fugaz y hay que asir con presteza para no claudicar ante el funesto destino. Estará tentada en más de una ocasión para bajar de las copas de sus sueños, estará a punto de apoyarse en una rama muerta o quebradiza, pero la voluntad son las alas de la vida y poco se resiste a su poderoso vuelo.

La tercera novela, El caballero inexistente, es la más críptica, la más oscura, pues relata el deambular de una armadura vacía, sin caballero en su interior. ¿Es nuestra protagonista una carcasa vacía? ¿Se puede vivir sin alma, vivir en alma ajena? Suena poético, pero en la vida real muchos viven sin vivir en ellos, viven para otros, por otros. ¿Cuál es el límite de nuestra renuncia? ¿Hasta qué punto podemos entregar nuestras vidas a los demás sin perder la nuestra? Es, como digo, el mensaje más triste del filme, el que te deja rumiando en silencio cuando se apagan las luces.

Pero no os engañéis, La boda de Rosa es mucho más que todas esas alucinaciones que os he contado, más producto de mis propias lecturas que de la intención de sus creadores. Es un canto a la libertad, a la locura, al libre albedrío. Es una lección de amor en todas sus vertientes: fraterno, filial, amistad... Es una reivindicación de la herencia, de la transmisión de emociones de madres a hijas, una reivindicación también de la nostalgia de una infancia en la que creemos que el futuro se puede coser igual que una tela. Pero, sobre todo, es una película de mujeres, de mujeres en positivo, mujeres que agarran el mundo por las solapas y lo sacuden hasta colocarlo en su sitio. Mujeres que tejen, mujeres que pinchan y cortan, como debería ser. No os la perdáis.

En Twitter hay una etiqueta de #CoserRelatos para compartir historias relacionadas con la película. Aquí podéis leer la mía

07 agosto 2020

Sesquidécada: agosto 2005

Agosto es un mes propicio para lecturas variadas, que lo mismo te dejan registro de bests sellers como El código da Vinci que novelas juveniles como Los hijos del Trueno, de Fernando Lalana y J.M. Almárcegui. Pero esta sesquidécada rinde homenaje a otros títulos con más empaque, también muy variados como comprobaréis.

El primero es un clásico de la educación, casi de obligada lectura para cualquier docente de lengua: Gramática de la fantasía, de Gianni Rodari. Al margen de que se obtienen de su lectura infinidad de ideas y propuestas para el aula, el texto de Rodari es una invitación a observar el mundo con otra mirada, a pensar en la lectura y la literatura como en la materia prima de la imaginación, de los sueños, de la creatividad... La gramática de la fantasía aborda el arte de contar historias pero también abre la puerta a plantear un modo diferente de enseñar a leer y escribir. Solo por eso merece la pena acercarse a Rodari.

Muy relacionada con la lectura y los libros está también la novela Auto de fe, de Elias Canetti, un autor que considero imprescindible para entender el siglo XX. Es una obra intensa, intelectual, simbólica y un tanto quijotesca. La obsesión por los libros de su protagonista lo convierte en un títere de los acontecimientos en una trama que recuerda bastante a las pesadillas de Kafka. Un libro para leer con reposo y buen ánimo.

Por último, una obra de un género menor del Renacimiento, las misceláneas: Floresta española, de Melchor de Santa Cruz. Si hubiese un Twitter en aquella época, la floresta sería lo más parecido a ello: chistes, cotilleos, cuentecillos, crítica, sentencias, burlas, aforismos, sátira... totum revolutum. Os dejo unos pocos ejemplos para vuestro solaz:

Cuando un cirujano a un pobre hombre, que le habían dado una pedrada en un ojo, que se le echó fuera, preguntó al cirujano: señor, ¿perderé el ojo? Respondió: no, que yo le tengo en la mano.

Ofreciéndosele a uno un viaje, aconsejábanle que fuese por la mar, que iría más presto y a menos costa. Respondió: no quiero ir en bestia que se gobierna por el rabo y no se puede el hombre apear de ella cuando quiere.

El mismo decía que era bueno hablar de la guerra y no ir a ella, y hablar de la mar y en ella no entrar, y hablar de la caza y tomalla en la plaza.

Diciendo un gentilhombre a una señora cuando se despedía de ella: beso pies y manos de vuestra merced. Le respondió: Señor, no se olvide otra estación que está en medio.

Leía siempre y fue reprehendido de algunos caballeros. Respondió: converso con los libros, porque hallo en ellos mejor conversación que no en vosotros.

El duque Philipo de Borgoña decía: de los grandes señores no digáis bien, ni mal. Porque si decís bien, mentiréis; y si mal, poneisos a peligro.



22 julio 2020

La versión de Eric: cuando lo normal es la excepción

Las películas de Almodóvar pueden resultar exageradas, rocambolescas en ocasiones, pero más de uno se reconoce en ellas. Lo mismo pasa con el cine de Berlanga, tan desmesurado como la vida misma. No existe eso que la gente llama normalidad y, como decía Tolstoi, todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera. En las novelas de Nando López todo es tremendamente normal en su excepcionalidad. Esas situaciones que pueden parecer azarosamente anómalas se acaban convirtiendo en momentos ordinarios de lo cotidiano. Esa es para mí la mayor virtud de sus obras, junto con el impecable manejo de los diálogos. 
La versión de Eric, su última novela, sigue en esa línea de presentar al lector una realidad tan habitual como invisible, la realidad de unos personajes que se buscan a sí mismos dentro y fuera de sus cuerpos, la realidad de unos pensamientos que afloran en diálogos intensos y verosímiles, la triste realidad de una sociedad que trata las diferencias como trastornos, en lugar de considerarlas una riqueza. Para mayor gozo del lector, la estructura narrativa permite mantener el suspense hasta prácticamente las últimas cinco páginas de la novela, un logro que no resulta fácil sin recurrir a efectismos o lugares comunes.
No entiendo muy bien por qué hay novelas que se encasillan en la literatura juvenil y acaban siendo etiquetadas como lecturas para jóvenes. La versión de Eric, a pesar de haber ganado un premio de literatura juvenil, es mucho más que una novela juvenil. Es cierto que la trama implica a adolescentes y se articula sobre un suceso que se ha de resolver, pero la profundidad de los temas y la técnica empleada la acercan más a la novela negra que a la novela juvenil. Ya ocurrió lo mismo con otras obras del mismo autor, La edad de la iraNadie nos oye, ambas novelas difíciles de encasillar. En cualquier caso, hay que leer La versión de Eric sin esa presión de la etiqueta, para poder disfrutarla como una buena novela, simple y llanamente. 
En cuanto a Nando López, quienes lo seguimos de cerca sabemos que está convirtiéndose en un referente de nuestra época, como también lo han sido Berlanga o Almodóvar, un referente literario, pero también una figura clave en la reivindicación de la diversidad, esa diversidad que nos hace más ricos y más humanos. 

18 julio 2020

Sesquidécada: julio 2005

No he podido recordarlo, pero algo estaría maquinando para revisar de cabo a rabo la Poética de Aristóteles en pleno julio de 2005. Es una obra de referencia para los filólogos, breve, amena y muy clara, que también resulta interesante (igual que su Retórica), para entender el discurso de la política o de la publicidad. Por ejemplo, dice Aristóteles que "es preferible elegir cosas naturalmente imposibles, con tal que parezcan verosímiles, que no las posibles, si parecen increíbles"; les suena ¿verdad? 

En esta sesquidécada hay también ansia de viajes, con un autor que merece la pena seguir: Paul Theroux. Es un referente en la literatura de viajes y recupero aquí Las columnas de Hércules, un periplo por países del Mediterráneo. Su estilo es muy ameno y lleno de referencias culturales que no llegan a ser eruditas ni didácticas. La buena literatura de viajes no debe confundirse con una guía turística y en ello Theroux es muy habilidoso. Casi todos sus libros ofrecen esa grata sensación de convertirse en acompañante del viajero, descubriendo con él cada lugar como un hallazgo. Con tanta plataforma digital de contenidos, puede que este tipo de literatura quede cada día más relegada a unos pocos friquis.

Y para terminar, un poco de música. Las memorias ochenteras de Sabino Méndez en Corre, rocker, una crónica personal del integrante de Loquillo y los trogloditas y varias bandas más. Es un buen libro para recordar momentos de aquella época y para entender lo que ocurría en la trastienda de la movida. Un documento para la nostalgia y para entender que los héroes también tienen sus ruindades.
Felices lecturas veraniegas. 

11 julio 2020

Amor intempestivo, vidas en desazón

Y pues Vuestra Merced escribe se le escriba y relate el caso muy por extenso, parecióme no tomarle por el medio, sino del principio, porque se tenga entera noticia de mi persona, y también porque consideren los que heredaron nobles estados cuán poco se les debe, pues Fortuna fue con ellos parcial, y cuánto más hicieron los que, siéndoles contraria, con fuerza y maña remando, salieron a buen puerto.

La última novela de Rafael Reig bien podría llevar algo parecido al prólogo del Lazarillo de Tormes. No es una novela-epístola, aunque sí autobiográfica, protagonizada por un pícaro que quizá no sabe que lo es, y explica el caso, casus, la caída, el azar de su protagonista hasta llegar a la atalaya desde la que se dirige al lector.
Me confieso admirador de ese Rafael Reig del Manual de literatura para caníbales y del articulista incisivo en las columnas de diferentes medios. Sus novelas tienen ese tono de humor inteligente que las convierte en objetos de lujo para minorías, objetos que sin ser brillantes son elegantes. Por eso no es un escritor de masas, por eso tendrá que seguir esperando para escribir su obra maestra.
En Amor intempestivo Rafael Reig cuenta por extenso su caso, haciendo de la novela un diario, o viceversa. Sin embargo, no sería una novela si la narración se redujese a unas memorias. Hay ficción, más de la que los lectores pensamos (creo), y hay un estilo particular en el que recuperamos al mejor Reig. La trama se enrosca sobre sí misma para volver una y otra vez a los elementos fundamentales que configuran la narración: el amor en todas sus dimensiones (amor filial, amor sexo, amor amistad) y la búsqueda de una identidad perdida. Vamos, la base de casi cualquier novela. Pero la novela es también el retrato de una generación literaria intempestiva, fuera de tiempo y sazón, como afirma el autor. Una generación que parece haber nacido tarde para convertirse en referente, como Muñoz Molina, Millás, etc. y demasiado pronto para ejercer de modelo en unos tiempos en los que apenas se lee. ¿Cuál es el papel del novelista perdido en ese interludio? Encontrar su voz, elegir su obra, ajustar cuentas con su pasado: "Si no tienes cuentas pendientes con el mundo, no te pones a escribir novelas". Rafael Reig traza en esta novela un mapa de sus elecciones, de todo ese abanico de vidas posibles que le han ido saliendo al paso. He leído la novela imaginándolo atado al mástil de su obra rechazando una y otra vez los seductores abrazos de las sirenas que pasan por su vida, unas sirenas demasiado humanas, demasiado carnales. En ese destino trágico se halla también el caso, que no mencionaré aquí por no desvelar el núcleo argumental que para mí tiene la novela, un núcleo que también se relaciona directamente con el amor, con la creación, con la vida.
Amor intempestivo es una novela para amantes de la literatura, para filólogos, para desubicados, para escritores que siguen esperando su musa, sin saber que la han echado de su cama cientos de veces. Igual que el lector del Lazarillo se queda con esa amarga sensación de haber padecido mucho sufrimiento para acabar de cornudo y apaleado, el lector de Reig también experimenta la desazón de ese narrador que parece claudicar ante la adversidad. Sin embargo, nada mejor que retroceder para coger carrerilla. ¿Quién iba a pensar que aquel pregonero de vinos se convertiría en un personaje inmortal? ¿Quién pone en duda que Reig sea capaz de escribir una obra maestra? Ojalá. 

28 junio 2020

1617: suceso en el convento. Historias de sexo y género

Relación verdadera de una carta que envió el padre prior de la orden de Santo Domingo de la ciudad de Úbeda al abad mayor de San Salvador de la ciudad de Granada, de un caso digno de ser avisado, cómo estuvo doce años una monja profesa, la cual había metido su padre por ser cerrada y no ser para casada, y un día haciendo un ejercicio de fuerza se le rompió una tela por donde le salió la naturaleza de hombre como los demás, y lo que se hizo para sacarla del convento, ahora sucedido en este año de mil y seiscientos y diez y siete.

Impreso con licencia del señor Conde de Salvatierra, asistente de Sevilla, por Francisco de Lyra, en la Calle de las Armas, en el Callejón de los Ingleses. 


Las cosas notables de admiración (dijo un sabio) no se deben tratar entre los que solo las juzgan por la limitada capacidad de su entendimiento; pero aunque esto es así, no faltarán muchos que se acomoden a creer los milagros de naturaleza. El de que se da cuenta en esta carta tiene en su abono la calidad de la persona que lo que lo escribe, y la del señor Provisor de Granada, a quien, para dar licencia, le debió contar el caso. La carta es esta:

Sabrá vuestra merced que en el Convento de La Coronada de esta ciudad de Úbeda había doce años que recibieron una monja natural de Sabiote, junto a esta dicha ciudad de Úbeda, llamada doña María Muñoz; y por ser mujer varonil y que echaba mano a una espada y disparaba un arcabuz, y otras cosas que hacía de hombre, vinieron unos hombres de su lugar, siendo novicia, y dijeron a las monjas que cómo habían recibido un hombre en su convento (no porque lo fuese) sino por las condiciones dichas. Con esto, las monjas, como han menester poco como mujeres para inquietarse, se alborotaron de manera que la priora hizo examinar el dicho de los hombres y ver si era hombre o mujer; y halló ser mujer.
Esta monja está profesa y por el discurso de doce años en muchas ocasiones vieron las monjas no ser hombre, porque unas veces cogiéndola dormida, otras por vía de trisca, la descubrían para satisfacerse, porque las fuerzas y ánimo y las propiedades y condiciones eran de varón. 
Ahora, víspera de San Francisco este año de 1617, la dicha monja me escribió un billete pidiéndome le oyese una palabra, que le importaba su salvación. Fui al convento y, estando solos en un locutorio, me dijo cómo era hombre y me contó lo siguiente. Que ocho o nueve días antes habían traído al convento una partida de cien fanegas de trigo; lo había medido y traspasado todo en una tarde, del cual ejercicio sintió una gran dolor entre los dos ingles y que se le había hinchado y, entendiendo se había quebrado con la fuerza, se afligió mucho y no se atrevió a decirlo: lo uno porque no la viese médico, lo otro porque no la tuviesen por quebrada; y que al cabo de tres días se había resuelto la hinchazón, y le había salido naturaleza de hombre.
Y entonces le obligué a que me certificase de la verdad. Y descubriéndose, vi ser tan hombre como el que más y, por no alborotar el convento, instruila en que dijese que había profesado forzada y amenazada de su padre, y que había enviado a Roma por un Buleto para ser oída en orden de que no era monja.

Con esto, llamé a la priora y le hice que la encerrase en una celda y que, para darle de comer, entrasen seis monjas juntas, las más ancianas y religiosas, porque aquesta monja quería poner pleito de su profesión, y no quería que comunicase con nadie hasta dar aviso al Padre Provincial. Ella fingió muy bien el caso y yo luego envié a llamar el padre prior de Baeza, para que juntos lo examinásemos. Y el día de San Francisco entramos en el convento de las monjas los dos y, en achaque de tomarle su dicho a solas en la celda donde estaba encerrada, lo vimos con los ojos y palpamos con las manos, y hallamos ser hombre perfecto en la naturaleza de hombre, y que no tenía de mujer sino un agujerillo como un piñón más arriba del lugar donde dicen que las mujeres tienen su sexo, a pie del que le había salido de hombre. Díjonos cómo, por ser mujer cerrada y que no tenía más de aquel pequeño agujero, se había me había metido a monja, y ni tenía su padre otro hijo mi hija. De donde coligimos que aquel agujero era la raíz de la misma vía de hombre por naturaleza para despedir la orina a falta del miembro principal que se le quedó por falta de virtud expulsiva en lo interior. Confesó que jamás le había venido su mes y, porque las monjas no le llamasen marimacho, que cuando se disciplinaba hacía ostentación de la sangre en las camisas, diciendo estaba con su regla. Miramos los pechos y, con ser de 34 años, no los tenía más que una tabla. En seis o siete días qué le había salido el sexo de hombre, le comenzaba a negrejear el bozo y se le mudó la voz muy gruesa.
Visto esto, yo luego envié a llamar a su padre, el cual vino luego, por estar Sabiote una legua desta ciudad. Contele el caso y pensó morir de espanto. Al fin, aquella noche, una hora después de la oración, fui al sobredicho convento con su padre y le pusimos una saya de color y un manto, y se la entregué, y, salida del convento, declaré el caso a las monjas.

El padre está muy contento, porque es un hombre rico y no tenía heredero, y ahora se halla con un hijo muy hombre y que se puede casar. Ella también va contenta, porque, después de doce años de cárcel, sabe muy bien la libertad, y se halla de mujer, varón, que, en las cosas y bienes temporales, ninguna merced mayor le pudo hacer naturaleza.
El caso es extraño y que se puede escribir al mismo rey, como entiendo se le han escrito.
De Octubre de 1617 años.

Fray Agustín de Torres. 

Esta relación fue impresa en la ciudad de Granada, con licencia del señor Provisor don Francisco Ledesma y, por su original, en Sevilla, con licencia, por Francisco de Lyra.



Créditos: Reproducción del facsímil original extraído de: Noticias del siglo XVII: relaciones españolas de sucesos naturales y sobrenaturales, Henry Ettinghausen, Puvill Libros, 1995

26 junio 2020

Sesquidécada: junio 2005

La lectura en dispositivos digitales cambia notablemente el recuerdo que dejan ciertos libros. Creo que hay estudios sobre ello y puedo constatar, por mi propia experiencia, que los ebooks dejan un poso más efímero que los libros en papel, al menos si comparamos lecturas de una calidad similar.

En la lista que he consultado para esta sesquidécada encuentro, por ejemplo, dos lecturas que me cuesta recordar: La velocidad de la luz, de Javier Cercas, y La misteriosa llama de la Reina Loana, de Umberto Eco. De la primera recuerdo vagamente una trama universitaria, con un profesor visitante en Estados Unidos, que me lleva a otras novelas similares de David Lodge, Antonio Muñoz Molina o Luis Landero. De la novela de Eco solo me acuerdo de que hacía referencias al mundo de los cómics y la literatura popular. Estoy convencido de que si las hubiese leído en formato impreso recordaría más detalles.

En ese sentido, la tercera lectura de esta sesquidécada es buena muestra de ello: Charlie y la fábrica de chocolate, de Roald Dahl. No veo necesidad de reseñar este clásico de la literatura juvenil, del que se hizo incluso una interesante versión cinematográfica a cargo de Tim Burton. Sus personajes configuran ya una especie de arquetipos literarios y, como todo buen clásico, su relectura siempre es fructífera. Personalmente, recuerdo las ilustraciones, el tacto y el olor de aquel libro, lo que lo hace bastante más memorable que el de Umberto Eco, a pesar de tener diez veces menos páginas.