29 noviembre 2020

Contener la respiración

La memoria de este trimestre debería empezar por una retractación: durante varios meses, antes de empezar el curso, afirmé que los centros educativos no estaríamos abiertos ni siquiera un mes. Han pasado casi tres y ahí seguimos. También hay que decir que han confluido muchos factores para que esto ocurra, incluido el azar, que nunca se debe menospreciar en una pandemia. Esos factores decisivos son principalmente dos: la reducción de ratio y el respeto de los protocolos por parte de toda la comunidad educativa. El primero, lamentablemente nos ha costado dejar a los grupos de 2º y 3º de ESO en semipresencialidad por falta de espacio en el instituto, un centro que está diseñado para 600 alumnos y que tiene actualmente una matrícula de 750. Hemos hecho cuanto hemos podido para solucionar este inconveniente, desde buscar espacios alternativos, hasta llamar personalmente a las familias por si querían voluntariamente cambiar de centro. No ha podido ser. La semipresencialidad no es la mejor medida y solo es positiva para reducir el número de alumnos en el centro; quizá por eso hemos tenido tan poca incidencia de contagios, prácticamente ninguna imputable al contacto en las aulas. El coste es alto para esos grupos que vienen día sí, día no, a los que el profesorado trata de adaptar las programaciones para que no pierdan la mitad del currículo. En ello estamos.


En mi aula, este año tengo un 3º de ESO, uno de esos grupos que vienen semana sí, semana no (pues ha coincidido así en mi horario), con los que hemos trabajado la argumentación, la historia de la lengua y la literatura medieval; también hemos leído En el mar hay cocodrilos, de Fabio Geda, un libro a partir del cual intentaremos llevar a cabo un proyecto de concienciación sobre las migraciones. Coincido con algunos colegas en que es más fácil dar clase, sobre todo, clase magistral, por el menor número de alumnos, porque están separados a metro y medio y porque están todos con mascarilla sin moverse. Me he tenido que adaptar también a ese modelo, ya que prefiero que puedan trabajar juntos en proyectos y ahora solo lo pueden hacer de manera telemática. Concretamente, para la Edad Media, aprovechando la idea y el material de mi compañera Anna Navarro, les propusimos un Draw my life. Los resultados son muy irregulares, pero os dejo este sobre la Celestina que me parece especialmente brillante:

Por otro lado, tengo dos horas de codocencia en los ámbitos de 1º de ESO. Esas horas son financiadas por el Fondo Social Europeo para el refuerzo en competencias clave en 1º o 2º de ESO. En nuestro caso, tenemos asignadas 12 horas, que repartimos entre los diez grupos de 1º de ESO. Las hemos configurado para que uno de los docentes del ámbito lingüístico-social imparta una hora semanal junto al compañero/a del ámbito científico-matemático y ayude en tareas de tipo transversal. Por el momento, hemos planteado actividades como las siguientes:

  • Lectura de una entrevista a un científico: escribir un texto en el que se cuente cómo se despierta una vocación.
  • A partir del análisis de las células: escribir un relato biográfico como si fueses una célula.
  • A partir de la clasificación de seres vivos: realizar y compartir una presentación en GDrive.
  • Sobre los reinos animales: mezclar dos animales y generar una ficha de un animal híbrido fantástico.
  • Después de un visita a los microscopios del laboratorio: realizar una ficha de observación.
  • A partir de la lectura de un relato de Millás: escribir un cuento en el que los protagonistas son números.



Este enfoque nos ha permitido desarrollar junto con las competencias comunicativa o científico-matemática, la creatividad y la iniciativa personal, además de la competencia digital, con interesantes reflexiones sobre la privacidad, la seguridad de los datos, el trabajo cooperativo en red, etc. Es para mí una de las mejores horas de la semana.


Por último, tengo también tres horas de compensatoria en Casa Camarón, con el alumnado gitano. Este año estamos notando con mayor intensidad el absentismo de este colectivo, un absentismo fundamentado principalmente en el miedo al contagio, un miedo que hace todavía mayor el recelo hacia una institución educativa en la que confían poco, en parte por las bajas expectativas de éxito y en parte por el escaso apoyo familiar a los asuntos de la escuela. Aunque estamos colaborando con varias asociaciones, nos falta mucho para conseguir que ese absentismo se reduzca a niveles razonables.


En el ámbito de la función directiva, la pandemia nos ha puesto en una situación muy compleja, tanto académica como organizativamente. Apenas hemos podido hacer reuniones, claustros o consejos escolares, por la dificultad de hacerlo presencialmente y porque la maquinaria del centro está sometida a unos requerimientos tan estrictos que apenas hay margen para tomar decisiones. Vivimos el día a día conteniendo la respiración, tratando de minimizar riesgos sin que eso afecte a las relaciones entre los miembros de la comunidad educativa. Con todas las precauciones, decidimos hacer reuniones presenciales de familias con los tutores/as, porque consideramos que era importante que viesen las aulas y las condiciones en las que están sus hijos e hijas. Mantenemos con ellas un contacto bastante fluido a través de las plataformas educativas. Intentamos responder a todas las dudas y consultas que llegan a diario; el motivo más importante de queja es, evidentemente, la semipresencialidad, para el cual no tenemos solución. Por suerte, los resultados de la 1ª evaluación han sido bastante buenos, a pesar de todos los condicionantes. Incluso en la convivencia se ha notado una mejora sustancial, pues hemos pasado de unos 100 incidentes en años anteriores a apenas 20 este año. El esfuerzo del profesorado y del alumnado en esta "nueva normalidad" está dando sus frutos; también hemos de agradecer que la administración eche una mano rebajando la presión burocrática y ayudando en los problemas puntuales que surgen. Ojalá se mantuviesen estas ratios de aquí en adelante, sin el sacrificio del virus y de la semipresencialidad. 

Como siempre, quedan muchos retos e historias por contar, proyectos que están todavía germinando, actividades que apenas están esbozadas. Espero tener tiempo y ganas de contarlas más adelante, cuando ya no tengamos que contener la respiración cada vez que suena el teléfono o nos busca el conserje.

15 noviembre 2020

Sesquidécada: noviembre 2005

No es fácil encontrar lecturas juveniles que perduren en el tiempo, que sigan enganchando a los jóvenes lectores pasados unos años. A veces, ni siquiera los clásicos soportan esa presión de las modas y quedan relegados para el disfrute de los lectores más exigentes o más aguerridos. Casualmente, hace quince años encontré dos lecturas que cumplían con los requisitos necesarios para mantenerse en las recomendaciones de los primeros cursos de la ESO, y acerté con ellas, porque todavía hoy permanecen en el aula con relativo éxito. Vamos con el primero de esos libros.

El ojo de cristal. Charlie saldrá esta noche, de Cornell Woolrich, recoge dos relatos de intriga protagonizados por chavales que se ven inmersos en una trama policíaca llena de riesgo y tensión hasta el final. Llevamos años manteniéndolo como lectura para 1º de ESO; en mi caso, lo leemos en clase dedicando un día de la semana a avanzar. Aunque se pueden encontrar en internet los relatos de manera separada, vale la pena que compren el libro, porque las ilustraciones de Tha son excelentes. Al final del libro hay tareas por si se quiere trabajar la comprensión lectora y la expresión escrita, aunque nada mejor que una tertulia guiada a partir de la lectura. El año pasado, además, estuvimos comprobando la invisibilidad de las mujeres en los relatos policíacos clásicos, así que da mucho juego. Os recomiendo además que busquéis más información sobre el autor, una vida y una obra que bien merecen un acercamiento detallado (si queréis otra recomendación de este autor y editorial, echad un vistazo a Aprendiz de detective. Un robo muy costoso). Por último, aprovecho para felicitar a Vicens Vives por esa colección Cucaña en la que se ofrecen lecturas muy valiosas para el aula, editadas con buen gusto y a buen precio.


Otro gran hallazgo fue La piel de la memoria, de Jordi Sierra i Fabra, el rey Midas de la literatura juvenil. Es un libro que trabajamos sobre todo en 2º de ESO y nos permite abordar los temas de las migraciones, de la explotación infantil, de los niños soldado y del colonialismo comercial, entre otros. Como es habitual en los relatos de este autor, tiene los elementos fundamentales para enganchar al joven lector: personajes verosímiles y cercanos, amistad, amor, dolor, castigos y recompensas. Es un buen libro y por ello se mantiene año tras año entre los mejor valorados por nuestro alumnado. En otras ocasiones ya he comentado que, a partir de su lectura, hemos trabajado textos periodísticos, el podcast o la tertulia. Os dejo la ficha de lectura por si os resulta útil.

Finalmente, en tiempos de bulos, desinformación y conspiraciones, vale la pena recuperar la novela Enterrar a los muertos, de Ignacio Martínez de Pisón, un gran autor al que admiro, que cuenta un episodio histórico de intriga, política y periodismo, con el telón de fondo de la guerra civil, la visita a España de John Dos Passos y la muerte de su traductor, el republicano José Robles. Periodismo novelado o ficción documental, da igual, una delicia de lectura. 

Es una pena que no me quede más hueco en esta sesquidécada para hablar de una novela que me gustó y que no ha tenido después demasiada repercusión: La piel fría, de Albert Sánchez Piñol, una buena muestra de ciencia-ficción ecléctica en español y catalán. 



17 octubre 2020

Sesquidécada: octubre 2005

El mes de octubre de 2005 está ocupado únicamente por una novela extensa e intensa: Bomarzo, de Manuel Mujica Lainez. Era una novela que había estado esperando bastante tiempo en la lista de deseos, recomendada por buenos amigos, pero que no acababa de encontrar su momento. Se trata de una novela otoñal o crepuscular, y quizá por eso me animé a hincarle el diente en aquel octubre. Hay novelas veraniegas, invernales, primaverales y otoñales, todo el mundo lo sabe, y en Bomarzo casi se oyen caer las hojas sobre las monstruosas figuras del jardín de los Orsini mientras uno pasa las otras hojas del libro. No voy a desvelar nada de la trama, un argumento bastante sencillo, ya que el valor de Bomarzo es la capacidad de sugestión de su prosa, la habilidad del autor para introducirnos en el mundo casi mágico de una familia extraña, envueltos por el ambiente aun más exótico del parque de los monstruos, un lugar que ya he añadido a mis lugares literarios dignos de ser recorridos y recordados.

Hoy, un sábado por la tarde, en este octubre lejano, al escribir esta sesquidécada, recupero con algunos fragmentos de la novela la humedad de la hiedra en las rocas y el olor a abandono que me resulta tan atractivo en ciertos momentos. Como retales de un mundo que no volveremos a ver, la literatura nos permite asomarnos a lo que fuimos y a lo que sentimos quizá por última vez en nuestras vidas, sin que ni tan siquiera fuésemos conscientes de ello. Leamos y vivamos, que puede que el mundo se apague y nos pille con una lista inacabada de lecturas y de vivencias demasiado larga.

21 septiembre 2020

Sesquidécada: septiembre 2005

Septiembre es un mes de lecturas casi otoñales y por eso no me extraña encontrar en el registro de esta sesquidécada unos libros cargados de melancolía. Son tres novelas que, cada una a su manera, reflejan pérdidas en la vida y hallazgos en la memoria. Tres novelas muy diferentes, pero unidas por ese regusto amargo de la nostalgia. Vamos allá.


Un puente sobre el Drina, del serbio Ivo Andrić, es una de esas obras que una vez leídas no olvidas jamás. Le dediqué una nota en el blog hace años, con motivo de la guerra de Kosovo; es la novela que siempre recuerdo cuando estalla una guerra civil, porque el puente sobre el Drina es el testigo milenario de los encuentros y desencuentros de quienes circulan por sus orillas, de quienes se ven obligados a cruzarse par pasar de un lado a otro. Es una novela que representa a la perfección el sinsentido de las fronteras, el obstinado choque entre quienes tienden puentes y quienes los dinamitan. Una novela imprescindible para entender la historia y para entendernos. Pero para eso hace falta voluntad de hacerlo.


Mucho más cerca se sitúa una novela intimista, Historia universal de Paniceiros, de Xuan Bello. Es un relato mosaico, un collage de historias, impresiones y recuerdos alrededor de un pequeño pueblo asturiano. Como decía al principio, es un libro otoñal que invita a la nostalgia, al olor de leña en la chimenea, al roce de las mantas, al dolor sordo de algo que perdimos y no volverá... En estos momentos de pandemias hasta en la sopa, puede ofrecer al lector el refugio de una arcadia aislada de su tiempo.


Por último, como aún estamos a tiempo de recomendar lecturas para el aula de Secundaria, os dejo esta novela que me gustó bastante en su momento: La foto de Portobello, de Vicente Muñoz Puelles. Durante un tiempo la estuve recomendando en 2º y 3º de ESO. Es una historia sencilla, verosímil y humana, que no incurre en las desmesuras de las novelas juveniles de acción o drama. Es un relato de autoconocimiento que aporta puntos de vista interesantes sobre algunos de los problemas que sufren los jóvenes y que, a menudo, permanecen invisibles para los adultos. Tal vez no es la novela que guste a todos, pero sí es una novela para recomendar de manera individual. Seguro que alguien lo agradece. 

18 septiembre 2020

Uno para todos: cosas (y profes) que te pasan

Recuerdo que en el BUP tuve una profesora de Biología que nos mandó un trabajo sobre la minería en España. Así, sin anestesia, nos dijo: "hay que hacer un trabajo, mínimo diez páginas, para el 16 de noviembre...". Recuerdo copiar el fragmento dedicado a la minería de la Espasa de 8 tomos que teníamos en casa y con el que apenas llegaba a tres páginas de letra gorda de boli Bic. Recuerdo ir a la biblioteca del barrio y copiar los fragmentos correspondientes de la Monitor y de la Salvat. Como aún me faltaba una página para las diez, copié al azar un trozo de las memorias de un minero asturiano que encontré en una librería de saldo, con el consiguiente enfado de mi padre que me brindaba anécdotas más jugosas que yo desestimaba por miedo a que no encajasen en la bibliografía no explicada de mi primer topetazo con la realidad del instituto. 

Aquella profesora fue algo que me pasó, dejó un recuerdo latente que solo resucitó cuando yo mismo me dediqué a la docencia y supe que no tendría que mandar jamás ese tipo de trabajos. Fue un acontecimiento admonitorio más que instructivo. Creo que la mayoría de los que nos dedicamos a la docencia recuperamos para nosotros y generamos en nuestro alumnado ese tipo de recuerdos, vivencias que se almacenan silenciosas en la memoria y que se reactivan para bien o para mal en las vidas adultas cuando se necesitan. Y si nosotros somos adultos con plena conciencia, no hay que olvidar que ellos son niños o adolescentes para los que ocupamos un lugar breve en su existencia. No pasamos por sus vidas: solo somos aconteceres que permanecerán agazapados en su recuerdo.

He visto la película recién estrenada Uno para todos y me he acordado de aquella profesora de Biología, pero sobre todo he recordado a don Arturo, que despertó mi pasión por leer y escribir, de don Hipólito, que me animó a conocer la historia; he recordado fugazmente a muchos de mis profesores de la carrera, que vivían la docencia como una pasión digna de contagio. Del mismo modo que lo vivo yo ahora, supongo que eran conscientes de lo efímero de su paso por nuestras vidas, mientras asumían a la par de la trascendencia que tendrían sus palabras y sus actos en el futuro de muchos de nosotros.

Aleix, el protagonista de la película, no sabe nada de esto, es un bisoño de la educación. Sabe que está de paso, sabe que sus alumnos lo olvidarán enseguida y que muchos ni siquiera recordarán su nombre cuando pasen al instituto. Pero es un educador, y eso se lleva en el genoma o en el oficio, llámenlo como quieran, vocación o profesionalidad. Sabe que no puede limitarse a dar su materia y largarse a las cinco a su casa a rumiar sus problemas, que son más importantes que los de sus niños. Sabe que tiene que implicarse, porque en el futuro uno de esos niños o niñas recordará que Aleix lo salvó del infierno, que Aleix lo animó a soñar, que Aleix lo escuchó, la abrazó... 

Uno para todos es solo un trozo de nuestras historias de educadores, un trozo de la pasajera historia de unos niños. Es una película que todos percibiremos como cercana, como una extensión de nuestro día a día, en sus luces y sus sombras, en sus alegrías y sus vergüenzas. Los actores son verosímiles, la Escuela también, las familias, los dramas... Un curso en hora y media, reiterado y diferente a la vez, año tras año, colegio a colegio. Aleix es cada uno de nosotros repetido, ampliado y renovado.

Somos cosas que pasan en la vida de nuestros alumnos. Somos recuerdos dormidos. Somos piezas de unas memorias en construcción que necesitan cimientos sólidos. Por eso somos tan importantes, porque los docentes lo mismo somos ladrillos caravista en el edificio que alzan nuestros jóvenes, que pilares que permanecen ocultos, pero que sustentan sus vidas sin que sean conscientes de ello. Para bien o para mal. Siempre mejor lo primero.

26 agosto 2020

La boda de Rosa: mujeres que pinchan y cortan

Tiene Italo Calvino, el gran fabulador de Las ciudades invisibles, tres novelas cortas, agrupadas bajo el nombre de Nuestros antepasados, que retratan bajo divertidas alegorías la condición humana. Hoy, cuando he visto en el cine La boda de Rosa, la última película de Icíar Bollaín, me he acordado de Calvino y del contenido simbólico de nuestras vidas, porque, en el fondo, casi todo el cine y casi toda la literatura acaba siendo un símbolo particular o general de esta existencia más o menos fructífera.

En El vizconde demediado, la primera de esas novelitas, encontramos a un noble al que un cañonazo ha partido en dos, quedando en cada mitad las virtudes y los defectos separados. Los personajes de la película de Bollaín tienen también esa dualidad marcada, tan terribles como tiernos en pensamiento o en obra, polarizados en su propia interioridad, lejos del mundo de buenos y malos al que nos tiene acostumbrados el cine comercial. No sabemos si el anuncio de la boda de Rosa es el cañonazo que nos los muestra desgajados, pero nos gustaría pensar que el sacramento quizá sirva de sutura para muchos de ellos.

Creo que muchos conocen la segunda de las novelas, la de El barón rampante, ese joven aristócrata que decide un día encaramarse a un árbol y no volver a pisar el suelo. Rosa es la baronesa rampante, la hidalga que, en un destello de lucidez, en un arrebato de voluntad, se alza sobre ese fango que la tiene atrapada para aferrarse al mechón de la Fortuna, que todos sabemos que pasa fugaz y hay que asir con presteza para no claudicar ante el funesto destino. Estará tentada en más de una ocasión para bajar de las copas de sus sueños, estará a punto de apoyarse en una rama muerta o quebradiza, pero la voluntad son las alas de la vida y poco se resiste a su poderoso vuelo.

La tercera novela, El caballero inexistente, es la más críptica, la más oscura, pues relata el deambular de una armadura vacía, sin caballero en su interior. ¿Es nuestra protagonista una carcasa vacía? ¿Se puede vivir sin alma, vivir en alma ajena? Suena poético, pero en la vida real muchos viven sin vivir en ellos, viven para otros, por otros. ¿Cuál es el límite de nuestra renuncia? ¿Hasta qué punto podemos entregar nuestras vidas a los demás sin perder la nuestra? Es, como digo, el mensaje más triste del filme, el que te deja rumiando en silencio cuando se apagan las luces.

Pero no os engañéis, La boda de Rosa es mucho más que todas esas alucinaciones que os he contado, más producto de mis propias lecturas que de la intención de sus creadores. Es un canto a la libertad, a la locura, al libre albedrío. Es una lección de amor en todas sus vertientes: fraterno, filial, amistad... Es una reivindicación de la herencia, de la transmisión de emociones de madres a hijas, una reivindicación también de la nostalgia de una infancia en la que creemos que el futuro se puede coser igual que una tela. Pero, sobre todo, es una película de mujeres, de mujeres en positivo, mujeres que agarran el mundo por las solapas y lo sacuden hasta colocarlo en su sitio. Mujeres que tejen, mujeres que pinchan y cortan, como debería ser. No os la perdáis.

En Twitter hay una etiqueta de #CoserRelatos para compartir historias relacionadas con la película. Aquí podéis leer la mía

07 agosto 2020

Sesquidécada: agosto 2005

Agosto es un mes propicio para lecturas variadas, que lo mismo te dejan registro de bests sellers como El código da Vinci que novelas juveniles como Los hijos del Trueno, de Fernando Lalana y J.M. Almárcegui. Pero esta sesquidécada rinde homenaje a otros títulos con más empaque, también muy variados como comprobaréis.

El primero es un clásico de la educación, casi de obligada lectura para cualquier docente de lengua: Gramática de la fantasía, de Gianni Rodari. Al margen de que se obtienen de su lectura infinidad de ideas y propuestas para el aula, el texto de Rodari es una invitación a observar el mundo con otra mirada, a pensar en la lectura y la literatura como en la materia prima de la imaginación, de los sueños, de la creatividad... La gramática de la fantasía aborda el arte de contar historias pero también abre la puerta a plantear un modo diferente de enseñar a leer y escribir. Solo por eso merece la pena acercarse a Rodari.

Muy relacionada con la lectura y los libros está también la novela Auto de fe, de Elias Canetti, un autor que considero imprescindible para entender el siglo XX. Es una obra intensa, intelectual, simbólica y un tanto quijotesca. La obsesión por los libros de su protagonista lo convierte en un títere de los acontecimientos en una trama que recuerda bastante a las pesadillas de Kafka. Un libro para leer con reposo y buen ánimo.

Por último, una obra de un género menor del Renacimiento, las misceláneas: Floresta española, de Melchor de Santa Cruz. Si hubiese un Twitter en aquella época, la floresta sería lo más parecido a ello: chistes, cotilleos, cuentecillos, crítica, sentencias, burlas, aforismos, sátira... totum revolutum. Os dejo unos pocos ejemplos para vuestro solaz:

Cuando un cirujano a un pobre hombre, que le habían dado una pedrada en un ojo, que se le echó fuera, preguntó al cirujano: señor, ¿perderé el ojo? Respondió: no, que yo le tengo en la mano.

Ofreciéndosele a uno un viaje, aconsejábanle que fuese por la mar, que iría más presto y a menos costa. Respondió: no quiero ir en bestia que se gobierna por el rabo y no se puede el hombre apear de ella cuando quiere.

El mismo decía que era bueno hablar de la guerra y no ir a ella, y hablar de la mar y en ella no entrar, y hablar de la caza y tomalla en la plaza.

Diciendo un gentilhombre a una señora cuando se despedía de ella: beso pies y manos de vuestra merced. Le respondió: Señor, no se olvide otra estación que está en medio.

Leía siempre y fue reprehendido de algunos caballeros. Respondió: converso con los libros, porque hallo en ellos mejor conversación que no en vosotros.

El duque Philipo de Borgoña decía: de los grandes señores no digáis bien, ni mal. Porque si decís bien, mentiréis; y si mal, poneisos a peligro.



22 julio 2020

La versión de Eric: cuando lo normal es la excepción

Las películas de Almodóvar pueden resultar exageradas, rocambolescas en ocasiones, pero más de uno se reconoce en ellas. Lo mismo pasa con el cine de Berlanga, tan desmesurado como la vida misma. No existe eso que la gente llama normalidad y, como decía Tolstoi, todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera. En las novelas de Nando López todo es tremendamente normal en su excepcionalidad. Esas situaciones que pueden parecer azarosamente anómalas se acaban convirtiendo en momentos ordinarios de lo cotidiano. Esa es para mí la mayor virtud de sus obras, junto con el impecable manejo de los diálogos. 
La versión de Eric, su última novela, sigue en esa línea de presentar al lector una realidad tan habitual como invisible, la realidad de unos personajes que se buscan a sí mismos dentro y fuera de sus cuerpos, la realidad de unos pensamientos que afloran en diálogos intensos y verosímiles, la triste realidad de una sociedad que trata las diferencias como trastornos, en lugar de considerarlas una riqueza. Para mayor gozo del lector, la estructura narrativa permite mantener el suspense hasta prácticamente las últimas cinco páginas de la novela, un logro que no resulta fácil sin recurrir a efectismos o lugares comunes.
No entiendo muy bien por qué hay novelas que se encasillan en la literatura juvenil y acaban siendo etiquetadas como lecturas para jóvenes. La versión de Eric, a pesar de haber ganado un premio de literatura juvenil, es mucho más que una novela juvenil. Es cierto que la trama implica a adolescentes y se articula sobre un suceso que se ha de resolver, pero la profundidad de los temas y la técnica empleada la acercan más a la novela negra que a la novela juvenil. Ya ocurrió lo mismo con otras obras del mismo autor, La edad de la iraNadie nos oye, ambas novelas difíciles de encasillar. En cualquier caso, hay que leer La versión de Eric sin esa presión de la etiqueta, para poder disfrutarla como una buena novela, simple y llanamente. 
En cuanto a Nando López, quienes lo seguimos de cerca sabemos que está convirtiéndose en un referente de nuestra época, como también lo han sido Berlanga o Almodóvar, un referente literario, pero también una figura clave en la reivindicación de la diversidad, esa diversidad que nos hace más ricos y más humanos.