11 julio 2020

Amor intempestivo, vidas en desazón

Y pues Vuestra Merced escribe se le escriba y relate el caso muy por extenso, parecióme no tomarle por el medio, sino del principio, porque se tenga entera noticia de mi persona, y también porque consideren los que heredaron nobles estados cuán poco se les debe, pues Fortuna fue con ellos parcial, y cuánto más hicieron los que, siéndoles contraria, con fuerza y maña remando, salieron a buen puerto.

La última novela de Rafael Reig bien podría llevar algo parecido al prólogo del Lazarillo de Tormes. No es una novela-epístola, aunque sí autobiográfica, protagonizada por un pícaro que quizá no sabe que lo es, y explica el caso, casus, la caída, el azar de su protagonista hasta llegar a la atalaya desde la que se dirige al lector.
Me confieso admirador de ese Rafael Reig del Manual de literatura para caníbales y del articulista incisivo en las columnas de diferentes medios. Sus novelas tienen ese tono de humor inteligente que las convierte en objetos de lujo para minorías, objetos que sin ser brillantes son elegantes. Por eso no es un escritor de masas, por eso tendrá que seguir esperando para escribir su obra maestra.
En Amor intempestivo Rafael Reig cuenta por extenso su caso, haciendo de la novela un diario, o viceversa. Sin embargo, no sería una novela si la narración se redujese a unas memorias. Hay ficción, más de la que los lectores pensamos (creo), y hay un estilo particular en el que recuperamos al mejor Reig. La trama se enrosca sobre sí misma para volver una y otra vez a los elementos fundamentales que configuran la narración: el amor en todas sus dimensiones (amor filial, amor sexo, amor amistad) y la búsqueda de una identidad perdida. Vamos, la base de casi cualquier novela. Pero la novela es también el retrato de una generación literaria intempestiva, fuera de tiempo y sazón, como afirma el autor. Una generación que parece haber nacido tarde para convertirse en referente, como Muñoz Molina, Millás, etc. y demasiado pronto para ejercer de modelo en unos tiempos en los que apenas se lee. ¿Cuál es el papel del novelista perdido en ese interludio? Encontrar su voz, elegir su obra, ajustar cuentas con su pasado: "Si no tienes cuentas pendientes con el mundo, no te pones a escribir novelas". Rafael Reig traza en esta novela un mapa de sus elecciones, de todo ese abanico de vidas posibles que le han ido saliendo al paso. He leído la novela imaginándolo atado al mástil de su obra rechazando una y otra vez los seductores abrazos de las sirenas que pasan por su vida, unas sirenas demasiado humanas, demasiado carnales. En ese destino trágico se halla también el caso, que no mencionaré aquí por no desvelar el núcleo argumental que para mí tiene la novela, un núcleo que también se relaciona directamente con el amor, con la creación, con la vida.
Amor intempestivo es una novela para amantes de la literatura, para filólogos, para desubicados, para escritores que siguen esperando su musa, sin saber que la han echado de su cama cientos de veces. Igual que el lector del Lazarillo se queda con esa amarga sensación de haber padecido mucho sufrimiento para acabar de cornudo y apaleado, el lector de Reig también experimenta la desazón de ese narrador que parece claudicar ante la adversidad. Sin embargo, nada mejor que retroceder para coger carrerilla. ¿Quién iba a pensar que aquel pregonero de vinos se convertiría en un personaje inmortal? ¿Quién pone en duda que Reig sea capaz de escribir una obra maestra? Ojalá. 

28 junio 2020

1617: suceso en el convento. Historias de sexo y género

Relación verdadera de una carta que envió el padre prior de la orden de Santo Domingo de la ciudad de Úbeda al abad mayor de San Salvador de la ciudad de Granada, de un caso digno de ser avisado, cómo estuvo doce años una monja profesa, la cual había metido su padre por ser cerrada y no ser para casada, y un día haciendo un ejercicio de fuerza se le rompió una tela por donde le salió la naturaleza de hombre como los demás, y lo que se hizo para sacarla del convento, ahora sucedido en este año de mil y seiscientos y diez y siete.

Impreso con licencia del señor Conde de Salvatierra, asistente de Sevilla, por Francisco de Lyra, en la Calle de las Armas, en el Callejón de los Ingleses. 


Las cosas notables de admiración (dijo un sabio) no se deben tratar entre los que solo las juzgan por la limitada capacidad de su entendimiento; pero aunque esto es así, no faltarán muchos que se acomoden a creer los milagros de naturaleza. El de que se da cuenta en esta carta tiene en su abono la calidad de la persona que lo que lo escribe, y la del señor Provisor de Granada, a quien, para dar licencia, le debió contar el caso. La carta es esta:

Sabrá vuestra merced que en el Convento de La Coronada de esta ciudad de Úbeda había doce años que recibieron una monja natural de Sabiote, junto a esta dicha ciudad de Úbeda, llamada doña María Muñoz; y por ser mujer varonil y que echaba mano a una espada y disparaba un arcabuz, y otras cosas que hacía de hombre, vinieron unos hombres de su lugar, siendo novicia, y dijeron a las monjas que cómo habían recibido un hombre en su convento (no porque lo fuese) sino por las condiciones dichas. Con esto, las monjas, como han menester poco como mujeres para inquietarse, se alborotaron de manera que la priora hizo examinar el dicho de los hombres y ver si era hombre o mujer; y halló ser mujer.
Esta monja está profesa y por el discurso de doce años en muchas ocasiones vieron las monjas no ser hombre, porque unas veces cogiéndola dormida, otras por vía de trisca, la descubrían para satisfacerse, porque las fuerzas y ánimo y las propiedades y condiciones eran de varón. 
Ahora, víspera de San Francisco este año de 1617, la dicha monja me escribió un billete pidiéndome le oyese una palabra, que le importaba su salvación. Fui al convento y, estando solos en un locutorio, me dijo cómo era hombre y me contó lo siguiente. Que ocho o nueve días antes habían traído al convento una partida de cien fanegas de trigo; lo había medido y traspasado todo en una tarde, del cual ejercicio sintió una gran dolor entre los dos ingles y que se le había hinchado y, entendiendo se había quebrado con la fuerza, se afligió mucho y no se atrevió a decirlo: lo uno porque no la viese médico, lo otro porque no la tuviesen por quebrada; y que al cabo de tres días se había resuelto la hinchazón, y le había salido naturaleza de hombre.
Y entonces le obligué a que me certificase de la verdad. Y descubriéndose, vi ser tan hombre como el que más y, por no alborotar el convento, instruila en que dijese que había profesado forzada y amenazada de su padre, y que había enviado a Roma por un Buleto para ser oída en orden de que no era monja.

Con esto, llamé a la priora y le hice que la encerrase en una celda y que, para darle de comer, entrasen seis monjas juntas, las más ancianas y religiosas, porque aquesta monja quería poner pleito de su profesión, y no quería que comunicase con nadie hasta dar aviso al Padre Provincial. Ella fingió muy bien el caso y yo luego envié a llamar el padre prior de Baeza, para que juntos lo examinásemos. Y el día de San Francisco entramos en el convento de las monjas los dos y, en achaque de tomarle su dicho a solas en la celda donde estaba encerrada, lo vimos con los ojos y palpamos con las manos, y hallamos ser hombre perfecto en la naturaleza de hombre, y que no tenía de mujer sino un agujerillo como un piñón más arriba del lugar donde dicen que las mujeres tienen su sexo, a pie del que le había salido de hombre. Díjonos cómo, por ser mujer cerrada y que no tenía más de aquel pequeño agujero, se había me había metido a monja, y ni tenía su padre otro hijo mi hija. De donde coligimos que aquel agujero era la raíz de la misma vía de hombre por naturaleza para despedir la orina a falta del miembro principal que se le quedó por falta de virtud expulsiva en lo interior. Confesó que jamás le había venido su mes y, porque las monjas no le llamasen marimacho, que cuando se disciplinaba hacía ostentación de la sangre en las camisas, diciendo estaba con su regla. Miramos los pechos y, con ser de 34 años, no los tenía más que una tabla. En seis o siete días qué le había salido el sexo de hombre, le comenzaba a negrejear el bozo y se le mudó la voz muy gruesa.
Visto esto, yo luego envié a llamar a su padre, el cual vino luego, por estar Sabiote una legua desta ciudad. Contele el caso y pensó morir de espanto. Al fin, aquella noche, una hora después de la oración, fui al sobredicho convento con su padre y le pusimos una saya de color y un manto, y se la entregué, y, salida del convento, declaré el caso a las monjas.

El padre está muy contento, porque es un hombre rico y no tenía heredero, y ahora se halla con un hijo muy hombre y que se puede casar. Ella también va contenta, porque, después de doce años de cárcel, sabe muy bien la libertad, y se halla de mujer, varón, que, en las cosas y bienes temporales, ninguna merced mayor le pudo hacer naturaleza.
El caso es extraño y que se puede escribir al mismo rey, como entiendo se le han escrito.
De Octubre de 1617 años.

Fray Agustín de Torres. 

Esta relación fue impresa en la ciudad de Granada, con licencia del señor Provisor don Francisco Ledesma y, por su original, en Sevilla, con licencia, por Francisco de Lyra.



Créditos: Reproducción del facsímil original extraído de: Noticias del siglo XVII: relaciones españolas de sucesos naturales y sobrenaturales, Henry Ettinghausen, Puvill Libros, 1995

26 junio 2020

Sesquidécada: junio 2005

La lectura en dispositivos digitales cambia notablemente el recuerdo que dejan ciertos libros. Creo que hay estudios sobre ello y puedo constatar, por mi propia experiencia, que los ebooks dejan un poso más efímero que los libros en papel, al menos si comparamos lecturas de una calidad similar.

En la lista que he consultado para esta sesquidécada encuentro, por ejemplo, dos lecturas que me cuesta recordar: La velocidad de la luz, de Javier Cercas, y La misteriosa llama de la Reina Loana, de Umberto Eco. De la primera recuerdo vagamente una trama universitaria, con un profesor visitante en Estados Unidos, que me lleva a otras novelas similares de David Lodge, Antonio Muñoz Molina o Luis Landero. De la novela de Eco solo me acuerdo de que hacía referencias al mundo de los cómics y la literatura popular. Estoy convencido de que si las hubiese leído en formato impreso recordaría más detalles.

En ese sentido, la tercera lectura de esta sesquidécada es buena muestra de ello: Charlie y la fábrica de chocolate, de Roald Dahl. No veo necesidad de reseñar este clásico de la literatura juvenil, del que se hizo incluso una interesante versión cinematográfica a cargo de Tim Burton. Sus personajes configuran ya una especie de arquetipos literarios y, como todo buen clásico, su relectura siempre es fructífera. Personalmente, recuerdo las ilustraciones, el tacto y el olor de aquel libro, lo que lo hace bastante más memorable que el de Umberto Eco, a pesar de tener diez veces menos páginas.

20 junio 2020

No future

Banksy
No hay futuro. Era el lema punk, pero podría convertirse en el lema de la Educación en este país. No hay futuro porque ninguna administración ha planificado una Escuela pública de calidad y no segregadora con la mirada puesta más allá de los 4 años de una legislatura. Hay que decirlo claro: ninguna administración lo hace porque sabemos que nuestros políticos se inspiran en el sudario de Penélope, y destejen en cuatro años lo que otros tejieron en años anteriores. La ciudad en la que vivo, como otras tantas ciudades, apenas tiene espacios para niños y jóvenes. Los barrios crecen y faltan plazas escolares. Colegios e institutos suelen estar al completo. El último instituto que se terminó de construir en Castellón fue en 2010, sobre una planificación de diez años antes. Es el único para toda la zona oeste. 600 plazas ocupadas por 700 adolescentes. Leer hoy la queja que publiqué en el blog hace 14 años resulta tremendamente agorera y desesperanzadora. Puede que una persona ajena a la educación no sepa que eso va a ocurrir, pero hemos tenido cargos que cobran por planificar durante esos 20 años. ¿Qué planificaron? Nada ¿Qué reserva de terrenos hicieron? Ninguna. Tal vez sí que planificaron algo: la carencia de plazas escolares públicas, que seguro que beneficia a alguien, lo hemos vivido en nuestra comunidad, lo siguen viviendo en otras y lo empiezan a comprobar en algunas. Pero no voy a entrar en ese tema.

Ahora ha llegado una pandemia y descubrimos (oh, qué sorpresa) que no hay donde meter a los escolares. No pasa nada. Ya ven que se puede actuar con normalidad abriendo las aulas sin despeinarse. Si después de dejar morir a los ancianos ningún cargo político va a ser responsable ¿creéis que alguien lo será si hay contagios en los centros educativos? En septiembre, habrá comunidades que abrirán igual que cualquier otro año. El resto de comunidades harán lo mismo, porque ¿cómo se van a oponer a la conciliación y al derecho a la educación? Claro que hay que abrir, pero con un plan que garantice una convivencia segura. Para ello hubiese hecho falta la planificación que no hubo, y no podemos volver atrás en el tiempo. Así que ahora se necesita un plan de vuelta segura, un plan que permita que los menores no estén hacinados en los centros. Porque si se meten 700 niños donde solo cabían 600, pasará una desgracia. Es más, os voy a decir quiénes serán los responsables cuando ocurra una desgracia. Los más tontos y los más débiles. Hay una estrategia para ello, que ya lleva tiempo funcionando. Todos conocéis las leyes educativas y toda la regulación de un centro. Normas e instrucciones imposibles de cumplir, entre otras cosas, porque a veces son incluso contradictorias. Mientras todo va bien, las instrucciones se firman y no pasa nada. Si hay una reclamación, se resuelve y adelante. Pero ahora puede haber responsabilidad penal. Las autoridades obligarán a firmar planes de contingencia en los que los centros aceptamos que todo está en orden para garantizar la seguridad. En algún punto señalaremos que no hay espacio suficiente. Nos dirán que lo anotemos en las observaciones o que enviemos un informe a algún despacho, pero el plan se firmará. Todos sabremos las normas y nos comprometeremos a cumplirlas y hacerlas cumplir.

Pero tal vez llegue septiembre y no haya nueva normalidad, y la normalidad sea volver a lo de siempre. Empezarán los problemas: hacinamiento, grupos agolpados en los pasillos, en el patio, en la cantina. Profesores persiguiendo niños sin mascarilla o poniendo partes porque uno le tose al otro en la cara. Relajación de las medidas ante el descontrol diario. Un día, a las 12, un niño se encontrará mal, tendrá fiebre y lo aislaremos. Al día siguiente, después de un agitado tráfico de wasaps en el grupo de padres/madres, vendrán solo la mitad de los alumnos. Si se confirma el positivo, nos pondremos en cuarentena. Si hay algún caso grave o un fallecimiento, alguien tal vez denuncie al centro porque un día, en el patio estaban todos apelotonados (habrá fotos). Basta una denuncia y un imagen de un grupo de niños sin mantener distancia para que el juez pida el plan de contingencia. Firmado por el director o directora. La imagen del director/a en todos los periódicos.

Si la Conselleria es del bando X, los medios afines al bando Y intentarán echar leña al fuego acusando al político que permitió la vuelta sin garantías. Los medios del bando X esquivarán esa responsabilidad derivándola al director del centro por no hacer cumplir las normas. En algún medio marginal aparecerá que el equipo directivo ya avisó en un correo al despacho tal de los problemas detectados. Nadie hará caso de esto. Probablemente, no haya nadie tampoco en ese despacho. Se armará mucho ruido y al final todo prescribirá o se difuminará, porque en política las cosas funcionan así. Pero para los que están en el centro, nada se borrará, porque no somos iniciales en un periódico, sino personas reales que damos la cara a diario ante las familias, que cogemos el teléfono y respondemos a los correos, que reímos y lloramos cuando toca, no cuando hay un fotógrafo delante. 

Llevo semanas pensando si debía publicar una reflexión tan pesimista. Siempre trato de mirar con optimismo hacia el futuro y aprovechar las oportunidades de mejora que salen al paso. Seguro que hay cambios para mejor en todo esto, aspectos organizativos, académicos y humanos que nos tendremos que replantear después del confinamiento. Saldrá mucho bueno de todo ello. Sin embargo, también creo que esta crisis sacará lo peor de muchos, la inquina y la negligencia de unos pocos se amplificará y contaminará el ámbito de la Educación que ya está en el punto de mira de políticos y empresarios sin más intereses que los económicos. Ojalá no nos dejen en manos de ellos. Ojalá la Escuela quede al margen de la disputa política y empresarial, como debería estarlo la Sanidad... ¡oh, cielos!

Crédito de la imagen: Banksy

26 mayo 2020

10+4

Hoy cumple 14 años el blog. No parece un número muy significativo, pero coincide con que hace cuatro años que anuncié mi entrada en el equipo directivo del IES Bovalar, en una nota que celebraba los diez años del blog, así que en realidad celebro un 10+4. Todo es circular, ya lo sabéis, sobre todo si sois aficionados a la Edad Media y sus símbolos. Todo acaba llevándonos al lugar de donde vinimos, como esta pandemia que parece que nos ha devuelto a los emocionantes tiempos en los que nació el blog. En estos días releo muchos artículos de entonces y veo que casi hemos regresado a la línea de salida, que seguimos anclados en los mismos errores, lastrados por los mismos prejuicios y por la misma falta de previsión (y de presupuesto educativo).

Por otro lado, hace cuatro años me embarqué en una aventura que he tratado de gestionar de la mejor manera posible, con la inestimable ayuda de mi equipo y del resto del claustro y familias. No es modestia, es realidad. Quien piense que puede dirigir un centro como un monarca está muy equivocado: hace falta lidiar con los intereses de muchos colectivos, intereses que no siempre son compatibles. Incluso, tiene su gracia, las cosas llegan a destiempo: siempre reclamando más autonomía para la gestión de los centros y nos la dan justo cuando tenemos que lidiar con una situación que desborda nuestra capacidad. Aun así, poco antes de esta crisis sanitaria, tuve la inmensa alegría de ser reelegido por mayoría en la renovación al cargo. Otros cuatro años que no han empezado con buen pie, aunque al menos no es culpa mía.

Pero hoy es el cumpleaños del blog, un blog que ha ido madurando, mutando hacia un diario sereno que se mantiene bastante lejos del ruido de las redes. Por eso hay tan poca reflexión educativa en los últimos tiempos, porque la vorágine de Twitter agota las energías y no queda tiempo para venir aquí con la reflexión serena. Sigo publicando, en la medida de lo posible, las memorias del trimestre, los desvelos de la dirección y las sesquidécadas, además de algún artículo o reseña suelto. Lejos queda aquella actividad febril de otros tiempos. No tengo ya tantas horas de aula como para buscar actividades o proyectos propios, y me dejo llevar por colegas que llegan con energía, como Anna Navarro, con quien comparto codocencia en 1º de ESO. 

Hoy miro alrededor y quedan pocos de aquellos que compartíamos inquietudes en lo que llamábamos blogosfera educativa. Apenas se leen blogs y algunos de los grandes van cayendo poco a poco. Tal vez ahora sí que haya llegado la siempre anunciada muerte de los blogs. No sé si este blog seguirá cumpliendo años, espero que sí. No será aquel blog bisoño de sus inicios ni tampoco el blog gamberro de la efervescencia 2.0. Pero tampoco yo soy el que era. Tempus fugit.

Crédito de la imagen: "Fourteen - The Number Set

10 mayo 2020

Sesquidécada: mayo 2005

Veo que en mayo de 2005 andaba bastante centrado en la literatura de principios del siglo XX. Siempre he manifestado mi admiración por la literatura española del primer tercio del siglo pasado. Creo que es uno de los periodos más apasionantes de la historia literaria de nuestra lengua, junto con el tránsito del siglo XVI al XVII. La reflexión del 98, el modernismo, los relatos sociales, el novecentismo, las novelitas eróticas, las vanguardias, la Generación del 27... Por suerte, además de numerosos testimonios de cronistas de la época (críticos, periodistas, historiadores), tenemos también novelas actuales que recrean con mayor o menor acierto aquella época. Recuerdo, por ejemplo, La calle de Valverde, de Max Aub, Las máscaras del héroe, de Juan Manuel de Prada (por cierto, también en aquel mayo de 2005 leí Coños, el intento de este autor por parecerse a Gómez de la Serna, un intento que, a mi juicio, no resultó acertado), o la novela que rescato en esta sesquidécada: Fabulosas narraciones por historias, de Antonio Orejudo.

La novela recrea las peripecias de tres jóvenes en el Madrid de los años 20. Alojados en la Residencia de Estudiantes y vinculados azarosamente a grandes figuras intelectuales de la época, estos jóvenes van tejiendo una trama de ficción con divertidos retazos de coincidencias históricas. Antonio Orejudo, que es un excelente prosista, construye con mimbres absurdos y surrealistas un relato verosímil que seduce a los aficionados a la literatura y, especialmente, a los que andamos enamorados de esa época. No es una novela perfecta, pero sí que entretiene con un humor fino a quienes buscan algo más que las novelas históricas al uso. Además, el reciente estreno fílmico de Ventajas de viajar en tren, basado en la obra homónima de este mismo autor, nos da la coartada perfecta para releer a Orejudo. 

26 abril 2020

Sesquidécada: abril 2005

Tenía ganas de llegar a este mes de recuerdos lectores, que me permite reseñar en esta sesquidécada tres lecturas muy diferentes en sus géneros y en sus épocas.
La primera es El Buscón de Quevedo, una novela que apenas necesita explicaciones. No sé si esta sería mi tercera o cuarta relectura del clásico, una obra a la que vuelvo de vez en cuando solo por degustar la ironía, el ingenio y la amargura inconfundible de Quevedo. Estoy convencido de que Quevedo sería hoy un tuitero de los más ácidos e ingeniosos, creador incansable de memes y virales, aunque me parece que lo sería del lado oscuro: homófobo, clasista y misógino. Cabe también la posibilidad de que ocupase algún cargo político del establishment y se hubiese moderado: lo que ganaríamos en humanidad lo perderíamos en ingenio, sin duda. A pesar de todo ello, releer el Buscón supone recuperar alguna carcajada y descubrir que en algunas cosas hemos cambiado muy poco desde el Siglo de Oro.

Muy relacionada con la lectura, la literatura, el pensamiento y el mundo de los libros, conviene leer un ensayo de Fernando Báez: Historia universal de la destrucción de los libros: de las tablillas sumerias a la guerra de Irak. Como su nombre indica, es una obra que traza un recorrido por diversas purgas y desastres intencionados que buscaban la aniquilación del libre pensamiento y la imposición de una visión dogmática y ortodoxa del mundo. Resulta curioso comprobar que los nuevos bárbaros no necesitan quemar libros: les basta con sembrar la desinformación para anular el pensamiento crítico. Como se destaca en la cita de Heine de su portada: "Allí donde queman libros, acaban quemando hombres". 

Finalmente, recomiendo una novela ligera de Denis Guedj, La medida del mundo, en la que se adaptan literariamente las peripecias de Pierre Méchain, el astrónomo francés que contribuyó decisivamente a la definición del meridiano. Es una historia apasionante, llena de retos y dificultades, muchos de ellos acaecidos en la costa mediterránea española, por donde transcurre el Meridiano de Greenwich. Aquí en Castellón se encuentra la casa en la que falleció Méchain; en el Parque Ribalta hay un monumento que le sirve de homenaje, un monumento que nos recuerda que detrás de las grandes empresas suele hallarse la persistente paciencia y coraje de pequeñas personas.


18 abril 2020

Separados al nacer

Acompáñenme en la insólita historia de los gemelos Adrián y Kevin, separados al nacer, tan iguales, con capacidades similares y con destinos tan dispares. Una historia de esfuerzo y superación para unos y de abandono y castigo para otros. Una historia sin moralejas, una historia que pudo ser cierta o fingida, según la realidad que cada uno de ustedes viva: a unos les parecerá exageración a otros se les antojará mentira, y más de uno la dará por ejemplar. La cuento como me la contaron. 
Adrián fue adoptado por una familia normal, de esas que tienen su casa, su coche y su apartamento en la playa, una madre funcionaria y un padre encargado de supermercado. Kevin también fue adoptado por otra familia normal, de esas que solo tienen un piso antiguo, vaga herencia familiar disputada a costa de no hablarse con hermanos y primos, con una madre empleada de hostelería, separada de un padre transportista.
A lo largo de la Primaria, Adrián y Kevin estudian en colegios públicos de sus respectivos barrios. Adrián tiene buenos amigos en su zona, un área residencial con parques y vecinos que te invitan a cumpleaños en los que ni siquiera sabes qué te ha regalado quién. Kevin también va al cole público de su barrio, pero es un colegio particular, donde la amistad se forja con cierta precariedad, compañeros que vienen y van, gente de paso en una zona periférica de la ciudad, con descampados y naves industriales. Sus cumpleaños son de calle y de todo a cien, aunque en sexto, qué risa, alguien trajo cervezas y tabaco para divertirse un rato.
En el instituto, Adrián empezó a tener problemas con algunas asignaturas que se le atravesaban. Su madre pedía citas con los profesores y mantuvo el contacto con la tutora para que Adrián no se quedase atrás. Le pusieron un profe particular para el inglés y lo apuntaron a una academia, porque los deberes le costaban horas y luego los tenía mal. Aunque llevó a rastras las matemáticas, el inglés y la música, al final de curso, la tutora y el resto del equipo tuvieron muy en cuenta la preocupación de sus padres (que no faltaron a ninguna reunión y llamaron por teléfono casi todos los meses para ver cómo iba todo), y pensaron que no era bueno que repitiese por tres asignaturas, así que un cuatro se convirtió en un cinco y Adrián promocionó.
A Kevin le pasó algo parecido, con las mismas asignaturas. La tutora llamó a su madre, pero los horarios de la hostelería son complicados y solo podían hablar por teléfono de vez en cuando. Kevin tampoco sabía hacer los deberes. Como había semanas que las pasaba con su padre, el transportista, se quedaba en casa solo y no adelantaba. Los amigos del cole tampoco eran de gran ayuda; algunos habían empezado a faltar a clase y se quedaban por los descampados. Su padre fue una vez al instituto y la lio con la de lengua porque llamó vago a su hijo, o eso entendió él. A pesar de que trataba de seguir las clases, sus despistes con las tareas y su vergüenza para preguntar lo que no entendía, le hicieron perder el ritmo. En la segunda evaluación ya no eran tres asignaturas suspendidas, sino cinco. Nadie en su casa se planteó pagar una academia ni un profesor particular. En la evaluación final, se consideró que Kevin debía repetir porque no se había esforzado bastante.
El resto de la escolarización obligatoria de Adrián fue bastante anodino: nunca destacó especialmente en ninguna asignatura y solo una vez le pusieron un parte por burlarse de un compañero (le quitaron la Play en casa durante un mes, pero iba a hacer los deberes a casa de Álex y allí podía jugar). Hacía siempre los deberes, en eso su familia era inflexible: si sus padres no sabían algo, le pedían ayuda a algún conocido y siempre salían adelante. Los exámenes los pasaba siempre con un cuatro o un cinco, al que sumaba la actitud y el cuaderno completo. Tituló en la ESO y se matriculó en un Bachiller que sacó en tres años. Para entonces, sus padres habían ahorrado lo suficiente para pagarle una universidad privada si fallaba la nota de corte. 
Kevin no tuvo tanta fortuna. Repitió 1º de ESO y se desanimó. Como iba a pasar igual a segundo, ese año se dedicó a las relaciones sociales con sus colegas y con las chicas. En 2º de ESO, como cabía esperar, le fue igual de mal. Un día se peleó con un amigo, en plan broma, y lo echaron un mes. En casa le quitaron el móvil, pero su padre, a escondidas le consiguió otro. La tutora de 2º hizo todo lo posible por derivarlo a un programa de refuerzo, pero no todo el equipo docente estaba de acuerdo: Kevin no se esforzaba y su actitud era negativa; tampoco la familia estaba por la labor, ya que no creían que Kevin tuviese ningún problema en la cabeza. Así que Kevin volvió a repetir 2º de ESO y se largó con 16 años del instituto, sin títulos y sin esperanzas.
Adrián y Kevin eran muy parecidos al nacer, pero Kevin no se esforzó y Adrián sí. Por eso, veinte años después de su agónico título de la ESO, Adrián es hoy un abogado liberal, indignado con que pasen de curso quienes no lo merecen, ya que él se esfuerza por que su hija Patricia entregue correctamente todas las tareas que le mandan. 
Kevin por su parte no sabe muy bien si sus hijos pasarán o no de curso; a veces le cuesta recordar qué curso están haciendo. Le preocupa sobre todo saber si la economía precaria en la que se mueve le permitirá darles de comer a todos. Y sí, a menudo, piensa que toda la culpa es suya por no haberse esforzado lo suficiente.

Crédito de la imagen: 'Twins'