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28 junio 2020

1617: suceso en el convento. Historias de sexo y género

Relación verdadera de una carta que envió el padre prior de la orden de Santo Domingo de la ciudad de Úbeda al abad mayor de San Salvador de la ciudad de Granada, de un caso digno de ser avisado, cómo estuvo doce años una monja profesa, la cual había metido su padre por ser cerrada y no ser para casada, y un día haciendo un ejercicio de fuerza se le rompió una tela por donde le salió la naturaleza de hombre como los demás, y lo que se hizo para sacarla del convento, ahora sucedido en este año de mil y seiscientos y diez y siete.

Impreso con licencia del señor Conde de Salvatierra, asistente de Sevilla, por Francisco de Lyra, en la Calle de las Armas, en el Callejón de los Ingleses. 


Las cosas notables de admiración (dijo un sabio) no se deben tratar entre los que solo las juzgan por la limitada capacidad de su entendimiento; pero aunque esto es así, no faltarán muchos que se acomoden a creer los milagros de naturaleza. El de que se da cuenta en esta carta tiene en su abono la calidad de la persona que lo que lo escribe, y la del señor Provisor de Granada, a quien, para dar licencia, le debió contar el caso. La carta es esta:

Sabrá vuestra merced que en el Convento de La Coronada de esta ciudad de Úbeda había doce años que recibieron una monja natural de Sabiote, junto a esta dicha ciudad de Úbeda, llamada doña María Muñoz; y por ser mujer varonil y que echaba mano a una espada y disparaba un arcabuz, y otras cosas que hacía de hombre, vinieron unos hombres de su lugar, siendo novicia, y dijeron a las monjas que cómo habían recibido un hombre en su convento (no porque lo fuese) sino por las condiciones dichas. Con esto, las monjas, como han menester poco como mujeres para inquietarse, se alborotaron de manera que la priora hizo examinar el dicho de los hombres y ver si era hombre o mujer; y halló ser mujer.
Esta monja está profesa y por el discurso de doce años en muchas ocasiones vieron las monjas no ser hombre, porque unas veces cogiéndola dormida, otras por vía de trisca, la descubrían para satisfacerse, porque las fuerzas y ánimo y las propiedades y condiciones eran de varón. 
Ahora, víspera de San Francisco este año de 1617, la dicha monja me escribió un billete pidiéndome le oyese una palabra, que le importaba su salvación. Fui al convento y, estando solos en un locutorio, me dijo cómo era hombre y me contó lo siguiente. Que ocho o nueve días antes habían traído al convento una partida de cien fanegas de trigo; lo había medido y traspasado todo en una tarde, del cual ejercicio sintió una gran dolor entre los dos ingles y que se le había hinchado y, entendiendo se había quebrado con la fuerza, se afligió mucho y no se atrevió a decirlo: lo uno porque no la viese médico, lo otro porque no la tuviesen por quebrada; y que al cabo de tres días se había resuelto la hinchazón, y le había salido naturaleza de hombre.
Y entonces le obligué a que me certificase de la verdad. Y descubriéndose, vi ser tan hombre como el que más y, por no alborotar el convento, instruila en que dijese que había profesado forzada y amenazada de su padre, y que había enviado a Roma por un Buleto para ser oída en orden de que no era monja.

Con esto, llamé a la priora y le hice que la encerrase en una celda y que, para darle de comer, entrasen seis monjas juntas, las más ancianas y religiosas, porque aquesta monja quería poner pleito de su profesión, y no quería que comunicase con nadie hasta dar aviso al Padre Provincial. Ella fingió muy bien el caso y yo luego envié a llamar el padre prior de Baeza, para que juntos lo examinásemos. Y el día de San Francisco entramos en el convento de las monjas los dos y, en achaque de tomarle su dicho a solas en la celda donde estaba encerrada, lo vimos con los ojos y palpamos con las manos, y hallamos ser hombre perfecto en la naturaleza de hombre, y que no tenía de mujer sino un agujerillo como un piñón más arriba del lugar donde dicen que las mujeres tienen su sexo, a pie del que le había salido de hombre. Díjonos cómo, por ser mujer cerrada y que no tenía más de aquel pequeño agujero, se había me había metido a monja, y ni tenía su padre otro hijo mi hija. De donde coligimos que aquel agujero era la raíz de la misma vía de hombre por naturaleza para despedir la orina a falta del miembro principal que se le quedó por falta de virtud expulsiva en lo interior. Confesó que jamás le había venido su mes y, porque las monjas no le llamasen marimacho, que cuando se disciplinaba hacía ostentación de la sangre en las camisas, diciendo estaba con su regla. Miramos los pechos y, con ser de 34 años, no los tenía más que una tabla. En seis o siete días qué le había salido el sexo de hombre, le comenzaba a negrejear el bozo y se le mudó la voz muy gruesa.
Visto esto, yo luego envié a llamar a su padre, el cual vino luego, por estar Sabiote una legua desta ciudad. Contele el caso y pensó morir de espanto. Al fin, aquella noche, una hora después de la oración, fui al sobredicho convento con su padre y le pusimos una saya de color y un manto, y se la entregué, y, salida del convento, declaré el caso a las monjas.

El padre está muy contento, porque es un hombre rico y no tenía heredero, y ahora se halla con un hijo muy hombre y que se puede casar. Ella también va contenta, porque, después de doce años de cárcel, sabe muy bien la libertad, y se halla de mujer, varón, que, en las cosas y bienes temporales, ninguna merced mayor le pudo hacer naturaleza.
El caso es extraño y que se puede escribir al mismo rey, como entiendo se le han escrito.
De Octubre de 1617 años.

Fray Agustín de Torres. 

Esta relación fue impresa en la ciudad de Granada, con licencia del señor Provisor don Francisco Ledesma y, por su original, en Sevilla, con licencia, por Francisco de Lyra.



Créditos: Reproducción del facsímil original extraído de: Noticias del siglo XVII: relaciones españolas de sucesos naturales y sobrenaturales, Henry Ettinghausen, Puvill Libros, 1995

19 noviembre 2016

Sesquidécada: noviembre 2001

De las mareas lectoras del lejano noviembre de 2001 voy a rescatar únicamente dos libros. Dejo para otra ocasión a Gabriel Miró, cuya prosa preciosista me reservo para un tiempo menos frenético y apresurado.

La primera de mis reseñas recupera una novela que no siempre ha sido suficientemente valorada. Se trata de Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift, uno de esos clásicos juveniles que no lo son, en la línea de El principito, Pinocho, Robinson Crusoe o Platero y yo. Como ocurre a menudo, estos libros acaban siendo catalogados como novelas juveniles, despojándolos de la potente carga literaria, filosófica, política y moral con que fueron escritos. No creo que necesitéis saber mucho de las aventuras de Gulliver, porque sus pormenores son bastante conocidos, pero, si no os habéis acercado al original, os estáis perdiendo una sátira política de primer orden, con una ironía que provoca más de una risa y con una llamada velada a la rebelión en más de una ocasión. En la novela aparece la corrupción política, la ambición humana, el sometimiento de los débiles al poder arbitrario... nada que ver con un cuento infantil. Desde luego, para mí fue todo un descubrimiento y una sorpresa. Con el panorama actual, seguro que merece la pena releerlo para que sus críticas cobren nuevo valor.


La segunda lectura es el Ensayo sobre la Literatura de Cordel, de Julio Caro Baroja. Es una obra de referencia para el estudio de lo que llamamos paraliteratura o subliteratura, esos textos que están en los márgenes de la literatura canónica y que, en alguna ocasión, han dado lugar a géneros propios como el folletín, la fotonovela o el cómic. Mi interés por los pliegos de cordel venía del estudio de las relaciones de sucesos de los siglos de oro, sobre las que ya había hecho algún trabajo. Me propuse encaminar mi tesis hacia ese ámbito, después de haber abandonado el intento inicial sobre la Academia de los Nocturnos. El propósito de aquella tesis era indagar en las conexiones entre la literatura fantástica y las relaciones de sucesos, más o menos históricos o legendarios, que acababan convirtiéndose en hechos milagrosos o extraordinarios. En esta línea, la obra de Caro Baroja, desde el ámbito de la etnología, resultaba fundamental y creo que aún hoy sigue siéndolo. Incluso para un lector no especialista, este ensayo es muy entretenido y ameno, con numerosos ejemplos de una literatura que ha pasado a la historia sin pena ni gloria, precisamente por su carácter efímero y popular. Mi acercamiento a los pliegos de cordel iría dando interesantes resultados a lo largo de un tiempo, y este campo nutriría mi cantera de lecturas hasta hoy día. La tesis quedó aparcada, pero de aquellas lecturas siempre guardaré un buen recuerdo que espero seguir compartiendo en próximas sesquidécadas.


12 abril 2013

Sesquidécada: abril 1998

Esta sesquidécada iba dedicada en un principio a Calderón, un clásico del blog, y a su drama El mágico prodigioso, una obra sobre la que diserté en aquel abril de 1998 dentro del curso "La posibilidad de una tragedia española en el Barroco", dirigido por Evangelina Rodríguez Cuadros. Sin embargo, descubrí entre mis lecturas el Manual de crítica textual de Alberto Blecua y recordé, de repente, las motivaciones que me habían llevado a leerlo. Entonces se me hizo la luz, porque aquellas circunstancias constituyen quizá un elemento germinal de lo que soy y de las derivas que me llevaron hasta aquí.
Quienes conocen la carrera de Filología saben que las salidas profesionales se reducen básicamente a la docencia y a la edición de textos. Paradójicamente, la carrera estaba planteada sobre todo hacia la erudición, pues había poca formación pedagógica y mucha menos sobre la edición crítica de textos. De hecho, al margen de las ilustraciones de los libros de texto, pocos hemos podido ver de cerca textos antiguos, manuscritos, códices o borradores originales de escritores modernos, ni siquiera en versiones facsimilares.

Así que, para suplir esa carencia, en abril de 1998 estaba también inmerso en un curso de doctorado sobre la "Edición de textos en formato electrónico", que impartía José Luis Canet. Hay que recordar que en 1998 el correo electrónico era una tecnología emergente y los textos digitales una rareza. Por ejemplo, la Biblioteca Miguel de Cervantes estaba a la sazón empezando su andadura y reclutando becarios para digitalizar materiales. José Luis Canet había sido el responsable de la Biblioteca de la Universitat de València y había comenzado la tarea de digitalizar los ficheros. Debió de comprender entonces la necesidad de digitalizar también los textos de difícil acceso, por lo que nos ofreció a sus estudiantes la posibilidad de convertir el curso de doctorado en una práctica de edición y digitalización. Vuelvo a recordar que hablamos de 1998, con el dominio del navegador Explorer y la alternativa de Netscape, una época en la que más allá del editor de FrontPage de Microsoft, el código HTML había que trabajarlo artesanalmente, incluso utilizando ASCII para los acentos, las ñ o las cedillas.

En mi caso, escogí dos relaciones de sucesos, impresas en un pliego suelto de 1588, sobre las que tuve que trabajar en la edición y en la interpretación. Había que diseñar también la presentación digital, que se hacía con frames (no existía ni flash, ni CSS, ni nada parecido). Había que comprobar que el código HTML servía para Explorer y Netscape (lo que invalidaba, por ejemplo, las conversiones de FrontPage) y también la visibilidad en las distintas resoluciones de pantalla de los monitores de entonces. El trabajo fue un poco desesperante en ocasiones, sobre todo la parte técnica que requería dejarse los ojos con el HTML. Sin embargo, el resultado está ahí, válido 15 años después, no muy atractivo visualmente pero funcional y operativo:


Como decía al principio, la intrahistoria del manual de Blecua me ha llevado hacia dos asuntos que luego han resultado fundamentales en mi carrera: el mundo digital por un lado, y las relaciones de sucesos por otro, un tema que se convertiría en eje de mi tesis doctoral, aunque todavía ni yo mismo lo supiera. También gracias a aquella iniciativa colaborativa en red -antes de que existieran las redes sociales-, podemos disponer de textos digitales curiosos en la página de Lemir. Para quienes coleccionan anécdotas literarias, una recién licenciada y nada famosa aún Laura Gallego compartió este curso y nos dejó una versión digital del Claribalte. Algún día regresaré a estos asuntos, pues no fue esta mi única aportación a ese proyecto.