20 julio 2019

Sesquidécada: julio 2004

Hay libros y libros, libros que puedes recomendar a mucha gente y otros que te reservas porque son objetos extraños que nunca abandonarías alegremente en un parque. Hay libros que te marcan de manera consciente y otros que te dejan una señal imperceptible que se enquista con el tiempo y no sabes bien si constituyen una enfermedad o un rencor. En julio de 2004 leí Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño, y aún tengo esa cicatriz sin cerrar del todo. Quizá los calores del verano no fuesen buena compañía para una lectura densa, compleja, muy técnica; quizá acompañar una oposición con una novela tan ambiciosa fue exigirme demasiado, incluso terminarla a toda costa con la satisfacción de haberla superado, la novela y la oposición. El caso es que la lectura de este novelón de Bolaño, que muchos han comparado con Rayuela, con el Ulises y hasta con el Quijote, me resultó bastante inquietante, me dejó con la vaga sensación de que me había perdido algo, de que tendría que haber dedicado más atención a la letra pequeña. Ya me había pasado con Rayuela, también leída en un mes de julio. Puede que el problema sea ese, que hay libros que no se deben leer en verano, aunque sean tochos
En resumen, Los detectives salvajes acabó siendo uno de esos libros que llamé rarilargos, porque encajan en la categoría de que solo se pueden recomendar a lectores de confianza, si es que no quieres perder amigos. Sé que algún día volveré a esta novela, con tiempo y con un sofá cómodo, para disfrutar de la buena literatura, porque después de aquello he leído varias novelas de Bolaño (gracias, Lu, por las recomendaciones de una experta) y estoy seguro de que merecerá la pena revisitarlo.

Para los que quieran aplazar esa lectura, en esta sesquidécada les dejo otra recomendación de aquel mes, algo más llevadero pero también de calidad: Mi Ántonia, de Willa Cather, una novela de 1918 ambientada en la América de los pioneros, que tal vez sea muy oportuna para desmontar los discursos contra la inmigración de ciertos políticos actuales. 

30 junio 2019

Sesquidécada: junio 2004

Vivimos algunos inmersos en la era de las plataformas digitales: Netflix, HBO, Amazon prime, Movistar +, Filmin... Todas ofrecen diversión al instante, horas interminables de películas y series a las que no nos podemos resistir porque su crítica llena diarios y redes sociales, porque no verlas nos margina en las conversaciones. Series que ya no contamos por capítulos, sino por temporadas. Adictos, ansiosos por una nueva entrega, airados incluso si la trama no transcurre a nuestro gusto.

Hace quince años, en otro caluroso junio, las cosas eran diferentes. Mi serie era una novela adictiva, una trama de la que no me podía desenganchar, una historia con todos los ingredientes para convertirse en una serie, como ya había ocurrido años atrás. Esa novela era El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas, protagonista en exclusiva de esta sesquidécada. La dimensión del libro ciertamente echa para atrás a los lectores poco atrevidos, pero, como suele ocurrir con los folletines y los culebrones televisivos, una vez iniciada la historia es difícil detenerse. En mi casa siempre había oído hablar del famoso conde, supongo que a raíz de la serie de 17 episodios de TVE, emitida a partir de 1969. Por tanto, era una de esas tareas pendientes ponerme con su lectura, algo que acometí en el inicio de aquel verano. No voy a destriparos el clásico de Dumas, aunque imagino que conocéis algo del personaje. Solo diré que valió la pena leerla y disfrutar con los giros de guion. Creo que estas plataformas digitales de hoy harían una buena (in)versión recuperándola para el público del siglo XXI, convirtiendo a Edmundo Dantès en un personaje a la altura de Sherlock Holmes, Walter White o los superhéroes de Marvel. Y luego que metan mano al resto de clásicos del siglo XIX, que bien lo merecen.

27 mayo 2019

Inclusión, aprendizaje cooperativo y textos instructivos en 1º de ESO


Este blog cumplió ayer trece añitos. Es un blog adolescente, pensaréis, pero, sabiendo que un año de blog equivale a cinco de los humanos, estamos hablando de 65 años, es decir, que está al borde de la jubilación. De ahí el ritmo lento con el que se actualiza, la escasa proyección de sus notas, el tono nostálgico... A este blog solo le falta ya ponerse junto a un andamio a mirar las obras y decirles a los albañiles que el muro no está a nivel.
Mientras llega ese momento, este aniversario me ha animado a compartir una experiencia con la que me siento bastante contento. Se trata del trabajo con los textos instructivos en el grupo de 1º de ESO, un grupo en el que hay entre 18 y 22 alumnos (recordad el absentismo de mi centro) y que acoge todos los miércoles a dos alumnos de la unidad específica de Comunicación y Lenguaje (UECIL, de alumnado con diagnóstico de TEA), junto con su maestra de apoyo a la inclusión. En esta sesión siempre hacemos aprendizaje cooperativo, organizados en grupos y con roles distribuidos. Ester, la profesora de PT, se encarga de gestionar las dinámicas del cooperativo y yo me ocupo de los contenidos de lengua y literatura. Hemos ido experimentando diversas técnicas, especialmente la parada de tres minutos, los lápices al centro y el folio giratorio (al final de esta nota tenéis los enlaces).

Los avances son costosos y hay que tener paciencia, pero al final encuentras respuestas a esas dudas que siempre se tienen sobre el aprendizaje cooperativo. Funciona, sí, pero hay que dedicar mucho tiempo y es difícil hacerlo sin ayuda. En mi caso, contar con Ester ha sido fundamental. Creo que si hubiese tenido que plantearlo a solas no habría aguantado, porque los frentes que tiene uno abiertos en un aula son demasiados, y la tentación de recurrir a lo que controlas es demasiado fuerte. Así que, esta última semana, cuando trabajamos las instrucciones y les propusimos redactar las suyas con la técnica del folio giratorio, me encontré con la grata sorpresa de que en una sesión todos habían participado y habían cumplido con bastante acierto lo que se pedía de ellos.



A partir de la ficha anterior, se les propuso redactar las instrucciones para cuatro acciones:

  • Hacer la maleta (uso del infinitivo)
  • Leer un libro (uso de oraciones con "se")
  • Echarse novio/a (verbos en imperativo) 
  • Ducharse (uso de la 2ª persona del singular)

En cada una de ella debían utilizar las formas verbales correspondientes, de modo que se han de aplicar los conocimientos gramaticales dentro de un contexto y con una intención determinada. El primero del grupo comenzaba con el primer paso de la primera acción y le pasaba el folio al segundo, que continuaba con otro paso y comenzaba las instrucciones de la segunda acción, pasando el folio al siguiente y así sucesivamente. Tenían unos minutos para pensar y después se iniciaba la actividad, que en unos veinte minutos ya habían acabado. Después, cada miembro del grupo leía los resultados y se hacían en voz alta las correcciones pertinentes.
Es una actividad que suelo hacer casi todos los años en otros grupos, generalmente en 2º de ESO, y debo decir que esta vez nos ha costado menos y el resultado ha sido mejor, lo que avala la utilidad de la técnica cooperativa en esta tarea. También nos ha servido para integrar los conocimientos gramaticales en una tarea comunicativa concreta, algo que tiene para mí más sentido que preguntar la conjugación de los verbos. Pero, más allá de lo curricular, lo mejor ha sido sin duda haber tenido en el aula a los dos alumnos de la unidad CyL, compartiendo tareas y relaciones con el resto de la clase, un esfuerzo inclusivo que he de agradecer especialmente a las responsables de esta unidad, que han puesto en marcha este proyecto de codocencia y aprendizaje cooperativo en el centro con la ayuda de bastantes colegas que han puesto en práctica tareas similares a esta que he contado.

Ya hemos acabado con esas sesiones inclusivas de la unidad CyL, pero hemos aprovechado la oportunidad de tener los textos instructivos en la libreta para continuar trabajando la oralidad, tal y como venimos haciendo durante todo el curso, dentro del plan lector "Viajes por el mundo" con las noticias de Radio Tres Lunas, con las descripciones de ciudades, con los bestiarios, con las entrevistas a ciudadanos del mundo... En este caso optamos por probar Voki, tanto la versión web, como la aplicación de móviles. Han sido un par de sesiones muy intensas, con alumnos grabando con el micro y el ordenador mientras otros andan con el móvil por sus mesas, un caos bastante productivo a efectos de competencias comunicativas.
Os dejo algunas de esas aportaciones de los alumnos:

Cómo tomar un avión


Enlaces a diferentes páginas con las técnicas mencionadas en esta nota:
Crédito de la imagen: 'IMG_1545'

22 mayo 2019

Sesquidécada: mayo 2004


En mayo de 2004 tengo pocas lecturas normales. Si quitamos El prisionero de Zenda, de Anthony Hope, todo lo demás son recomendaciones para minorías. Pero este es un blog de literatura que la semana que viene cumplirá 13 años, un blog que cada día va aparcando otras reflexiones más sesudas para las que apenas queda tiempo, de modo que en esta sesquidécada van a tener cabida aquellas lecturas solo aptas para aficionados con buen criterio.


En primer lugar tenemos el ensayo Los mongoles de Bagdad, en el que José Luis Sampedro hace un paralelismo entre el saqueo de Bagdad por los mongoles, en 1258, y la invasión de Irak de 2003. "Tenía que escribir este libro porque lo que ha pasado con la guerra de Irak es escandaloso", dice el siempre lúcido Sampedro, un autor que no tuvo pelos en la lengua en cuestiones de política y reivindicación social, un autor al que molestaba especialmente el silencio de los intelectuales frente a la injusticia. 
Los mongoles en Bagdad es un libro que lamentablemente no pasa de modo, un libro que trasciende a su hic et nunc para convertirse en un alegato contra esos conflictos orquestados por los poderes económicos con la connivencia de las grandes potencias políticas. Conflictos que continúan hoy día, conflictos como el de Venezuela, objeto de deseo de EE.UU. Desviar la atención de los intereses ocultos forma parte de ese silencio cobarde. Como decía Sampedro, "lo escandaloso es callarse".


Para filólogos curiosos, siempre hay excusa para acercarse a las fuentes de nuestra literatura, aunque sea con textos políticamente incorrectos en nuestros días, como es el caso de El Sendebar o Libro de los engaños de las mujeres, una colección de exempla, similar al Calila y Dimna, donde la argumentación mediante cuentos permite llegar a una moraleja que se aplica a la situación propuesta. 

« El infante don Fradique (hermano de Alfonso X) plogo e tovo por bien que aqueste libro [fuese trasladado] de arávigo en castellano para aperçebir a los engañados e los asayamientos de las mugeres.»
Como podéis suponer, esta obra se inserta en los tratados morales de tinte misógino tan habituales en la Edad Media. En este caso, se parte del episodio bíblico de la mujer de Putifar: el hijo del rey Alcos de Judea rechaza las proposiciones deshonestas de su madrastra, que, airada, le acusa de haber intentado forzarla. El Infante, cumpliendo un voto de silencio, debe callar durante siete días y siete noches, tiempo que aprovechan los sabios del rey y la madrastra para defenderlo o atacarlo. Finalmente, triunfa la verdad: vive el Infante y muere la madrastra. 
Como buenos filólogos, nos quedaremos con el placer de rastrear con su lectura en el origen de algunos de los tópicos de la época, tópicos que llegan hasta nuestros días en la cultura popular.


Finalmente, recupero una autobiografía muy interesante: Mi último suspiro, de Luis Buñuel. No me considero cinéfilo ni demasiado aficionado a las biografías, pero revivir con los recuerdos de Buñuel un periodo fundamental de nuestra historia y los entresijos de una de las generaciones más brillantes, no tiene precio. Fue una lectura que me ayudó a humanizar a personajes que parecían colosos de bronce y que resultaron seres de barro con más sombras que luces. Acercarse a la biografía de Buñuel apetece también por la oportuna recuperación del documental sobre las Hurdes, Tierra sin pan, que ha servido para la creación, por parte de Fermín Solís, de la novela gráfica Buñuel en el laberinto de las tortugas, que a su vez ha dado lugar a la película homónima.

Tenéis, además, un blog con toda una serie de actividades y propuestas educativas para llevar al aula, así como un cuadernillo en el que Mercedes Ruiz me enredó para redactar el prólogo. Espero que os sea útil. 

25 abril 2019

Sesquidécada: abril 2004

Son muchos los casos de escritores a los que se les juzga más por los aspectos personales que por la calidad de su escritura. Hay incluso quien piensa que un escritor de baja catadura moral o humana no debería gozar del reconocimiento público en lo literario. En esta sesquidécada, traigo un libro de un autor que ha generado bastante rechazo como columnista y como protagonista de tertulias periodísticas. Se trata de Juan Manuel de Prada y de su novela Las máscaras del héroe.
Cuando en abril de 2004 leí esta obra, su autor ya había ganado el premio Planeta y el Nacional de narrativa entre otros, pero no había saltado aún a las televisiones como tertuliano. Me acerqué a Las máscaras del héroe con cierto recelo, por aquello de no fiarse de los premios literarios, pero me encontré con una obra muy interesante, que me impactó bastante, en especial por mi interés por la literatura del primer tercio del siglo XX. 
Los inicios de Juan Manuel de Prada como escritor lo vinculan al estilo de Gómez de la Serna (ver por ejemplo su provocador homenaje de Coños), al Novecentismo y las vanguardias literarias. La novela está ambientada en esa España de la bohemia literaria, con un personaje histórico, Pedro Luis de Gálvez, como hilo conductor. Es una novela larga y llena de retórica, pero muy bien construida en cuanto a la ambientación y el manejo de los personajes. Peca en ocasiones de provocadora, con cierto efectismo tabernario en la línea de ese contexto del lumpen madrileño de borrachos y sablistas. 
No he leído más novelas de Juan Manuel de Prada y me parece que su trayectoria en el periodismo lo ha limitado como escritor, ya que aquellos inicios prometían una carrera interesante. En su lugar, el periodista ha preferido cultivar una pose neotradicional también muy retórica y cargada de efectos, con la que se ha abierto un hueco en la prensa conservadora. Tal vez por eso resulta difícil volver a leer Las máscaras del héroe con una mirada despojada de prejuicios, como así demuestran algunas reseñas que he leído posteriormente. Por suerte, en algunos momentos, me vuelvo a encontrar con cierta lucidez en sus escritos. No todo está perdido.

14 abril 2019

Diez años en Twitter

Diez años en Twitter, casi nada. Es momento de pensar en lo que me ha aportado esta red social, en lo que fue y en lo que se ha convertido para mí. Seis meses después de crearme la cuenta, escribía esto en el blog:

El descubrimiento de Twitter hace aproximadamente seis meses me proporcionó una sala de profesores virtual. (...) En Twitter converso con personas a las que conocía del mundo de los blogs; comentamos noticias, compartimos recursos, contamos chistes, pinchamos música, decimos tonterías, nos indignamos con los políticos, etc. Y, del mismo modo que hay días en los que no hablas con nadie en una sala de profesores, hay periodos en los que permanezco escuchando sin hablar, o ni tan siquiera me asomo a la puerta de Twitter para no enredarme en conversaciones más o menos banales. Seguramente, Twitter ofrece posibilidades didácticas que saldrán a la luz cuando las aulas tengan acceso normalizado a las redes. Mientras tanto, Twitter es mi sala de profesores a medida.

¿Qué queda de aquello? En realidad, sigue siendo un claustro a medida, aunque con mi actual nivel de seguidores y seguidos me resulta inabarcable. También sirve para comentar y compartir noticias del ámbito educativo. Sin embargo, cada vez converso menos con mis compañeros de los blogs, algunos de los cuales han ido abandonando no solo los blogs sino también Twitter. Mantengo lo de decir tonterías, pero voy perdiendo esas conversaciones banales de tú a tú, a veces porque se llenan de ruido o de comentarios inesperados fuera de lugar. Pero lo que me mueve a la reflexión es este comentario: "hay periodos en los que permanezco escuchando sin hablar, o ni tan siquiera me asomo a la puerta de Twitter". He llegado a un punto en el que no desconecto, en el que vivo inmerso en la red. No es que esté continuamente leyendo y escribiendo, pero sí que hay una adicción al timeline, un enganche que me preocupa, ya que quita tiempo al ocio y a otro tipo de tareas. Decía hace poco Alberto Bustos que se había tomado un descanso de las redes, y me planteé hacer lo mismo, empezando por desinstalar las aplicaciones de Facebook y Twitter del móvil. Llevo una semana con ello, pero compruebo que hago trampas, porque comencé entrando en Twitter con el navegador del móvil y pronto he pasado a tener Twitter como pantalla de inicio, lo que me lleva de nuevo al punto de salida. ¿Y qué tiene de malo pasar tanto tiempo en Twitter? os preguntaréis algunos. Bueno, es cierto que esta red social aporta un flujo continuo de información de calidad sobre educación (y otros campos de interés), con opiniones y materiales muy interesantes para nuestro oficio. También es un lugar propicio para la protesta y para el activismo, aunque a menudo solo de boquilla. Sin embargo, se ha convertido también en un territorio hostil de enfrentamiento, con perfiles que se parecen demasiado a los matones de barrio o a los chulitos de instituto, con mucho grito y poca cabeza. He visto insultos, menosprecios, acoso, burlas... ejercidas por docentes, algo que me sobrecoge, porque creo que no se puede ser buen educador si no se es primero buena persona. Escribí hace unos años que las redes se habían llenado de malos humos, especialmente en un Twitter polarizado en dos bloques con los que no me sentía a gusto. No me gusta bloquear (apenas lo he hecho en dos o tres ocasiones), pero últimamente tengo que silenciar cuentas que solo destilan odio. No me gusta y por eso me planteo, como Alberto Bustos, un descanso en las redes. No sé si lo conseguiré y si acabaré escribiendo algo así como "21 días sin Twitter", al estilo de mi artículo "21 días en Twitter", que ahora miro casi como una reliquia de otros tiempos. Diez años en Twitter, uf.

21 días en Twitter by on Scribd

17 marzo 2019

Sesquidécada: marzo 2004

Las lecturas de marzo de 2004 fueron más variadas que las de meses anteriores. En aquel año saltó a las librerías el éxito de Carlos Ruiz Zafón La sombra del viento, que supuso un hito reseñable en la historia de los best sellers patrios. En la estela de El código da Vinci y otros títulos como El club Dumas, Ruiz Zafón cocina unos ingredientes muy atractivos para el lector: misterio, libros, elementos con tintes fantásticos, historia, ambientes brumosos, ciudades con encantos ocultos... Había leído algunas de las novelas juveniles del autor y el estilo encajaba bien con su trayectoria, tanto que algunos de esos títulos juveniles se reeditaron como si fuesen novelas para el público general. Aunque me gustó bastante La sombra del viento, no continué con ninguno de los otros libros de la saga, una serie que continúa hasta la actualidad y que no creo que me despierte ya tanta curiosidad como aquella primera obra.


Muy distinto es el caso de Hay algo que no es como me dicen, una extraña obra de ensayo sociopolítico de Juan José Millás sobre el caso de Nevenka Fernández e Ismael Álvarez. Leí esta obra con el corazón encogido, quizá porque todavía no existían las redes sociales y uno no alcanza a imaginar lo que puede ocurrir cuando se mezcla el acoso sexual con la política, la corrupción y el abuso de poder. Lamentablemente, el caso de Nevenka no sirvió para que los partidos políticos fuesen más transparentes ni para que los hombres dejasen de ser tan machistas. La protagonista ganó en los tribunales pero perdió en todo lo demás. Y quince años después siguen saltando a los medios casos similares.

El último libro reseñado en esta sesquidecada es El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, de Robert Louis Stevenson. No es una obra que requiera mucha explicación, pero debo destacar que releerla con cierta edad me proporcionó un nivel de lectura mucho más rico que el de la lectura juvenil que suele plantearse en el aula. El monstruo genera un terror y compasión que se vuelve demasiado cercano cuando se entiende desde la psicología humana. Dicen que los clásicos son libros que nunca pierden vigencia y que ofrecen una y otra vez lecturas cada vez más enriquecedoras: eso pasa con esta novela, viva hoy más que nunca.

24 febrero 2019

Sesquidécada: febrero 2004

Febrero es ese mes fugaz en el que uno sale de la vorágine del comienzo del año para meterse de lleno en la primavera. Es un mes de tránsito, de ubicarse bien en el curso académico para enfilar el tercer trimestre. En febrero de 2004 yo estaba haciendo eso mismo, no solo con el curso académico, sino con mi vida, tratando de enfilarla más allá de la precariedad y de los oficios errantes. Por eso mis lecturas de febrero son imprecisas y difusas.

Por un lado, tuve la suerte aquel mes de que me dejasen formar parte del jurado que preseleccionaba los relato del Premio internacional de cuentos Max Aub. Se trataba de formar parte de un comité lector que elegía los mejores aspirantes de una nómina bastante amplia y heterogénea. Fue una experiencia en la que participé en dos o tres ocasiones y que me sirvió para descubrir el envés de la literatura, ese otro lado de los que quieren triunfar y no llegan, bien por falta de calidad o bien por el azar de no ser entendidos en su momento.

La segunda lectura que rescato en esta sesquidécada es la "pseudonovela" La loca de la casa, de Rosa Montero, una novela que es más bien un ensayo sobre la fantasía y la literatura, sobre la vida y las pasiones, un alegato de la lectura como modo de crecer y de ser uno mismo. Es una obra interesante, quizá más como biografía de la experiencia lectora que como novela al uso. 
Como veis, febrero es también el mes de las sesquidécadas cortas, tránsito hacia la fantasía primaveral.

31 enero 2019

III Encuentro de docentes de lenguas: “Maneras y motivos para leer”

El azar es un milagro disfrazado, Alejandro Jodorowski

En un 23 de marzo fue elegido Antonio Machado para ocupar un sillón de la Real Academia, era el célebre año de la Generación del 27, el mismo año en el que nacía Gabriel García Márquez, también en marzo, un premio Nobel que falleció en 1982, año en que se publica La casa de los espíritus, de Isabel Allende, una autora que situó uno de sus relatos en el Guggenheim de Bilbao. Si esto no os parece motivo suficiente para celebrar un encuentro de profes en Bilbao, no sabemos qué otras razones podemos dar.
Así, el próximo sábado 23 de marzo de 2019 estáis convocados los docentes de Lengua y Literatura a este III Encuentro de docentes de lenguas en la ciudad natal de Miguel de Unamuno, de Ramiro Pinilla, de Blas de Otero, de Alfonso Irigoyen y tantos otros ilustres escritores y lingüistas.
Este encuentro, continuación de otras dos convocatorias anteriores, quiere centrar su contenido en la reflexión compartida entre profesionales de la materia sobre uno de los temas más polémicos y candentes de la misma: la lectura de los textos literarios. En efecto, en esta ocasión, os invitamos a uniros a nosotros para analizar diferentes aspectos de la lectura literaria en las aulas. A lo largo del sábado 23 intentaremos acercarnos a algunas de las cuestiones que más dudas y desencuentros suscitan entre el profesorado. Hablaremos, por tanto, de los siguientes temas:
1. Planes de lectura. El plan lector.
2. El canon literario en Bachillerato
3. La literatura de hoy
4. La animación a la lectura
5. El papel de los clásicos en la educación literaria
Estas serán las líneas de reflexión, espacio central del Encuentro, que permitirán conocer y analizar diferentes puntos de vista sobre los mismos, para intentar llegar a una propuesta consensuada entre los participantes que ayude a mejorar las prácticas de aula. Combinaremos a lo largo de un intenso día de trabajo diferentes formatos (conferencias, talleres, comunicaciones…) con diferentes objetivos: reflexionar, conocer y compartir y aprender a hacer. Siempre con el objetivo de enriquecer la didáctica de la lectura literaria. Como grandes amantes de la Filología y las Humanidades, el Encuentro está abierto a profesionales de todas las lenguas y esperamos que los pasillos se conviertan en una rica torre de Babel, pero, a efectos organizativos e instrumentales, se utilizará el castellano como lengua vehicular.
Sin duda, será una jornada llena de emoción y aprendizaje, una jornada en la que disfrutar de buena compañía, todos a una, como en Fuenteovejuna, cuya publicación cumple justo ahora 400 años. Si las casualidades no existen, habrá que pensar en el azar o la serendipia para justificar todas estas circunstancias que nos llevan a celebrar el Encuentro, cuyo título es un guiño a dos jornadas que se celebraron en Madrid en 2011 (Maneras de leer y Motivos para leer) y que abrieron nuevos espacios de reflexión sobre la lectura en las aulas. Os esperamos en Bilbao.

Más información en el blog del encuentro, en Twitter y en Facebook:

19 enero 2019

Sesquidécada: enero 2004

Hace diez años que empecé esta serie de las sesquidécadas en las que voy glosando algunas de las obras que me han marcado pasados quince años de su lectura. Ciento veinte artículos en el blog sobre literatura, ciento veinte reencuentros con el lector que fui y no volveré a ser, pues uno nunca se baña en el mismo libro aunque lo lea mil veces, como bien lo explicó Heráclito. Aquella primera sesquidécada inició también un hábito de escritura en el blog que lo ha mantenido vivo, cuando tantos otros blogs educativos han ido desvaneciéndose por el camino, arrumbados por las redes sociales o desfallecidos por motivos varios. Nadie sabe si esta serie continuará otros diez años más o morirá de inanición en el momento menos pensado. Son malos tiempos para los blogs, para la lectura y para la literatura en las redes, contaminadas por la inmediatez, por el deslumbrante brillo de los booktubers o la narrativa interactiva. También he de decir que hay momentos en los que me planteo regresar al blog y abandonar Twitter, obligándome a comulgar con mi idea de la pedagogía de la lentitud y volviendo al "slow blogging". Mientras tanto, aquí sigo un año más, fiel a esta reseña mensual.

El primer libro rescatado del mes es una obra muy interesante de G.K. Chesterton: El Napoleón de Notting Hill. Se trata de una novela futurista, escrita en 1904 y ambientada en 1984, con una crítica política y social llena de ironía y humor, como es habitual es este autor. Merece la pena conocer a Chesterton y acercarse a sus novelas, casi todas ellas con un estilo inconfundible y un fino sentido del humor que conecta enseguida con el lector avisado. Releyendo algunos fragmentos, me parece una lectura muy apropiada para estos tiempos del Brexit, para entender los mecanismos absurdos de la política y el poco sentido común que tiene la ciudadanía cuando se deja llevar por la irracionalidad.

También en enero de 2004 me llegó por azar una colección de relatos de lectores desconocidos estadounidenses, recopilados en una antología por Paul Auster: Creía que mi padre era Dios, subtitulado como "Relatos verídicos de la vida americana". Es un libro que no he podido volver a ojear porque, como tantos otros, lo disfruté gracias a la biblioteca municipal, pero del que guardo un buen recuerdo. Las antologías de relatos siempre son un buen consuelo cuando no sabes qué leer o para rellenar huecos entre lecturas de mayor enjundia.

Por último, una novela juvenil de corte simbólico: El almacén de las palabras terribles, de Elia Barceló, una lectura interesante para trabajar la empatía, el perdón o las emociones. En alguna ocasión pienso que los docentes deberíamos leer muchas más novelas juveniles para no olvidar estas cuestiones tan básicas y necesarias.