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30 noviembre 2019

Sesquidécada: noviembre 2004

Aparece en casi todas las listas de libros imprescindibles. También en la de los libros abandonados a medias. Simbólica, trágica, profunda, tupida, insoportable, excelsa... Moby Dick es esa novela que seduce y solivianta al lector en proporciones casi bíblicas, como su interpretación, como su épica de lo inalcanzable. Hace quince años me acerqué a la novela de Herman Melville y dediqué el mes completo a su lectura. Sin embargo, como si fuese también un reflejo de mi propia épica de lo imposible, abandoné el libro después de llevar navegadas más de 500 páginas. Quizá fue uno de los primeros libros que dejé sin acabar: cuando se es joven, uno piensa que puede leerlo todo; con Moby Dick, mi caza de la ballena blanca se tornó en la amarga consciencia de que nunca llegaré a leer ni siquiera una cuarta parte de lo que ansío.
Me embarqué en el Pequod sabiendo mucho del capitán Ahab y de su empresa, y también con el ánimo de cumplir con una de esas lecturas obligatorias que todos han de visitar. Como un buen marinero, seguí con disciplina la lucha interna del personaje y sus afanes por acometer la venganza contra el leviatán. Pero en esa singladura encontré mis propios abismos y descubrí que nunca llegaré a ser Ahab, que las causas perdidas no merecen la pena si no hay una mínima esperanza por ganarlas. Hace quince años abandoné el Pequod en una barquilla, casi cuando estaba a punto de enfrentarse al mayor combate jamás visto. Visto desde la distancia, sigo un poco a la deriva, buscando mis causas perdidas, pero con el ánimo dispuesto para ganarlas. Y en ello estamos.

18 mayo 2016

Sesquidécada: mayo 2001


Mayo es un mes tradicionalmente flojo en lecturas, sobre todo por el ritmo frenético de trabajos y exámenes que imprimen los finales de curso. Curiosamente, para elaborar esta sesquidécada, me encuentro en las lecturas de aquel mayo de 2001 con un denominador común: el ritmo pausado de la narración y cierto gusto por la retórica y la reflexión. Tres obras bastante dispares he seleccionado para ilustrar ese fenómeno.


Antonio Muñoz Molina es un habitual de este blog y, en esta ocasión, viene con una obra singular dentro de su producción: Sefarad. Se trata de una una novela que es casi un ensayo, una hibridación con la que Muñoz Molina seguiría experimentando en obras posteriores y que daría lugar también a esa corriente posmoderna del ensayo-novela en la que destacan Vila-Matas o Javier Cercas, por mencionar a los más conocidos. Sefarad traza un viaje a través de nuestra historia, de la historia de nuestros exilios, poniendo el foco en la cuestión judía, algo que quizá haya costado a su autor ciertas críticas, pues ya se sabe que es difícil ser neutral en esta tierra de afinidades tan polarizadas y cainitas. Si queréis una información más completa sobre esta obra, os recomiendo la reseña que publicó en su día nuestro compañero Eduardo Larequi. Personalmente, guardo un buen recuerdo de ella, aunque no he vuelto a sus páginas desde hace tiempo y puede que hoy me resultase demasiado densa.

Cambiando de estilo y de género incluso, nos vamos a Álvaro Cunqueiro, cuya novela Las mocedades de Ulises, me sorprendió muy gratamente. Los mitos actualizados son un tema recurrente en todas las literaturas, pero es muy reparador encontrar al joven Ulises en ese ambiente gallego tan cercano como sugerente. Una novela refrescante y con mucho guiño a los amantes de la literatura clásica. Es una pena que algunos de estos autores hayan quedado marcados a veces con el estigma del aciago tiempo que les tocó vivir.

Para finalizar, un relato también clásico: Bartleby, el escribiente, de Herman Melville. La antológica frase que repite su protagonista, "preferiría no hacerlo", ha dado pie a toda una filosofía, convirtiendo a Bartleby en un precursor de la procrastinación sine die. El relato de Melville condensa muy bien la desazón de lo cotidiano, la angustia sorda ante las responsabilidades, el estupor que provoca quien decide nadar contra corriente. El mundo está lleno de Bartlebys (de los Bartlebys literarios también se ocupó Vila-Matas) y convendría recordar que, en más de una ocasión, nuestra mejor respuesta sería esa, preferiría no hacerlo.