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10 noviembre 2019

Intemperie: de la literatura al cine (y la educación)

En la primavera del 2013 reseñaba en este blog la impresionante novela de Jesús Carrasco, Intemperie. Seis años después, la incansable Mercedes Ruiz, dentro de las iniciativas de fomento del cine en el ámbito educativo, a través de Cero en conducta, nos ofreció participar en el preestreno de la adaptación cinematográfica de Benito Zambrano, que se estrena oficialmente el próximo 22 de noviembre. Acompañado de varios colegas (María José Chordá, Inma Sánchez, Pilar Pérez Esteve...) pudimos disfrutar de esta película cuya reseña os dejo a continuación:

Intemperie: el rastro de una tierra arrasada

No, Intemperie no es un western, por mucho juego que pueda dar la estética del filme en los carteles y en los tráilers. Intemperie pertenece al género patrio de la España asolada, un género que va desde las Hurdes de Buñuel a El olivo, de Bollaín, pasando, cómo no, por Los santos inocentes, de Camus: películas que no son homenajes a los colonos americanos ni a sus bravos soldados, sino rastros de una tierra arrasada por la miseria, el odio y la codicia. Intemperie, al igual que Los santos inocentes, tiene también detrás a Delibes, un Delibes de lo sórdido, que parece poseído en la distancia por el sangriento espíritu de Cormac McCarthy. Intemperie nos enseña qué le ocurre a un país cuando se entrega como despojo de guerra a las alimañas, pero también nos enseña que doblegarse no es la única solución: doblarse no es doblegarse y, si eres flexible, no te rompes. La película de Benito Zambrano construye un relato impresionante sobre el paisaje y la desolación, el paisaje que nos rodea y el que llevamos dentro. 
Construye además un relato diferente de la novela de Jesús Carrasco en la que se basa. No se encontrará el espectador una adaptación, sino una reconstrucción que mantiene la dureza y el tono angustiado de la novela, pero aportando una dimensión diferente, mucho más sensorial, más centrada en las relaciones de los personajes que en la introspección. Y, de fondo, ese paisaje literario, el vacío de la Región de Benet, el sofoco de los campos de Níjar de Goytisolo, el desamparo de los caminos de Aldecoa... todos ellos refundidos en una soberbia fotografía que nos deja sin aliento.
En cuanto a los personajes, poco se puede decir sin desvelar la trama. Sus nombres bien podrían formar parte de un auto sacramental, casi una danza de la muerte en la que todos parecen invitados a bailar. Incluso podríamos pensar en el valor alegórico de la película, un valor que se condensaría en esta brillante frase: “no culpéis a los niños de la maldad de los adultos”. Una frase que todo educador debería llevar grabada a fuego en el pecho.


#Intemperie en Twitter

22 agosto 2018

Sesquidécada: agosto 2003

En estos tiempos de coeducación y de lucha contra el machismo, debería ser inexcusable la lectura de Lisístrata, una de las más divertidas y reivindicativas comedias de Aristófanes. Hace quince años, todavía tenía muy fresca mi formación académica clásica y ello me permitía disfrutar de algunos autores no muy conocidos, como Luciano de Samósata o Julio Obsecuente. Así que fue una sorpresa encontrarme este clásico tan famoso que se me había pasado leer. Por suerte, es una obra muy viva que se sigue representando en la actualidad y que nunca pasará de moda, por su valor cómico y por sus otros valores: la defensa del pacifismo y el poder de las mujeres, entre otros. A diferencia de otros comediógrafos que usan el enredo amoroso como elemento satírico, Aristófanes coloca la huelga sexual de las mujeres en el eje de un conflicto que acerca más a la tragedia que a la comedia. Un gran acierto.
Lisístrata: Lampito, todas las mujeres toquen esta copa, y repitan después de mí: no tendré ninguna relación con mi esposo o mi amante.
Cleónica: No tendré ninguna relación con mi esposo o mi amante.
Lisístrata: Aunque venga a mí en condiciones lamentables.
Cleónica: Aunque venga a mí en condiciones lamentables. (¡Oh Lisístrata, esto me está matando!)
Lisístrata: Permaneceré intocable en mi casa.
Cleónica: Permaneceré intocable en mi casa.
Lisístrata: Con mi más sutil seda azafranada.
Cleónica: Con mi más sutil seda azafranada.
Lisístrata: Y haré que me desee.
Cleónica: Y haré que me desee.
Lisístrata: No me entregaré.
Cleónica: No me entregaré.
Lisístrata: Y si él me obliga.
Cleónica: Y si él me obliga.
Lisístrata: Seré tan fría como el hielo y no le moveré.
Cleónica: Seré tan fría como el hielo y no le moveré.
(...) Lisístrata: ¿Todas han jurado?
Mirrina: Todas.
Otra lectura que rescato en esta sesquidécada es la novela El hereje, de Miguel Delibes. Después de haber leído el magnífico ensayo de Marcel Bataillon, Erasmo y España, la novela de Delibes se lee con el goce de una novela histórica bien documentada, con el placer de asomarse bien pertrechados a otros tiempos. Una lectura que reúne la mejor prosa del autor con el ambiente de una de las épocas más significativas de nuestra historia. Aunque parezca alejada de sus otras novelas, El camino, Las ratas, Cinco horas con Mario... El hereje sigue indagando en esos temas trascendentales que definen a Delibes y que lo unen a través del tiempo con las inquietudes de la Generación del 98. Una lectura muy recomendable.



Finalmente, rescato otra obra de teatro, más trágica que cómica, y también muy actual, como la de Aristófanes: Muerte accidental de un anarquista, de Dario Fo. Es tan breve que no vale la pena reseñar su argumento, así que os dejo que la descubráis, si aún no la conocéis, en estos pocos días que quedan de verano. Felices postrimerías de agosto.