14 mayo 2007

Los raros y los largos (I)

Vaya semanita más frenética. Entre las listas de lecturas propuestas por varios amigos de la red y por fin recopiladas por el incombustible Eduardo Larequi, y los premios Edublogs que han repartido justicia a otros buenos colegas (y perdón por los que no caben) casi no ha habido tiempo para más.
Sin embargo, dado que el filón de las lecturas es algo que me agrada especialmente, no he querido cerrar este asunto sin hacer mención a algunos olvidados. Los he llamado 'los raros y los largos', porque, en muchas ocasiones, se descuelgan de las recomendaciones por estas dos razones:

-Son autores / obras con cierta complejidad y que dejan a uno sumido en el estupor.
-Son obras extensas que suponemos poco atractivas para el lector medio.

A veces, los alumnos más competentes en lectura me piden las novelas que más me han gustado para leerlas ellos. Suelo decirles que uno descubre que es un lector maduro cuando se da cuenta de que no puede (o no debe) recomendar algunos de los libros que más le han gustado, precisamente porque la madurez consiste en eso, en dejar de leer lo que leen los demás y encontrar nuestras propias lecturas.
De modo que algunas de las obras que comentaré en esta nota y en las siguientes van en esa dirección. Y preguntaréis entonces que por qué las hago públicas, si son tan personales. Porque esto es Internet, territorio friki, y ¿qué otra cosa somos sino frikis literarios?
En fin, ahí van los primeros, hispánicos todos:

1.-Benito Pérez Galdós: Fortunata y Jacinta, doña Perfecta, Episodios Nacionales, etc.
Es difícil encontrar amigos (menores de 50 años) a los que recomendar las obras de Galdós, algo lastimoso, porque el bueno de don Benito, al margen de sus amoríos con la Pardo Bazán (hay una jugosa edición de sus cartas en la descatalogada editorial Turner), despliega un universo único y cautivador.

2.-Roberto Bolaño: Los detectives salvajes.
Está de moda porque murió relativamente joven y porque eligió vivir en España, algo que los lugareños no entendemos muy bien, sobre todo, acostumbrados a que los famosos no escritores se muden a Andorra o islas Caimán. Dudo que muchos de que los que lo alaban se hayan leído sus obras y mucho menos que las hayan entendido. La novela que cito me costó mucho leerla, pero el poso permanece años después, lo que compensa el esfuerzo. Que nadie busque en ella una trama a la antigua usanza.

3.-Enrique Vila-Matas: Bartleby y compañía, El mal de Montano, etc.
Mi apreciada Lu, cabeza laureada, considera a E.Vila-Matas (léase al revés 'Satam alive') uno de sus autores preferidos. Le doy la razón, pero nunca lo recomendaría a un buen amigo, a no ser que pertenezca a este gremio de letraheridos. Sus novelas son laberínticas y no parecen conducir a ningún sitio. Incluso se resisten a ser llamadas novelas. Pero tienen el acicate de ser lo más literario del momento, literatura alambicada. Y siempre esperas más.

4.- Juan Benet: Volverás a Región.
Difícil olvidar su lectura. Algunos dirán que marear la perdiz (y de paso, al lector) no es garantía de arte literaria. Benet nos marea en un torrente de palabras confuso y disperso. Quienes logran acabar la novela no saben si volver a leerla o quemarla. Yo todavía la guardo con la esperanza de volver a Región.

5.- Manuel Mujica Lainez: Bomarzo.
Quienes odien el lenguaje preciosista deben huir de estas novelas (herederas de ese lenguaje novecentista que tanto agradaba a Gabriel Miró) que se recrean en configurar un mundo inolvidable, lleno de palacios, vestidos, oropeles y monstruos, muchos monstruos. Si la literatura supone una cata eterna en los lugares de la belleza, Bomarzo es su obra cumbre.

(continuará...)
Crédito de la imagen: www.flickr.com/photos/62736097@N00/453763666

9 comentarios:

Eduardo Larequi dijo...

Eso, eso, que continúe la saga rarilarga, Antonio. Espero, incombustible, más leña para el fuego de la imaginación.

YOFFY dijo...

Yo he sido un poco peculiar por no decir "rarita"(no se si lo sigo siendo), pero leo muy deprisa, eso me sirvió en la carrera (Filología), pero!qué mal me sienta que se terminen los libros tan pronto!, así que en mi defecto,desde que me escondía en el salón a leer, selecciono libros gruesos, que me duren. Ya ves que criterio. Cuando mis amigos me piden consejo simpre añaden "pero fino, Laura, delgadito".

Joselu dijo...

Para mi sorpresa, una alumna de segundo de Bachiller el año pasado escogio leer y comentar Fortunata y Jacinta, que leyó en un par de semanas. Realizó un trabajo de investigación, obligatorio en Cataluña, sobre la misma novela. Consiguió, bajo mi dirección, un importante premio de la ciudad de Cornellà en el ámbito Humanístico. Yo habría apostado que nunca darían un premio a un trabajo sobre Galdós. Ya ves, me equivoqué por fortuna. Gracias por tu mensaje en mi blog. Estoy sopesando volver a Profesor en la Secundaria ahora o en el próximo curso. Un cordial saludo.

Juanjo dijo...

¡Hombre Antonio! ¿Quemar la novela de Benet? Vuelve a ella. Efectivamente inolvidable. Será que soy de Filosofía...

Saludos.

Antonio dijo...

Aunque tengo graves problemas de espacio en casa, todavía no he llegado a quemar novelas. Además, si quemo a Benet, es capaz Javier Marías de venir a achicharrarme.
P.D. Ojalá se cumpla esa vuelta de Joselu a la blogosfera. Tendremos que crear una plataforma bloguera de apoyo :-)

Lu dijo...

Antonio, el premio me ha dejado algo bloqueada. Además sigo arrastrando el peso de recomponer la revista, pero por alusiones, explicaré a qué vienen mis preferencias por Bolaño y Vila-Matas.
Fui vecina de Bolaño. Decidió instalarse en Blanes, allá por los años 80. Todavía era un desconocido. Te diré más, era considerado un hyppie sin futuro. Yo era muy joven, entonces.
Con el tiempo, coincidíamos en los bancos del parque de la escuela. Él y yo con nuestro respectivo libro bajo el brazo. Yo le hablaba de literatura y él también. Fue un desconocido hasta que empezó a salir en la prensa.
En sus libros (en Detectives Salvajes, también) reconozco a muchos personajes del entorno de Bolaño. Eso me divierte. Bolaño me descubrió a Vila-Matas. La esposa de este último trabajó conmigo en el instituto. La casualidad hizo que conociera detalles íntimos de los dos. Es como un puzzle en el que voy encajando piezas.
(No te extrañe que los confundiera en esa lista, que hice de memoria.)

Elisa dijo...

Cuando leí Bomarzo, en la playa, cuando mi madre me preparaba la comida y no era yo la que se la preparaba a los demás, no me duró ni dos días. Así es como se disfrutan los rarilargos, que se caen de las manos cuando tienes diez minutos para leer, antes de que se te cierren los ojos. Tal vez la lectura sea un antídoto contra el síndrome del nido vacío que tengo ya a la vuelta de la esquina.

Si he disfrutado un libro realmente no sólo recuerdo el libro, también recuerdo cómo lo conseguí, dónde lo leí y lo que ocurrió en mi vida por aquella época: son una especie de magdalena de Proust.

Además de Bomarzo tengo un recuerdo imborrable de El Unicornio, del mismo autor, aquella sirena encerrada en un cuerpo de hombre; el rey Balduino, leproso, marchando a la batalla...

Matilde dijo...

A mi también me gusta que los libros que me gustan sean largos, o sea, tochos. A veces estoy dividida entre la urgencia de saber terminan y la pena de saber que el placer se va a terminar. También me ocurre como a Elisa, los libros están asociados a mi vida y a mi piel como las músicas. Puedo recordar olores, emociones e imágenes de cuando los leí.
Bomarzo fue un libro-de-semáforos.
Llegué a él desde El Uncornio, ambas novelas me engancharon tanto que recuerdo que las leía hasta conduciendo (es decir, el libro abierto en el asiento del acompañante -vacío- para poder leer en los minutos que me permitían las pausas de los semáforos rojos), conducta peligrosa que solo he practicado con algunos libros, los citados y también con El siglo de las luces , el Amor en los tiempos del cólera o la saga de Maquroll de Álvaro Mutis entre otros y que da la medida de la relación apasionada que tuve con ellos.
Los detectives Salvajes me gustó mucho pero no fue un libr-de-semáforos sino un libro-de-cafés, me lo bebí a sorbitos, tomando cafés sin azúcar evocando siempre el aroma de Rayuela.

¡Cómo me gusta hablar de libros!. Es un placer que se añade al de leerlos.

Antonio dijo...

Gracias, Matilde, por el comentario y por ese despliegue teórico sobre los libros-semáforo y los libros-café. De Mutis he leído La última escala del Tramp Steamer y seguramente abordaré algún día más libros de la saga.
Un saludo.