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21 julio 2015

Sesquidécada: julio 2000


Con los rigores del verano atacando con fuerza, la sesquidécada de julio viene con lecturas ligeras, variadas y para todos los gustos. En primer lugar, para los lectores de prensa, tenemos una recopilación de columnas de Juan José Millás, a quien suelo recomendar asiduamente en este blog. Aunque hay muchas antologías de "articuentos", como llama Millás a sus ficciones de opinión, la que leí en julio de 2000 se llamaba Cuerpo y protésis. En ella hay numerosos textos relacionados con el cuerpo humano y con el extrañamiento que produce en general el funcionamiento de las personas, en sí mismas y en su relación con la sociedad. Sin duda, Millás está en su salsa en este género corto, un paso intermedio entre los extensos artículos de Larra y la brevedad de Twitter. La arquitectura de las columnas de Millás, como él mismo ha comentado en alguna ocasión, es similar a la de los insectos, cabeza, tórax y abdomen. Y del mismo modo que un entomólogo observa con pasión la perfección de esos pequeños seres, los lectores de Millás contemplamos entusiasmados el entramado verbal y la brillante artesanía compositiva que se muestra en gran parte de su producción periodística, mucho más interesante a mi juicio que la de sus novelas. A pesar de que algunas de aquellas columnas han perdido el referente que les dio origen, os animo a que les echéis un vistazo.

Para los lectores que buscan literatura de calidad sin agobios de tiempo ni extensión, ofrezco el segundo autor de la sesquidécada: Augusto Monterroso. Sus cuentos son exquisitos, auténticas joyas de la narrativa breve, comprometidos en ocasiones, líricos en otras, siempre literarios. Quizá reconocido mundialmente por su célebre microrrelato del dinosaurio, merece la pena acercarse a otros cuentos no tan famosos pero igualmente espléndidos. En clase de 2º de ESO llevamos años trabajando el cuento "El eclipse", comparándolo con el cómic de Tintín en el Templo del Sol, y que nos da pie a criticar la visión soberbia de las culturas occidentales frente al saber de los mayas y otros pueblos americanos. Por suerte, hay muchísimas ediciones digitales al alcance del lector actual. Es difícil elegir uno, pero en estos días de leyes y mordazas no habría que olvidar "La oveja negra", humor negro para un mundo teñido de cierta desesperanza.

Historias de viajeros (Naukas)
Por último, ofrezco una delicatessen para filólogos, historiadores y otras gentes de mal vivir. Se trata de una obra poco conocida pero que esconde un gran tesoro para lectores exigentes: Los viajes de Juan de Mandeville. La edición original es del siglo XIV y su autor firma como John Mandeville, aunque no se conoce realmente si existió alguien con ese nombre o en realidad es un personaje ficticio inventado por algún monje de la época. El libro relata los viajes de John Mandeville (o Juan de Mandavila) por Tierra Santa, India, China y otras tierras legendarias, en las que se describen animales y pueblos exóticos. Sin embargo, se trata de un gran engaño literario, pues dichas observaciones son producto de lecturas de otras obras de la época, como bestiarios, textos bíblicos, leyendas más o menos populares, etc. Esto no fue obstáculo para que se convirtiese en un best seller durante muchos siglos, con lectores ilustres, como Cristóbal Colón, que quizá viese reforzadas sus teorías al leer en este libro que se podría dar la vuelta al mundo si se viajase en línea recta ininterrumpidamente. Recomiendo, si tenéis ocasión, leer la versión en facsímil de una edición en castellano del siglo XVI, disponible en bibliotecas universitarias, pues en ella se pueden apreciar las ilustraciones de las razas extraordinarias que describe el autor de los viajes. Si no puede ser, existe una versión muy digna en los clásicos universales de Cátedra, que también os hará disfrutar de un viaje pseudo-histórico-geográfico-literario en el tiempo. Para los más friquis, también está accesible la versión original en inglés.
De la mano de Gorka Fernández, podéis escuchar el podcast de esta sesquidécada en El Recreo (a partir del minuto 27). Feliz verano, felices lecturas.

22 enero 2007

Viajero de sillón

Habla Joselu en su blog del viaje como experiencia de vida. Él mismo nos ha relatado estas navidades un maravilloso periplo (iniciático) que resume la experiencia del ser humano ante lo desconocido. En su nota, un lector ha comentado que el viaje, en ocasiones, envejece y no nos hace más sabios.

Por mi parte coincido en que el viaje siempre es fuente de conocimiento, pues nos hace enfrentarnos a la hostilidad de lo nuevo, desautomatiza la rutina y provoca un esfuerzo suplementario del instinto de supervivencia. El viaje es un acto que nos convierte en adultos y por ello me agobia apreciar en mis alumnos ciertas reticencias frente a los viajes -intercambios, cursos de verano, Erasmus-, como si se tratase de un temor a hacerse mayores, como un apego al hogar que los hace infantiles fuera de tiempo.

Sin embargo, desde que existe la literatura, todos sabemos que no es necesario viajar para sentir la experiencia viajera, que la imaginación pasa por encima del lastre corporal y nos sitúa en un plano superior de las experiencias físicas.

Quizá, quienes más sabían de esto eran los viajeros de la Edad Media, expuestos a mil asechanzas y contratiempos y que, aún así, se aventuraban a llegar a tierras perdidas más allá de sus propias imaginaciones. Pero, ante un original, siempre acaba por surgir la copia. Y la copia de un relato viajero 'verídico' siempre puede ser más sustanciosa si se añaden detalles interesantes, 'pecata minuta' para entretener, más que nada.

No hace mucho, Umberto Eco recreó esos viajes medievales en su novela Baudolino. Eco es un experto en la Edad Media y un gran fabulador, por eso no le pasó inadvertido ese mundo de viajeros 'mentirosillos' que seguramente no se habían movido de su silla mientras describían un mundo más leído que visitado.

Uno de los textos más entretenidos de esta generación de viajeros virtuales es el Libro de las Maravillas del Mundo, de John Mandavila (o Los viajes de sir John Mandeville -ed. Cátedra-), un autor del siglo XIV, tan mentiroso como para encubrir su propio nombre con un seudónimo. Probablemente salió de su casa, pero no debió de pasar más allá de Egipto, por lo que sus correrías son, en su mayor parte, ficticias.

La obra pretende ser un viaje por Asia, incluyendo Tierra Santa, por supuesto, y en él se recogen datos ciertos refrendados por otros viajeros de la época, incluido Marco Polo. Sin embargo, entre bromas y veras, aparecen fragmentos tomados directamente de los bestiarios, de las historias naturales, de las recopilaciones de anécdotas orientales, etc. De este modo, aparecen hombres sin cabeza y con la cara en el pecho, otros con cabeza de perro, otros con un solo pie enorme con el que se protegen del sol, etc. además de un sinfín de animales imaginarios como el basilisco o el ave fénix, por no hablar de la mítica tierra del Preste Juan.

En fin, que lo que me interesaba era imaginar a ese falso viajero, rodeado de libros de viajes, escribiendo una obra acerca de aventuras soñadas; me interesaba imaginar sus ideas acerca de los posibles lectores: ¿pensaría que lo iban a creer? ¿acaso él mismo creía lo que leía y escribía? ¿creería, como apunta el lector de Joselu, que no vale la pena envejecer viajando con el cuerpo mientras la mente sea capaz de vagar libre...?
Y siguiendo ese hilo, me pregunto yo: ¿en qué punto se aleja lo literario de lo real? ¿para qué contentarse con lo limitado si podemos disfrutar de lo infinito? ¿cuántos de ustedes preferirían no conocer tantas certezas del mundo para poder imaginar razas y lugares imposibles? ¿Eh?