25 diciembre 2018

El juego de las diferencias


"Todos nos hemos considerado mejores, mejores que los demás, y lo que es aún peor, hemos excluido de nuestro grupo a todos aquellos que no pensaban igual. Les hemos hecho daño". (La ola, 2008)

Aquel instituto tenía un proyecto educativo con un enfoque muy democrático, respetuoso con la multiculturalidad, laico, plurilingüe y todos esos valores que nos hacen tolerantes con los demás.
La mayor parte de los miembros de la comunidad educativa se consideraban representados por esos valores del siglo XXI que los alejaban de épocas pasadas en las que predominaba la segregación, el machismo, la discriminación o la desigualdad.
Sin embargo, a aquel proyecto educativo le faltaba algo, le faltaban recursos para garantizar todos esos valores que los sustentaban. Por ejemplo, había estudiantes que, por diversos motivos, no cumplían con las normas de convivencia. Había estudiantes que no tenían recursos materiales para desempeñar su labor en condiciones. Había quienes, incluso, renegaban de esos principios compartidos por la mayoría y se dedicaban a poner trabas en la vida del centro.
En aquel instituto, cuando las cosas empezaron a torcerse, hubo voces que se alzaron para protestar y en los claustros era frecuente oír este tipo de discusiones:
-Tenemos un proyecto compartido y unas normas. Hay que cumplirlas.
-Eso, hay que hacer algo con quienes no aceptan la convivencia.
-Pero no tenemos recursos para atender a los que incumplen las normas…
-Pues, entonces, habrá que echarlos.
-Eso, echarlos es la única solución.
-Pero nuestro proyecto habla de respeto, de educación, de diversidad… Tal vez deberíamos hacer un esfuerzo por integrar a través de la educación.
-Es cierto, algunos estudiantes no encajan porque no tienen apoyo familiar o porque no tienen recursos en sus casas para valorar debidamente lo que les ofrece este instituto.
-De eso nada, si no son capaces de integrarse, que se marchen a otro centro o a su casa.

Y así pasaban el tiempo debatiendo, mientras en las aulas, en los pasillos, la convivencia era cada vez más compleja. Curiosamente, nadie había pensado que los problemas de convivencia se resuelven garantizando recursos para la convivencia, no con castigos ni con debates educativos. Pero al final, los que viven inmersos en el conflicto acaban pensando que solo se solucionan los problemas haciendo desaparecer al que piensa diferente, al que vive de manera diferente, al que tiene un color, orientación sexual o religión diferente. Y en silencio o a gritos, a pesar de sentirse orgullosos de su proyecto democrático y multicultural, se suman al creciente coro: “echarlos es la única solución”.
Aquel país tenía una constitución con un enfoque muy democrático, respetuoso con la multiculturalidad, laico, plurilingüe y todos esos valores que nos hacen tolerantes con los demás.
La mayor parte de los ciudadanos se consideraban representados por esos valores del siglo XXI que los alejaban de épocas pasadas en las que predominaba la segregación, el machismo, la discriminación o la desigualdad.
Sin embargo, a aquella constitución le faltaba algo, le faltaban recursos para garantizar todos esos valores que la sustentaban. Por ejemplo, había ciudadanos que, por diversos motivos, no cumplían con las normas de convivencia. Había trabajadores que no tenían recursos materiales para desempeñar su labor en condiciones. Había quienes, incluso, renegaban de esos principios compartidos por la mayoría y se dedicaban a poner trabas en la vida del país.
En aquel país, cuando las cosas empezaron a torcerse, hubo voces que se alzaron para protestar y en los debates parlamentarios era frecuente oír este tipo de discusiones:
-Tenemos un proyecto compartido y unas normas. Hay que cumplirlas.
-Eso, hay que hacer algo con quienes no aceptan la convivencia.
-Pero no tenemos recursos para atender a los que incumplen las normas…
-Pues, entonces, habrá que echarlos.
-Eso, echarlos es la única solución.
-Pero nuestra constitución habla de respeto, de educación, de diversidad… Tal vez deberíamos hacer un esfuerzo por integrar a través de la educación.
-Es cierto, algunos ciudadanos no encajan porque no tienen apoyo social o porque no tienen recursos en sus ciudades para valorar debidamente lo que les ofrece este país.
-De eso nada, si no son capaces de integrarse, que se marchen a otro sitio o a su país.

Y así pasaban el tiempo debatiendo, mientras en los centros de trabajo, en las calles, la convivencia era cada vez más compleja. Curiosamente, nadie había pensado que los problemas de convivencia se resuelven garantizando recursos para la convivencia, no con castigos ni con debates parlamentarios. Pero al final, los que viven inmersos en el conflicto acaban pensando que solo se solucionan los problemas haciendo desaparecer al que piensa diferente, al que vive de manera diferente, al que tiene un color, orientación sexual o religión diferente. Y en silencio o a gritos, a pesar de sentirse orgullosos de su proyecto democrático y multicultural, se suman al creciente coro: “echarlos es la única solución”.


Crédito de la imagen: Crítica de "La ola"

4 comentarios:

Roser dijo...

Boníssim, Toni, moltes gràcies per compartir!

Joselu dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Joselu dijo...

Supongo e intuyo que hay en estos textos unas alusiones políticas demoledoras a la situación en vuestro instituto y, por extensión, a nuestro país con las nuevas opciones políticas que han aparecido. Pienso que es un juego de suma cero, si acentúas la inclusividad aparecen turbulencias que propician los autoritarismos; si acentúas la exclusividad aparece la reacción contraria como contrapunto. Todo tiene su precio y sus consecuencias en un instituto y en país.

Por ejemplo, un PFI o un PQPI. Comienzan dieciséis alumnos de los cuales cuatro o cinco impiden dar clase, favorecen enfrentamientos continuos con el profesorado, trafican con drogas, son absentistas, acosan a otros alumnos más débiles que dejan de venir por miedo. ¿Qué hacer? ¿Aplicar la normativa y terminar expulsando a esos cuatro o cinco para lograr salvar a los once o doce restantes? ¿O no y dejar que el curso fracase por la conflictividad constante en el aula, el tráfico de drogas -con la presencia de alumnos emporrados ya de buenas horas en la mañana-?

Sin duda es un buen debate.

Toni Solano dijo...

Roser: Gràcies a tu per compartir i comentar ;)
Joselu: Me ha encantado tu comentario, porque has puesto voz a lo que pensamos en muchas ocasiones y a lo que nos tortura casi a diario. Sabemos que una expulsión es siempre un fracaso de todos, pero nos vemos forzados a ello para "salvar" al resto. Es una impotencia terrible y a veces dolorosa, porque es el principio de un camino sin retorno hacia el fracaso o el abandono. ¿Alternativas? Soy optimista por un lado y pienso que algún día habrá equipos de educadores sociales en los centros, con recursos para atender a esos alumnos que no saben o no pueden convivir con el resto respetando normas básicas, pero, por otro, soy pesimista y creo que no habrá ni voluntad ni dotación económica para que eso ocurra. Gracias de nuevo por pasar por esta tu casa.