30 julio 2018

Sesquidécada: julio 2003

Hay meses en los que la lectura queda relegada a breves espacios de la vida, meses en los que leer es una quimera, un deseo reprimido que permanece latente esperando mejor ocasión para florecer. Hace quince años tenía otros alicientes vitales al margen de los libros, con una pequeña vida que ocupaba al completo mi tiempo, con unas expectativas laborales inciertas, con un panorama de decisiones complejas que había que tomar y que con toda seguridad cambiarían nuestras vidas, como así ocurrió. Por eso, en esta solitaria sesquidécada, solo un libro breve, una novela corta, se salvó del registro lector de aquel mes, una obra, además, muy apropiada para acompañar ese sentimiento de desamparo vital: La soledad del corredor de fondo, de Alan Sillitoe.
Sé honrado. Es como decir: sé un muerto, como yo, y luego ya no te dará pena dejar tu agradable casa de los barrios bajos para ir al reformatorio o a la cárcel. Sé honrado y confórmate con una porquería de empleo de seis libras a la semana. Bueno, pues a pesar de todas estas carreras de fondo, todavía no he sido capaz de entenderlo… y lo que quiere decir no me gusta. Porque después de todo lo que he pensado, me doy cuenta de que habla de algo que no me sirve, sobre todo teniendo en cuenta dónde nací y me crié. Porque otra cosa que la gente como el director no entenderá jamás es que yo soy honrado, que nunca he sido más que honrado, y que siempre seré honrado. Parece raro, pero es verdad, pues yo sé lo que para mí significa ser honrado y él sólo sabe lo que significa para él. Creo que mi honradez es la única que hay en el mundo, y él cree que la única que hay en el mundo es la suya. Por eso se han inventado esta casa tan grande y tan asquerosa rodeada de muros y vallas en medio de ninguna parte, para meter a los chavales como yo.

La novela de Sillitoe habla de la superación de la adversidad, de vivir al margen de las normas, de la responsabilidad, de la toma de decisiones. Es un texto breve e intenso que requiere pararse a respirar. No había vuelto a él desde aquella primera lectura y ahora, al recuperar algunos fragmentos, me doy cuenta de que también para mí fue aquel mes una carrera de fondo, un momento de pararme y decir: debo detenerme y buscar un nuevo camino. Y aquí ando.

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