24 octubre 2012

Sesquidécada: octubre 1997

Octubre de 1997 fue un mes de cambios importantes que afectaron no solo a mis lecturas sino también a mi vida personal y profesional. Acabada en julio la carrera de Filología Hispánica, el panorama académico se presentaba un tanto turbio. A pesar de haber obtenido unos resultados brillantes, no había lugar en la Universidad para dedicarme a la investigación. Sé que los científicos tienen razones de sobra para quejarse, pero los especialistas de las humanidades nunca conocimos las vacas gordas (basta con comprobar dónde se publican los mejores estudios de hispanistas, por ejemplo). Sin posibilidades de beca, solo podía optar a seguir con estudios de Tercer Ciclo, es decir, comenzar la carrera hacia un doctorado. Debo decir que aún mantenía vivo el espíritu con el que empecé la carrera y que resume muy bien Antonio Orejudo en su última novela Un momento de descanso:
Filología Hispánica aún no se había convertido en una carrera de saldo, aún no era la licenciatura de los que no pueden estudiar algo más serio por falta de capacidad o de nota media. Cuando nosotros entramos en la universidad, Filología Hispánica era todavía una disciplina en la que se matriculaban no solo quienes no servían para las ciencias, sino también los jóvenes de cierta cultura, chicos a los que les interesaban de verdad las letras, y que habían leído bastantes libros para su edad.
Así que hace quince años, los que celebra esta sesquidécada, andaba tanteando lecturas que me llevasen a un tema interesante para enfocar mi tesis doctoral. Leí las Cartas a Lucilio, de Séneca, por si los clásicos me iluminaban en ese trance, pero la solución fue más prosaica. La catedrática a quien me encomendé, Evangelina Rodríguez Cuadros, me sugirió que investigase sobre la Academia de los Nocturnos. El nombre me llamó mucho la atención, así que me dediqué a leer las Actas de las sesiones para descubrir de qué se trataba aquella misteriosa academia y quiénes eran aquellos Nocturnos.
Palacio de Catalá de Valeriola
Estos señores se reunieron entre 1591 y 1594, en un total de 88 sesiones académicas, en las que se ejercitaba el verso, la prosa e incluso los temas científicos. Fundada por Bernardo Catalá de Valeriola en la ciudad de Valencia, la Academia reunía a algunos de los más ilustres intelectuales de la época, como Gaspar Aguilar, Cerdán de Tallada, Rey de Artieda, Francisco de Tárrega o Guillem de Castro. Se planteaba un tema y los académicos disertaban o recitaban sobre el mismo. Muchos de aquellos textos poéticos fueron recogidos en cancioneros, y es muy probable que Lope de Vega, que asistió a varias de aquellas sesiones, perfeccionase su técnica dramática y tomase prestadas para su poética algunas propuestas estéticas de aquel círculo literario tan activo -recordemos que en Valencia se hallaba uno de los focos de interés teatral más importante de la época-.
Como digo, en aquellos días de indecisión académica, leí las Actas de esta curiosa Academia, recopiladas por José Luis Canet en cuatro volúmenes, editados por la Institució Valenciana d'Estudis i Investigació. No fue una lectura muy provechosa, pues mi ritmo de trabajo y estudio a la vez -y una familia que empezaba a crecer- me impedían avanzar al son que dictaba mi directora de tesis; así que cambié de directora y de tema de tesis, aunque eso pertenece a recuerdos posteriores que ya llegarán. Al menos queda esta nota en el blog para recopilar el nombre de aquellos Nocturnos que, adelantándose a los avatares de Twitter, ya tenían su propio mote que los definía:
Don Bernardo Cathalán (Presidente)- Silencio
El canónigo Francisco Tárrega (Conciliario) - Miedo
Francisco Desplugues (señor de la Puebla) (Secretario) - Descuydo
Miguel Beneyto (Portero) - Sosiego
Gaspar Aguilar - Sombra
Don Francisco Pacheco - Fiel
Hernando Pretel - Sueño
Maximiliano Cerdán - Temeridad
Fabián de Cucalón (señor de Cárçer) - Horror
Gaspar de Villalón - Tinieblas
El dotor Gerónymo de Virués - Estudio
Don Juan de Fenollet - Temeroso
Jayme Orts - Tristeza
Manuel Ledesma - Recogimiento
El licenciado Gaspar Escolano - Luz
Evaristo Mont - Soledad
El maestro Antonio Joan Andreu - Vigilia
El maestro Gregorio Ferer - Industria
Don Gaspar Mercader - Relámpago
Don Francisco de Vilanova - Recelo
Don Guillén de Castro - Secreto
Don Francisco de Castro - Consejo
Don Guillén Ramón Cathalán - Reposo
López Maldonado - Sinzero
Don Thomás de Vilanueva - Tranquilidad
Pelegrín Cathalán - Cuydado
Don Joan Pallás (Barón de Cortes) - Olvido
El maestro Gaspar Gracián - Peligro
Don Mathías Fajardo - Oscuridad
El capitán Andrés Rey de Artieda - Centinela
Thomás Cerdán de Tallada - Trueno
Don Jayme de Aguilar - Niebla
Don Carlos Boyl - Recelo
Pedro Vicente Giner - Cautela
Don Guillém Belvis - Lluvia
Gerónymo de Mora - Sereno
Don Lois Ferrer - Norte
El dotor Joan Andrés Nuñes - Luzero
Micer Joan Joseph Martí - Atrevimiento
Don Pedro Frigola - Espia
Hernando de Balda - Cometa
Estacio Gironella - Resplandor
El licenciado Lorenço de Valençuela - Tiento
Joan de Valençuela - Asombro
El licenciado Bartholomé Sebastián - Estrella
¿Os los imagináis tuiteando sus versos?



5 comentarios:

eduideas dijo...

Me alegra que no acabases en la universidad, una gran ganancia para la secundaria, aunque entiendo el panorama que describes y el doctorado puede ser un camino francamente arduo. No conocía a estos nocturnos, ¡cuánto queda por explicar de nuestra propia literatura! Respecto a lo que comentas de la degradación de la filología, creo que pasa en muchas otras carreras

mjchorda dijo...

Una sesquidécada muy filológica, más para aquellos que estudiamos en la Facultad de Filología de Valencia y rondamos los 40 y....Comparto recuerdos, ya lo hemos comentado alguna vez, Evangelina y sus clases de Calderón. Me ha gustado ese repaso a La Academia de Los Nocturnos, geniales los seudónimos que utilizaban, no los conocía. Aquella era otra Valencia que no la de hoy en día. Y sí, yo me los imagino tuiteando :)

mjchorda dijo...

No había visto el listado de teatros, es una maravilla. ¿De dónde lo has sacado?

Carlota Bloom dijo...

¡No pensaba que hubiera tantísimos "nocturnos" en la lista!¡Qué actividad frenética! ¡Con mote y todo! Un periodo muy intereante.
Efectivamente las vacas nunca fueron gordas para las Humanidades. Entre mis compañeros de promoción también intentamos algunos el camino de la investigación, en mi caso en el CSIC.
Huelga decir que se quedó en el intento... Un abrazo!

Toni Solano dijo...

Eduideas: Al final, dando tumbos, aún he podido experimentar la docencia universitaria a tiempo parcial. No sé si alegrarme o no, pues la verdad creo que me gusta bastante la Secundaria y no me veo pasando tantas horas de despacho; tal vez de cara a la jubilación :)
Mª José: En el estudio filológico, se nos presentan un tanto rancios, pero conociendo el ambiente valenciano, seguro que se parecían bastante al corrillo de tuiteros actuales :)
Carlota Bloom: El año en que acabé yo, no hubo becarios, y al siguiente hubo seis o siete, que acabaron también marchándose. Traté de conseguir algún modo para seguir investigando pero, si solicitabas beca, debías renunciar a cualquier trabajo remunerado, y los tiempos no estaban tampoco para echar cohetes. Tengo amigos de aquella promoción que siguen precarios. Es la historia del saber en España.