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07 abril 2008

Pobres lenguas

En uno de los comentarios a mi nota anterior, una asociación política pedía mi apoyo para defender la lengua castellana. Es una idea bastante extendida la que convierte a las lenguas en seres indefensos en manos de villanos que pretender exterminarlas. Es cierto que los políticos tienen la habilidad de convertir en incendios las chispas de un mechero y que eso de "política lingüística" es una de las mayores perversiones de los tiempos presentes. Viendo cómo arreglan lo de la vivienda, el terrorismo, las guerras, la economía, etc., es probable que, cuando se tomen en serio el asunto de las lenguas, acaben con ellas en un pispás.
Decía que es curioso que la gente se preocupe tanto por la desaparición de las lenguas en España, y más de la desaparición del castellano. Supongo que les da miedo que las autonomías se conviertan en reinos de taifas con idiomas incomprensibles entre sí. Es evidente que quienes piensan así no conocen la realidad de las aulas, al menos las que conozco yo. Cualquier alumno que se incorpora al sistema educativo tiene suficiente margen para adaptarse al sistema bilingüe de esta Comunidad Valenciana. Es más, diría que se adaptan mejor a la línea en valenciano (con todas las asignaturas en valenciano) que a la línea en castellano. De hecho, no veo utilidad en esa distinción: lo lógico sería que cada docente tuviese libertad de impartir las clases en el idioma que quisiera, respetando la situación bilingüe de las aulas y el derecho de los alumnos a expresarse asimismo en la lengua que quisiera (con las evidentes limitaciones de las asignaturas de lenguas).
El problema viene cuando todos se creen con el derecho de exigir pero no con el deber de respetar los derechos de los demás. La imposición de lenguas por ley es un acto contra natura. Aquí hemos vivido todo tipo de luchas absurdas por el uso del valenciano en el sistema educativo. Para muchos, el valenciano y el catalán son lenguas distintas, a pesar de que los filólogos hayan dejado bastante claro la unidad de la lengua con sus distintas variedades diatópicas. Gracias a esa disputa, ha habido políticos y medios de comunicación que han hecho caja. Los padres han mareado a sus hijos explicándoles que en la escuela les enseñaban catalán y que no debían dejarse engañar. De este modo, una asignatura fundamental, que representa el idioma que aquí se habla y que todos tenemos el derecho y el deber de respetar, ha sido menospreciado por los propios patriotas que, en muchas ocasiones, preferían usar el castellano antes que cualquier otra palabra que sonase a catalán. El peligro de ofender a los talibán de la lengua acecha siempre. Y los extremistas se encuentran tanto a la derecha como a la izquierda. Hay quien, huyendo del nacionalismo del español como lengua de imperio, se abraza a la actitud Axtérix -aldea de irreductibles hablantes, en superioridad moral e histórica frente al invasor-, y lanza anatemas a todo el que pone en duda un recién instituido monolingüismo de las minorías.
Seguro que esta nota levantará algún rencor entre mis lectores. Me considero un hablante marginal, casi apátrida, porque empecé a hablar valenciano ya de adulto. He procurado usarlo siempre que he podido, tanto en lo oral como en lo escrito, y casi nunca lo he hecho por obligación. Probablemente, podría usarlo con mayor frecuencia, aunque mis clases de y en castellano restringen mi campo de acción. Pero en mi contexto nunca he visto que el valenciano o el castellano sufran persecución de ningún tipo. Los idiomas no son seres indefensos, porque son medios de comunicación, que no morirán mientras no mueran quienes los usan. Llamar a la rebelión por masacres imaginadas no me parece correcto. Si queremos salvar al castellano, tenemos que usarlo más y mejor. En ésas estamos.
Crédito de la imagen: RedKid