20 septiembre 2016

Sesquidécada: septiembre 2001

Septiembre, septiembre... mes de vuelta al cole, aunque en 2001 aún no tenía un aula a la que volver, ya que estaba en el limbo de los que esperan una llamada de la bolsa de interinos, una llamada que en aquella ocasión se haría de esperar demasiado; pero eso es otra historia. En las lecturas de aquel septiembre de 2001 todavía encuentro textos relacionados con mi tesis inconclusa, libros sobre bibliotecas antiguas y pliegos de cordel. Sin embargo, para esta sesquidécada voy a optar por tres lecturas más asequibles, algo que se pueda aprovechar en este siglo.

El primer elegido es un autor poco conocido, Jan Potocki, que ha pasado sin embargo a la historia de la literatura gracias a su extraña novela Manuscrito encontrado en Zaragoza. No es una lectura fácil, quizá por responder al gusto de principios del siglo XIX, cuando fue escrita, pero sí que encandila a los amantes de la narratología por el inusual juego de narraciones incrustadas, a modo de muñecas rusas, sometidas además al recurso clásico -tan cervantino- del manuscrito encontrado. La trama puede resultar también muy apetecible en nuestra época, en la que tanto se ha revalorizado lo gótico y lo grotesco, con cabalistas, bandoleros, demonios y otras gentes de mal vivir. Recientemente, he leído La torre de los siete jorobados, de Emilio Carrere, y me ha recordado mucho a Potocki y a aquellos otros grandes autores de relatos fantásticos del XIX que abrieron las puertas al cuento moderno.

La segunda lectura es una novela de Elena Poniatowska, La piel del cielo, de la que también guardo buen recuerdo, no tanto por el argumento, sino por el deleite de su prosa y el lirismo de su universo narrativo, un universo, en este caso, con constelaciones de fondo. Posteriormente leí Leonora, de la misma autora, y confirmé que se trata de una escritora inexcusable en el panorama literario actual. 

Para finalizar, una recomendación tan ligera como divertida: el ensayo de Carlo M. Cipolla, Allegro ma non troppo, que incluye dos artículos muy conocidos suyos: "El papel de las especias (y de la pimienta en particular) en el desarrollo económico de la Edad Media" y "Las leyes fundamentales de la estupidez humana". El primero es una parodia de las monografías universitarias y de ciertas investigaciones tan absurdas como irrelevantes. Por otro lado, el análisis de las leyes fundamentales de la estupidez humana es, a pesar de su carácter satírico, un ensayo certero y atinado sobre la condición humana y la relación entre las personas. 
  1. Siempre e inevitablemente cualquiera de nosotros subestima el número de individuos estúpidos en circulación.
  2. La probabilidad de que una persona dada sea estúpida es independiente de cualquier otra característica propia de dicha persona.
  3. Una persona es estúpida si causa daño a otras personas o grupo de personas sin obtener ella ganancia personal alguna, o, incluso peor, provocándose daño a sí misma en el proceso.
  4. Las personas no-estúpidas siempre subestiman el potencial dañino de la gente estúpida; constantemente olvidan que en cualquier momento, en cualquier lugar y en cualquier circunstancia, asociarse con individuos estúpidos constituye invariablemente un error costoso.
  5. Una persona estúpida es el tipo de persona más peligrosa que puede existir.


Sin duda, Cipolla nos quiere advertir del peligro de topar con personas de ese cuadrante inferior, en el que los estúpidos no sólo generan perjuicio propio, sino que provocan la desgracia general, algo especialmente grave si, además, forman parte de la clase gobernante.
Una lectura altamente recomendable en estos tiempos de mediocridad y escasa estima de la inteligencia humana.