23 septiembre 2015

Sesquidécada: septiembre 2000

¿No tenéis la sensación a veces de que hechos del pasado se configuran con el tiempo, casi por azar, en presagios de lo que vivís en el presente? Esta sesquidécada, con protagonista único, es un ejemplo de esto que digo. En septiembre de 2000 entró en mi biblioteca Los trabajos de Persiles y Sigismunda, de Miguel de Cervantes. Podría decir que ya entonces estaba envenenado por el virus cervantino, pero en realidad compré aquella edición de Alianza porque tenía un disquete (sí, de aquellos de 1,44 Mb) con una edición digital del texto. Para los más jóvenes, habría que decir que en aquella época estaban empezando a funcionar algunas bibliotecas virtuales, entre la que destacaba precisamente la Miguel de Cervantes, hoy referente inexcusable para los filólogos (y en la que podéis encontrar una versión digital del Persiles). Al margen de aquellas excepciones, conseguir ediciones digitales dependía del afán de alguna universidad norteamericana o del trabajo solitario de algún letraherido con página web personal, como Luis López Nieves, el artífice de Ciudad Seva, otro monumento literario. Ante aquella modernidad del disquete, adquirí muy ufano dicha edición, aunque debo confesar que el formato en que venía el texto era tan extraño que acabé por arrinconarlo y leerlo en papel, como toda la vida. Sin embargo, gracias a esta anécdota, ya veis que en aquel lejano septiembre de 2000 se conjuraron, sin que yo lo presintiese siquiera, Cervantes y las TIC, lo digital y lo clásico, este binomio que quince años después todavía no he logrado deshacer.

Más allá de esas circunstancias particulares, el Persiles es una novela solo recomendable a buenos lectores que, además, conocen la tradición literaria del momento y valoran una obra en su contexto. Lo digo porque a veces, los profes de literatura explicamos la novela bizantina, el género en el que se incluye esta obra, diciendo que eran relatos de aventuras, con personajes enamorados que luchaban contra su destino, que superaban mil pruebas y que siempre andaban saliendo de una para caer en otra. Tenemos nuestra parte de razón, pero deberíamos reconocer que la novela bizantina, como género, es aburrida para el lector actual. Aburrida por previsible, por artificiosa, por la desnudez psicológica de sus personajes, demasiado tópicos. Curiosamente, esa rigidez era la que animó a Cervantes a escribirla, como exigían los cánones literarios del momento, y a considerarla además su obra más perfecta, por encima del propio Quijote. Fue para Cervantes su testamento literario, un empeño en el que entregó casi su último aliento. Dice así en el Prólogo, escrito tres días antes de su muerte:

Puesto ya el pie en el estribo, 
con las ansias de la muerte, 
gran señor, ésta te escribo
Ayer me dieron la Estremaunción y hoy escribo ésta. El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir (...)
Leí aquella novela hace quince años y me dejó un poso agridulce: también yo pensé que los profes de literatura me habían engañado prometiendo enredos que no llegaron a emocionarme, y no hallé en el Persiles esas aventuras divertidas y trepidantes que esperaba; sin embargo, como buen filólogo, comprendí que la literatura es también un juego del escritor con los lectores de su época, que Cervantes entregó en ese viaje a la perfección del Persiles toda su técnica narrativa en el mayor grado, que debía agradecerle que, 400 años después, yo pudiese sentirme un "lector normal" de aquellos años convulsos. Y sentí en aquel momento también un poco de pena por él, que hubiera preferido pasar a la fama por este Persiles y no por aquel Quijote que lo ha hecho inmortal.

P.D: Os recuerdo que en las redes, hasta fin de año, seguimos con Cervantes y las TIC en la segunda fase del proyecto Quijote News. Animaos a participar.

P.D. bis: Mi amigo Gorka ha empezado sus emisiones del Recreo, el podcast educativo que recoge en una de sus secciones (a partir del minuto 31) estas sesquidécadas.


5 comentarios:

Joselu dijo...

Siempre lo menciono pero no lo he leído y, además, no me he sentido tentado de hacerlo, igual que no se me ocurrirá leer La Galatea, su primera obra. Persiles es la última. Dices algo relevante cuando supones que Cervantes hubiera deseado pasar a la historia por el Persiles y no por El Quijote, y eso da pábulo a las impertinentes interpretaciones de que Cervantes era un ingenio lego y que no fue muy consciente de lo que había escrito con su Don Quijote. No recuerdo muy bien quién dijo esto, no sé si Américo Castro o quién. Luego se intentó mostrar que no era así, que Cervantes sabía muy bien lo que hacía. Sin embargo, este empeño último en crear el Persiles, una obra, según se deduce de tu comentario, aburrida, tópica y acartonada, es extraño. ¿Por qué no profundizó en el perspectivismo, la clave genial de El Quijote? ¿Por qué no ideó personajes en proceso de transformación interior como son los vivos, vivísimos, de la obra del hidalgo loco? Es como haber inventado la radio y seguir comunicándote a gritos para que conozcan tus ideas? Las novelas intercaladas de El Quijote son también el colmo de la insustancialidad. Pero en la segunda parte las defiende el personaje para quitarle aridez a la historia prinicipal.

Mientras escribo se me refuerza la impresión de que no tendríamos una obra tan genial si no hubiera existido Avellaneda al que Cervantes quiere dar la réplica en su Quijote. No sé qué hubiera pasado si Don Quijote hubiera ido a Zaragoza en lugar de Barcelona, si no hubiera tenido que contradecir al escritorzuelo de Tarragona. No sé si Cervantes fue muy consciente del genial recurso a la intertextualidad que creaba en su dialéctica con Avellaneda o si le salió simplemente por intuición y reacción espontánea. La apoteosis llega cuando introduce en su novela a Álvaro Tarfe, un personaje de Avellaneda, y le hace confesar que el único Quijote verdadero era él. Mucho me temo que sin el acicate de Avellaneda (Lope de Vega) el Quijote no sería el que hoy conocemos.

Al fin y al cabo, Cristobal Colón, murió sin saber que había descubierto un nuevo continente que se llamaría América. ¿Puede ser que Cervantes experimentara algo semejante? Y que fueron otros los que vieron que aquella historia del hidalgo manchego era un nuevo continente literario al que le pusieron nombre, como Américo Vespucio dio nombre a América, una vez muerto el descubridor.

eduideas dijo...

La polémica que indica Joselu ¿son siempre conscientes los autores de lo que descubren / escriben? la tenemos habitualmente en clase, cuando muchos alumnos se quejan de que no puede ser de que el escritor pusiera todo eso en un poema sabiéndolo, acusándonos de querer sacar más jugo del que hay o de buscar sentido a todo. La segunda polémica, la de si debemos leer clásicos hoy aburridos o superados, sigue viva y presente en los planes de estudio. ¿Leeríamos el Persiles si fuera de otro autor, incluso entre filólogos? Creo que estas dicotomías entre amantes de la lengua y profesores o entre expertos y público normal son básicas para entender conceptos como el de canon literario

Manuel Fernández dijo...

Muy inteligente comentario. ¡gracias!

Toni Solano dijo...

Joselu: También me sorprende como a ti que Cervantes no comprendiese la grandeza del Quijote y que se entregase a obras más canónicas y sometidas a las exigencias cultas de su tiempo. Tal vez la explicación se halle entre los pliegues de su biografía, en su interés por no resultar sospechoso en un tiempo en que serlo constituía un peligro vital. El Quijote quizá fue la obra con la que se divirtió, una obra que, por placentera, estaba lastrada ante el rigor de un "oficio serio" como el de hombre de letras. De hecho, a Lope le pasó algo similar cuando empezó con sus comedias, pero supo plantar cara a los académicos con su "Arte nuevo..." y mantenerse en sus trece disfrutando y escribiendo a su gusto. A Cervantes esta valentía de Lope le pilló mayor (si hubiesen sido amigos de juventud ¿quizá tendríamos más novelas brillantes en la línea del Quijote?) y prefirió dejar el Quijote como entretenimiento y no como testamento. Coincido contigo en que sin el Avellaneda, no habría destilado la genial segunda parte y nos hubiera privado de esta obra cumbre. Por último, me atrevo a poner en relación lo que dices de Cervantes con la situación de los docentes innovadores: ¿cuántos han tirado la toalla a lo largo del tiempo aburridos del desdén y los inconvenientes de ir siempre a contracorriente? ¿No es más cómodo y a la larga menos doloroso hacer lo que hacen todos? A veces entiendo que Cervantes volviese al final de sus días al sendero trillado de la tradición, aunque solo fuese para demostrarles a algunos que incluso en eso podría superarlos.

Toni Solano dijo...

Eduideas: Nos movemos entre la eterna disputa entre la Estilística y el Formalismo: ¿debemos ahondar en los entresijos y motivos del autor para entender su escritura o el texto, una vez escrito, queda huérfano a merced de la libre interpretación de los lectores? No es fácil salir de las trampas que acechan en la literatura, trampas que tal vez tendió el autor o quizá tendidas por las propias palabras al juntarse. En todo caso, es un placer para los filólogos poder vislumbrar todos esos sentidos posibles y disfrutar de cada uno de ellos. Un saludo.
Manuel Fernández: Bienvenido al blog y gracias por comentar :)