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Invitado por el equipo de Evaluacción, acabo de publicar una reflexión titulada "La destileria de la evaluación" en la que sobrevuelo las cuestiones de evaluación y calificación que me atormentan como docente. Allí defiendo que, en general, somos buenos evaluando pero que tenemos muchos problemas a la hora de objetivar esa evaluación en una nota numérica. El principal problema, a mi parecer, es convertir el proceso global e integral del aprendizaje -lo que exige la ley- en un conjunto de ítems susceptibles de ser medidos en forma de escala, que es lo que también exige la administración. Trabajar de manera holística en las competencias, en proyectos, en procesos, para luego trascender en una calificación numérica -obtenida en demasiadas ocasiones por un examen que no recoge todas las evidencias del aprendizaje-, supone una contradicción metodológica difícil de resolver, al menos para mí. No bastaría con suprimir los exámenes, como apuntan algunos, ni tampoco con eliminar las notas numéricas, como ya se ha intentado en alguna ocasión. Creo que la realidad impone un filtro basado en estándares, en pruebas demasiado parecidas a los exámenes de clase (la Selectividad o las reválidas son el paradigma de ello, pero también las oposiciones y otras pruebas del mismo estilo), que obligan a que nos acostumbremos a esa manera de cribar. El modelo impuesto por organismos internacionales refuerza aún más ese sistema de medición por escalas. ¿Hay alternativas? ¿Se puede evaluar en la Escuela sin ubicar las evidencias de aprendizaje en una escala numérica? ¿Sería mejor el sistema educativo si no dependiese de la calificación? No tengo respuestas, solo preguntas.
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