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19 diciembre 2015

Sesquidécada: diciembre 2000

Diciembre trae para los docentes unos días de tregua que quizá algunos aprovechen para leer y relajarse de unas tensiones que, a menudo, proceden más de las alturas que de las llanuras del aula. Si a esas preocupaciones añadimos lo que nos queda por ver tras las elecciones de mañana domingo, tal vez la lectura sea el mejor regalo y refugio que os pueda ofrecer desde este sencillo espacio virtual. Por eso, para esta sesquidécada he elegido dos lecturas a mi juicio muy apetecibles y asequibles para todos.

En primer lugar, una novela divertida, cargada de humor e ironía y, sobre todo, muy mediterránea en el sentido de la picaresca, la trampa y el costumbrismo que define a los españoles y a los italianos. Se trata de La concesión del teléfono, de Andrea Camilleri, un autor bien conocido por la serie de novelas policiacas protagonizadas por el comisario Montalbano. En esta ocasión, Camilleri abandona el género negro para construir una entretenida comedia ambientada en la Sicilia de finales del siglo XIX, donde la petición de una línea de teléfono se convierte en un enredo burocrático y sentimental de proporciones épicas. El estilo epistolar permite al lector una visión poliédrica que acentúa el carácter satírico y humorístico de las distintas peripecias. Muy recomendable.

En segundo lugar, recomiendo una novela de Enrique Vila-Matas, El viaje vertical. Este autor ha ido construyendo un estilo muy particular a lo largo de los últimos años, pero creo que El viaje vertical es el punto de inflexión de su narrativa y una de sus obras más interesantes. Es una novela intelectual pero sin la carga elitista que, en mi opinión, lastra sus novelas (o novelas-ensayos) más recientes. Es una historia de viajes y de crecimiento que evita las moralejas y que ofrece interesantes intertextualidades con la literatura clásica y contemporánea; particularmente me recordó mucho a Fernando Pessoa, tal vez por estar ambientada en algunos de sus mismos escenarios portugueses. También es una lectura altamente recomendable para los lectores exigentes. 

Espero que estas sugerencias os abran el apetito lector y os dejen un eco parecido al que me seduce quince años después de leerlas.

Felices fiestas.

22 noviembre 2015

Sesquidécada: noviembre 2000

Esta sesquidécada no solo conmemora una lectura de hace quince años, sino que celebra también mi iniciación en la docencia. En noviembre de 2000 me llamaron de una academia para impartir clases de preparación de Selectividad en las especialidades de Literatura y de Latín. Por primera vez entraba en un aula como profe y por primera vez experimentaba las alegrías y dificultades del oficio. De esto ya hablo suficiente en el blog, así que me centraré en la lectura que protagoniza esta sesquidécada y que tiene que ver con aquellas clases de preparación de Selectividad. Se trata de Luces de bohemia, de Ramón María del Valle-Inclán, una obra que aún sigue formando parte del canon prescriptivo de las pruebas de acceso a la universidad.

No fue aquella mi primera lectura de Luces de bohemia ni tampoco la última, ya que sigo leyendo esta obra cada vez que me toca impartir clase en 2º de Bachillerato y, con cada lectura, me convenzo un poco más de la grandeza de Valle-Inclán como artista del lenguaje literario y de la pervivencia de su obra en el tiempo, sin mermas de calidad ni de compromiso con la realidad. Leer ahora Luces de bohemia produce tanta bilis como debía producir en su tiempo, y algunos de sus momentos estelares parecen retratos grotescos sacados de las noticias de cualquier periódico de hoy: disturbios callejeros sofocados a golpe de porra o pistola, cultura vendida a precio de saldo en manos de usureros, medios de comunicación vendidos al poder, nepotismo, inmoralidad, postureo... Hay frases que podían ser tuits mil veces retuiteados:




Hace años leímos la obra y la comentamos en Tuenti y Twitter; nos concedieron un reconocimiento por ello. Este trimestre la hemos vuelto a leer y comentar en clase, pues, como ya dije, es lectura preceptiva de Selectividad. Sé que muchos de mis alumnos han desconectado durante esas sesiones de tertulia: les viene grande una obra que exige demasiado fondo cultural; tal y como está planteada la Selectividad, les va mejor aprenderse de memoria la teoría de la literatura. Otros quizá han entendido a Valle de manera superficial, sin vislumbrar la relevancia de su escritura en el tiempo que le tocó vivir. Solo unos pocos habrán atesorado tras su lectura la semilla de una literatura del más alto nivel, una delicatessen que podrán disfrutar en más ocasiones cada vez que vuelvan a sus páginas. En el fondo, sabemos que la buena literatura sigue siendo un artículo de lujo, cada día más escaso, cada día más preciado por los elegidos la secta.

24 octubre 2015

Sesquidécada: octubre 2000

Decía José Martí que "hay tres cosas que cada persona debería hacer durante su vida: plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro". En octubre de 2000 conseguí cumplir la que me faltaba, que era escribir un libro. En esta sesquidécada recordaré aquel De civilitate: escrits i dansa sobre l'Humanisme, una obra de encargo de la que fui editor y en la que también participé como biógrafo y compilador. 
Por aquel entonces, se había organizado en Valencia "Cinc segles", un conjunto de actividades culturales alrededor del quinto centenario de su universitad, y andaba yo todavía enredado en cursos de doctorado y documentando mi proto-tesis. Mi amigo Vicent-Josep Escartí, con quien había colaborado en algún artículo universitario, me puso en contacto con Toni Tordera para que preparase una recopilación de textos de tres grandes humanistas alrededor del tema de la civilidad o urbanidad: Juan Luis Vives, Erasmo de Rotterdam y Tomás Moro. Además, se incluirían unos textos y reflexiones del coreógrafo Santiago Sempere, quien montaría un espectáculo con ese mismo hilo temático. En aquel proyecto participaron también con biografías o artículos los periodistas Martí Domínguez y Enric Sòria, además del propio Escartí.
El encargo me tuvo ocupado varios meses. Recuerdo que pasé el verano picando textos -apenas había obras digitalizadas-, corrigiendo y componiendo con un portátil Toshiba que me había comprado de segunda mano. Fue una labor muy motivadora que me obligó a revisar y seleccionar citas de entre los muchos escritos de los tres humanistas, ya que en una de las partes del libro, se recogían esas citas como si se tratase de una tertulia entre los tres, para que casi resultase creíble ese encuentro ficticio. También me ocupé de la biografía de Erasmo, al que admiraba con devoción. 
No puedo decir que el libro fuese un éxito en las librerías y, si no recuerdo mal, solo me enviaron, años después, un ingreso irrisorio de derechos de autor. Era un libro muy específico para una ocasión muy circunstancial. Sin embargo, estuve -y estoy- muy orgulloso de haberlo sacado a la luz y de verlo hoy en el escaparate de los Google books, con esa satisfacción de haber cumplido con la tercera de las exigencias de la vida que mencionaba José Martí.

No cerraré esta sesquidécada sin mencionar otros dos libros que leí en aquel octubre de 2000 y que os resultarán tal vez más divertidos e interesantes. Rabos de lagartija, de Juan Marsé y La soledad era esto, de Juan José Millás. El primero, que ganó en su día el Premio Nacional de Narrativa, es una novela ambientada en la Barcelona de mediados del siglo XX, con unos personajes entrañables y una trama muy bien contada. La soledad era esto, en cambio, es una novela de los 90, con el sello personal de Millás, probablemente una de las mejores para mi gusto, y que prefigura ya muchos de sus rasgos de estilo.

23 septiembre 2015

Sesquidécada: septiembre 2000

¿No tenéis la sensación a veces de que hechos del pasado se configuran con el tiempo, casi por azar, en presagios de lo que vivís en el presente? Esta sesquidécada, con protagonista único, es un ejemplo de esto que digo. En septiembre de 2000 entró en mi biblioteca Los trabajos de Persiles y Sigismunda, de Miguel de Cervantes. Podría decir que ya entonces estaba envenenado por el virus cervantino, pero en realidad compré aquella edición de Alianza porque tenía un disquete (sí, de aquellos de 1,44 Mb) con una edición digital del texto. Para los más jóvenes, habría que decir que en aquella época estaban empezando a funcionar algunas bibliotecas virtuales, entre la que destacaba precisamente la Miguel de Cervantes, hoy referente inexcusable para los filólogos (y en la que podéis encontrar una versión digital del Persiles). Al margen de aquellas excepciones, conseguir ediciones digitales dependía del afán de alguna universidad norteamericana o del trabajo solitario de algún letraherido con página web personal, como Luis López Nieves, el artífice de Ciudad Seva, otro monumento literario. Ante aquella modernidad del disquete, adquirí muy ufano dicha edición, aunque debo confesar que el formato en que venía el texto era tan extraño que acabé por arrinconarlo y leerlo en papel, como toda la vida. Sin embargo, gracias a esta anécdota, ya veis que en aquel lejano septiembre de 2000 se conjuraron, sin que yo lo presintiese siquiera, Cervantes y las TIC, lo digital y lo clásico, este binomio que quince años después todavía no he logrado deshacer.

Más allá de esas circunstancias particulares, el Persiles es una novela solo recomendable a buenos lectores que, además, conocen la tradición literaria del momento y valoran una obra en su contexto. Lo digo porque a veces, los profes de literatura explicamos la novela bizantina, el género en el que se incluye esta obra, diciendo que eran relatos de aventuras, con personajes enamorados que luchaban contra su destino, que superaban mil pruebas y que siempre andaban saliendo de una para caer en otra. Tenemos nuestra parte de razón, pero deberíamos reconocer que la novela bizantina, como género, es aburrida para el lector actual. Aburrida por previsible, por artificiosa, por la desnudez psicológica de sus personajes, demasiado tópicos. Curiosamente, esa rigidez era la que animó a Cervantes a escribirla, como exigían los cánones literarios del momento, y a considerarla además su obra más perfecta, por encima del propio Quijote. Fue para Cervantes su testamento literario, un empeño en el que entregó casi su último aliento. Dice así en el Prólogo, escrito tres días antes de su muerte:

Puesto ya el pie en el estribo, 
con las ansias de la muerte, 
gran señor, ésta te escribo
Ayer me dieron la Estremaunción y hoy escribo ésta. El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir (...)
Leí aquella novela hace quince años y me dejó un poso agridulce: también yo pensé que los profes de literatura me habían engañado prometiendo enredos que no llegaron a emocionarme, y no hallé en el Persiles esas aventuras divertidas y trepidantes que esperaba; sin embargo, como buen filólogo, comprendí que la literatura es también un juego del escritor con los lectores de su época, que Cervantes entregó en ese viaje a la perfección del Persiles toda su técnica narrativa en el mayor grado, que debía agradecerle que, 400 años después, yo pudiese sentirme un "lector normal" de aquellos años convulsos. Y sentí en aquel momento también un poco de pena por él, que hubiera preferido pasar a la fama por este Persiles y no por aquel Quijote que lo ha hecho inmortal.

P.D: Os recuerdo que en las redes, hasta fin de año, seguimos con Cervantes y las TIC en la segunda fase del proyecto Quijote News. Animaos a participar.

P.D. bis: Mi amigo Gorka ha empezado sus emisiones del Recreo, el podcast educativo que recoge en una de sus secciones (a partir del minuto 31) estas sesquidécadas.


12 agosto 2015

Sesquidécada: agosto 2000

Dicen que el verano es tiempo ideal para leer libros largos, novelones a los que dedicar horas sin prisa, tiempo de best sellers intranscendentes si es preciso. En esta sesquidécada que recupera lecturas de agosto de 2000 también se reseña un novelón, aunque tiene poco que ver con un best seller. Se trata de Sombras sobre el Hudson, del premio Nobel Isaac Bashevis Singer. Si no recuerdo mal, llegué a esta obra por alguna reseña de Antonio Muñoz Molina, que en aquella época estaba muy centrado en la cultura judía (poco después publicaría Sefarad, una interesante novela sobre los sefardíes).

Sombras sobre el Hudson es más que una novela río, una novela océano, como apunta Eduardo Chamorro. Tanto el estilo como la trama recuerdan mucho a las novelas del siglo XIX. Bashevis Singer sustituye el Madrid de Galdós por la comunidad judía de Nueva York y ofrece un minucioso despiece de personajes y costumbres, por lo general marcados por el signo de un holocausto demasiado cercano. En mi caso, esta lectura me acercó a la cultura judía más allá de los guiños cómicos de las películas de Woody Allen, John Goodman en el Gran Lebowsky o la saga de El padre de la novia, que llegarían después. En alguna ocasión he vuelto a autores de este estilo, como Saúl Bellow, pero reconozco que me parecen más interesantes las visiones críticas o abiertamente cómicas, como la de El lamento de Portnoy de Philip Roth.

En cuanto a los novelones de verano, sigo manteniendo en parte esa costumbre. El verano pasado me atreví con Anna Karenina y ahora mismo estoy enfrascado en La broma infinita, de David Foster Wallace, otro de esos libros raros y largos que ponen a prueba a los lectores impenitentes. Por suerte, mi amigo Joselu retroalimenta mi lectura con la suya. A ver si llegamos ambos a buen puerto. 

21 julio 2015

Sesquidécada: julio 2000


Con los rigores del verano atacando con fuerza, la sesquidécada de julio viene con lecturas ligeras, variadas y para todos los gustos. En primer lugar, para los lectores de prensa, tenemos una recopilación de columnas de Juan José Millás, a quien suelo recomendar asiduamente en este blog. Aunque hay muchas antologías de "articuentos", como llama Millás a sus ficciones de opinión, la que leí en julio de 2000 se llamaba Cuerpo y protésis. En ella hay numerosos textos relacionados con el cuerpo humano y con el extrañamiento que produce en general el funcionamiento de las personas, en sí mismas y en su relación con la sociedad. Sin duda, Millás está en su salsa en este género corto, un paso intermedio entre los extensos artículos de Larra y la brevedad de Twitter. La arquitectura de las columnas de Millás, como él mismo ha comentado en alguna ocasión, es similar a la de los insectos, cabeza, tórax y abdomen. Y del mismo modo que un entomólogo observa con pasión la perfección de esos pequeños seres, los lectores de Millás contemplamos entusiasmados el entramado verbal y la brillante artesanía compositiva que se muestra en gran parte de su producción periodística, mucho más interesante a mi juicio que la de sus novelas. A pesar de que algunas de aquellas columnas han perdido el referente que les dio origen, os animo a que les echéis un vistazo.

Para los lectores que buscan literatura de calidad sin agobios de tiempo ni extensión, ofrezco el segundo autor de la sesquidécada: Augusto Monterroso. Sus cuentos son exquisitos, auténticas joyas de la narrativa breve, comprometidos en ocasiones, líricos en otras, siempre literarios. Quizá reconocido mundialmente por su célebre microrrelato del dinosaurio, merece la pena acercarse a otros cuentos no tan famosos pero igualmente espléndidos. En clase de 2º de ESO llevamos años trabajando el cuento "El eclipse", comparándolo con el cómic de Tintín en el Templo del Sol, y que nos da pie a criticar la visión soberbia de las culturas occidentales frente al saber de los mayas y otros pueblos americanos. Por suerte, hay muchísimas ediciones digitales al alcance del lector actual. Es difícil elegir uno, pero en estos días de leyes y mordazas no habría que olvidar "La oveja negra", humor negro para un mundo teñido de cierta desesperanza.

Historias de viajeros (Naukas)
Por último, ofrezco una delicatessen para filólogos, historiadores y otras gentes de mal vivir. Se trata de una obra poco conocida pero que esconde un gran tesoro para lectores exigentes: Los viajes de Juan de Mandeville. La edición original es del siglo XIV y su autor firma como John Mandeville, aunque no se conoce realmente si existió alguien con ese nombre o en realidad es un personaje ficticio inventado por algún monje de la época. El libro relata los viajes de John Mandeville (o Juan de Mandavila) por Tierra Santa, India, China y otras tierras legendarias, en las que se describen animales y pueblos exóticos. Sin embargo, se trata de un gran engaño literario, pues dichas observaciones son producto de lecturas de otras obras de la época, como bestiarios, textos bíblicos, leyendas más o menos populares, etc. Esto no fue obstáculo para que se convirtiese en un best seller durante muchos siglos, con lectores ilustres, como Cristóbal Colón, que quizá viese reforzadas sus teorías al leer en este libro que se podría dar la vuelta al mundo si se viajase en línea recta ininterrumpidamente. Recomiendo, si tenéis ocasión, leer la versión en facsímil de una edición en castellano del siglo XVI, disponible en bibliotecas universitarias, pues en ella se pueden apreciar las ilustraciones de las razas extraordinarias que describe el autor de los viajes. Si no puede ser, existe una versión muy digna en los clásicos universales de Cátedra, que también os hará disfrutar de un viaje pseudo-histórico-geográfico-literario en el tiempo. Para los más friquis, también está accesible la versión original en inglés.
De la mano de Gorka Fernández, podéis escuchar el podcast de esta sesquidécada en El Recreo (a partir del minuto 27). Feliz verano, felices lecturas.

17 junio 2015

Sesquidécada: junio 2000

La sesquidécada de junio viene con aromas de caballería andante, pues celebra la lectura añeja de un clásico del género: el Tirant lo Blanch. En realidad, el clásico original ya lo había leído durante la carrera, pues, en mi época, las Filologías tenían un tronco común hasta 3º y luego las Hispánicas continuaban con asignaturas de literatura valenciana o catalana hasta 5º. De este modo accedí al Tirant en su versión original allá por el año 1996, y lo hice de la mano de Albert Hauf, quizá el especialista en literatura medieval más interesante y caótico que he tenido en mi carrera. Pero no es el Tirant, sino el Tirante, el verdadero protagonista de la sesquidécada, porque en junio de 2000, después de haber participado en su curso de doctorado sobre dietarística medieval, Vicent-Josep Escartí me propuso colaborar en el cotejo de la edición en castellano de Tirante el Blanco con la versión facsímil de su traducción original impresa por Diego de Gumiel en Valladolid en 1511. Imaginad mi alegría al poder enfrentarme a textos casi originales y hacer mis primeros pinitos en edición textual, algo en lo que había comenzado un par de años antes a partir de pliegos sueltos. Con aquel entusiasmo, incluso me compré mi primer portátil de segunda mano para poder trabajar con total libertad. Pasé muchas semanas descubriendo la riqueza del castellano de principios del siglo XVI y gozando de esos placeres que solo los filólogos de vocación pueden entender.

El Tirante el Blanco en versión castellana difiere en ocasiones de la versión original de Joanot Martorell (y tal vez concluida por Martí Joan de Galba). No solo es cuestión de la estructura externa, capítulos y organización, sino también de algunos fragmentos modificados quizá por influencia del Amadís de Gaula. Sea como fuere, se trata de una novela de caballería única, hasta tal punto que Cervantes, en el Quijote, la salva de la quema en el escrutinio del cura y el barbero:
Por tomar muchos juntos se le cayó uno a los pies del barbero, que le tomó gana de ver de quién era, y vió que decía: Historia del famoso caballero Tirante el Blanco. Válame Dios dijo el cura, dando una gran voz; ¡que aquí esté Tirante Blanco! Dádmele acá, compadre, que hago cuenta que he hallado en él un tesoro de contento y una mina de pasatiempos. Aquí está don Kirieleison de Montalván, valeroso caballero, y su hermano Tomás de Montalván y el caballero Fonseca, con la batalla que el valiente de Tirante hizo con Alano, y las agudezas de la doncella Placerdemivida, con los amores y embustes de la viuda Reposada, y la señora emperatriz enamorada de Hipólito su escudero. Dígoos verdad, señor compadre, que por su estilo es este el mejor libro del mundo; aquí comen los caballeros, y duermen y mueren en sus camas, y hacen testamento antes de su muerte, con otras cosas de que todos los demás libros de este género carecen. Con todo eso, os digo que merecía el que lo compuso, pues no hizo tantas necedades de industria, que le echaran a galeras por todos los días de su vida. Llevadle a casa y leedle, y veréis que es verdad cuanto de él os he dicho (Cap.6, I parte)
El Quijote, como veis, nos sale al paso en todo tiempo y lugar, sin necesidad de requerir la ayuda de nuestros reporteros del Quijote News. Muchos críticos se han empeñado en descifrar si los comentarios del cura son reflejo del propio pensamiento de Cervantes o si el merecimiento de galeras es una burla o un doble sentido. Para mí, lo importante es saber que Cervantes encontró en el Tirant elementos valiosos para su Quijote. Puede que le gustasen la humanidad o cercanía del personaje, o sus avatares a menudo ridículos o abiertamente eróticos; puede que atisbase ya en el Tirant las postrimerías de una época que llegaba a su fin y que solo se podía sellar con una gran parodia como el Quijote; o puede simplemente que lo divirtiese hasta tal punto de rendirle homenaje en su obra de este modo. En cualquier caso, es una pena que el Tirant solo sea conocido en el ámbito de la literatura valenciana y que sus traducciones solo se valoren fuera de España, algo bastante común por cierto en este país cainita. 
Como de costumbre, gracias a Gorka tenemos un podcast de esta sesquidécada (a partir del minuto 22), podcast que recomiendo entero porque en él también son protagonistas los alumnos de Víctor Cuevas.

26 mayo 2015

Sesquidécada: mayo 2000

Esta nota en el blog es un poco especial, porque, además de recoger la lecturas de hace quince años, coincide con el aniversario de este blog, que hoy cumple nueve añazos. Seguro que hay más motivos para andar de celebración, pero me conformo con la alegría de poder compartir con vosotros durante tanto tiempo lecturas y escritura.
La sesquidécada de mayo de 2000 viene con tres novelas como protagonistas, lo que quizá sea una invitación al goce de leer en el periodo estival que se acerca. Además, sus autores son ya una referencia inexcusable en el panorama literario de tres periodos bastante diferentes, por lo que siempre es agradable escribir sobre ellos.

Siguiendo el orden cronológico, la primera novela es Campo del moro, de Max Aub, uno de mis autores de cabecera como bien sabéis. Se trata de la quinta novela del Laberinto Mágico, un friso narrativo imprescindible para entender la historia de España entre 1936 y 1939. En mi opinión, esta novela, junto con Campo de los almendros, es una de las más trágicas de esta serie ambientada en la Guerra Civil. Despojada de toda retórica, la novela avanza con agilidad gracias a los magníficos diálogos de los personajes, que representan las distintas ideologías y facciones en liza. No salen bien parados ni los de un bando ni los del otro, y el horror vence siempre a la dialéctica. Evidentemente, se trata de una novela recomendada para amantes de la historia y la buena literatura.


El segundo protagonista es Eduardo Mendoza, en esta ocasión con una obra menor: Una comedia ligera. Como su nombre parece indicar, se trata de una novela sin pretensiones, con el telón de fondo de una obra teatral en la que los protagonistas se ven enredados en medio de un crimen. Mendoza es un gran narrador y se puede permitir aquí los juegos metaliterarios sin necesidad de mostrarse virtuoso o con ínfulas de maestría. Es una novela para entretenerse y para descubrir los encantos y la levedad de la burguesía. Por supuesto, prefiero al Mendoza de La verdad sobre el caso Savolta, pero también es cierto que a veces se necesita leer por leer, y esta es una buena ocasión.


Algo parecido ocurre con la tercera novela, Últimas noticias del paraíso, de Clara Sánchez, una autora de la que no he vuelto a leer nada, pero que en su día me pareció interesante. En esta obra, se cuentan las aventuras y reflexiones de un adolescente en una de esas urbanizaciones impersonales que empezaron a crecer a principios de este siglo y que ahora consideramos tan propias de nuestra idiosincrasia. Recuerdo que en aquella época resultaba casi exótico ese mundo tan desangelado que se articulaba alrededor de un centro comercial, a imagen y semejanza de las urbes norteamericanas. Durante mucho tiempo, esta novela formó parte de mis recomendaciones para los bachilleres y alguna de ellos llegó a publicar su reseña personal.

Una vez más, gracias a Gorka podemos disfrutar de esta sesquidécada en forma de tertulia del programa El Recreo (a partir del minuto 33,15), que en su décima edición, lleva como invitada a la grandísima María Barceló hablando del EABE. Un placer compartirlo con vosotros.

26 abril 2015

Sesquidécada: abril 2000

Esta sesquidécada de abril tiene sabor de escuela, pues en ella recupero una antología de citas sobre Educación a cargo de filósofos, escritores, pedagogos y otros autores célebres. Latín y mentiras, que así se llama esta obra, es un libro delicioso que ofrece puntos de vista muy distintos sobre el arte de educar. En el año 2000 en que yo me estaba iniciando en este oficio docente, algunos de aquellos pensamientos me resultaron curiosos o extravagantes, pero debo reconocer que hoy día los entiendo mucho mejor. Resulta muy difícil hacer una selección de otra selección, pero quería aprovechar esta sesquidécada monotemática para dejaros algunos de los textos que más me han llamado la atención. Espero que os gusten.


Alexander Shutterland Neill
He dicho que los padres quieren que su hijo llegue a ser lo que ellos no pudieron llegar a ser. Pero hay más: todo padre reprimido está decidido al mismo tiempo a que su hijo no saque de la vida más de lo que él sacó. Padres sin vida no quieren que su hijos vivan, y esos padres siempre tienen miedo exagerado al futuro. Creen que la disciplina salvará a sus hijos. Esa misma falta de confianza en sus yos interiores les hace postular un Dios externo que obligue a la bondad y la verdad. La disciplina es, pues, una rama de la religión. (..)
Nunca he esperado mucho de la educación; quiero decir que siempre he dudado de que al hombre se le pueda modificar o mejorar de algún modo por medio de la educación. En cambio, siempre tuve cierta confianza en el suave poder de persuasión de la belleza, del arte, de la poesía; a mí mismo, en mi juventud, me formó más y me despertó con mayor fuerza la curiosidad hacia el mundo espiritual ese poder que todos los "métodos de educación" oficiales o privados. (...)
La escuela es el único problema cultural moderno que tomo en serio y que ocasionalmente me excita. En mí la escuela ha destrozado muchas cosas, y conozco pocas personas de cierta importancia a las que no les ocurriera lo mismo. Aprender, sólo aprendí allí latín y mentiras.

Martin Buber
Una enseñanza cuyo objetivo es el qué, no es educativa. Por el contrario, si su meta es el cómo, entonces lo es. La educación no es una cuestión del qué sino del cómo: cómo se enseña, cómo se presentan las cosas. Y esta en verdad es una tarea muy difícil.

James Boswell
Nuestro actual sistema educativo es muy malo. A un joven le enseñan durante algunos años una serie de cosas que, cuando se enfrenta al mundo, no ve modo de usar. No se enseña ni una sola cosa relativa a cómo debe uno comportarse en la vida real. Se ara y se allana la mente pero no se echa semilla alguna. Mediante el cultivo, el terreno se fertiliza, y así, cuando un joven se enfrenta al mundo, lo que ha sido sembrado crece con gran exuberancia. (...) Según mi plan, los jóvenes deberían, en primer lugar, hallarse bien cualificados para ser buenos ciudadanos; además, debería haber oportunidades concretas de instrucción para cada modo concreto de vida.

H.L. Mencken
Pienso que el período escolar es el más desdichado de toda la existencia humana. Está poblado de tareas insulsas e ininteligibles, de reglamentaciones nuevas y desagradables, de transgresiones brutales al sentido común y el decoro. Un niño razonablemente despierto no necesita mucho tiempo para descubrir que la mayor parte de las enseñanzas con que lo atosigan son absurdas, y que a nadie le interesa realmente que las asimile o no. Sus padres tienden a aburrirse con sus lecciones y deberes, a menos que tengan una mente infantil, y son incapaces de ocultar este hecho cuando él los escudriña con sus ojos penetrantes. A sus primeros maestros los ve sencillamente como policías fastidiosos. A los posteriores generalmente los cataloga, con mucha razón, como asnos.

Johann H. Pestalozzi
En tanto que los maestros no se tomen la molestia o no sean capaces de infundir en sus alumnos un vivo interés por aprender, no tienen derecho a quejarse de su falta de atención ni de la aversión de algunos niños hacia la enseñanza. Si pudiéramos ser testigos del indescriptible aburrimiento que invade el alma infantil cuando se pasan una tras otra las fatigosas horas ocupándose en cosas que no causan ningún aliciente en los niños ni puede parecerle de alguna utilidad, y si quisiéramos acordarnos de esos mismos hechos que nos ocurrieron en nuestra propia infancia, no nos extrañaríamos ya más de la pereza escolar que se arrastra hacia la escuela como una babosa.

Friedrich Schiller
La ilustración del entendimiento sólo merece respeto si se refleja en el carácter, pero con eso no basta: surge también, en cierto modo, de ese mismo carácter, porque el camino hacia el intelecto lo abre el corazón. La necesidad más apremiante de la época es, pues, la educación de la sensibilidad, y no sólo porque sea un medio para hacer efectiva en la vida una inteligencia más perfecta, sino también porque contribuye a perfeccionar esa inteligencia.

León Tolstoi
Los niños son moralmente mucha más sagaces que los adultos, y -a menudo sin mostrarlo y hasta sin tener conciencia de ello- no sólo ven los defectos de los progenitores, sino también el peor de todos los defectos: la hipocresía de los padres, y pierden el respeto por ellos y el interés por todas sus enseñanzas. La falsedad de los padres en la educación de los hijos es el fenómeno más corriente, y los niños son muy sensibles y lo notan al instante, se alejan y se corrompen. La verdad es la primera y principal condición de la eficacia del influjo espiritual; de ahí que sea también la condición primordial del empeño educativo. 

Francisco Giner de los Ríos
El gran secreto de la vida es aprender a olvidar, debiendo proceder con todo el saber que adquirimos como el actor con los papeles que aprende: sin retenerlos en la memoria más que mientras hacen falta, a fin de que dejen hueco para otros. Es una suerte que la mayor parte del bagaje con que nos cargan en la juventud se nos olvide. El método verdaderamente psicológico, el más económico de fuerzas, tiempo y dinero, es el que emplea todos los sentidos.

Robert L. Stevenson
Si recordamos los tiempos de nuestra educación, estoy seguro de que no serán las intensas, instructivas, henchidas horas en las que hicimos novillos las que lamentemos. Más bien suprimiríamos algunos apagados momentos de duermevela en las clases (...)
No es este el momento de extenderme en hablar de ese poderoso lugar de educación -la calle- que fue la escuela favorita de Dickens y Balzac y hace cada año muchos oscuros maestros en la ciencia de la Vida. (...)
Baste con esto: el muchacho que no aprende en la calle es que no tiene facultades de aprender. Ni el que hace novillos está siempre en la calle; porque, si lo prefiere, puede, atravesando los barrios extremos poblados de jardines, salir al campo, sentarse cerca de unos lilos, al lado de un arroyo y fumar pipa tras pipa al son del agua en las piedras. Un pájaro cantará en la enramada. Y se sentirá llevado de agradables pensamientos; y verá las cosas a una nueva luz. Si esto no es educación ¿qué es, entonces?

Ludwig Wittgenstein
Nuestros niños aprenden ya en la escuela que el agua está formada por los gases de hidrógeno y oxígeno, o el azúcar por el gas carbónico, hidrógeno y oxígeno.Quien no lo entiende es tonto. Los problemas más importantes se ocultan.

Jean Jacques Rousseau
Si la naturaleza da al cerebro de un niño esa flexibilidad que lo vuelve idóneo para recibir toda clase de impresiones no es para que en él se graben nombres de reyes, fechas... no tienen sentido para su edad ni utilidad alguna, las ideas que pueda concebir deben servirle para conducirse durante su vida de manera conveniente a su ser y a sus facultades. (...)
¿Por qué consumir el tiempo en instrucciones que siempre vienen por sí mismas y no cuestan ni esfuerzos ni cuidados? ¿Qué niño de doce años no sabe todo cuanto vos queréis enseñar al vuestro, y, además, lo que sus maestros le han enseñado?

Wystan H. Auden
Un maestro no tarda en descubrir que sólo puede ser útil a unos pocos, que hay muchos por los que nada puede hacer, salvo enseñarles unos cuantos trucos para aprobar los exámenes, y otros pocos a los que no puede hacerles más que daño. Los niños que me interesaban eran los retrasados, es decir, aquellos que aún no habían descubierto su verdadera naturaleza, cosa que resultaba de gran interés incluso para mí mismo, o aquellos que, al igual que yo a su edad, eran anarquistas que odiaban la escuela. A estos últimos intenté, mientras alentaba su rebelión, enseñarles la técnica del camuflaje para evitar el martirio. En el aspecto político no pude hacer nada, excepto tratar de minar su fe.

John Dewey
Nadie ha explicado aún por qué los niños están llenos de preguntas fuera de la escuela (de tal modo que llegan a abrumar a las personas mayores si reciben algún estímulo) y su sorprendente ausencia de curiosidad sobre las materias de las lecciones escolares. Ningún perfeccionamiento en la técnica personal del docente remediará plenamente este estado de cosas (...) Como consecuencia de la falta de materiales y ocupaciones que produzcan problemas reales, los problemas de los alumnos no son suyos, o más bien son suyos sólo como alumnos, no como seres humanos.

Friedrich Nietzsche
El gran defecto de la enseñanza actual es que se imparta por horas y todo revuelto. (...)
En los Estados grandes la instrucción pública siempre será sumamente mediocre, por la misma razón por la que en las cocinas grandes se cocina, en el mejor de los casos, mediocremente. (...)
Los Estados sinceramente democráticos tienen que proveer a todos de la educación más elevada a cualquier precio.

Oscar Wilde
La educación es algo admirable, pero conviene recordar de vez en cuando que nada que merezca saberse puede ser enseñado.

Karl Kraus
Los niños de hoy se ríen de sus padres cuando les cuentan cuentos de dragones. Es de todo punto necesario que el terror sea una asignatura obligatoria; de lo contrario, nunca lo aprenderán.

Hannah Arendt
El propósito de la educación totalitaria nunca ha sido inculcar convicciones, sino destruir la capacidad para formar alguna.

Esta sesquidécada, como ya es costumbre, también tiene su reseña en el podcast de El Recreo, de la mano de Gorka Fernández (a partir del minuto 27): 

18 marzo 2015

Sesquidécada: marzo 2000

Esta sesquidécada que recupera las lecturas de marzo de 2000 es un poco rarita. En ocasiones, el azar nos lleva a leer obras extrañas que difícilmente caerían en nuestras manos si no es por una conjunción de casualidades.
El primer autor que recupero es Marcel Schwob y lo hago con una de sus novelas más inquietantes: La cruzada de los niños. Este relato breve llegó a mí de la mano de Vicent-Josep Escartí, que, junto con Antoni Tordera, se habían encargado de editar y traducir al valenciano. De aquella versión, La croada dels infants, me encargaron una reseña; con ello alimentaron mi curiosidad por Schwob, su vida y su obra. Descubrí que se relacionó con Julio Verne y fue traductor de Stevenson; como otros artistas de la época, escapó a la Polinesia buscando tal vez la libertad creadora.
La cruzada de los niños narra un episodio a mitad de camino entre la historia y la leyenda: unos miles de niños se encaminan hacia Jerusalén para liberarla de la dominación musulmana. Tal vez sea una lectura apropiada para estos tiempos en los que se habla tanto de yihadismo y jóvenes. Por supuesto, Schwob construye un relato ficcional, cargado de simbolismo y con unas técnicas muy singulares, alejadas ya del naturalismo del XIX, tal como explico con excesiva prolijidad en aquella reseña. Schwob es autor además de otra obra igualmente curiosa: Vidas imaginarias, que prefigura el juego de las falsas identidades que tanto juego dará en las vanguardias.

La segunda obra de la que hablaré se llama Las letrinas. Historia de la higiene urbana, de Roger Henri Guerrand. Ya entendéis por qué dije que era una sesquidécada rarita, ¿no? Todo tiene su explicación. En aquel tiempo en que trataba de orientar mi tesis doctoral, me documentaba sobre microhistoria (o intrahistoria, que decía Unamuno), esos pequeños sucesos que quedan al margen de la historia oficial. Curiosamente, los cambios en la organización urbana tuvieron mucha relación con la recogida de residuos y el alcantarillado. Como ejemplo, mencionaré que la primera -y polémica- disposición sobre recogida selectiva (papel, orgánicos y vidrio-cerámica) data de 1883, promovida por el prefecto Poubelle, quien, ironías de la historia, acabó dando nombre a la basura en francés. 

El último protagonista de la sesquidécada es un cronista de Indias: Polo de Ondegardo, de quién leí la Relación de los fundamentos acerca del notable daño que resulta de no guardar a los indios sus fueros. En realidad, más que un aventurero, se trataba de un funcionario comisionado por Pizarro para ordenar administrativamente sus territorios. Me resultó curioso observar la visión poco típica de este relator, más interesado en las cuestiones legales del imperio Inca que en las hazañas bélicas de los conquistadores. Por ello orienté uno de mis trabajos de doctorado a compararlo con Pascual de Andagoya, un militar, mucho más interesado en el oro que en la ley. Podéis echar un vistazo a aquellas reflexiones en mi artículo "Dos visiones del Nuevo Mundo: el oro y la ley".

A modo de colofón, el podcast de "El recreo" con la sección literaria de la sesquidécada (a partir del min. 33'12) en la que hablo con Gorka Fernández de estas lecturas. No dejéis de escuchar también a Marcos Cadenato, que inaugura una sección sobre dichos, ni a Manuel Jesús Fernández, que habla de la "clase al revés".

19 febrero 2015

Sesquidécada: febrero 2000

La sesquidécada de febrero tiene protagonistas marca España, para que luego digan que no hacemos patria. Se trata de dos figuras fundamentales de la narrativa de finales del siglo XX: Antonio Muñoz Molina y Juan José Millás.

Muñoz Molina es conocido por sus obras de gran peso: las novelas negras o el ciclo de memoria histórica ambientado en Mágina, y sus obras de carácter cercano al ensayo. Sin embargo, son menos conocidas sus novelas cortas, muy interesantes por la condensación y por cierto aire de delicatessen literaria: En ausencia de Blanca, El dueño del secreto o Carlota Fainberg. Precisamente esta última fue la que leí en febrero de 2000 y la que ahora recupero para esta sesquidécada. En Carlota Fainberg, dos personajes se cruzan al azar en un aeropuerto e intercambian historias del pasado. No voy a desvelar mucho de la trama, pero quiero subrayar el gran trabajo de Muñoz Molina como creador de narradores interpuestos y como gestor de la tensión y el suspense, incluso sin necesidad de elementos rebuscados o artificiosos. Es un texto breve que, de verdad, merece la pena conocer.

Juan José Millás ha aparecido muchas veces en este blog, sobre todo elogiado por su capacidad de dotar de lógica a los mayores absurdos. En muchos casos, ese manejo del absurdo permite a Millás generar columnas periodísticas que demuestran que la ficción no llega a la suela de los zapatos de la realidad. En No mires debajo de la cama son precisamente los zapatos los protagonistas de la historia, aunque poco a poco ceden terreno a otras tramas y a otros personajes. La vida secreta de los zapatos por la noche sirve de excusa para mostrar, una vez más, la materia absurda de nuestra realidad. Sin embargo, creo que también a Millás se le escapa el hilo narrativo y sus alegorías resultan desmesuradas para el formato novelístico, que acaba pareciendo una columna periodística exagerada en extensión.

Para cerrar esta sesquidécada, mencionaré un libro del que apenas recuerdo nada, pero que significó mucho para mí en su día. Se trata de la Guía para el profesor de idiomas, de Maximiano Cortés, un libro que leí con fruición para ponerme al día en las claves de la docencia de Español como Lengua Extranjera. Digo que significó mucho para mí porque en aquel momento empecé a dar clases on line para un college de EE.UU., lo que me abrió las puertas al mundo de las TIC. Hace quince años empecé a manejar los cursos virtuales y las clases a través de salas de chat de voz que permitían sesiones de intercambio en tiempo real. Tuve conciencia entonces de que los contextos de aprendizaje estaban cambiando y de que el mundo se había hecho muy pequeño. Poco tiempo después, cuando comencé a dar clases en el sistema educativo general, también me di cuenta de que en este país estábamos todavía anclados en el pasado, en el "Cuéntame" del que todavía parece que no hemos salido.

Como dije en la anterior sesquidécada, esta sección también podéis escucharla en los podcasts de El Recreo que graba para la red mi buen amigo Gorka. En esta ocasión, mi intervención (a partir del minuto 24) va precedida de la excelente charla con Maru Domenech, que también nos habla del Quijote News.

25 enero 2015

Sesquidécada: enero 2000

Se cumplen ahora seis años de sesquidécadas, 72 notas en el blog hablando de lectura y literatura. Esta serie se inició en una época en la que la irrupción de Twitter levantaba rumores acerca de la muerte de los blogs. Y aquí estamos todavía, tal vez distintos, pero vivos. Esta sesquidécada, la número 73, como corresponde a la magia de sus cifras, es también un poco especial, porque gracias a mi amigo y colega Gorka Fernández -uno de los más veteranos blogueros, incluso antes de formar parte de Tres Tizas- damos el salto a la radio y al podcast. En su programa El Recreo irán apareciendo mensualmente reseñas de estas sesquidécadas, en un formato más abierto, que permita hablar relajadamente de libros y lecturas. La primera entrega, la de este mes de enero, la podéis escuchar en este podcast -a partir del minuto 28-, donde también se incluye una recomendable entrevista a Juan Carlos Palomino, responsable de Espiral. En ella cuento el origen de esta serie y desvelo algunos secretos de su trastienda.


Como se señala en el podcast, esta sesquidécada de enero sacrifica algunas lecturas interesantes de enero de 2000 -lo siento por Luis Landero o por Gil Vicente- para convertirse en una nota viajera, hacia Oriente y hacia Occidente.

El primer reseñado es Alvar Núñez Cabeza de Vaca con sus Naufragios. De los cronistas de Indias, nos hemos quedado con Bartolomé de las Casas, olvidando que hay espléndidos relatos con estilos muy diversos. La de Cabeza de Vaca es la primera crónica de los pasos europeos por el sur de Estados Unidos, especialmente la zona de la Florida y el Golfo de México. En ella se puede apreciar el asombro y la curiosidad ante unos territorios jamás vistos con la aparición de animales y plantas desconocidas a los que hay que nombrar. En el texto de los Naufragios aparecen palabras nuevas que irán engrosando el léxico castellano. Solo por ello merece la pena asomarse aunque sea un poquito a sus páginas.

El segundo texto es el Viaje de Jerusalem del maestro Francisco Guerrero, un músico renacentista relegado durante siglos y recuperado recientemente por Jordi Savall. Accedí al texto original de Guerrero gracias al apoyo de José Luis Canet, Julio Alonso y Vicent-Josep Escartí, con quienes estaba desarrollando diversos cursos de doctorado en la Universitat de València. A Vicent Escartí, especialista en textos memorialísticos, le propuse orientar mi trabajo hacia una edición digital semipaleográfica acompañada de la versión modernizada; de este modo, el texto de Guerrero quedó a disposición de los estudiosos desde aquel año de 2000. Ahora he recuperado la versión completa con notas y os la dejo también a vosotros. La edición de este texto del viaje fue para mí una experiencia maravillosa porque me obligó a aprender mucho sobre Tierra Santa, sobre los Evangelios e incluso sobre Música, especialmente en su conexión con muchos de nuestros poetas clásicos. Es una suerte poder compartirlo con vosotros y verificar de este modo que, como apuntaba hace poco en la plataforma Lectyo, leer no es un acto solitario, sino una actividad colectiva que permite tejer una red de complicidades. Nos leemos y nos escuchamos en la próxima sesquidécada.