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15 abril 2025

Profesor(x)s. Un emoji... triste


En educación, como en política, siempre hay más consensos en el lado conservador que en el progresista. En los síntomas todos podemos llegar a un acuerdo: falta de recursos, diversidad mal atendida, excesiva burocracia, leyes cambiantes, falta de conexión de la administración o de las familias con los problemas reales del aula, cuestionamiento de los derechos laborales, etc. Otra cosa es llegar a consensos en el correcto diagnóstico de los males y sus soluciones: ahí empezarán las discusiones y debates, buena parte de ellos dirimidos aparentemente entre un progresismo que se comporta a veces de manera errática al intentar aplicar a los problemas las mismas soluciones que el conservadurismo más acérrimo. Al otro lado, lo tienen todos más claro: privatización y segregación. No podemos caer ahí.

En el ensayo Profesor(x)s. Un emoji, de Santiago García Tirado se recogen muchos de esos males de la escuela con los que todos estamos de acuerdo. Es un libro de experiencia personal, escrito con la perspectiva de muchos años de docencia, sazonado con diversas citas de pedagogos, intelectuales y autores clásicos, que se lee fácilmente y que ofrece un punto de vista que nunca dejará impasible al lector. García Tirado desgrana con soltura su vida profesional y nos ofrece en abanico el desastre educativo para que participemos en una partida triste en la que todo parece ir de mal en peor. Como decía al principio, en un claustro de cien personas, si nos ponemos a hablar de todo lo que funciona mal, podríamos dedicar un almuerzo entero o incluso una velada si se tercia. Pero, igual que ocurre en las conversaciones de bar, si tratamos de encontrar soluciones realistas, la tendencia es por un lado a echar balones fuera (la administración, las familias, los políticos...) y por otro a pensar que bajando la ratio se solucionan todos los problemas. Desde luego, en ese claustro de cien personas, un nutrido sector asentirá mientras lee el libro de García Tirado, porque han vivido situaciones como las que se cuentan, porque comparten ciertos diagnósticos y porque aplauden algunas de las propuestas de solución. Esos docentes pueden coincidir en bastantes de las afirmaciones del profesor García Tirado, afirmaciones que confirman sus propias experiencias y que satisfacen esa necesidad de dar voz a un sector del profesorado cada vez más quemado. De hecho, el autor afirma esa convicción de que los docentes están cada vez más atomizados y necesitan unión y apoyo; hasta ahí todo bien. Sin embargo, hay otras muchas afirmaciones en el libro con las que no estaría de acuerdo ni siquiera la mayoría de ese claustro de cien personas. Por ejemplo, habla de familias que vienen a pedir más deberes, algo que no he visto en mis más de veinte años de experiencia; axiomas como "sin silencio no hay hecho educativo" son bastante discutibles y dudo que todos lo apoyasen; la visión de los centros educativos como un espacio hostil en el que los docentes sufren una especie de distopía de supervivencia tampoco creo que lo puedan suscribir todos los docentes de ese hipotético claustro. Es más, conforme uno avanza en su lectura, encuentra referencias muy concretas a unas circunstancias educativas en las que es difícil coincidir: el uso desmedido de las TIC, el enfoque competencial generalizado o la injerencia de fundaciones (concretamente Bofill a través de Escola Nova 21). Muchos docentes del claustro hispano todavía no hemos visto ni portátiles, ni tablets, ni competencias ni apenas trabajo por proyectos en nuestras aulas. Quizá por ello tampoco podemos coincidir algunos en las soluciones que se dan para arreglar los desperfectos de la educación, ya que poco puede ayudar la eliminación de las tecnologías a quienes ni siquiera las han llegado a introducir en el aula. Por otro lado, conceptos como recuperar la autoridad, premiar el esfuerzo o expulsar a las madres de los centros educativos no forman parte del catálogo de expectativas de buena parte del profesorado, al menos por la banda progresista.

A pesar de esas discrepancias, en este libro he encontrado momentos de complicidad, como la necesidad de una escuela lenta que abandone el ritmo frenético de los temarios inabarcables o la exigencia de educar en valores democráticos. Las citas de Pennac y su Mal de escuela o las referencias a La lengua de las mariposas de Manuel Rivas contrastan con otros fragmentos en los que se demoniza el aprendizaje por descubrimiento o la atención al alumnado desafiante, por poner solo un par de ejemplos. En conclusión, Profesor(x)s. Un emoji permite a ese sector del profesorado que ha perdido toda esperanza en cambiar a mejor la escuela encontrar el consuelo de un interlocutor cómplice; por el precio de un libro te ahorras la sesión del psicólogo.

Profesor(x)s. Un emoji. El viejo topo. 2025

Santiago García Tirado

12 marzo 2022

Sesquidécada: marzo 2007

Mi regalo de cumpleaños en marzo de 2007 fue un libro que me ayudó bastante a situarme en mi mundo profesional. Ese libro es El profesor, de Frank McCourt, y protagoniza en exclusiva y con honores esta sesquidécada.

No nos tenemos que engañar: se trata de una ficción autobiográfica del autor centrada en su vida como docente en diversos institutos estadounidenses. También recoge algunos recuerdos de su etapa como estudiante en Irlanda. No es un manual de pedagogía y tampoco es un libro de memorias fiable, como corresponde a una obra de ficción. Muchos episodios están claramente novelados para darles emoción o intriga, otros son demasiado anecdóticos como para poder generalizar. Pero el libro de McCourt sirve para sacar varias conclusiones: primera, que ningún tiempo pasado fue mejor, y segunda, que dedicarse a la enseñanza es un oficio complejo que no se resuelve con cuatro recetas. En mi caso, como he dicho al principio, me ayudó a descubrir que lo que pasaba en mis clases, en aquellas clases de un centro de difícil desempeño, no era algo que me ocurriese a mí solo. También me ayudó a situarme ética y profesionalmente ante una realidad que trascendía a lo educativo, una realidad complicada que abarcaba al contexto sociofamiliar del alumnado, una realidad que no se podía dejar de lado. Por eso, mientras releía algunos fragmentos esta semana, me he vuelto a encontrar con aquella sensación de ejercer uno de los trabajos más fascinantes y complicados, un trabajo que va mucho más allá de entrar en una clase y soltar el rollo de siempre. Por eso vale la pena seguir en esto, por todas esas pequeñas historias que hay detrás de cada clase, de cada alumno, de cada curso. Porque ser docente, ser un docente que se preocupa por su alumnado, te daría para escribir no una novela, sino una saga completa, la gran tragicomedia educativa.

Os dejo a continuación algunos fragmentos destacados. 

Las universidades puedes dar la clase leyendo sus apuntes viejos y manoseados. En los institutos públicos de secundaria jamás podrías hacerlo así. Los adolescentes estadounidenses son expertos en los trucos de los profesores y, si intentas embaucarlos, te paran los pies. (...) Hacer frente a docenas de adolescentes todos los días te hace poner los pies en la tierra. A las ocho de la mañana a ellos les da igual cómo te sientas. Piensas en el día que tienes por delante: cinco clases, hasta 175 adolescentes americanos, volubles, hambrientos, enamorados, angustiados, excitados, enérgicos, desafiantes. No hay escapatoria. Estan allí, y tú estás aquí, con tu dolor de cabeza, tu indigestión, con ecos de la discusión que has tenido con tu cónyuge, con tu amante, con tu casero, con tu hijo insoportable que quiere ser Elvis, que no agradece nada lo que haces por él. Anoche no pudiste dormir. (...) Si levantas la voz o les hablas en tono cortante, los pierdes. Así es como les tratan en general sus padres y los centros educativos, alzándoles la voz y en tono cortante. Si ellos contraatacan con la ley del silencio, estás acabado en el aula.

El Departamento de Lengua Inglesa se reunía en un aula todos los meses de junio para leer, evaluar, calificar el examen final del estado de Nueva York en lengua inglesa. Apenas la mitad de los estudiantes lo aprobaban. A la otra mitad había que ayudarlos. Intentábamos hinchar las notas de los suspendidos desde los cincuenta y tantos puntos sobre cien hasta los 65 que se exigían para aprobar.

Llevo 10 años ejerciendo la enseñanza tengo 38 años y si debiera valorarme a mí mismo diría: estás dando de ti lo que puedes. Hay profesores que enseñan y les importa un pedo de violinista lo que piensan de ellos sus alumnos. El temario es rey. Estos profesores son poderosos. Dominan sus aulas con una personalidad respaldada por la gran amenaza la del bolígrafo rojo que escribe en el boletín de notas el temido suspenso. Lo que dan a entender a sus alumnos es: “soy vuestro profesor, no vuestro orientador, ni vuestro confidente, ni vuestro padre. Enseño una asignatura: la tomáis o la dejáis”

Descubre qué es lo que te gusta y céntrate en ello. A eso se reduce todo. Reconozco que no siempre me gustó enseñar. Estaba perdido. En el aula estás solo, un hombre o mujer, ante cinco clases todos los días, cinco clases de adolescentes. Una unidad de energía contra 175 unidades de energía, contra 175 bombas de relojería. Y tienes que buscarte modos de salvar la vida. Puede que te aprecien, incluso que te quieran, pero son jóvenes y los jóvenes tienen el deber de expulsar del planeta a los viejos. Sé que estoy exagerando, pero es como cuando sube un boxeador al ring o como cuando sale un torero al ruedo. Pueden dejarte KO o darte una cornada, y allí acabará tu carrera profesional en la enseñanza. Pero si aguantas, aprendes los trucos. Es difícil, pero tienes que ponerte cómodo en el aula. Tienes que ser egoísta. Las líneas aéreas te dicen que, si falta oxígeno, lo primero que debes hacer es ponerte tu mascarilla, aunque tú instinto te mueva a salvar primero al niño.


06 diciembre 2021

Un trimestre de claroscuros


Estamos por aquí de nuevo para hacer balance de los avances en este oficio tan rico como imprevisible. Como es habitual, desgloso la memoria en dos bloques, el de mi labor como docente de lengua y literatura y el de la función directiva. Este curso tengo un 1º de Bachillerato por primera vez desde hace mucho. Cuando empecé en la dirección tuve claro que había que estar en los cursos bajos, que es donde se cuece la convivencia y donde se sientan las bases del futuro del centro. Por eso he tenido siempre grupos de 1º y 2º de ESO, junto con la compensatoria, que es también fundamental. Este año, a petición del jefe de departamento, los profes definitivos hemos asumido los grupos de bachiller (no todos) para que no queden tampoco a merced de los azares de las bolsas de interinos. Eso me ha devuelto a un nivel en el que había puesto en práctica proyectos como Piénsame el amor... o la Celestina, que he retomado con ligeros cambios. Así hemos ido comentando durante cinco lunes La Celestina, mientras avanzábamos en la literatura medieval, el comentario de textos y la morfología. 


Por otro lado, tengo también una codocencia en el ámbito lingüístico y social de 1ESO, en la que entro con una compañera del Departamento de Historia a reforzar competencias comunicativas. Si recordáis, el curso pasado estas codocencias se hacían entre un ámbito y el otro, lo que facilitaba la transversalidad. Este nuevo modelo en el que docentes de lengua entran con docentes de historia tiene sus ventajas e inconvenientes: ventajas como la seguridad para abordar determinados contenidos más específicos, inconvenientes como confiar esos contenidos a la hora en la que entra el otro docente en lugar de integrarlos en el ámbito. Poco a poco iremos ajustando esos detalles.
Finalmente, tengo también docencia en dos programas de atención a la diversidad que se engloban en el PAM (Plan de Actuación para la Mejora). Uno de ellos ya lo conocéis, porque llevo con él seis años: Casa Camarón, para atender al alumnado gitano. Estos alumnos han sufrido aun más los efectos de la pandemia, que ha agravado en ellos el absentismo. Tendemos a echarles a ellos la culpa de ese abandono y desapego escolar, cuando son víctimas de un modelo que los ha excluido a ellos y a sus familias, un modelo que establece y mantiene guetos que hacen inviable casi todo intento de integración, como hemos podido comprobar en los cursos de formación que hemos desarrollado junto al Secretariado Gitano. Hablo de un alumnado que ha perdido el tren del currículo, 15 o 20 chavales que ya no pueden seguir las clases, aunque quisieran. Por suerte, cada día tenemos más que sí lo hacen, que se adaptan y van avanzando poco a poco (este año, por ejemplo, hemos tenido a la primera alumna gitana que ha titulado en la ESO, la primera en 17 años que llevo en el centro). Casa Camarón es un reto diario para los que hemos asumido ese programa, un reto que agota nuestra paciencia en más de una ocasión, pero que también nos proporciona alegrías, la mayor parte de las veces cuando salen del centro y continúan sus estudios, donde vemos claramente que la educación es una inversión de futuro.
El otro programa lo hemos puesto en marcha este curso y consiste en detectar y atender las altas capacidades. Algunos alumnos ya venían con el diagnóstico y otros los estamos valorando; en total son unos siete alumnos/as de 1ESO. De momento, solo salen algunas horas de clase para reforzar áreas concretas: lenguas, plástica, historia, música y matemáticas. Es un proyecto piloto que necesita seguimiento y supervisión para que realmente sea eficaz. Os iré contando.
En la función directiva, este es el sexto curso de mi ejercicio del cargo y sigo viéndome como un novato, cada día con más dudas y proyectos para abordar. Quizá ahora mantenga un cierto sosiego que no me lleva a la exasperación de los primeros momentos, aunque hay cosas que siguen sacándome de mis casillas. Por ejemplo, la burocracia acumulada, burocracia repetida, en lo analógico y digital: sin ir más lejos, hace poco fueron las elecciones a Consejo Escolar; para una misma acta hay que entrar en tres plataformas, además de imprimirla y de enviarla por correo. Así con casi todo. Las mañanas se convierten a menudo en una comedia (negra) en la que enviar un correo puede llevarte dos o tres horas, entre interrupciones y pérdidas de login. Por no hablar de la renovación del certificado digital... Por contra, la relación con los docentes, las familias y el alumnado acaban siendo lo más gratificante, de manera general, ya que casos puntuales negativos hay en todo. También hemos recuperado el seminario de formación de directores y directoras que coordino y que sirve de punto de encuentro y de solución de dudas para muchos, especialmente los nuevos y nuevas.


En cuanto a los resultados de este primer trimestre, se observa que tanto la mejora académica como la de convivencia se han estancado. Si bien no hemos tenido ningún expediente disciplinario, sí que se está notando un incremento sustancial de los partes de convivencia, en la mayoría de casos por incumplimiento de los protocolos del plan de contingencia contra el COVID. La ratio de 20 del curso pasado (y los grupos de semipresencialidad) ha dado paso a una ratio de 23 en toda la ESO (excepto algunos grupos de 3/4 ESO), lo que ha generado más incidentes diarios y una peor atención de la diversidad. Hay que decir que el centro, diseñado para 600 alumnos, alberga actualmente a 830, lo que no puede ser bueno. No tenemos espacios comunes, las aulas específicas han desaparecido, también la biblioteca y el aula de usos múltiples. Lo que hemos ganado en reducción de ratio lo hemos perdido en espacios. Cuando vuelvan las "ratios de siempre" no sé qué haremos, sobre todo con los cada día más frecuentes trastornos mentales (autolesiones, depresión, ansiedad...). Debo decir que, por lo menos, hemos tenido un incremento de profesorado para mantener esas ratios: de los 65 profesores de hace cinco años hemos pasado a más de 90, eso sí con una subida de matrícula de 150 alumnos. Todas estas cifras condicionan el funcionamiento del centro: imposibilidad de hacer claustros o reuniones de delegados presenciales, dificultad para encontrar espacios para encuentros presenciales o actividades complementarias, compleja coordinación de equipos docentes (que apenas se conocen), etc. Ya veremos cómo evoluciona el centro en el futuro, un centro que está desbordado y que no puede ya cumplir con la demanda de toda la zona Oeste de la ciudad.
Seguro que me dejo muchas cosas en el tintero, como siempre. La vida docente y la función directiva son una montaña rusa, que para eso sí que somos un parque de atracciones. Hay mañanas en las que empiezas como docente, sigues como psicólogo, avanzas como policía y terminas como contable. Otras mañanas te querrías ocultar en una cueva donde nadie te encontrase. Otras disfrutas de la guardia de patio como un niño de 12 años. Es la grandeza de este trabajo. Es el propio claroscuro de la vida.

18 junio 2021

Se acaba la función

Hoy ha sido el último viernes del curso y ya podemos decir que se acaba la función de este inefable curso. Nos quedan aún tres días de clase, pero serán unas jornadas de mero trámite que convertirán el instituto en una cinemateca improvisada o en un recreo expandido. Son los últimos días de un curso terrible. Hasta que no hemos visto de cerca que se acaba no hemos tomado conciencia del esfuerzo denodado que ha supuesto llegar hasta aquí desde el mes de septiembre pasado (o desde el mes de julio para los equipos directivos). Creo que todos hemos llevado una máscara de normalidad en una situación que ha sido cualquier cosa menos normal. Hemos llevado esa máscara el profesorado y también alumnos y familias. Hemos compartido esa ilusión de que la escuela era un lugar seguro y de que estábamos a salvo. Es cierto que no ha sido el desastre que muchos vaticinábamos, aunque también habría que aclarar que ahora sabemos cosas que desconocíamos, por ejemplo, que el riesgo de contagio por contacto a través de objetos es casi nulo, algo que seguro que nos ha salvado del cierre. Las escuelas no eran más seguras que los hogares o que cualquier otro puesto de trabajo. Si ha habido menos contagios ha sido por el comportamiento ejemplar de la comunidad educativa. Y de toda esa comunidad, hay que rendir homenaje al alumnado por haber aguantado la presión de un curso duro, de unas restricciones que han limitado su movilidad, sus relaciones, su vida como niños o adolescentes. Si hay héroes este año son ellos y ellas, los que han resistido seis horas en un aula con la mascarilla puesta, mientras muchos adultos protestaban por tener que llevarla dentro de un bar. Nuestros alumnos de 1º de ESO, pequeños héroes que han aterrizado en un instituto en el que no conocen a nadie sin mascarilla y en el que tampoco nadie los identifica sin ella. Los de 3º ESO que han sufrido la injusta semipresencialidad. Los alumnos de 2º de Bachiller del curso pasado que se fueron sin su graduación y sin despedida. Todo ese alumnado de paso que no habrá visto la cara de sus compañeros ni la de sus profesores, que dejará atrás el instituto como convalecientes tras pasar por quirófano.

Hoy es el último viernes del curso y, entre reuniones y trámites interminables, apenas he tenido tiempo de asomarme a la puerta para verlos salir como el resto de viernes del curso. Casi mejor, porque la máscara de normalidad se me estaba deshaciendo y quizá hubieran atisbado en mi rostro el agotamiento y la incertidumbre ante el futuro. A partir de la semana que viene, estoy seguro de que muchos de mis colegas se resistirán a quitarse la mascarilla preceptiva porque no se les vean también esas caras rendidas. Pero, como siempre, al acabar la función, se retirarán al camerino y volverán a preparar la representación del curso que viene, sin saber si han de desempolvar las máscaras de comedia o las de drama, si la normalidad que se imponga será real o fingida. Para ellos, para nosotros, lo único cierto es que la Escuela debe continuar.

Crédito de la imagen: 'Tragedy and Comedy'

05 junio 2021

Cambiar para mejorar

Quizá para los lectores del blog que están fuera de Twitter, esta nota les parezca extraña, pero los debates en la red del pajarillo son cada día más encarnizados, como apunté hace unos años en este mismo blog, en un artículo llamado precisamente "Malos humos".

La mayoría sabéis que he trabajado fuera de educación, y que desde hace unos 20 años me he metido de lleno en la Secundaria. He trabajado en la escuela privada y en la pública, incluso en la universidad un año. Conozco cómo funcionan muchos centros, porque soy formador del profesorado desde hace mucho, también preparador de oposiciones durante años. He compartido experiencias con colegas a través de este blog y en encuentros virtuales y presenciales. Con eso y con lo que veo en mi centro, en el que he recorrido todos los niveles educativos desde el PQPI al Bachiller, pasando por la Compensatoria más dura, y en cargos desde la tutoría o la jefatura de departamento a la dirección, configuro las bases de mis opiniones. Está claro que eso no me da más razón que a otros, pero sí me proporciona una perspectiva más rica de la situación educativa. 

Con todo ello, mi diagnóstico sigue siendo, con leves variaciones, el que llevo mucho tiempo defendiendo. Hay que acometer cambios en la Escuela, cambios que son necesarios para luchar contra el fracaso escolar, el abandono o la segregación. Cambios que resumo en cinco puntos:

1.- Hay que bajar la ratio

Por qué: porque con la diversidad actual es imposible atender de manera individualizada y con calidad a todo el alumnado, especialmente en la escolarización obligatoria. Menos ratio para trabajar mejor, no para trabajar menos.

Cómo: reduciendo en 1º y 2º ESO a 20 alumnos máximo por grupo, y a 25 en el resto de niveles de Secundaria. Como todas las medidas, se ha de evaluar: no puede ser que una bajada de ratio acabe dando proporcionalmente los mismos malos resultados que una ratio mayor. Si esto ocurre, algo falla. 

2.- Hay que dotar de recursos

Por qué: porque la diversidad requiere personal especializado, igual que la gestión de la convivencia. No tenemos la misma realidad que hace 40 años. Además, los equipamientos e infraestructuras necesitan mejoras para servir al alumnado actual (edificios obsoletos, ordenadores del pleistoceno...)

Cómo: dotar de personal específico para atender problemas sociales, para la coordinación con otras administraciones, etc. Dotar de equipamiento a la medida de las necesidades reales de los centros, no de planes generales o de ocurrencias políticas.

3.- Hay que ser más inclusivos

Por qué: porque la Escuela sigue dejando atrás a los más vulnerables, porque no existe la igualdad de oportunidades cuando las repeticiones o el fracaso escolar se ceban en el alumnado más pobre o en los que tienen necesidades educativas especiales. 

Cómo: convirtiendo los centros en espacios inclusivos, con todos los apoyos que ello requiera. La convivencia no puede ser un lastre para el aprendizaje, sino un incentivo. Hasta que eso no quede claro, y solo ocurrirá si hay recursos para ello, la escuela seguirá segregando de facto.

4.- Hay que cambiar y adaptar los métodos a los nuevos tiempos

Por qué: porque la realidad no es la misma que hace 40 años, por mucho que nos empeñemos, porque, digan lo que digan, no aprendemos igual en un entorno sin distracciones que en uno hiperconectado, porque basta mirar alrededor para descubrir que ni siquiera los adultos leemos, actuamos o nos relacionamos como hace años. Y sobre todo, porque la Escuela no está dando la respuesta que toca a una sociedad que vive en permanente cambio.

Cómo: habrá que revisar los currículos y los métodos; cuanto más tardemos, más daño se habrá hecho a las generaciones que sufren un modelo muy mejorable. La organización escolar responde a modelos del siglo pasado, tanto en la estructura del personal docente como en la propia distribución de las asignaturas y contenidos de las asignaturas. La escolarización obligatoria debería exigir unos resultados eficaces al acabar 4º de ESO, unos resultados que se traduzcan en ciudadanos competentes, críticos y responsables. Y eso no está pasando.

5.- Hay que eliminar progresivamente el sistema concertado

Por qué: porque, según todas las estadísticas, segrega al alumnado en función de su nivel socioeconómico y desvía dinero público al enriquecimiento de empresas privadas. Además, deja de lado la atención al alumnado de necesidades educativas, como también muestran las estadísticas. Eso hace que el sistema educativo público permanezca en continua sobrecarga de exigencia y de merma de recursos. Hemos visto los resultados nefastos de la privatización de otros servicios públicos: una privatización de la educación solo traería empleos precarios, más segregación y exclusión social.

Cómo: mediante un plan de progresiva eliminación de los conciertos educativos, que podría hacerse a largo plazo (20/30 años) en una transición de centros concertados hacia la red pública, dando opción a los que no lo quieran a permanecer como centros privados.

Estos son mis principios, estas son mis reglas. Para mí, innovación es cualquier cambio que suponga una mejora en cualquiera de los puntos señalados. Además, todos esos cambios se han de evaluar, como vengo haciéndolo en público desde el blog y en el propio centro. Sabéis que, a título personal, si he ido introduciendo tecnologías siempre ha sido de manera subsidiaria a los puntos 3 y 4, de modo que desviar la atención de ello y proclamar que la innovación es venderse a los mercados está fuera de lugar, al menos en mi caso. Lo mismo ocurre con la defensa apasionada de ciertas medidas, como ahora los ámbitos en 1º de ESO, que considero buena para mi centro: hemos tragado con mil leyes que nos han fastidiado de manera flagrante y aquí estamos: cuando quitaron el PCPI, cuando introdujeron las matemáticas aplicadas, cuando machacaron la educación para la ciudadanía, cuando metieron 4 horas de religión en 2º de Bachiller... No pienso rasgarme las vestiduras y negar los beneficios concretos de los ámbitos en mi centro. Si las cosas cambian y se amplían ratios o reducen horas de coordinación, vendré aquí y saldré a las redes a quejarme, como llevo haciéndolo desde hace, al menos, 15 años. Porque si algo tengo claro es que la innovación, para mí, es cambiar para mejorar, no para ir hacia atrás.


18 septiembre 2020

Uno para todos: cosas (y profes) que te pasan

Recuerdo que en el BUP tuve una profesora de Biología que nos mandó un trabajo sobre la minería en España. Así, sin anestesia, nos dijo: "hay que hacer un trabajo, mínimo diez páginas, para el 16 de noviembre...". Recuerdo copiar el fragmento dedicado a la minería de la Espasa de 8 tomos que teníamos en casa y con el que apenas llegaba a tres páginas de letra gorda de boli Bic. Recuerdo ir a la biblioteca del barrio y copiar los fragmentos correspondientes de la Monitor y de la Salvat. Como aún me faltaba una página para las diez, copié al azar un trozo de las memorias de un minero asturiano que encontré en una librería de saldo, con el consiguiente enfado de mi padre que me brindaba anécdotas más jugosas que yo desestimaba por miedo a que no encajasen en la bibliografía no explicada de mi primer topetazo con la realidad del instituto. 

Aquella profesora fue algo que me pasó, dejó un recuerdo latente que solo resucitó cuando yo mismo me dediqué a la docencia y supe que no tendría que mandar jamás ese tipo de trabajos. Fue un acontecimiento admonitorio más que instructivo. Creo que la mayoría de los que nos dedicamos a la docencia recuperamos para nosotros y generamos en nuestro alumnado ese tipo de recuerdos, vivencias que se almacenan silenciosas en la memoria y que se reactivan para bien o para mal en las vidas adultas cuando se necesitan. Y si nosotros somos adultos con plena conciencia, no hay que olvidar que ellos son niños o adolescentes para los que ocupamos un lugar breve en su existencia. No pasamos por sus vidas: solo somos aconteceres que permanecerán agazapados en su recuerdo.

He visto la película recién estrenada Uno para todos y me he acordado de aquella profesora de Biología, pero sobre todo he recordado a don Arturo, que despertó mi pasión por leer y escribir, de don Hipólito, que me animó a conocer la historia; he recordado fugazmente a muchos de mis profesores de la carrera, que vivían la docencia como una pasión digna de contagio. Del mismo modo que lo vivo yo ahora, supongo que eran conscientes de lo efímero de su paso por nuestras vidas, mientras asumían a la par de la trascendencia que tendrían sus palabras y sus actos en el futuro de muchos de nosotros.

Aleix, el protagonista de la película, no sabe nada de esto, es un bisoño de la educación. Sabe que está de paso, sabe que sus alumnos lo olvidarán enseguida y que muchos ni siquiera recordarán su nombre cuando pasen al instituto. Pero es un educador, y eso se lleva en el genoma o en el oficio, llámenlo como quieran, vocación o profesionalidad. Sabe que no puede limitarse a dar su materia y largarse a las cinco a su casa a rumiar sus problemas, que son más importantes que los de sus niños. Sabe que tiene que implicarse, porque en el futuro uno de esos niños o niñas recordará que Aleix lo salvó del infierno, que Aleix lo animó a soñar, que Aleix lo escuchó, la abrazó... 

Uno para todos es solo un trozo de nuestras historias de educadores, un trozo de la pasajera historia de unos niños. Es una película que todos percibiremos como cercana, como una extensión de nuestro día a día, en sus luces y sus sombras, en sus alegrías y sus vergüenzas. Los actores son verosímiles, la Escuela también, las familias, los dramas... Un curso en hora y media, reiterado y diferente a la vez, año tras año, colegio a colegio. Aleix es cada uno de nosotros repetido, ampliado y renovado.

Somos cosas que pasan en la vida de nuestros alumnos. Somos recuerdos dormidos. Somos piezas de unas memorias en construcción que necesitan cimientos sólidos. Por eso somos tan importantes, porque los docentes lo mismo somos ladrillos caravista en el edificio que alzan nuestros jóvenes, que pilares que permanecen ocultos, pero que sustentan sus vidas sin que sean conscientes de ello. Para bien o para mal. Siempre mejor lo primero.

05 abril 2020

Querido Viernes

Querido Viernes, aquí andamos confinados una semana más. Me gustaría decirte que ya me he acostumbrado a esta rutina, pero no es así. Aunque hemos trabajado con ahínco, nos queda mucho por delante.
Los primeros días fueron un poco a lo loco, con profes cayendo del guindo de las TIC en el aula, como si las nuevas tecnologías fuesen nuevas de verdad y no llevasen más de diez o quince años en marcha. También cayeron del guindo quienes pensaban que las plataformas oficiales podían dar respuesta a ese mundo digital al que le llevan dando la espalda desde hace tiempo.
Porque aquí, Viernes, somos muy de hacer cosas en inglés, que hasta debería llamarte Friday, pero con la competencia digital nos hemos confiado pensando que los estudiantes sabían apañarse solitos, por eso de ser nativos, como tú. Y ahora resulta que hay que enseñarles a profes y alumnos cómo mandar correos con copia oculta, porque es una norma básica, y hay que enseñar que se pueden proponer tareas interesantes más allá de los horizontes de mi asignatura y de mi “tema 3: el sintagma nominal”. Ahora algunos entienden que el desarrollo de las competencias hubiese sido fundamental para no colapsar las plataformas ni los correos de los niños, porque una tarea serviría para varios profes y para varios niveles. Pero, Viernes, las competencias son por aquí el demonio, porque algunos creen que vienen a llevarse los contenidos, que vienen a secuestrar el conocimiento. 
Así que ya ves, amigo, una semana después tenemos plataformas que no funcionan, profes estresados porque la administración les obliga a hacer programaciones en las nubes y castillos en la arena, y familias multitarea que no pueden ni salir a aplaudir a los sanitarios porque tienen que entregar los ejercicios 5, 6, 7, 8 y 9 de la página 234. 
Menos mal que los jóvenes son flexibles y sobrevivirán a esto, Viernes, porque todos estamos haciendo lo posible por atenderlos y escucharlos, más allá de las dificultades, más allá de las barreras tecnológicas. 
Algún día, Viernes, nos rescatarán y se nos olvidará todo esto. Algún día todo volverá a ser igual, pero alguno se quedará con el vago recuerdo de que hay que cambiar muchas cosas para que todo sea mejor y no igual.

[Este artículo se escribió a petición de mi apreciada Carmen Iglesias para ser publicado junto con otros 18 textos de docentes en tiempo de pandemia. Podéis leer el texto de todos ellos y ellas en IneveryCrea: Educar en tiempos de Coronavirus]
Crédito de la imagen: 'DSC_1521

14 abril 2019

Diez años en Twitter

Diez años en Twitter, casi nada. Es momento de pensar en lo que me ha aportado esta red social, en lo que fue y en lo que se ha convertido para mí. Seis meses después de crearme la cuenta, escribía esto en el blog:

El descubrimiento de Twitter hace aproximadamente seis meses me proporcionó una sala de profesores virtual. (...) En Twitter converso con personas a las que conocía del mundo de los blogs; comentamos noticias, compartimos recursos, contamos chistes, pinchamos música, decimos tonterías, nos indignamos con los políticos, etc. Y, del mismo modo que hay días en los que no hablas con nadie en una sala de profesores, hay periodos en los que permanezco escuchando sin hablar, o ni tan siquiera me asomo a la puerta de Twitter para no enredarme en conversaciones más o menos banales. Seguramente, Twitter ofrece posibilidades didácticas que saldrán a la luz cuando las aulas tengan acceso normalizado a las redes. Mientras tanto, Twitter es mi sala de profesores a medida.

¿Qué queda de aquello? En realidad, sigue siendo un claustro a medida, aunque con mi actual nivel de seguidores y seguidos me resulta inabarcable. También sirve para comentar y compartir noticias del ámbito educativo. Sin embargo, cada vez converso menos con mis compañeros de los blogs, algunos de los cuales han ido abandonando no solo los blogs sino también Twitter. Mantengo lo de decir tonterías, pero voy perdiendo esas conversaciones banales de tú a tú, a veces porque se llenan de ruido o de comentarios inesperados fuera de lugar. Pero lo que me mueve a la reflexión es este comentario: "hay periodos en los que permanezco escuchando sin hablar, o ni tan siquiera me asomo a la puerta de Twitter". He llegado a un punto en el que no desconecto, en el que vivo inmerso en la red. No es que esté continuamente leyendo y escribiendo, pero sí que hay una adicción al timeline, un enganche que me preocupa, ya que quita tiempo al ocio y a otro tipo de tareas. Decía hace poco Alberto Bustos que se había tomado un descanso de las redes, y me planteé hacer lo mismo, empezando por desinstalar las aplicaciones de Facebook y Twitter del móvil. Llevo una semana con ello, pero compruebo que hago trampas, porque comencé entrando en Twitter con el navegador del móvil y pronto he pasado a tener Twitter como pantalla de inicio, lo que me lleva de nuevo al punto de salida. ¿Y qué tiene de malo pasar tanto tiempo en Twitter? os preguntaréis algunos. Bueno, es cierto que esta red social aporta un flujo continuo de información de calidad sobre educación (y otros campos de interés), con opiniones y materiales muy interesantes para nuestro oficio. También es un lugar propicio para la protesta y para el activismo, aunque a menudo solo de boquilla. Sin embargo, se ha convertido también en un territorio hostil de enfrentamiento, con perfiles que se parecen demasiado a los matones de barrio o a los chulitos de instituto, con mucho grito y poca cabeza. He visto insultos, menosprecios, acoso, burlas... ejercidas por docentes, algo que me sobrecoge, porque creo que no se puede ser buen educador si no se es primero buena persona. Escribí hace unos años que las redes se habían llenado de malos humos, especialmente en un Twitter polarizado en dos bloques con los que no me sentía a gusto. No me gusta bloquear (apenas lo he hecho en dos o tres ocasiones), pero últimamente tengo que silenciar cuentas que solo destilan odio. No me gusta y por eso me planteo, como Alberto Bustos, un descanso en las redes. No sé si lo conseguiré y si acabaré escribiendo algo así como "21 días sin Twitter", al estilo de mi artículo "21 días en Twitter", que ahora miro casi como una reliquia de otros tiempos. Diez años en Twitter, uf.

21 días en Twitter by on Scribd

31 enero 2019

III Encuentro de docentes de lenguas: “Maneras y motivos para leer”

El azar es un milagro disfrazado, Alejandro Jodorowski

En un 23 de marzo fue elegido Antonio Machado para ocupar un sillón de la Real Academia, era el célebre año de la Generación del 27, el mismo año en el que nacía Gabriel García Márquez, también en marzo, un premio Nobel que falleció en 1982, año en que se publica La casa de los espíritus, de Isabel Allende, una autora que situó uno de sus relatos en el Guggenheim de Bilbao. Si esto no os parece motivo suficiente para celebrar un encuentro de profes en Bilbao, no sabemos qué otras razones podemos dar.
Así, el próximo sábado 23 de marzo de 2019 estáis convocados los docentes de Lengua y Literatura a este III Encuentro de docentes de lenguas en la ciudad natal de Miguel de Unamuno, de Ramiro Pinilla, de Blas de Otero, de Alfonso Irigoyen y tantos otros ilustres escritores y lingüistas.
Este encuentro, continuación de otras dos convocatorias anteriores, quiere centrar su contenido en la reflexión compartida entre profesionales de la materia sobre uno de los temas más polémicos y candentes de la misma: la lectura de los textos literarios. En efecto, en esta ocasión, os invitamos a uniros a nosotros para analizar diferentes aspectos de la lectura literaria en las aulas. A lo largo del sábado 23 intentaremos acercarnos a algunas de las cuestiones que más dudas y desencuentros suscitan entre el profesorado. Hablaremos, por tanto, de los siguientes temas:
1. Planes de lectura. El plan lector.
2. El canon literario en Bachillerato
3. La literatura de hoy
4. La animación a la lectura
5. El papel de los clásicos en la educación literaria
Estas serán las líneas de reflexión, espacio central del Encuentro, que permitirán conocer y analizar diferentes puntos de vista sobre los mismos, para intentar llegar a una propuesta consensuada entre los participantes que ayude a mejorar las prácticas de aula. Combinaremos a lo largo de un intenso día de trabajo diferentes formatos (conferencias, talleres, comunicaciones…) con diferentes objetivos: reflexionar, conocer y compartir y aprender a hacer. Siempre con el objetivo de enriquecer la didáctica de la lectura literaria. Como grandes amantes de la Filología y las Humanidades, el Encuentro está abierto a profesionales de todas las lenguas y esperamos que los pasillos se conviertan en una rica torre de Babel, pero, a efectos organizativos e instrumentales, se utilizará el castellano como lengua vehicular.
Sin duda, será una jornada llena de emoción y aprendizaje, una jornada en la que disfrutar de buena compañía, todos a una, como en Fuenteovejuna, cuya publicación cumple justo ahora 400 años. Si las casualidades no existen, habrá que pensar en el azar o la serendipia para justificar todas estas circunstancias que nos llevan a celebrar el Encuentro, cuyo título es un guiño a dos jornadas que se celebraron en Madrid en 2011 (Maneras de leer y Motivos para leer) y que abrieron nuevos espacios de reflexión sobre la lectura en las aulas. Os esperamos en Bilbao.

Más información en el blog del encuentro, en Twitter y en Facebook:

17 noviembre 2018

Evaluación decente

Centros pequeños con seis o siete docentes y grandes institutos con centenares de ellos. Escuelas rurales y colegios urbanos. Barrios de lujo y áreas marginales. Funcionarios interinos que no han pasado nunca por una oposición y funcionarios de carrera que han aprobado varias. Interinos que han aprobado muchos exámenes y ninguna oposición y funcionarios de carrera que, por azar, aprobaron a la primera. Docentes que se esfuerzan en cada clase como si les fuese la vida en ello y profes que huyen de sus responsabilidades como si fuese la peste. Buenas personas y malas personas. Buenos profesionales y malos profesionales... Este es el sistema, esto es lo que hay. Seas docente, familia o alumno, te toca la lotería de tu centro, aunque siempre puedes huir a probar suerte en otro.
Se está hablando mucho de evaluación docente y también yo creo que es necesaria, precisamente para que la educación de todos no sea una lotería. Hace falta una evaluación que corrija los errores del sistema y sus desigualdades. Una evaluación que facilite la mejora profesional y el rendimiento de los centros y del alumnado. Evaluarse es sano y muchos lo hacen. No como se está diciendo en las redes, con una evaluación diaria ante la comunidad educativa, porque sabemos que un mal profe, detectado y comprobado en su mala praxis, es una "patata caliente" que queda enquistada en un departamento como una dolencia crónica, si es funcionario de carrera, o va pasando de centro en centro, si es interino. Nos molesta hablar de ello y tratamos de defender nuestra integridad como colectivo, pero una buena evaluación ayudaría a que estos casos minoritarios no empañasen la imagen del profesorado, y tal vez les ayudase a ellos también para tomar conciencia de sus fallos. Es necesaria la evaluación para que los centros aprovechen sus recursos. Es necesaria también para que los proyectos educativos tengan sentido para toda la comunidad educativa. Evaluar es dar valor a lo que nos importa a todos.
Tras este panegírico de la evaluación docente llega la cruda realidad: es imposible una evaluación docente ahora. Ni docente ni decente. Y probablemente lo sea en los próximos años. Toda la evaluación del sistema pasa por asumir la diversidad de contextos que se mencionan al inicio de esta nota, así que no se pueden establecer criterios generales para hacerlo. Una evaluación que no tenga en cuenta el contexto educativo y la diversidad de los miembros que lo conforman es errónea desde la base. Es más, la propia presencia de contextos anormales (guetos educativos, escuela concertada, centros bilingües o de excelencia) dificulta que los resultados de una evaluación tengan valor más allá del aquí/ahora. Por ejemplo, evaluar positivamente a un profe en un centro sin apenas alumnado de compensatoria ¿lo hace competente para trabajar en otro barrio con alto índice de inmigración? Es más, los contextos no son fijos, cambian con el tiempo, con lo cual, la evaluación debería realizarse con cierta frecuencia, lo que exige recursos.
Hablando de recursos para evaluar, se habla poco de quién o quiénes tendrían que realizar esa evaluación del profesorado o de los centros. ¿Una empresa externa? ¿La inspección educativa? ¿Los equipos directivos? No vale la pena extenderse en esto. Las empresas externas no saben lo que es enseñar ni podrán nunca comprender en una o dos sesiones de evaluación la dificultad que entraña nuestro trabajo. Imaginad al auditor que vaya a un centro un lunes a primera hora y a otro el viernes a última. Ah, no, ellos solo medirán la documentación, es decir, no evaluarán la práctica docente, sino las programaciones, las rúbricas, etc. Así sí, claro. En cuanto a la inspección, tal vez en algún caso estén en condiciones de evaluar un centro, pero ni tienen recursos ni capacidad para hacerlo con los docentes, en la mayoría de casos pertenecientes a un nivel o asignatura distinto, e incluso a épocas o ideas educativas distantes. Finalmente, los equipos directivos somos parte implicada y por ello no deberíamos asumir más que aspectos organizativos de esa evaluación y ser también evaluados. Por cierto, imagino que si llega a hacerse esa evaluación, también habría que establecer criterios para evaluar a la inspección, al personal de administración y servicios, ¿a las familias...?
Pero, si hay algo que definitivamente impida la evaluación docente hoy día es el "para qué". Arriba he explicado mis ideas acerca de los objetivos de la evaluación, centrados especialmente en la mejora profesional. Sin embargo, con unos políticos incapaces de ponerse de acuerdo en las líneas generales de la educación, unos políticos que usan la Escuela como un tablero de batalla política, ideológica e incluso religiosa, unos políticos que con una mano aplauden a los profes mientras con la otra les recortan recursos imprescindibles para su trabajo, con esos políticos, la evaluación se convierte en una maquinaria de terror, el instrumento para justificar que no funcionan las cosas que a ellos no les gustan y que hay que promover las que ellos diseñan. Evaluar, para muchos, es una manera de castigar al disidente y premiar al lisonjero. También, si se hace para racionar (que no racionalizar) recursos, se puede convertir en la excusa para privatizar, segregar, excluir... Lo hemos visto demasiadas veces y los resultados han sido demoledores. No, la Escuela no se va al garete por los innoveitors ni por los guruses ni por los profesaurios, tampoco por la LOGSE ni por la LOMCE; la Escuela no arranca porque no hay un pacto de estado a largo plazo que siente las bases de un horizonte educativo en el que todos podamos avanzar hacia objetivos comunes. No existe ese pacto y por tanto no hay ni recursos ni financiación justa. Con una visión de futuro se pueden detectar las carencias y reducir ratios donde haga falta, asignar profesorado para paliar desequilibrios sociales o familiares, trazar mapas escolares con sentido común, eliminar conciertos donde no sean necesarios, potenciar la Escuela pública inclusiva, etc. Por eso, hablar ahora de evaluación docente, cuando hay tantas cosas que solucionar antes, es un tanto temerario, por no decir inconsciente. Espero que a nuestros gestores se les pase esta fiebre evaluadora tan poco meditada y se pongan de verdad a solucionar los problemas de la educación, que empiezan justamente en esa gran pregunta: ¿para qué queremos la Escuela? Mientras tanto, cuenten con que la mayoría de docentes seguirán esforzándose en su trabajo docente y decente, como siempre.

Crédito de la imagen: 'IMG_0037' y 'Feet Direction'

22 julio 2018

El lento declive de la web 2.0

He pasado el fin de semana purgando, exportando y guardando contenido de algunas de mis páginas de Wikispaces, que anunció su cierre definitivo para finales de este mes de julio. Algunos de esos contenidos ya los doy por perdidos, como ocurre con la antología poética colaborativa que sirvió de homenaje espontáneo por la muerte de Ángel González. En 2008, a través de la conexión de blogs educativos (no había Twitter), un grupo de profes y simpatizantes nos lanzamos a grabar podcasts con los poemas de Ángel González. Los recogí en un wiki en Nirewiki, que cerró en 2011, obligándome a migrar a Wikispaces. En aquella exportación ya se habían perdido la mayoría de podcasts, los de Odeo o los de Divshare; con los años también se perderían los de Goear. Creo que ahora ya no queda ninguno de ellos activo. 

También desaparecerán, como lágrimas en la lluvia, los contenidos de las dos ediciones de "Callejeros literarios en Castellón y Borriol". Permanecerán los vídeos y los documentos del alumnado (si no han cerrado ya sus cuentas), pero no la plataforma que los agrupaba, a no ser que me tome el trabajo de clonar una a una sus páginas. 
De igual modo desaparecerá Littera, un intento de portfolio personal en el que he ido publicando recursos propios y enlaces de interés a lo largo de años. Este wiki lo he redistribuido en dos páginas del blog, el currículum vitae y una página de recursos y proyectos. El resto de contenidos lo he ido almacenando en documentos de Google Drive para que no se pierda.

Este trasiego me lleva a pensar qué ocurrirá el día que me toque rescatar todo lo que tengo en Google Drive, Blogger, Slideshare, Scribd o cualquier otra plataforma de esas que aun resisten y que tanto y tantos usamos. También me hace pensar que los principios de colaboración y difusión que dieron origen a aquella web 2.0 quizá hayan caducado con la misma rapidez. Cada día cuesta más encontrar profes que comparten actividades y tareas de manera organizada, más allá del tuit, más allá de una comunicación en unas jornadas o congreso. Pocos mantienen vivos los blogs educativos y muchos menos ofrecen un portafolio docente con sus experiencias de aula. No es una crítica, sino una reflexión en voz alta. Puede que nos hayamos cansado de compartir, que no tengamos tiempo de ello, que la red no ofrezca ya la retroalimentación positiva que suponía en su origen, que las críticas negativas desanimen a muchos a la hora de compartir, que la desconfianza de esas plataformas efímeras nos haga más cautos... Puede haber tantas razones para compartir como para no hacerlo. Es una pena que esté ganando el silencio, un vacío que otros llenarán con productos de mercado.

15 julio 2018

Entre #Novadors18 y #Aulablog18

Julio es el mes de la formación para muchos de nosotros, incluso para los que estamos aun matriculando y haciendo horarios. Desde hace años, julio arranca con dos encuentros de docentes que son imprescindibles en muchas agendas: Novadors y Aulablog. Hace poco, un artículo recogía el espíritu de esas redes horizontales en las que se rompen las jerarquías y en las que el aprendizaje informal es más sustancioso que el que emana de las charlas o comunicaciones que se ofrecen en los programas oficiales. Llevo nueve años contando tareas, proyectos y reflexiones en Novadors, una asociación de amigos que, como cualquier grupo humano, pasa por sus buenos y por sus malos momentos, siempre con la mirada puesta en aprender unos de otros y en disfrutar de pequeños encuentros. Este año nos reunimos en Cocentaina bajo el lema "La Escuela Salvaje", una idea que traté de desarrollar en mi ponencia inaugural.



En esas jornadas también disfrutamos de una mesa redonda para visibilizar el papel de la mujer en la Escuela, talleres de aprender haciendo y las clásicas sesiones de pechakuchas, un auténtico reto al que siempre estáis invitados. También contamos con la poderosa ponencia de Óscar Martín Centeno y la charla llena de compromiso de Jaume Martínez Bonafé. Además, gracias a Francesc Llorens, supimos de las fatales consecuencias de la derrota de los neandertales por los cromañones, o el concepto de colonización a ritmo de trap. Para los que se quieran acercar a estos momentos, se puede acceder a todo el material de las jornadas desde aquí: Jornadas #Novadors18 

De manera simultánea, en Vilafranca estaban celebrando las jornadas Aulablog un montón de buenos amigos, colegas a los que conozco de hace años y con quienes me unen un sinfín de azares personales y profesionales. Estas jornadas tenían como cicerone a Vanesa Marín, amiga y vecina de uno de los coles adscritos a mi centro, que desembarcó en esas jornadas con medio claustro, lo que me alegra y da miedo a la vez, por las expectativas que genera en el paso del alumnado de su cole a mi instituto.
Como Novadors y Aulablog coinciden en el tiempo, nunca había podido pasar por allí, pero este año, la asociación ha tenido a bien galardonar con el premio Sekeirox a dos instituciones que me tocan de pleno: Novadors y el IES Bovalar. Así que allí nos presentamos Ana Ovando, presidenta de Novadors y yo, como director del Bovalar, para recoger el premio y para disfrutar de una buena compañía. 


Para los que no hayan vivido estos encuentros, es difícil explicar las emociones y las energías que destilan los contactos con colegas y amigos de todos los niveles educativos, gente a la que nos une la pasión por enseñar, más allá de etiquetas y de métodos. Gente con ilusión, gente alegre, gente curva, porque si este año he aprendido algo interesante (gracias al @SrLluisTomas que me descubrió a Jesús Lizano) es que me gusta la escuela curva y los maestros curvos. Así que, animaos a participar de cualquiera de estos encuentros (también del EABE, no se os olvide) para cargar pilas. Feliz verano.

18 junio 2018

Felipe Zayas, maestro y amigo…


Hace dos años, tal día como hoy, en muchos blogs educativos se publicaba una entrada como homenaje a Felipe Zayas con ocasión de su 70 cumpleaños. Estos son algunos de los enlaces en los que podéis encontrar nuestra particular felicitación:

Hoy es la misma fecha, pero ya no es posible celebrarlo ya que -como sabéis- nos dejó el pasado 15 de abril. Por ello, en esta ocasión y con esta entrada común queremos recordar momentos compartidos con él, traer otra vez a nuestra memoria tantos aprendizajes, tantas charlas, tantos brindis, tantas vivencias…  Es imposible olvidar tantos Encuentros educativos compartidos…
Por ejemplo, las jornadas de aulaBLOG, desde la primera y fundacional en Roa de Duero en la que compartimos taller con Felipe para aprender a crear un “podcast” e insertarlo en un blog… (aprendimos poco, pero nos reímos muchísimo)

Las distintas ediciones de Getxolinguae en las que participó. En especial, la de 2009 centrada en el tema Competencia en comunicación lingüística, metodologías y TIC, en las que nos reunimos con él muchos de nosotros.


Los eventos relacionados con Leer.es, fundamentalmente, el encuentro que tuvo como título “Maneras de Leer” en Madrid, en el año 2011.

-¿Te acuerdas en Maneras de leer? Estuvo genial.
-Sí, pudimos charlar bastante en aquella terraza… tantos amigos.
-El club de la lengua…
-Exacto.
-Y la discusión sobre la muerte de la gramática.
-Felipe decía: “la gramática ha muerto”, con ese tono entre Ramón Gómez de la Serna y Salvador Dalí.
-Alguno de los más jovencitos le puso una nota en el bolsillo de la chaqueta: “la gramática hiede”. Fue casi un homenaje a las vanguardias.
-¡Cómo nos reímos!
-Felipe siempre avivaba el sentido del humor en sus charlas.
-Sí.

En I Encuentro de profesores de Lengua, en Sevilla, en el 2014 en el que Felipe colaboró con un entusiasmo de principiante, a pesar de estar ya jubilado, y en el que se convirtió en el referente de una generación de profesorado de Lengua con la charla inaugural del encuentro titulada: Enseñar lengua y literatura. De insatisfacciones, búsquedas, certezas y extravíos.


Este recuerdo y homenaje es un canto a la risa, al humor, a la sutil ironía que siempre compartió Felipe con nosotros y a todo lo que aprendimos con él y de él.


¡¡¡HASTA SIEMPRE, MAESTRO!!!

27 octubre 2017

El profecito

"Érase una vez un principito que vivía en un planeta apenas más grande que él y que tenía necesidad de un amigo…"

El profecito lleva años, muchos años, corrigiendo. Por eso no hay quien le gane en el noble arte del boli rojo. Corrige libretas y exámenes y, si hace falta, los escritos de los compañeros o las noticias del periódico. En su desempeño diario, jamás se detiene ante un contratiempo, porque la autoridad que le confiere el cargo le dicta al instante lo que es justo y verdadero, sin necesidad de atender a matices o a distintos puntos de vista. El profecito sabe más que nadie porque estudió una carrera un día y en esa carrera fue el mejor, nunca suspendió una asignatura ni sacó menos de un diez. De ahí que nadie le pueda decir que está equivocado, porque ello supone un menosprecio a su saber. Bien es cierto que aquella carrera no contenía ninguna destreza para enseñar, pero sí buenas dosis de conocimientos de alto nivel. De aquella erudición reposada con los años viene su libertad de cátedra, o lo que es lo mismo, la infalibilidad en la toma de decisiones. Acostumbrado a corregir a diestro y siniestro, el profecito siempre descubre al minuto los errores de los demás, las incompetencias ajenas, las carencias de formación de los otros. Es cierto que a veces se equivoca él también, y debe reconocer que es humano, pero sus errores siempre son fruto de la presión externa, del exceso de burocracia o de una obstinada defensa de causas perdidas. El profecito nunca se retrasa, lo entretienen; nunca olvida un trámite, se le traspapela entre informes más importantes; nunca elude su responsabilidad, son los otros los que no dan la cara; nunca está desinformado, lo iba a leer más tarde. 
El profecito vive en el asteroide B 612, así que no tengáis miedo, nunca aparecerá por vuestro claustro. 

Crédito de la imagen: 'le petit prince'

15 octubre 2017

De premios y reconocimientos

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Estos días he vivido con ilusión el hecho de aparecer en la lista de candidatos a los premios Educa Abanca al mejor docente de España. Aunque suene a tópico, ha sido una sorpresa muy agradable, porque ni siquiera conocía que me habían propuesto para ello. Sinceramente, más allá de que lo merezca o no, creo que formar parte de esa lista de docentes es también un reconocimiento compartido con tantos colegas que dan lo mejor de sí mismos en su oficio y que no son tan visibles en las redes y en los medios.
No soy mucho de presentarme a premios. Gané el premio Espiral Edublogs en una época en la que los blogueros presentábamos las candidaturas de otros compañeros, no las propias. Después de aquello, todos los reconocimientos han sido honoríficos, ninguno al que me haya presentado por propia voluntad. El año pasado, el Consell Nacional d'Educació del PSPV-PSOE me otorgó el premio de Educación en reconocimiento a mi labor en el campo de las TIC; de nuevo fue una sorpresa y una ilusión por lo inesperado. En más de una ocasión he participado en proyectos colaborativos que han recibido premios, pero siempre he pensado que era más una necesidad de reconocimiento del alumnado que participaba que de la labor del profesorado, que no hace otra cosa que cumplir con su deber.
Verme ahora en esa lista de candidatos me hace sentir extraño. Por un lado, no creo que mi labor sea tan distinta de la del resto de colegas, pero, por otro lado, pienso que es normal que ande en esas nóminas de profes visibles, dada mi insistencia a contar en el blog casi todo lo que hago, o de mantenerme activo en las redes educativas, virtuales y presenciales. Como he explicado muchas veces, durante años los docentes no han necesitado hacer visible su trabajo porque la sociedad reconocía su valor sin cuestionar constantemente su eficacia o su entrega. Sin embargo, en los últimos tiempos parece que todo el mundo sabe más que los maestros de educación y del difícil arte de enseñar. Quizá por ello se hace necesario mostrar que el aula es un contexto muy diverso y complejo y que educar no puede ser tarea de "forajidos educativos", pequeños héroes encerrados en clase, y que se necesita el acompañamiento de familias y otros agentes sociales, como los medios de comunicación, las instituciones y la clase política.
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La periodista que me entrevistó para el diario Mediterráneo me preguntaba que por qué todavía hay tan pocos docentes dispuestos a abrir el aula, a enseñar lo que hacen sus alumnos o a mostrar sus propios proyectos. Le respondí que haya quizá un complejo de inferioridad que viene dado por la existencia de un discurso triunfal de sistemas educativos "milagrosos" que en realidad no existen. Ante esa fingida "finlandia educativa", los profes que luchan por sencillos logros cotidianos piensan que esos avances no son merecedores de ser compartidos, cuando en realidad, toda la educación está basada en esos pequeños retos superados a diario, y no en los maravillosos consejos que nos llegan de la mano de grandes teóricos ajenos al aula.
Para mayor alegría, este reconocimiento llega en una etapa en la que soy la cabeza visible de mi centro. El IES Bovalar representa una parte de la Escuela Pública que pocas veces aparece en los medios asociada con noticias positivas, de modo que era una cuestión de dignidad profesional hacer lo posible por revertir esa imagen de una educación marginal o asistencial. En clase hemos abordado proyectos muy diferentes pero siempre intentando mantener la calidad y la igualdad de oportunidades. No es fácil, pero forma parte de nuestra responsabilidad profesional. No me siento especial o único, ya que creo que los cambios que se acometen actualmente en muchos centros educativos responden también a esa necesidad de enseñar mejor en unos contextos cada vez más complejos, aunque pueda haber casos en los que responda también a modas o a cierto esnobismo educativo.
La última pregunta que lanzó la periodista era tal vez la más difícil de responder: "¿Hacia dónde va la educación del futuro?" En mi opinión, estamos en una encrucijada difícil y maravillosa a la vez, ya que no hay duda de que la educación no puede seguir siendo lo que era. Hasta los docentes más conservadores reconocen que hace falta replantear el sistema y los métodos. Sin embargo, me asusta que esos cambios sacrifiquen precisamente a aquellos sectores que más ayuda necesitan. La escuela se ha de modernizar sin olvidar su carácter multicultural, diverso e inclusivo. Para ello no solo hacen falta buenos profes, sino también buenos gestores políticos y mucha más inversión. 
No sé si acabaré recibiendo el diploma de mejor profe de España. Si lo recibo, lo haré en nombre de toda una generación de docentes que llevamos años intentando dar lo mejor de nosotros mismos en las aulas y que, además, tratamos de hacer visibles esas prácticas tanto al resto de compañeros como a la comunidad educativa. Con premio o sin premio, el reconocimiento diario lo tengo en el aula, y ese es el que más me satisface y me llena.

07 octubre 2017

Convivencia o disciplina

En casi todas las reflexiones que he compartido hasta el momento sobre la función directiva he recalcado que mi mayor esfuerzo es trabajar por la mejora de la convivencia en el centro. La resolución de conflictos se lleva, sin duda, más de tres horas diarias, solo en lo que me corresponde a mi cargo, a lo que habría que añadir las que dedican mis compañeras del equipo directivo y los otros docentes que tienen responsabilidad directa con este asunto. Es un trabajo que realizo con satisfacción, a pesar de lo duro y decepcionante que resulta casi siempre mediar o sancionar después de un incidente; lo hago con esa entrega que proviene de la convicción de que una buena convivencia en el centro supone el pilar fundamental de cualquier otra mejora, tanto académica como personal o laboral.
Sin embargo, hablar de convivencia en mi centro suele relacionarse en muchos casos con expedientes disciplinarios, sanciones y amonestaciones. Pienso que el verbo convivir no debería estar tan íntimamente ligado al verbo castigar, pero nada más arrancar el curso llevamos casi una decena de expedientes, algunos de ellos con expulsión. Son casos de agresión o de amenazas, pero también de negativas a cumplir medidas correctoras por incidentes leves. En un centro con más de 700 alumnos, más de la mitad en 1º y 2º de ESO, tenemos claro que relajar las normas acaba convirtiendo el instituto en un caos ingobernable. Debo decir que, a veces, ese desorden comienza con pequeños desafíos, como el retraso reiterado a la hora de entrar en clase, que genera el malestar del profesorado de guardia que ha de acompañar a grupos de cinco o diez alumnos/as (casi siempre los mismos) a sus clases, a las que llegan diez o quince minutos tarde, con la consiguiente interrupción del orden. Otras veces es la negativa a aceptar normas sencillas como la disposición en clase o no dejar ir al aseo cada hora. Son actos que crecen como una bola de nieve y que resultan difíciles de zanjar; además, generan una dedicación de tiempo que se pierde para solucionar otros conflictos más serios.
Resulta paradójico que, con tanto interés y esfuerzo en desarrollar planes y protocolos de convivencia seamos tan poco efectivos a la hora de convivir con esos alumnos que se resisten a cumplir normas sencillas, alumnos que acaban sacando de quicio a profesores competentes y experimentados. Paradójico es que dedicando tanta atención al diálogo como forma de resolución pacífica de conflictos, no seamos capaces de dialogar con esos alumnos difíciles a quienes únicamente ofrecemos sanciones de permanencia fuera del aula o del centro. Ni las comisiones de convivencia, ni el aula de derivación, ni los partes de incidencia remitidos a las familias producen una mejora reseñable.
Como soy curioso y no me conformo con respuestas fáciles (podría pensar, por ejemplo, que los profesores son muy señoritos o tienen la piel tan fina que cualquier pequeño disgusto les hace expulsar al rebelde), entro en clase con mis colegas y charlo con ellos y averiguo que lo que más les atormenta en estos casos es que, con tanta interrupción o desafío, no pueden garantizar el aprendizaje del resto de alumnado que sí cumple las normas, que se sienten mal cuando deben parar una clase para dialogar con tres o cuatro que no quieren trabajar, que notan la presión de una programación que se va al traste con cada minuto de clase perdido en la mediación de conflictos.
Por eso, cuando hablamos de convivencia, al final siempre derivamos en disciplina, en el cumplimiento estricto de normas, más allá de las circunstancias que rodean a cada caso, es decir, sin atención a la diversidad. De ahí que acaben pagando el pato los alumnos que ya vienen con riesgo de exclusión, alumnado poco acostumbrado a acatar órdenes o a mantener unas pautas de comportamiento regulares.
Para mayor sufrimiento, en los centros educativos como el mío no hay personal especializado en convivencia, ya que casi la totalidad de la plantilla somos profesorado de secundaria con escasa preparación pedagógica y mucha menos formación en mediación escolar. De este modo, cualquier pequeño incidente ha de tratarse con mucho celo y con muchas horas, algo que resulta difícil de exigir a los profes que llevan el horario a tope y que, al final, recae en el equipo directivo (generalmente, a costa de otras tareas burocráticas, que quedan para casa). El tema preocupa tanto que todos los años se convierte en el principal caballo de batalla en el claustro, con requerimientos de todo tipo para que el Ayuntamiento, los Servicios Sociales, la Consellería, la Inspección Educativa o el sursum corda vengan a resolverlo, como si fuese algo que se soluciona con un golpe de varita.
No sé si esto ocurre solo en mi centro. Estamos intentando mover desde la formación en centros programas de mediación y de tutoría entre iguales, pero sabemos que esto soluciona algunos conflictos, no todos. No sabemos qué hacer con aquellos alumnos que ya vienen dispuestos a jugar al gato y al ratón con los profes, qué hacer con alumnos que piensan que las normas son un mero capricho y que interrumpir una clase es un acto divertido. Tampoco sabemos qué decir a esos profes que han perdido ya la paciencia y no distinguen los límites entre la aplicación flexible de las normas y el cumplimiento riguroso de las mismas. A los primeros, me gustaría ofrecerles un espacio de aprendizaje que no fuese tan cuadriculado, pero la ley me deja poco margen. A los segundos, les recordaría que también ellos alguna vez tuvieron esas edades y que probablemente se saltaron las normas; trataría de explicarles que detrás de ese juego del gato y del ratón, se esconden niños y niñas con vidas terribles. Seguro que me entenderían, pero también, como yo mismo me respondo, me dirían que el resto del alumnado tiene cada cual sus problemas y su derecho a una educación digna, con una convivencia sin amenazas ni sobresaltos. Como se dice estos días, quizá solo haya solución en el diálogo, pero nos hace falta mucha voluntad por parte de todos los implicados, algunos de ellos totalmente ausentes en la mesa de negociación.

Crédito de la imagen: 'Flipped'