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03 agosto 2016

Lo urgente y lo importante

Llevo apenas un mes a cargo de la dirección de mi instituto y es un tanto apresurado lanzar reflexiones con esa poca perspectiva. No resulta sencillo ponerse al mando de una organización que debe satisfacer en dosis equilibradas a familias, alumnado, docentes y administración, pero es cierto que hay un punto de aventura y de ilusión en ello, sobre todo para los que amamos el oficio y queremos ser un poquito mejores día a día.
En este mes de director he descubierto que el sistema educativo es poliédrico, cambiante, confuso, inabarcable y, sobre todo, inmovilista. Cualquier acción o movimiento parece obedecer a los usos y costumbres, a caminos trazados de los que es difícil salir. La Escuela (y la Administración en general) sigue siendo un animal grande y torpe que hay que conducir con cuidado y paciencia. Por ejemplo, el discurso de la autonomía de centros se ve lastrado por una hiperregulación que va dejando caer decretos, órdenes e instrucciones día a día, en una sucesión de normativas legales difíciles de cumplir al pie de la letra, bien porque se aprueban de manera apresurada cuando ya hay establecido un orden distinto, bien porque no se ajustan a las posibilidades espaciotemporales de la vida real. A veces, incluso, son buenas ideas que, convertidas en leyes, se vuelven abstrusas y perversas. Aun así, hemos sobrevivido a la formación y gestión del banco de libros, al diseño de las plantillas, a la confección de los horarios, al frenesí del proceso de admisión y a todos esos pequeños obstáculos que parecen diseñados exclusivamente para medir la paciencia de los funcionarios. Contar con el apoyo de mi equipo, de la inspección (sí, de verdad) y de muchos compañeros de claustro ha sido vital para ello.
Al terminar julio, sin embargo, me he dado cuenta de que lo urgente ha desplazado a lo importante. Esos trámites que había que ir rellenando y solucionando casi al minuto no nos han dejado tiempo para desarrollar con más profundidad el proyecto de dirección que nos ha traído hasta aquí. Lo importante era, por ejemplo, pulir el Proyecto Educativo de Centro y complementarlo con nuestras líneas de actuación prioritarias y nuevos enfoques metodológicos: ABP, trabajo cooperativo, transparencia docente, visibilidad, conexión con el contexto... Lo urgente se ha impuesto como una espada de Damocles, dejando esa sensación de trabajar en vacío y con la conciencia de estar cometiendo graves errores por acción u omisión, cuando el principal error sería dejar de lado lo importante, lo que puede salvar a nuestros alumnos del fracaso escolar, lo que puede mejorar la convivencia, lo que nos puede unir a las familias. Seguramente, en septiembre (o unos días antes) volvamos al centro y sigamos con la ilusión de retomar el proyecto que acabamos de empezar. Tendremos otras espadas sobre la cabeza (como esas reválidas recién aprobadas, un hachazo a las competencias, a la escuela inclusiva y al aprendizaje significativo) y sobreviviremos al oleaje de nuevas urgencias, pero confío en que nos quedará tiempo también para lo importante, para nuestra idea de Escuela, porque ese debería ser el verdadero horizonte.

P.D: El título de esta nota coincide con la reflexión en el blog de Salva Barrientos, amigo y compañero en el cursillo de nuevos directores de Castellón.

Crédito de la imagen: 'Lichtkunst Esel'

30 noviembre 2009

Alumnos tóxicos

Lunes, justo antes de empezar la jornada semanal, me encuentro con esta noticia: "La madre de un niño con síndrome de Down denuncia que cuatro centros se niegan a aceptarlo". Sé muy bien que hay que ser cautelosos con cualquier noticia que busca causar impacto en los medios. Sin embargo, reconozco que se trata de uno de esos asuntos sobre los cuales no me caben dudas y que no necesito ver sobre el papel para confirmarlo: Las actuaciones de algunos centros privados atentan contra principios constitucionales y suponen un factor desestabilizador en el sistema educativo.
No voy a entrar en disputas sobre los conciertos educativos, sobre ese dinero público que va a parar a entidades privadas que no garantizan los servicios que se comprometieron a prestar. Sólo quiero airear un poco la indignación que he sentido esta mañana al leer esta noticia. Y lo haré lanzando unas preguntas retóricas a las que no estáis obligados a responder:
  • ¿Por qué las familias siguen pensando que los centros privados ofrecen mejor educación a sus hijos? -la razón que se ofrece en la noticia acerca de las dimensiones del centro no parece muy sólida-.
  • ¿Cómo es posible que, en pleno siglo XXI, cuatro centros educativos se nieguen a escolarizar a un menor por padecer un síndrome de Down?
  • Si no lo hubiesen dejado entrar en un autobús o en un centro comercial, por muy privado que fuese y con su derecho de admisión en regla, ¿sería un acto lícito?
  • ¿Para qué integrar en los centros educativos a las minorías, a los que necesitan atención especial, a los inmigrantes, etc. si, a la vista de lo que ocurre a pie de calle, la sociedad nunca les va a perdonar ser como son?
  • ¿Qué sentirán las familias de alumnos de esos centros cuando sepan de este asunto? ¿Alivio? ¿Alegría? ¿Remordimiento? ¿Vergüenza?
Después de tanto interrogante me he marchado a mis clases con bastante desasosiego, ese resquemor de saber que todavía consideramos tóxicas a ciertas personas y nos protegemos de ellas con mascarillas sociales. Menos mal que, cuando entro en el aula se me pasa: En alguno de mis grupos de 2º de ESO hay hasta seis o siete niños con Adaptaciones Curriculares Significativas, una ratio muy por encima de lo que marca la ley; sin hablar de alumnos que no conocen el idioma o, simplemente, absentistas que vienen un día sí y seis no. Aquí siempre hay sitio para uno más, o para dos, tres o cuatro, que el curso es muy largo y el centro público. Cada uno viene con su problema y a cada uno tratamos de darle algo a cambio. Ellos no han elegido ser así, pero nosotros -docentes, progenitores, empresarios, políticos...- sí que hemos decidido ser lo que somos. Después de ver lo que veo, ya no sé quién tiene que aprender de quién.

Crédito de la imagen: Levante-EMV

08 mayo 2008

Primates

Me perdí en los senderos inextricables de la Administración pública hace años. Trabajé en una empresa pública que me amenazaba continuamente con reducirme (de plantilla) hasta que decidí irme, momento en el que tuve que pelearme para que me dejasen marchar. Mientras trabajaba en esa empresa pública me prohibieron dedicarme a la enseñanza pública por incompatibilidad; ahora que exijo aquella antigüedad, me niegan que fuese empleado público.
En las oposiciones nunca me reconocieron los cursos de doctorado ni la suficiencia investigadora (en el área de lengua y literatura, claro), a los que dediqué dos años de investigación exhaustiva; a cambio me aceptaban los diplomas de cursos en los que había soportado aburridas sesiones de Power Point sobre temas que no quiero ni recordar. Ahora que no lo necesito, han modificado los baremos de las oposiciones y admiten la suficiencia investigadora; a cambio, eliminan los puntos por premios extraordinarios de licenciatura: Se supone que ser el mejor de tu promoción no tiene mucho interés de cara a ejercer de profesor (al menos no tanto como un curso de risoterapia impartido por la Fsfshus de sfasiglm y gfsdaafk, centro acreditado de Formación del Profesorado).
Visto todo lo anterior y contrastado con lo que le ha ocurrido a Lourdes Domenech y Ana Romeo, artífices de Materiales de Lengua, no cabe duda de que infinitos monos escribiendo al azar en una máquina de escribir no sólo acabarían redactando el Quijote, sino que, incluso, mejorarían ampliamente algunas disposiciones administrativas (aunque tal vez éstas sean ya producto de un número inferior de primates).
Crédito de la imagen: www.flickr.com/photos/32563803@N00/2219947571
ACTUALIZACIÓN 10/05/08:
Si os apetece, podéis participar en el grupo de trabajo que se ha montado en Internet en el aula: