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18 abril 2020

Separados al nacer

Acompáñenme en la insólita historia de los gemelos Adrián y Kevin, separados al nacer, tan iguales, con capacidades similares y con destinos tan dispares. Una historia de esfuerzo y superación para unos y de abandono y castigo para otros. Una historia sin moralejas, una historia que pudo ser cierta o fingida, según la realidad que cada uno de ustedes viva: a unos les parecerá exageración a otros se les antojará mentira, y más de uno la dará por ejemplar. La cuento como me la contaron. 
Adrián fue adoptado por una familia normal, de esas que tienen su casa, su coche y su apartamento en la playa, una madre funcionaria y un padre encargado de supermercado. Kevin también fue adoptado por otra familia normal, de esas que solo tienen un piso antiguo, vaga herencia familiar disputada a costa de no hablarse con hermanos y primos, con una madre empleada de hostelería, separada de un padre transportista.
A lo largo de la Primaria, Adrián y Kevin estudian en colegios públicos de sus respectivos barrios. Adrián tiene buenos amigos en su zona, un área residencial con parques y vecinos que te invitan a cumpleaños en los que ni siquiera sabes qué te ha regalado quién. Kevin también va al cole público de su barrio, pero es un colegio particular, donde la amistad se forja con cierta precariedad, compañeros que vienen y van, gente de paso en una zona periférica de la ciudad, con descampados y naves industriales. Sus cumpleaños son de calle y de todo a cien, aunque en sexto, qué risa, alguien trajo cervezas y tabaco para divertirse un rato.
En el instituto, Adrián empezó a tener problemas con algunas asignaturas que se le atravesaban. Su madre pedía citas con los profesores y mantuvo el contacto con la tutora para que Adrián no se quedase atrás. Le pusieron un profe particular para el inglés y lo apuntaron a una academia, porque los deberes le costaban horas y luego los tenía mal. Aunque llevó a rastras las matemáticas, el inglés y la música, al final de curso, la tutora y el resto del equipo tuvieron muy en cuenta la preocupación de sus padres (que no faltaron a ninguna reunión y llamaron por teléfono casi todos los meses para ver cómo iba todo), y pensaron que no era bueno que repitiese por tres asignaturas, así que un cuatro se convirtió en un cinco y Adrián promocionó.
A Kevin le pasó algo parecido, con las mismas asignaturas. La tutora llamó a su madre, pero los horarios de la hostelería son complicados y solo podían hablar por teléfono de vez en cuando. Kevin tampoco sabía hacer los deberes. Como había semanas que las pasaba con su padre, el transportista, se quedaba en casa solo y no adelantaba. Los amigos del cole tampoco eran de gran ayuda; algunos habían empezado a faltar a clase y se quedaban por los descampados. Su padre fue una vez al instituto y la lio con la de lengua porque llamó vago a su hijo, o eso entendió él. A pesar de que trataba de seguir las clases, sus despistes con las tareas y su vergüenza para preguntar lo que no entendía, le hicieron perder el ritmo. En la segunda evaluación ya no eran tres asignaturas suspendidas, sino cinco. Nadie en su casa se planteó pagar una academia ni un profesor particular. En la evaluación final, se consideró que Kevin debía repetir porque no se había esforzado bastante.
El resto de la escolarización obligatoria de Adrián fue bastante anodino: nunca destacó especialmente en ninguna asignatura y solo una vez le pusieron un parte por burlarse de un compañero (le quitaron la Play en casa durante un mes, pero iba a hacer los deberes a casa de Álex y allí podía jugar). Hacía siempre los deberes, en eso su familia era inflexible: si sus padres no sabían algo, le pedían ayuda a algún conocido y siempre salían adelante. Los exámenes los pasaba siempre con un cuatro o un cinco, al que sumaba la actitud y el cuaderno completo. Tituló en la ESO y se matriculó en un Bachiller que sacó en tres años. Para entonces, sus padres habían ahorrado lo suficiente para pagarle una universidad privada si fallaba la nota de corte. 
Kevin no tuvo tanta fortuna. Repitió 1º de ESO y se desanimó. Como iba a pasar igual a segundo, ese año se dedicó a las relaciones sociales con sus colegas y con las chicas. En 2º de ESO, como cabía esperar, le fue igual de mal. Un día se peleó con un amigo, en plan broma, y lo echaron un mes. En casa le quitaron el móvil, pero su padre, a escondidas le consiguió otro. La tutora de 2º hizo todo lo posible por derivarlo a un programa de refuerzo, pero no todo el equipo docente estaba de acuerdo: Kevin no se esforzaba y su actitud era negativa; tampoco la familia estaba por la labor, ya que no creían que Kevin tuviese ningún problema en la cabeza. Así que Kevin volvió a repetir 2º de ESO y se largó con 16 años del instituto, sin títulos y sin esperanzas.
Adrián y Kevin eran muy parecidos al nacer, pero Kevin no se esforzó y Adrián sí. Por eso, veinte años después de su agónico título de la ESO, Adrián es hoy un abogado liberal, indignado con que pasen de curso quienes no lo merecen, ya que él se esfuerza por que su hija Patricia entregue correctamente todas las tareas que le mandan. 
Kevin por su parte no sabe muy bien si sus hijos pasarán o no de curso; a veces le cuesta recordar qué curso están haciendo. Le preocupa sobre todo saber si la economía precaria en la que se mueve le permitirá darles de comer a todos. Y sí, a menudo, piensa que toda la culpa es suya por no haberse esforzado lo suficiente.

Crédito de la imagen: 'Twins'

23 octubre 2013

Sesquidécada: octubre 1998

Igual que hay gente que debería caerte bien y te cae mal (y así nos va), ocurre a veces lo contrario: no podemos evitar la simpatía por alguien que merecería nuestro desdén. Es lo que me pasa con uno de los autores que más estimo: se trata de Quevedo, protagonista exclusivo de esta sesquidécada,. No sé cuándo leí por primera vez un poema suyo, difícil remontarse tan lejos. El Buscón ha ocupado ya alguna sesquidécada también. Ahora Quevedo vuelve a esta serie porque en el lejano octubre de 1998 andaba yo leyendo un ensayo de Maxime Chevalier, Quevedo y su tiempo: la agudeza verbal. En verdad, si alguien debe encabezar el paradigma del ingenio verbal, ese es don Francisco de Quevedo y Villegas. Mi admiración por él está por tanto justificada, al menos en cuanto a mi condición de filólogo. Pocos han alcanzado la maestría de Quevedo en el arte de la dilogía, de la metáfora, de la ironía, de la paradoja, de la antítesis, de la hipérbole... Pero también pocos han sido tan cáusticos en el uso de la burla, el sarcasmo, la misoginia o la xenofobia. Del látigo quevediano pocos coetáneos se libraron, en especial los más débiles. Si bien es cierto que era tradición asentada incluso entre intelectuales atacar a conversos o a mujeres, eso no disculpa la especial animadversión de Quevedo hacia esos colectivos. Soy consciente de que no debemos juzgar a personajes de otras épocas bajo los patrones de la nuestra, pero leer a Quevedo hace que te hierva la sangre en más de una ocasión por la ferocidad de sus ataques. Sin embargo, como avanzaba al principio, no consigo que me caiga mal del todo, en parte por ese arte suyo con la palabra y en parte también porque esa mala baba la repartía a diestro y siniestro, como si no fuese más que una vía de escape a su propia frustración. No es sencillo acercarse a la escritura de Quevedo sin tener buenas armas en competencia lectora. Hay maravillosos poemas que admiten una lectura 'fácil' (el más conocido el que habla del amor más allá de la muerte), pero sus acólitos realmente disfrutamos con esos textos que se repliegan sobre sí mismos en una espiral de significados, formando isotopías difíciles de desentrañar, como jeroglíficos hechos con palabras que nunca acaban de cerrar su sentido último. Disfrutamos con esos textos y también con su verso punzante y con su prosa gamberra, como la del Buscón.
Creo que la historia de la literatura tiene pocos personajes tan incisivos como Quevedo. Tal vez Larra habría fraguado un carácter y un estilo similar si hubiese tenido tiempo para ello. En el siglo XX, a pesar del auge del periodismo, en el que podría destacar esa agudeza verbal quevediana, no hallo herederos a su altura; se le aproximan en alguna de sus columnas Francisco Umbral o Juan José Millás, y paremos de contar.
Quevedo es querido y odiado a partes iguales, aunque la crítica literaria siempre lo salvará. Como homenaje también, os dejo este relato, que surgió a partir de una petición especial de mi amiga Mercedes Ruiz para el proyecto 'O Apostolo'. El relato tiene demasiados tintes autobiográficos como para ser tomado a broma, así que cuidado...



P.D: Si no se creen la amistad entre Quevedo y Góngora, miren a ver quién aparece en el icono de la pestaña del navegador en este enlace a las poesías de Quevedo.