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29 octubre 2025

Aniversario del dolor

Hoy es un día difícil para ver la televisión, para asomarse a las redes, para leer la prensa... Hoy es un día en el que cuesta no llorar. Buena parte de mi vida ha transcurrido en Sedaví, donde estaba mi primer colegio, en Benetússer, donde estudié mi primer curso de Bachillerato, y en Alfafar, donde fue al colegio mi hija mayor y donde siguen viviendo mis padres y uno de mis hermanos. También ahí vive mi prima, y ahí vivía su hermano hasta que una ciénaga desatada lo sepultó en su cama arrebatándolo de los brazos de su mujer, que salvó la vida de milagro. Hoy, cuando se cumple un año de la DANA de Valencia, es un día difícil para escribir desde la serenidad y no desde la rabia.

Hoy es también un día difícil para olvidar. Olvidar que ya por la mañana estábamos viendo rescates de personas arrastradas por el agua. Olvidar que a mediodía y en la sobremesa ya había decenas de muertos y que una avalancha de barro bajaba desde las montañas hacia la Albufera. Olvidar que los máximos responsables de las emergencias estaban mareando la perdiz mientras esperaban las órdenes de un presidente que, un año después, todavía no sabemos dónde andaba ni qué hacía. Olvidar las imágenes y los testimonios de las víctimas y su desamparo.

Pero hoy sí que es un buen día para reflexionar acerca de los errores que se cometieron y de quiénes fueron responsables de ellos. Es buen día para desenmascarar a los que mintieron y sembraron odio y bulos mientras miles de personas sufrían por sus pérdidas. Y, sobre todo, es buen día para homenajear a los que dieron la cara y a los que tendieron su mano sin esperar nada a cambio. 

Hoy es ese día en el que hubiera preferido escribir de libros y no de muerte. Pero cada día que vuelvo a visitar las calles de mi infancia y juventud, cada vez que abrazo a mis padres, cada vez que hablo con mi prima, sé que tenía que dejar constancia de este dolor, de esta rabia, de esta impotencia. Y poner la televisión o asomarse a las redes para ver la hipocresía de los responsables de este horror solo acrecienta esta indignación.

24 octubre 2012

Sesquidécada: octubre 1997

Octubre de 1997 fue un mes de cambios importantes que afectaron no solo a mis lecturas sino también a mi vida personal y profesional. Acabada en julio la carrera de Filología Hispánica, el panorama académico se presentaba un tanto turbio. A pesar de haber obtenido unos resultados brillantes, no había lugar en la Universidad para dedicarme a la investigación. Sé que los científicos tienen razones de sobra para quejarse, pero los especialistas de las humanidades nunca conocimos las vacas gordas (basta con comprobar dónde se publican los mejores estudios de hispanistas, por ejemplo). Sin posibilidades de beca, solo podía optar a seguir con estudios de Tercer Ciclo, es decir, comenzar la carrera hacia un doctorado. Debo decir que aún mantenía vivo el espíritu con el que empecé la carrera y que resume muy bien Antonio Orejudo en su última novela Un momento de descanso:
Filología Hispánica aún no se había convertido en una carrera de saldo, aún no era la licenciatura de los que no pueden estudiar algo más serio por falta de capacidad o de nota media. Cuando nosotros entramos en la universidad, Filología Hispánica era todavía una disciplina en la que se matriculaban no solo quienes no servían para las ciencias, sino también los jóvenes de cierta cultura, chicos a los que les interesaban de verdad las letras, y que habían leído bastantes libros para su edad.
Así que hace quince años, los que celebra esta sesquidécada, andaba tanteando lecturas que me llevasen a un tema interesante para enfocar mi tesis doctoral. Leí las Cartas a Lucilio, de Séneca, por si los clásicos me iluminaban en ese trance, pero la solución fue más prosaica. La catedrática a quien me encomendé, Evangelina Rodríguez Cuadros, me sugirió que investigase sobre la Academia de los Nocturnos. El nombre me llamó mucho la atención, así que me dediqué a leer las Actas de las sesiones para descubrir de qué se trataba aquella misteriosa academia y quiénes eran aquellos Nocturnos.
Palacio de Catalá de Valeriola
Estos señores se reunieron entre 1591 y 1594, en un total de 88 sesiones académicas, en las que se ejercitaba el verso, la prosa e incluso los temas científicos. Fundada por Bernardo Catalá de Valeriola en la ciudad de Valencia, la Academia reunía a algunos de los más ilustres intelectuales de la época, como Gaspar Aguilar, Cerdán de Tallada, Rey de Artieda, Francisco de Tárrega o Guillem de Castro. Se planteaba un tema y los académicos disertaban o recitaban sobre el mismo. Muchos de aquellos textos poéticos fueron recogidos en cancioneros, y es muy probable que Lope de Vega, que asistió a varias de aquellas sesiones, perfeccionase su técnica dramática y tomase prestadas para su poética algunas propuestas estéticas de aquel círculo literario tan activo -recordemos que en Valencia se hallaba uno de los focos de interés teatral más importante de la época-.
Como digo, en aquellos días de indecisión académica, leí las Actas de esta curiosa Academia, recopiladas por José Luis Canet en cuatro volúmenes, editados por la Institució Valenciana d'Estudis i Investigació. No fue una lectura muy provechosa, pues mi ritmo de trabajo y estudio a la vez -y una familia que empezaba a crecer- me impedían avanzar al son que dictaba mi directora de tesis; así que cambié de directora y de tema de tesis, aunque eso pertenece a recuerdos posteriores que ya llegarán. Al menos queda esta nota en el blog para recopilar el nombre de aquellos Nocturnos que, adelantándose a los avatares de Twitter, ya tenían su propio mote que los definía:
Don Bernardo Cathalán (Presidente)- Silencio
El canónigo Francisco Tárrega (Conciliario) - Miedo
Francisco Desplugues (señor de la Puebla) (Secretario) - Descuydo
Miguel Beneyto (Portero) - Sosiego
Gaspar Aguilar - Sombra
Don Francisco Pacheco - Fiel
Hernando Pretel - Sueño
Maximiliano Cerdán - Temeridad
Fabián de Cucalón (señor de Cárçer) - Horror
Gaspar de Villalón - Tinieblas
El dotor Gerónymo de Virués - Estudio
Don Juan de Fenollet - Temeroso
Jayme Orts - Tristeza
Manuel Ledesma - Recogimiento
El licenciado Gaspar Escolano - Luz
Evaristo Mont - Soledad
El maestro Antonio Joan Andreu - Vigilia
El maestro Gregorio Ferer - Industria
Don Gaspar Mercader - Relámpago
Don Francisco de Vilanova - Recelo
Don Guillén de Castro - Secreto
Don Francisco de Castro - Consejo
Don Guillén Ramón Cathalán - Reposo
López Maldonado - Sinzero
Don Thomás de Vilanueva - Tranquilidad
Pelegrín Cathalán - Cuydado
Don Joan Pallás (Barón de Cortes) - Olvido
El maestro Gaspar Gracián - Peligro
Don Mathías Fajardo - Oscuridad
El capitán Andrés Rey de Artieda - Centinela
Thomás Cerdán de Tallada - Trueno
Don Jayme de Aguilar - Niebla
Don Carlos Boyl - Recelo
Pedro Vicente Giner - Cautela
Don Guillém Belvis - Lluvia
Gerónymo de Mora - Sereno
Don Lois Ferrer - Norte
El dotor Joan Andrés Nuñes - Luzero
Micer Joan Joseph Martí - Atrevimiento
Don Pedro Frigola - Espia
Hernando de Balda - Cometa
Estacio Gironella - Resplandor
El licenciado Lorenço de Valençuela - Tiento
Joan de Valençuela - Asombro
El licenciado Bartholomé Sebastián - Estrella
¿Os los imagináis tuiteando sus versos?