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10 mayo 2020

Sesquidécada: mayo 2005

Veo que en mayo de 2005 andaba bastante centrado en la literatura de principios del siglo XX. Siempre he manifestado mi admiración por la literatura española del primer tercio del siglo pasado. Creo que es uno de los periodos más apasionantes de la historia literaria de nuestra lengua, junto con el tránsito del siglo XVI al XVII. La reflexión del 98, el modernismo, los relatos sociales, el novecentismo, las novelitas eróticas, las vanguardias, la Generación del 27... Por suerte, además de numerosos testimonios de cronistas de la época (críticos, periodistas, historiadores), tenemos también novelas actuales que recrean con mayor o menor acierto aquella época. Recuerdo, por ejemplo, La calle de Valverde, de Max Aub, Las máscaras del héroe, de Juan Manuel de Prada (por cierto, también en aquel mayo de 2005 leí Coños, el intento de este autor por parecerse a Gómez de la Serna, un intento que, a mi juicio, no resultó acertado), o la novela que rescato en esta sesquidécada: Fabulosas narraciones por historias, de Antonio Orejudo.

La novela recrea las peripecias de tres jóvenes en el Madrid de los años 20. Alojados en la Residencia de Estudiantes y vinculados azarosamente a grandes figuras intelectuales de la época, estos jóvenes van tejiendo una trama de ficción con divertidos retazos de coincidencias históricas. Antonio Orejudo, que es un excelente prosista, construye con mimbres absurdos y surrealistas un relato verosímil que seduce a los aficionados a la literatura y, especialmente, a los que andamos enamorados de esa época. No es una novela perfecta, pero sí que entretiene con un humor fino a quienes buscan algo más que las novelas históricas al uso. Además, el reciente estreno fílmico de Ventajas de viajar en tren, basado en la obra homónima de este mismo autor, nos da la coartada perfecta para releer a Orejudo. 

29 agosto 2017

Sesquidécada: agosto 2002

Mientras leía hace unas semanas el último libro de Antonio Orejudo, Los cinco y yo, recordaba con buen sabor la primera novela suya que leí, Ventajas de viajar en tren, y por azares del calendario resulta que es una de las candidatas para protagonizar esta sesquidécada de agosto de 2002. 
Reconozco que me animé a leerla al ver esa portada que invita al viaje, aunque luego se trate de un viaje muy particular. Aun así, fue una novela que me gustó bastante, una de esas narraciones extrañas que siempre merecen ser revisitadas. Lástima no tener más tiempo para ello. No daré ninguna pista acerca de su contenido para que os animéis a leerla.
Hablando de viajes, la segunda reseña que rescato en estas postrimerías de agosto tiene mucho que ver con el descanso y el reposo vacacional. Se trata de Un año en Provenza, de Peter Mayle, un relato de las vivencias de un británico en el sur de Francia. Es una lectura que invita a degustar los placeres del buen comer y beber, y también a huir de las prisas y el ajetreo urbano. Una obra recomendada para superar el síndrome postvacacional.

Por último, un libro inclasificable, entre lo biográfico y lo metaliterario, la novela-ensayo Bartleby y compañía, de Enrique Vila-Matas, un complejo entramado de ficción y realidad al hilo de los escritores que deciden dejar de serlo, si alguna vez lo han sido. Una obra que comenzó una serie en la producción de este autor solo recomendable para filólogos y aspirantes a escritor.

No me extiendo más, que ya veo acercarse septiembre por el horizonte. Feliz vuelta al trabajo.