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19 diciembre 2020

Sesquidécada: diciembre 2005


Hace quince años estaba preparando mi primera petición de plaza definitiva después de haber aprobado la oposición. Ya estaba en Castelló, pensando que sería más viable obtener una vacante cerca de aquí que de Valencia, que era mi lugar de origen. Tuve mucha suerte y me dieron un instituto en Castelló, un centro que tenía cierta mala fama y que no resultaba muy atractivo para que otros lo pidiesen en el concurso de traslados. Todavía sigo en aquel centro, en el que aterricé en el curso 2006-2007, y en el que quizá me jubile. Quince años después, es momento de recordar las lecturas que acompañaron aquel puzzle de códigos y localidades, aquella lista de promesas de futuro, de universos paralelos que nunca llegarían a existir. 

Como corresponde a aquel momento tan existencial, recupero en esta sesquidécada un autor que me parece imprescindible: Dino Buzzati. Ya había leído su magistral novela El desierto de los tártaros, una obra que te deja sin aliento y que ocupa muchas de las listas de mejores novelas del siglo XX. En diciembre de 2005 leí Los siete mensajeros y otros relatos, una antología de cuentos que recomiendo encarecidamente. Aunque no los recuerdo todos, sé que varios de ellos me dejaron impresionado, por ejemplo "El colombre", "Los siete mensajeros" o "La capa". Este último puede entrar también en el parnaso de los mejores relatos cortos de todos los tiempos, con una estructura e intensidad difícilmente igualables. 


Por otro lado, recupero una novela juvenil de una autora que estuvo muy de moda en aquella época: Cornelia Funke. Se trata de El señor de los ladrones, una novela de aventura y misterio que entronca con muchos de los temas del género y recuerda a Mark Twain, Barrie o incluso a nuestro Lazarillo. Una novela para regalar a chavales de diez o doce años. Felices fiestas y felices lecturas.

23 agosto 2016

Sesquidécada: agosto 2001

En agosto de 2001 estaba preparando algunos artículos sobre Juan Luis Vives, ese casi desconocido en esta tierra y que en cualquier otro lugar del mundo sería un referente. Mientras leía algunas monografías sobre el humanista valenciano, me asombraba la paciencia con que tuvo que aguantar su exilio, ese retiro forzado por sus antecedentes familiares judíos. Lo imagino en Brujas enterándose de que la Inquisición ha desenterrado los huesos de su madre para quemarlos en público. Lo imagino rechazando una y otra vez, por miedo o por despecho, volver a una España de rencorosos mediocres y de envidiosos ante la inteligencia ajena. Lo imagino muriendo lejos de su tierra y con la espina clavada de no haber podido saldar con su inmensa obra la mancha del odio racial. Nada nuevo, en fin.

Entre aquellos manuales de historia y filología se colaron, sin embargo, algunas lecturas que conviene traer a la memoria en esta sesquidécada. El primer autor es un clásico de nuestra literatura, Benito Pérez Galdós: su novela Miau impregnó algunas de aquellas tardes de verano con el aroma del Madrid castizo finisecular, con funcionarios cesantes y preocupaciones pequeñoburguesas. Es una obviedad recomendar a Galdós en un blog de filólogo, pero ante los retazos de lecturas digitales fragmentarios y dispersos de nuestros días, tal vez sea buena prescripción recuperar la prosa sosegada y llena de detalles del maestro canario.

También leí en aquellos días una antología de cuentos de Dino Buzzati, un autor para mí imprescindible tras la lectura de su novela El desierto de los tártaros. Los relatos de Buzzati son siempre inquietantes, como corresponde al cuento moderno, y dejan al lector balanceándose en esa estrecha franja entre el desasosiego intelectual y la satisfacción estética.

La última recomendación enlaza casi con el próximo inicio de curso, pues se trata de los textos del Juan de Mairena, de Antonio Machado, un imprescindible conjunto de reflexiones heterónimas acerca del arte, de la pedagogía, de la historia, de la literatura... Pasearse por los textos de Mairena es casi vivir en directo las preocupaciones de una generación que quiso renovar una España caduca, aquella misma España que quemó a los padres de Luis Vives y que con gusto hubiese hecho lo propio con él mismo de no haber puesto tierra de por medio. Leer a Juan de Mairena, a Abel Martín, a Antonio Machado es también redescubrir el oficio de maestro, algo necesario, cada día más:
No olvidéis que es tan fácil quitarle a un maestro la batuta, como difícil dirigir con ella la quinta sinfonía de Beethoven. 

28 septiembre 2014

Sesquidécada: septiembre 1999

Hay temporadas en las que no atinamos con los libros y otras en las que parece que nos hallamos en racha a la hora de elegir lecturas. En el septiembre de 1999 leí a Javier Marías o a José Saramago, autores de largo recorrido en mi biografía lectora y de los que ya he hablado en el blog. Pero junto a ellos aparecen tres lecturas que han dejado poso y que van a protagonizar esta sesquidécada.

La primera es Carreteras secundarias, de Ignacio Martínez de Pisón, una novela con guiños a las road movies y a la España del sablazo. Se trata de una novela con unos personajes que se hacen querer y que resultan difíciles de olvidar, un adolescente y su padre que crecen cada uno a su manera. Carreteras secundarias ha formado parte de mis recomendaciones lectoras para bachiller desde hace años y, a veces, alguno de mis alumnos se anima y comparte ese placer de revivir lecturas. Hay también una versión cinematográfica bastante digna.

La segunda lectura es un clásico en todos los sentidos. Se trata del Elogio de la locura, de Erasmo de Rotterdam. Me sorprendió hallar un humor tan cáustico en un autor al que consideraba tan serio. El Elogio de la locura tiene un contexto muy preciso de producción en el que cobran sentido todas las burlas que destila Erasmo, aunque el lector no especializado puede disfrutar de la crítica sin necesidad de entender todo el fondo reformista que justifica esa obra. Junto con la Utopía de Tomás Moro, esta obra ofrece una visión alternativa frente la Europa oscura y dogmática que acechaba desde el Concilio de Trento.
“De la misma manera, los pontífices, diligentísimos para amontonar dinero, delegan en los obispos los menesteres demasiado apostólicos; los obispos, en los párrocos; los párrocos, en los vicarios; los vicarios, en los monjes mendicantes y, por fin, éstos lo confían a quienes se ocupan de trasquilar la lana de las ovejas” (Erasmo de Rotterdam, Elogio de la locura, capítulo LX).
Por último, El desierto de los tártaros, de Dino Buzzati, supuso otro de esos hallazgos impresionantes de la literatura contemporánea. No es una novela fácil, ni recomendable a discreción, ni siquiera distraída; es simplemente una de esas obras en las que, al llegar a su última página, uno advierte que ha cubierto un hueco a costa de crear un vacío en otro lugar remoto de la conciencia. Y ese lector incauto habrá de asumir que, como el teniente Giovanni Drogo, durante los años siguientes, en más de una ocasión llenará sus días con el único consuelo de ver asomar a los tártaros por el horizonte.

17 octubre 2006

Centenario Buzzati

Me entero por El País (a través de sendos artículos de José María Guelbenzu, escritor, y Javier Santillán, editor) que se celebra ahora el centenario del nacimiento de Dino Buzzati, uno de los mejores narradores del siglo XX.
Confieso que la lectura de El desierto de los tártaros fue para mí un descubrimiento fundamental en mi competencia literaria. Si me pregunto a veces acerca del sentido del ser humano en esta vida, me acuerdo de la eterna espera de Giovanni Drogo en su fortaleza. De aquella lectura aún me conmueve la magistral presencia de la nada, de lo insustancial, como una pervivencia de esos mitos clásicos condenados a sufrimientos eternos, pero dentro de nuestra miserable mortalidad.
Está claro que El desierto de los tártaros no es una lectura recomendable en el aula, a menos que tengamos en el pupitre a la reencarnación de Sartre, por ejemplo. Pero, sin ir más lejos, el curso pasado recomendé, un poco escéptico, a un alumno de 1º de Bachiller, lector competente, la lectura de los relatos publicados por Alianza bajo el título de Los siete mensajeros y otros relatos (que yo mismo le presté, por si acaso). Me confesó que le había gustado mucho, y eso que solía mostrarse bastante crítico con casi todas mis recomendaciones. Así que ahí queda esa nueva vía por explorar, un poco a la altura de autores como Cortázar, Borges, Onetti, Benet, Monzó, y demás raritos del relato.
(Si alguien no puede acceder a los artículos de pago del País y está muy interesado, se los puedo enviar)