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19 enero 2020

Sesquidécada: enero 2005

Abrimos nuevo año de sesquidécadas, esas reseñas de lecturas de hace quince años que se han convertido en el hilo de continuidad de este blog. Hace poco me entrevistaron en la radio para preguntarme por la vigencia de los blogs. Les decía que llevamos años avisando del apocalipsis bloguero, pero que algunos resistimos, un poco por nostalgia, otro poco por tener un espacio para la reflexión alejado del ruido y la furia de las redes sociales:

Estas sesquidécadas también son un ejercicio de reposo sereno de lecturas añoradas o de recuperación de momentos curiosos que rodearon al acto de leer. Por ejemplo, en aquel enero de 2005 tengo anotadas varias novelas juveniles escritas en valenciano. Estaba dando clases en el IES de Sedaví, muy cerquita de mi casa entonces, y había una hora de plan lector, que repartíamos entre castellano y valenciano. Fue un curso en el que aprendí mucho, por ejemplo, que habilitar momentos de lectura en el aula siempre es provechoso y da réditos a largo plazo.

Al margen de aquellos libros de Josep Gregori, Pasqual Alapont o Enric Lluch, encuentro anotado a Michel Houllebecq, que apenas recuerdo, y a Vicente Verdú, con un ameno ensayo sobre Estados Unidos: El planeta americano. Ya he mencionado otras veces en el blog mi sueño de ser profesor de español para extranjeros en algún país remoto (una ilusión que la edad y la comodidad han ido disolviendo), por lo que la lectura de esta obra me descubrió curiosidades que desconocía, y también acabó con cierta visión mítica de los EE.UU. que vamos fabricando a través de las novelas o las películas. Imagino que su interpretación hoy, tantos años y tantos cambios presidenciales después, sería buen objeto de análisis para historiadores y políticos. Para mí fue casi un carpetazo a aquel propósito de irme allí de profesor de español. Muchos años después, un compañero lo hizo y volvió apenado por la deriva hacia un modelo ultracompetitivo y orientado a cumplir objetivos bajo incentivos de todo tipo, especialmente en cuanto a la dotación de recursos económicos. Tal vez algún día haga turismo educativo por allí para comprobarlo.

Otra lectura de aquel mes fue el primer volumen de la saga Memorias de Idhún, de Laura Gallego, de la que ya he hablado también en el blog. Reconozco que no sé si Laura sigue teniendo el tirón que tenía en la época, aunque me consta que algunos de mis alumnos siguen leyendo novelas como El valle de los lobos y las siguen disfrutando. Sin embargo, creo que aquella literatura juvenil de mundo mágico teñida de despertar sentimental ha evolucionado hacia una ficción bastante más dura, quizá en correlación a un mundo juvenil menos limitado en el terreno sexual o en la exposición a la violencia. No es en absoluto una queja, sino una constatación de que los tiempos y los gustos lectores cambian. Que lean, libremente, que decidan qué les gusta y qué no. Que se equivoquen, como nos hemos equivocado los adultos. Que nadie les impida aprender más allá de las limitaciones de sus profesores, de sus amigos, de sus familias. En eso siempre intentaremos ayudarles algunos docentes.

24 enero 2016

Sesquidécada: enero 2001

Empezamos las sesquidécadas del año 2001, aquellas lecturas de hace quince años, con unas recomendaciones viajeras, tanto por los espacios reales como los de la ficción. Los lectores del blog ya conocen mi afición por la literatura de viajes, especialmente la de viajeros de otras épocas, aquellos que ofrecen una visión que permite comparar en qué hemos cambiado y en qué no. 

El primer libro que reseño es el Viaje a los Estados Unidos de Louis L. Simonin, un ingeniero de minas francés, tan aficionado a viajar como a escribir sobre sus andanzas. Esta obra es una recopilación de sus observaciones sobre los Estados Unidos alrededor de 1870. Al margen de las numerosas reflexiones sobre aspectos de la técnica, especialmente del ferrocarril, algunas de sus anotaciones son muy curiosas para el lector de nuestro siglo. Aquí parece vislumbrar el comercio global y el TTIP:
Llegará el día, sin duda, en el que tubos subterráneos recorrerán el globo y donde por un golpe de pistón, por medio de una máquina neumática, se enviarán estas provisiones de un extremo al otro del universo. Será el día en que cada país producirá solamente lo que puede producir y habremos terminado de una vez por todas con los hortelanos parisinos.
Por supuesto, también describe la situación de las clases más desfavorecidas, como los inmigrantes irlandeses o los indios:
Es en este despacho de trabajo donde se consiguen la mayor parte de las sirvientes, tan difíciles de encontrar en América. Son sobre todo irlandesas quienes se ocupan de estas funciones domésticas que ningún americano consentiría en realizar.
Quiero aprovechar la oportunidad de traer la obra de Simonin para mencionar otra lectura que acabo de terminar y con la que está muy relacionada. Se trata de La América de una planta, otra crónica de un viaje por Estados Unidos, en esta ocasión de dos periodistas rusos en el año 1935. Es un libro ameno y delicioso, con el aliciente añadido del choque entre el punto de vista de estos dos comunistas con el mundo que acababa de pasar por el crack de 1929 y que empezaba un nuevo despertar capitalista. Aunque hay muchos fragmentos interesantes (incluyendo el paso por los Estados del Sur y la situación de los negros), os dejo en la imagen una breve cita de las reflexiones de un director sobre el cine de Hollywood:

Por último, esta sesquidécada, como decía al principio, incluye también un viaje a los paisajes de la ficción. Se trata de una novela de Luis Mateo Díez, La ruina del cielo, otra de sus obras ambientadas en Celama. Si hemos de buscar un equivalente a Juan Rulfo, sería éste nuestro autor, un escritor que cuida el lenguaje hasta el extremo y que es capaz de crear un universo lleno de evocaciones, sueños y vidas que nunca sabemos si se extinguieron o no. En tiempos revueltos, recuperar las novelas de Luis Mateo Díez puede ser bastante terapéutico.