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26 septiembre 2026

Sesquidécada: septiembre 2011


En esta sesquidécada aparecen algunos autores que ya han protagonizado reseñas en anteriores ocasiones. Es inevitable recurrir a valores seguros cuando uno echa la mirada atrás para encontrarse con lecturas que dejen un poso perdurable en la memoria.


El primer autor es Fredric Brown, un artista de la ciencia-ficción y de la novela policíaca. En esta ocasión traemos Su nombre era muerte, una novela narrada con una técnica interesante y que tiene esos ingredientes que tanto me gustan en este autor: el humor negro y los giros inesperados. Como ya he dicho otras veces, Fredric Brown es un valor seguro en esta literatura de género, un autor que siempre sorprende, incluso en los crímenes más previsibles.




Para seguir tenemos a Luis García Jambrina. Su novela El manuscrito de piedra inaugura una saga de novelas policíacas que tienen como protagonista a nuestro Fernando de Rojas, autor de la Celestina. En est caso me toca hablar de El manuscrito de nieve, segunda entrega de la serie, que también cuenta con cameos de otros personajes famosos de la literatura hispánica clásica. Mejor redacción que la primera, pero con algunos giros de guion desmesurados. Todas las novelas de esta saga tienen su gracia para los amantes de la literatura, precisamente por esos guiños al lector que dosifica con buen criterio este autor.




Por último, un ensayo: ¿Tenían ombligo Adán y Eva? de Martin Gardner, del que curiosamente no he escrito nada en el blog, a pesar de haber sido muy fan suyo; me gustaban sobre todo sus artículos de matemáticas recreativas, especialmente ¡Ajá! Paradojas que te hacen pensar. Con el ensayo arriba mencionado, Gardner intenta desmontar la pseudociencia y los bulos, hace ya 26 años. No sé qué pensaría ahora si levantase la cabeza y viera circular con impunidad todo tipo de barbaridades anticientíficas. Un libro muy distraído y variado que permite discutir con tu cuñado sin perder los papeles.

27 julio 2024

Sesquidécada: julio 2009

Las lecturas juveniles son para el verano. Así se desprende del registro histórico que voy revisando para estas sesquidécadas. Es muy gratificante y de provecho para renovar las recomendaciones de clase llevarte diez o quince novelas para adolescentes y ocupar esos ratos de descanso veraniego, alternando con otras lecturas más acordes con los gustos y deseos del paladar adulto. En aquel verano de 2009 había de mar de fondo con novelas de autores de LIJ magníficos como Agustín Fernández Paz, Fernando Lalana, Care Santos, Xavier Bertran, Elia Barceló, Luis Leante o Miquel Rayó, entre otros que ya mencioné el mes pasado.

Pero las lecturas que tengo que seleccionar por su relevancia en mi historial de lectura son otras. Las dos primeras son clásicos de la ciencia-ficción, muy diferentes en tema y propósito. La guerra de las salamandras, de Karel Čapek, una sátira distópica llena de referencias políticas y filosóficas, con una narración teñida de humor e ironía que aviva la complicidad del lector inteligente. Una novela imprescindible, a la altura de Un mundo feliz, Rebelión en la granja o 1984, pero con un estilo mucho más desenfadado y divertido. 

Otro clásico del género es Soy leyenda, de Richard Matheson, una novela difícil de olvidar por la sensación de desamparo que produce y quizá también por las adaptaciones cinematográficas que vinieron después. Tras la historia de una pandemia que convierte en vampiros a casi toda la humanidad, se esconde también una reflexión sobre el ser humano y su condición. Merece la pena hincarle el diente.



La última reseña salta de género y tema, para llevarnos a la divulgación científica o algo parecido: ¿Está usted de broma, Sr. Feynnman? es un divertido ensayo autobiográfico de este famoso científico y premio Nobel de Física, que combina la ciencia, las humanidades y las anécdotas personales, todo ello con un tono sencillo y lleno de buen humor. ¿Quién dijo que los de letras no podemos disfrutar de las ciencias? Muy recomendable.

06 noviembre 2008

Letras para las Ciencias

Hay en Castelló de la Plana una casa con una placa en la puerta en la que se explica que en ella murió Pierre Méchain. Muchos de mis alumnos habrán pasado cientos de veces ante ella y pocos se habrán molestado en averiguar qué tiene de particular que un francés del siglo XVIII muriese tan lejos de su hogar y cuál sería su hazaña para que alguien le dedicase una placa conmemorativa.
Os aseguro que es apasionante la historia de este astrónomo que ocupó su vida midiendo, a través de costosas triangulaciones, el meridiano de París; además, la podemos recomendar a nuestros alumnos a través de la lectura de la novela La medida del mundo, de Denis Guedj.
Intento cada año (al menos con los de Bachiller) que se animen a leer libros de divulgación científica o, como en este caso, novelas con trasfondo matemático, pero no les hace mucha gracia que el profesor de lengua les mande leer obras relacionadas con la ciencia: ya bastante tienen con leer novelas juveniles como para enterarse, además, de que el Meridiano de Greenwich quizá atraviese algunas de sus casas.
Si hacemos caso de la ley, encontramos en la LOE muchas referencias al asunto de las competencias básicas y en ellas se pone de manifiesto que se han de trabajar desde todas las áreas del currículo. Eso afecta, pues, al tratamiento de las ciencias en las asignaturas de letras y viceversa. Sin embargo, he comprobado que, a la hora de realizar las programaciones, pocas veces nos lo tomamos en serio. Quizá, la competencia que más cuesta integrar en el área de lengua es la competencia matemática. De modo que aprovecharé el espacio "Te cedo la palabra" que me han ofrecido desde Tres Tizas para proponer algunas ideas al respecto. Y eso lo podréis leer allí muy pronto. ¿Podréis esperar (60 x 60 x 24 x 3) segundos aproximadamente?

ACTUALIZACIÓN 10/11/08:

Ya tenéis publicado el artículo en Tres Tizas.