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27 octubre 2017

El profecito

"Érase una vez un principito que vivía en un planeta apenas más grande que él y que tenía necesidad de un amigo…"

El profecito lleva años, muchos años, corrigiendo. Por eso no hay quien le gane en el noble arte del boli rojo. Corrige libretas y exámenes y, si hace falta, los escritos de los compañeros o las noticias del periódico. En su desempeño diario, jamás se detiene ante un contratiempo, porque la autoridad que le confiere el cargo le dicta al instante lo que es justo y verdadero, sin necesidad de atender a matices o a distintos puntos de vista. El profecito sabe más que nadie porque estudió una carrera un día y en esa carrera fue el mejor, nunca suspendió una asignatura ni sacó menos de un diez. De ahí que nadie le pueda decir que está equivocado, porque ello supone un menosprecio a su saber. Bien es cierto que aquella carrera no contenía ninguna destreza para enseñar, pero sí buenas dosis de conocimientos de alto nivel. De aquella erudición reposada con los años viene su libertad de cátedra, o lo que es lo mismo, la infalibilidad en la toma de decisiones. Acostumbrado a corregir a diestro y siniestro, el profecito siempre descubre al minuto los errores de los demás, las incompetencias ajenas, las carencias de formación de los otros. Es cierto que a veces se equivoca él también, y debe reconocer que es humano, pero sus errores siempre son fruto de la presión externa, del exceso de burocracia o de una obstinada defensa de causas perdidas. El profecito nunca se retrasa, lo entretienen; nunca olvida un trámite, se le traspapela entre informes más importantes; nunca elude su responsabilidad, son los otros los que no dan la cara; nunca está desinformado, lo iba a leer más tarde. 
El profecito vive en el asteroide B 612, así que no tengáis miedo, nunca aparecerá por vuestro claustro. 

Crédito de la imagen: 'le petit prince'

23 octubre 2017

Sesquidécada: octubre 2002

Juan José Millás ha ocupado numerosas notas de este blog, varias de ellas en anteriores sesquidécadas, pero he de volver una vez más a él, porque en aquel octubre de 2002 andaba leyendo sus "articuentos", un género que el propio autor definió como un híbrido entre artículo y cuento.
Creo que en el futuro se reconocerá la grandeza de Millás como un autor de vanguardia, pese a que muchos contemporáneos ponen en cuestión su calidad literaria. Debo reconocer que mi pasión por Millás ha ido decayendo en los últimos años, quizá porque es difícil mantener con dignidad una producción periodística y literaria en estos tiempos tan extravagantes, en los que el periodismo y la cultura parecen encaminarse a una pleitesía desmesurada a cambio de subvención. Millás es un autor que ha cultivado el ingenio literario con una habilidad asombrosa, sobre todo en esos pequeños textos que son sus columnas de opinión con estilo literario. Muchas de ellas se pueden considerar microrrelatos, ya que apenas tienen un mínimo de entronque con la realidad actual del momento. Sin embargo, las más jugosas para mí son aquellas en las que el elemento extrañador de la literatura sirve para reducir al absurdo la realidad y ponerla en evidencia. En aquellos años, y durante mucho tiempo después, fui ávido lector de los textos de Millás, con más entrega a sus artículos que a sus novelas, que considero de menor calidad. Algunos de esos artículos los he usado en clase para trabajar el comentario de textos. Lamentablemente, he ido perdiendo un poco el hilo de sus escritos a medida que el periodismo que les servía de vehículo se ha ido degradando. Así pasé de comprar el periódico todos los días a hacerlo solo los fines de semana, hasta dejar de comprarlo definitivamente cuando he constatado el alejamiento de la realidad de la prensa impresa. Resulta curioso que Millás no haga una columna al respecto de ello, resaltando esa paradoja que hace que los grandes medios de comunicación se hayan convertido en medios de desinformación. Tal vez basta con leer sus columnas más recientes para comprobar que aquel Millás protestón e irónico ha dejado paso a un escritor moderado al que le cuesta alzar la voz.

15 octubre 2017

De premios y reconocimientos

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Estos días he vivido con ilusión el hecho de aparecer en la lista de candidatos a los premios Educa Abanca al mejor docente de España. Aunque suene a tópico, ha sido una sorpresa muy agradable, porque ni siquiera conocía que me habían propuesto para ello. Sinceramente, más allá de que lo merezca o no, creo que formar parte de esa lista de docentes es también un reconocimiento compartido con tantos colegas que dan lo mejor de sí mismos en su oficio y que no son tan visibles en las redes y en los medios.
No soy mucho de presentarme a premios. Gané el premio Espiral Edublogs en una época en la que los blogueros presentábamos las candidaturas de otros compañeros, no las propias. Después de aquello, todos los reconocimientos han sido honoríficos, ninguno al que me haya presentado por propia voluntad. El año pasado, el Consell Nacional d'Educació del PSPV-PSOE me otorgó el premio de Educación en reconocimiento a mi labor en el campo de las TIC; de nuevo fue una sorpresa y una ilusión por lo inesperado. En más de una ocasión he participado en proyectos colaborativos que han recibido premios, pero siempre he pensado que era más una necesidad de reconocimiento del alumnado que participaba que de la labor del profesorado, que no hace otra cosa que cumplir con su deber.
Verme ahora en esa lista de candidatos me hace sentir extraño. Por un lado, no creo que mi labor sea tan distinta de la del resto de colegas, pero, por otro lado, pienso que es normal que ande en esas nóminas de profes visibles, dada mi insistencia a contar en el blog casi todo lo que hago, o de mantenerme activo en las redes educativas, virtuales y presenciales. Como he explicado muchas veces, durante años los docentes no han necesitado hacer visible su trabajo porque la sociedad reconocía su valor sin cuestionar constantemente su eficacia o su entrega. Sin embargo, en los últimos tiempos parece que todo el mundo sabe más que los maestros de educación y del difícil arte de enseñar. Quizá por ello se hace necesario mostrar que el aula es un contexto muy diverso y complejo y que educar no puede ser tarea de "forajidos educativos", pequeños héroes encerrados en clase, y que se necesita el acompañamiento de familias y otros agentes sociales, como los medios de comunicación, las instituciones y la clase política.
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La periodista que me entrevistó para el diario Mediterráneo me preguntaba que por qué todavía hay tan pocos docentes dispuestos a abrir el aula, a enseñar lo que hacen sus alumnos o a mostrar sus propios proyectos. Le respondí que haya quizá un complejo de inferioridad que viene dado por la existencia de un discurso triunfal de sistemas educativos "milagrosos" que en realidad no existen. Ante esa fingida "finlandia educativa", los profes que luchan por sencillos logros cotidianos piensan que esos avances no son merecedores de ser compartidos, cuando en realidad, toda la educación está basada en esos pequeños retos superados a diario, y no en los maravillosos consejos que nos llegan de la mano de grandes teóricos ajenos al aula.
Para mayor alegría, este reconocimiento llega en una etapa en la que soy la cabeza visible de mi centro. El IES Bovalar representa una parte de la Escuela Pública que pocas veces aparece en los medios asociada con noticias positivas, de modo que era una cuestión de dignidad profesional hacer lo posible por revertir esa imagen de una educación marginal o asistencial. En clase hemos abordado proyectos muy diferentes pero siempre intentando mantener la calidad y la igualdad de oportunidades. No es fácil, pero forma parte de nuestra responsabilidad profesional. No me siento especial o único, ya que creo que los cambios que se acometen actualmente en muchos centros educativos responden también a esa necesidad de enseñar mejor en unos contextos cada vez más complejos, aunque pueda haber casos en los que responda también a modas o a cierto esnobismo educativo.
La última pregunta que lanzó la periodista era tal vez la más difícil de responder: "¿Hacia dónde va la educación del futuro?" En mi opinión, estamos en una encrucijada difícil y maravillosa a la vez, ya que no hay duda de que la educación no puede seguir siendo lo que era. Hasta los docentes más conservadores reconocen que hace falta replantear el sistema y los métodos. Sin embargo, me asusta que esos cambios sacrifiquen precisamente a aquellos sectores que más ayuda necesitan. La escuela se ha de modernizar sin olvidar su carácter multicultural, diverso e inclusivo. Para ello no solo hacen falta buenos profes, sino también buenos gestores políticos y mucha más inversión. 
No sé si acabaré recibiendo el diploma de mejor profe de España. Si lo recibo, lo haré en nombre de toda una generación de docentes que llevamos años intentando dar lo mejor de nosotros mismos en las aulas y que, además, tratamos de hacer visibles esas prácticas tanto al resto de compañeros como a la comunidad educativa. Con premio o sin premio, el reconocimiento diario lo tengo en el aula, y ese es el que más me satisface y me llena.

07 octubre 2017

Convivencia o disciplina

En casi todas las reflexiones que he compartido hasta el momento sobre la función directiva he recalcado que mi mayor esfuerzo es trabajar por la mejora de la convivencia en el centro. La resolución de conflictos se lleva, sin duda, más de tres horas diarias, solo en lo que me corresponde a mi cargo, a lo que habría que añadir las que dedican mis compañeras del equipo directivo y los otros docentes que tienen responsabilidad directa con este asunto. Es un trabajo que realizo con satisfacción, a pesar de lo duro y decepcionante que resulta casi siempre mediar o sancionar después de un incidente; lo hago con esa entrega que proviene de la convicción de que una buena convivencia en el centro supone el pilar fundamental de cualquier otra mejora, tanto académica como personal o laboral.
Sin embargo, hablar de convivencia en mi centro suele relacionarse en muchos casos con expedientes disciplinarios, sanciones y amonestaciones. Pienso que el verbo convivir no debería estar tan íntimamente ligado al verbo castigar, pero nada más arrancar el curso llevamos casi una decena de expedientes, algunos de ellos con expulsión. Son casos de agresión o de amenazas, pero también de negativas a cumplir medidas correctoras por incidentes leves. En un centro con más de 700 alumnos, más de la mitad en 1º y 2º de ESO, tenemos claro que relajar las normas acaba convirtiendo el instituto en un caos ingobernable. Debo decir que, a veces, ese desorden comienza con pequeños desafíos, como el retraso reiterado a la hora de entrar en clase, que genera el malestar del profesorado de guardia que ha de acompañar a grupos de cinco o diez alumnos/as (casi siempre los mismos) a sus clases, a las que llegan diez o quince minutos tarde, con la consiguiente interrupción del orden. Otras veces es la negativa a aceptar normas sencillas como la disposición en clase o no dejar ir al aseo cada hora. Son actos que crecen como una bola de nieve y que resultan difíciles de zanjar; además, generan una dedicación de tiempo que se pierde para solucionar otros conflictos más serios.
Resulta paradójico que, con tanto interés y esfuerzo en desarrollar planes y protocolos de convivencia seamos tan poco efectivos a la hora de convivir con esos alumnos que se resisten a cumplir normas sencillas, alumnos que acaban sacando de quicio a profesores competentes y experimentados. Paradójico es que dedicando tanta atención al diálogo como forma de resolución pacífica de conflictos, no seamos capaces de dialogar con esos alumnos difíciles a quienes únicamente ofrecemos sanciones de permanencia fuera del aula o del centro. Ni las comisiones de convivencia, ni el aula de derivación, ni los partes de incidencia remitidos a las familias producen una mejora reseñable.
Como soy curioso y no me conformo con respuestas fáciles (podría pensar, por ejemplo, que los profesores son muy señoritos o tienen la piel tan fina que cualquier pequeño disgusto les hace expulsar al rebelde), entro en clase con mis colegas y charlo con ellos y averiguo que lo que más les atormenta en estos casos es que, con tanta interrupción o desafío, no pueden garantizar el aprendizaje del resto de alumnado que sí cumple las normas, que se sienten mal cuando deben parar una clase para dialogar con tres o cuatro que no quieren trabajar, que notan la presión de una programación que se va al traste con cada minuto de clase perdido en la mediación de conflictos.
Por eso, cuando hablamos de convivencia, al final siempre derivamos en disciplina, en el cumplimiento estricto de normas, más allá de las circunstancias que rodean a cada caso, es decir, sin atención a la diversidad. De ahí que acaben pagando el pato los alumnos que ya vienen con riesgo de exclusión, alumnado poco acostumbrado a acatar órdenes o a mantener unas pautas de comportamiento regulares.
Para mayor sufrimiento, en los centros educativos como el mío no hay personal especializado en convivencia, ya que casi la totalidad de la plantilla somos profesorado de secundaria con escasa preparación pedagógica y mucha menos formación en mediación escolar. De este modo, cualquier pequeño incidente ha de tratarse con mucho celo y con muchas horas, algo que resulta difícil de exigir a los profes que llevan el horario a tope y que, al final, recae en el equipo directivo (generalmente, a costa de otras tareas burocráticas, que quedan para casa). El tema preocupa tanto que todos los años se convierte en el principal caballo de batalla en el claustro, con requerimientos de todo tipo para que el Ayuntamiento, los Servicios Sociales, la Consellería, la Inspección Educativa o el sursum corda vengan a resolverlo, como si fuese algo que se soluciona con un golpe de varita.
No sé si esto ocurre solo en mi centro. Estamos intentando mover desde la formación en centros programas de mediación y de tutoría entre iguales, pero sabemos que esto soluciona algunos conflictos, no todos. No sabemos qué hacer con aquellos alumnos que ya vienen dispuestos a jugar al gato y al ratón con los profes, qué hacer con alumnos que piensan que las normas son un mero capricho y que interrumpir una clase es un acto divertido. Tampoco sabemos qué decir a esos profes que han perdido ya la paciencia y no distinguen los límites entre la aplicación flexible de las normas y el cumplimiento riguroso de las mismas. A los primeros, me gustaría ofrecerles un espacio de aprendizaje que no fuese tan cuadriculado, pero la ley me deja poco margen. A los segundos, les recordaría que también ellos alguna vez tuvieron esas edades y que probablemente se saltaron las normas; trataría de explicarles que detrás de ese juego del gato y del ratón, se esconden niños y niñas con vidas terribles. Seguro que me entenderían, pero también, como yo mismo me respondo, me dirían que el resto del alumnado tiene cada cual sus problemas y su derecho a una educación digna, con una convivencia sin amenazas ni sobresaltos. Como se dice estos días, quizá solo haya solución en el diálogo, pero nos hace falta mucha voluntad por parte de todos los implicados, algunos de ellos totalmente ausentes en la mesa de negociación.

Crédito de la imagen: 'Flipped'