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15 enero 2017

Sesquidécada: enero 2002

Todos los comienzos de año traen consigo un montón de buenas intenciones que suelen quedar en nada. Para eso se inventaron las colecciones de quiosco, para que, al menos, supiéramos de antemano que perdíamos el tiempo en algo inútil. En este sentido, he decidido empezar una de esas colecciones inútiles que pienso ir publicando en el blog mientras me duren las ganas y no haya algaradas entre los visitantes. Se trata de recuperar algunas de mis lecturas de hace quince años...

Lo que empezó como uno de esos propósitos de año nuevo lleva cumplidos ocho años, y va ya camino del noveno. Dentro del ecosistema del blog, las sesquidécadas son los textos de menor audiencia, se podría decir incluso que son pequeñas exquisiteces que escapan del ruido de las aulas y de las reflexiones más orientadas a la educación. Suponen para mí, como lector, como filólogo y como profesor, una antología de recuerdos literarios y de impresiones muy subjetivas sobre lecturas diversas, algunas veces con obras de amplio espectro y otras con escritos casi marginales. Son también una exigencia de continuidad en la escritura digital, sobre todo ahora que el tiempo se me está convirtiendo en un bien aún más preciado. Por eso, aunque las sesquidécadas sean las hermanitas pobres del blog, mientras el cuerpo aguante, seguirán formando parte de este saloncito virtual que comparto con vosotros.

Enero de 2002 llegó acompañado de prodigios. Como ya avancé hace unos meses, mi tesis inconclusa se orientaba al mundo de los sucesos extraordinarios, lo que me proporcionó innumerables lecturas de monstruos y prodigios medievales y renacentistas. Tuve ocasión de rebuscar en bibliotecas y catálogos y familiarizarme con los investigadores más curiosos de estos márgenes de la literatura. Sin duda, el más destacado de ellos es Bartolomé José Gallardo, autor del Ensayo de una biblioteca española de libros raros y curiosos, una obra de referencia para viajar por el mundo de la subliteratura. Este catálogo, que fui consultando durante meses en la biblioteca de la Facultad de Filología de la Universitat de València, me abrió las puertas a libros muy interesantes, como el Bestiario, de Dioscòrides, o el Libro de los prodigios, de Julio Obsecuente, dos de las obras que leí aquel enero de 2002. Quizá me anime más adelante a publicar un breve artículo sobre Gallardo, otro de esos muchos olvidados de nuestra historia.

En segundo lugar, voy a destacar una obra de Juan José Millás, ilustrada por Forges, que seguro conocéis: Números pares, impares e idiotas. Es un delicioso librito que merece la pena leer, por su sentido del humor y también por el trasfondo ético de algunos de sus microrrelatos, pues se trata de eso, de pequeñas historias que tienen como protagonistas a los números. Recientemente, esta obra se ha incluido en los catálogos de lecturas juveniles y creo que es una buena idea para llevar al aula, salvando así la brecha entre ciencias y letras, como ya expliqué en otra ocasión en el estupendo blog de los Tres Tizas.

Por último, con gran pena por dejar fuera de esta sesquidécada el Cándido de Voltaire, voy a recomendar la lectura de una excelente novela del siglo XIX: La dama de blanco, de Wilkie Collins. Es una de esas novelas de época, con el ambiente británico de las obras de Dickens, que bajo la forma epistolar va desarrollando una intriga detectivesca que sumerge al lector en el placer de la lectura de calidad, de la lectura sin prisas. Si os engancháis al autor, también merece la pena leer La piedra lunar. Espero que tengáis tiempo este año para leer sin prisas y, sobre todo, para disfrutar de ello.

28 diciembre 2013

Sesquidécada: diciembre 1998

Decía en este blog un día de Reyes de 2009:
Todos los comienzos de año traen consigo un montón de buenas intenciones que suelen quedar en nada. (...) En este sentido, he decidido empezar una de esas colecciones inútiles que pienso ir publicando en el blog mientras me duren las ganas y no haya algaradas entre los visitantes. Se trata de recuperar algunas de mis lecturas de hace quince años (...) de modo que he recuperado los repertorios en los que voy apuntando todas esas lecturas y, de ellos, seleccionaré no más de tres lecturas por mes. (...) Como no tenía un buen nombre para este coleccionable, he probado a inventar sesquidécada (...)
Así pues, esta sesquidécada de hoy cumple ya con cinco años de lecturas recordadas, sesenta notas en el blog celebrando la literatura, una auténtica antología personal de la memoria lectora. No sé muy bien cuánto tiempo durará esta serie, ni el blog, ni el oficio, que los tiempos no están para confiar en lo perenne, pero mi deseo es seguir compartiendo con vosotros esas pequeñas reflexiones en voz alta que dan sentido a este blog mientras tenga tan ilustres visitas como las que me brindáis.

Para cerrar el año y este lustro de sesquidécadas, he elegido una lectura de diciembre de 1998 que abriría una afición que me duró mucho tiempo y que aún hoy conservo en los ratos libres que deja la docencia. Se trata de los Bestiarios medievales, un género que recopilaba historias curiosas sobre animales reales y seres imaginarios sin que se distinguiese muy bien qué era ficción y qué era realidad. El primer bestiario como tal que conocí fue una antología en catalán medieval, algunos de cuyos fragmentos podéis encontrar en este enlace. Me llamó la atención la mezcla de elementos legendarios con otros propios de la observación naturalista. Conforme fui indagando en el tema, vi que muchos de esos bestiarios tenían como fuente original los libros de Historia Natural de Plinio el Viejo, aderezados con historias diversas de seres y tierras legendarios -la del Preste Juan, por ejemplo- que recogían los viajeros por la Ruta de la Seda o por África. Especial interés tiene el Libro de las Maravillas del Mundo, de John Mandeville (ver edición digital), que recoge referencias a los bestiarios pero sobre todo a las razas humanas monstruosas.

Estas historias medievales pasarían luego a formar parte de las relaciones de sucesos de los siglos XVI y XVII, generalmente distribuidas en forma de pliegos sueltos, y acabarían configurando el repertorio de ciegos y cómicos ambulantes, salpicadas de crímenes truculentos o de catástrofes naturales que han llegado hasta el siglo XX. Hace poco, pudimos ver algunas de las ilustraciones de monstruos de Ulisse Aldrovandi, un científico del Renacimiento, usadas habitualmente en esas relaciones tan populares.
Si os interesa el tema, hay varios manuales que pueden interesaros, especialmente el de Claude Kappler: Monstruos, demonios y maravillas a fines de la edad media, o el Bestiario de Dioscórides, traducido por el médico renacentista Andrés Laguna, aunque también podéis encontrar referencias en obras clásicas como el Jardín de flores curiosas de Antonio de Torquemada (versión en PDF).

Como regalo de fin de año, os dejo el enlace a un artículo mío: Monstruos y prodigios, en la revista Métode, en el que, por ejemplo, podéis aprender por qué el castor se corta de un bocado sus vergüenzas y se queda tan contento. Espero que tanto monstruo no os quite el sueño de la razón. Feliz año, felices lecturas.

22 enero 2007

Viajero de sillón

Habla Joselu en su blog del viaje como experiencia de vida. Él mismo nos ha relatado estas navidades un maravilloso periplo (iniciático) que resume la experiencia del ser humano ante lo desconocido. En su nota, un lector ha comentado que el viaje, en ocasiones, envejece y no nos hace más sabios.

Por mi parte coincido en que el viaje siempre es fuente de conocimiento, pues nos hace enfrentarnos a la hostilidad de lo nuevo, desautomatiza la rutina y provoca un esfuerzo suplementario del instinto de supervivencia. El viaje es un acto que nos convierte en adultos y por ello me agobia apreciar en mis alumnos ciertas reticencias frente a los viajes -intercambios, cursos de verano, Erasmus-, como si se tratase de un temor a hacerse mayores, como un apego al hogar que los hace infantiles fuera de tiempo.

Sin embargo, desde que existe la literatura, todos sabemos que no es necesario viajar para sentir la experiencia viajera, que la imaginación pasa por encima del lastre corporal y nos sitúa en un plano superior de las experiencias físicas.

Quizá, quienes más sabían de esto eran los viajeros de la Edad Media, expuestos a mil asechanzas y contratiempos y que, aún así, se aventuraban a llegar a tierras perdidas más allá de sus propias imaginaciones. Pero, ante un original, siempre acaba por surgir la copia. Y la copia de un relato viajero 'verídico' siempre puede ser más sustanciosa si se añaden detalles interesantes, 'pecata minuta' para entretener, más que nada.

No hace mucho, Umberto Eco recreó esos viajes medievales en su novela Baudolino. Eco es un experto en la Edad Media y un gran fabulador, por eso no le pasó inadvertido ese mundo de viajeros 'mentirosillos' que seguramente no se habían movido de su silla mientras describían un mundo más leído que visitado.

Uno de los textos más entretenidos de esta generación de viajeros virtuales es el Libro de las Maravillas del Mundo, de John Mandavila (o Los viajes de sir John Mandeville -ed. Cátedra-), un autor del siglo XIV, tan mentiroso como para encubrir su propio nombre con un seudónimo. Probablemente salió de su casa, pero no debió de pasar más allá de Egipto, por lo que sus correrías son, en su mayor parte, ficticias.

La obra pretende ser un viaje por Asia, incluyendo Tierra Santa, por supuesto, y en él se recogen datos ciertos refrendados por otros viajeros de la época, incluido Marco Polo. Sin embargo, entre bromas y veras, aparecen fragmentos tomados directamente de los bestiarios, de las historias naturales, de las recopilaciones de anécdotas orientales, etc. De este modo, aparecen hombres sin cabeza y con la cara en el pecho, otros con cabeza de perro, otros con un solo pie enorme con el que se protegen del sol, etc. además de un sinfín de animales imaginarios como el basilisco o el ave fénix, por no hablar de la mítica tierra del Preste Juan.

En fin, que lo que me interesaba era imaginar a ese falso viajero, rodeado de libros de viajes, escribiendo una obra acerca de aventuras soñadas; me interesaba imaginar sus ideas acerca de los posibles lectores: ¿pensaría que lo iban a creer? ¿acaso él mismo creía lo que leía y escribía? ¿creería, como apunta el lector de Joselu, que no vale la pena envejecer viajando con el cuerpo mientras la mente sea capaz de vagar libre...?
Y siguiendo ese hilo, me pregunto yo: ¿en qué punto se aleja lo literario de lo real? ¿para qué contentarse con lo limitado si podemos disfrutar de lo infinito? ¿cuántos de ustedes preferirían no conocer tantas certezas del mundo para poder imaginar razas y lugares imposibles? ¿Eh?

13 octubre 2006

Increíble, pero ciervo

Hay una actividad que les encanta a los muchachos del primer ciclo de la ESO: la creación de animales fantásticos. Hace tiempo descubrí una actividad de Bestiario en la página de Profes.net, que es más que útil para esas clases perdidas en las que no sabemos muy bien qué hacer.
Pero, de nuevo, la realidad supera la ficción y me encuentro en los diarios un animal llamado ciervo ratón (aunque por el tipo más parece un chihuahua) que demuestra que la naturaleza es mucho más creativa que la imaginación humana.
Os copio la noticia por si os interesa plantear una actividad del tipo:
¿Qué características y costumbres tendría un animal que fuese la mezcla entre un .......... y un ............?
Antes de leer en clase la noticia, se podrían hacer dos columnas de animales muy distintos para que cada uno construyese su híbrido. A ver si sale algo interesante que no esté descubierto.

Logran por primera vez en España la reproducción del ciervo ratón
20MINUTOS.ES / AGENCIAS 11.10.2006 - 17:15h

Un pequeño ciervo ratón (Tragulus javanicus), el ciervo de menor tamaño que existe en el continente asiático, ha nacido en el
zoológico de la localidad malagueña de Fuengirola, que ha conseguido por primera vez mantener y reproducir esta especie en España.
La cría, de veinte días, convive con su madre, procedente del zoo de Viena, y su padre, llegado desde el zoo británico de Colchester, ambos integrados en un programa coordinado de reproducción de esta especie en Europa, informó hoy el zoológico de Fuengirola en un comunicado.
La familia se encuentra en la zona denominada 'La selva escondida' de este recinto, donde se recrea un bosque secundario nacido entre las ruinas de un templo en mitad de la selva asiática, y que está habitada por un centenar de aves, reptiles, anfibios y pequeños mamíferos.
El ciervo ratón menor, originario del Sureste asiático, no suele pesar más de un kilo, tiene la talla de un conejo y sus grandes ojos y pequeña nariz le dan un cierto aspecto de roedor, del que le viene el nombre.

Este curioso aspecto le ha concedido un lugar destacado en los cuentos tradicionales de Oriente, en los que siempre se le otorga inteligencia.
Estos animales son predominantemente nocturnos y solitarios, por lo que son muy difíciles de ver en la naturaleza, añade el comunicado.
Su pelaje es marrón anaranjado en todo el cuerpo, aunque este color cambia a negro grisáceo en las patas traseras, y carecen de astas, pero los machos llevan colmillos que son efectivas armas contra otros machos rivales.
Su pequeño tamaño y dieta frugívora les permite vivir tanto en bosques primarios como secundarios, es decir, alterados por la acción del hombre.
Sin embargo, la tala masiva de las selvas del Sureste asiático y su sustitución por plantaciones de palmera aceitera amenazan su futuro.